Manuel de la Revilla
 

 

Manuel de la Revilla
(el pensador y su obra)

 

3. Estudios y primeros escritos de Manuel de la Revilla

La formación de una inteligencia precoz

Hijo único, Manuel de la Revilla es tan mimado por sus padres que, como él mismo relatará años después, vive entre algodones[1]. Sea por este exceso de cuidado por parte de sus progenitores o porque realmente su salud no fuera buena, se trata de un niño enfermizo que pasa largas temporadas encerrado en su casa dedicado exclusivamente a la lectura de los clásicos y los enciclopedistas, siguiendo las orientaciones de su padre.

Esta influencia cultural recibida de José de la Revilla queda indeleblemente impresa en Manuel, que se convierte en un muchacho con unas dotes intelectuales excepcionales y muy superiores a lo normal en alguien de su edad. Esta precocidad se manifiesta, por ejemplo, en la fundación -junto con otros compañeros estudiantes- de una sociedad científico-literaria, “La Idea”, sita en la calle Cañizares de Madrid, en la que pronuncia su primera conferencia, que versa sobre la historia filosófica del mahometismo[2].

Sus estudios los cursa íntegramente en Madrid, destacando especialmente en los de segunda enseñanza. En efecto, de su expediente académico se deduce que es un alumno brillante, desde el momento que inicia los cursos en 1856 hasta que el 17 de junio de 1861 obtiene el grado de Bachiller en Artes en el Instituto del Noviciado: en 1856/57 cursa Latinidad I (sobresaliente); en 1857/58, Latinidad II (sobresaliente) y aprueba el examen general; en 1858/59, Griego I, Matemáticas I, Francés I y Geografía (todos con sobresaliente), y aprueba Religión y Moral por asistencia; en 1859/60, Retórica y Poética, Matemáticas II, Griego II y Francés II (todos con sobresaliente), y vuelve a superar Religión y Moral por asistencia; en 1860/61, Historia general (notable), Física y Química (notable), Historia natural (sobresaliente) y Lógica (sobresaliente), y aprueba una vez más Religión y Moral por asistencia. En los posteriores exámenes de grado, queda dispensado del primero por Real Orden de 7 de junio de 1861 y supera el segundo y el tercero, obteniendo la calificación de sobresaliente[3].

Inmediatamente después, inicia en la Universidad Central las carreras de Derecho y Filosofía y Letras. En el año académico 1861/62 cursa las asignaturas de Literatura latina (sobresaliente), Geografía (mediano) e Historia universal (sobresaliente), comunes a las dos titulaciones. En 1862/63, Derecho romano I (sobresaliente), Economía política y administrativa (notable) y Derecho político y administrativo (sobresaliente). Al curso siguiente, supera Derecho romano II (no pone nota en el expediente) y Hacienda pública (sobresaliente). En 1864/65 asiste, en la carrera de Derecho, a la de Nociones de Derecho civil, mercantil y penal (sobresaliente) y, en la de Filosofía y Letras, a las de Literatura general y Principios de Literatura española (sobresaliente) y Prosistas griegos (sobresaliente). El 12 de junio de 1865, tras superar el correspondiente ejercicio, obtiene el título de Bachiller en Derecho administrativo, con la calificación de sobresaliente.

En 1865/66 cursa, en la carrera de Derecho, la asignatura de Derecho político comparado y Legislación de Aduanas (sobresaliente) y, en la de Filosofía y Letras, Literatura clásica griega y latina (sobresaliente) y Metafísica (sobresaliente). El 18 de junio de 1866 obtiene el título de Licenciado en Derecho, por la sección de Derecho administrativo, con la calificación de sobresaliente. En 1866/67 continúa la carrera de Filosofía y Letras, cursando Metafísica y Ética (sobresaliente), Historia de España I (notable) y Hebreo I (bueno). El 15 de enero de 1867, obtiene -también con la calificación de sobresaliente- el título de Bachiller en Filosofía y Letras. Por fin, en 1867/68 asiste a Literatura española, Historia de España II y Hebreo II, aunque continúa el ritmo descendente de su antes brillante expediente, pues sólo obtiene la calificación de bueno en el conjunto de este 5º curso de Filosofía y Letras. Sin embargo, el 18 de junio de 1868 consigue superar ejercicio para obtener el título de Licenciado en Filosofía y Letras, consistente en “Mostrar la base de la vida y poder público en el pueblo árabe oriental, etc.”: el tribunal formado por Lázaro Bardón (Presidente), Francisco de Paula Canalejas (Secretario) y Francisco Fernández y González juzga que el trabajo merece la calificación de sobresaliente[4].

Revilla realiza el Doctorado en el curso 1868/69, obteniendo el aprobado en las asignaturas de Estética e Historia de la Filosofía. El 25 de septiembre de 1869 solicita que se forme tribunal para juzgar su tesis doctoral, con vistas a obtener el correspondiente grado, aunque, para su desgracia, la solicitud se extravía, por lo que tendrá que esperar tres años a que se regularice su situación académica en la Universidad. Mientras tanto, consigue que el Claustro del Instituto del Noviciado (donde había cursado la segunda enseñanza) lo nombre el 11 de noviembre de 1868 Auxiliar de la cátedra de Literatura, y que el Rector de la Universidad Central -de la que depende el Instituto- lo confirme en el cargo; al día siguiente toma posesión del mismo, que le permite hacer méritos, aunque no le reporta beneficios económicos, porque no tiene estipulado sueldo alguno, y continúa en él hasta el 4 de octubre de 1869, momento en que -de acuerdo con su hoja de servicios como profesor[5]- dimite; aunque hay quien afirma que realmente se trata de un cese como consecuencia de sus ideas políticas[6]. Entre octubre y diciembre del año siguiente (1870), es sustituto personal de Fernando de Castro en la cátedra de Historia universal en la Universidad Central, hasta que dimite. También desempeña el puesto de profesor de Literatura en el Colegio Internacional: establecimiento de educación privada fundado en 1866 por José Calderón Llanes y Nicolás Salmerón Alonso, que, a juicio de Antonio Jiménez, constituye “... el precedente inmediato de la Institución Libre de Enseñanza y del Instituto-Escuela y su creación coincide con la política represiva de Isabel II llevada a cabo por el partido moderado bajo la batuta de Manuel de Orovio que había de originar la primera cuestión universitaria”[7].

La tesis doctoral

Por fin, el 10 de octubre de 1872 se empiezan a resolver los problemas académicos causados por el extravío de su solicitud para la constitución del tribunal de tesis. Consigue que el Rector de la Universidad Central dé las órdenes oportunas para que se le admita al ejercicio de grado. El 9 de noviembre de ese año obtiene un mero aprobado del tribunal presidido por Antonio María García Blanco (Decano de la Facultad) y compuesto también por Luis Ramírez y La Guardia, José Amador de los Ríos, Nicolás Salmerón y Francisco Fernández y González. Su tesis versa sobre Lo cómico. Su concepto. Su relación con lo bello, lo feo y lo sublime. Sus manifestaciones en la realidad y en el arte. Su efecto en el espíritu del contemplador[8]. A lo largo de ochenta y ocho páginas manuscritas, Revilla expone sus elucubraciones estéticas acerca del tema que da título a su trabajo, de acuerdo con lo que podemos denominar “filosofía pura”, pues su argumentación se apoya, casi sin excepción, en teorías filosóficas, e incluso cuando parece acudir a datos empíricos, éstos son más bien deducidos de dichas teorías. Es decir: en esta obra no hay inducción a partir de la experiencia, sino deducción a partir de teorías que no dudamos en llamar “metafísica idealista”.

En una primera parte de la tesis, intenta definir el concepto de lo cómico a partir de la Estética (o Filosofía de la Belleza) y de la ciencia del Arte (hija legítima de la Estética). Según él, su argumentación se basa, por un lado, en interrogar al sentido común acerca de los objetos que se propone estudiar y, por otro, en trasladar la misma pregunta a la ciencia. Pero esto no debe inducirnos a error: Revilla entiende por “ciencia” algo muy similar a la idea de ciencia que defienden los sistemas idealistas; esto es, metafísica. Por otro lado, no deja lugar a dudas de que lo fenoménico le interesa únicamente en cuanto que lo nouménico aparece ante el sentido común a través de aquél. Además, aunque apele a veces al sentido común, realmente le da un valor muy limitado porque lo considera imperfecto a la hora de plantearse con la debida seriedad y profundidad cuestiones filosóficas que sólo la “ciencia” (en su sentido idealista) puede resolver de verdad. Por eso mismo, rechaza también como incompletas las definiciones que, históricamente, han ofrecido los pensadores que se han preocupado por las cuestiones estéticas, desde Aristóteles, Cicerón y Quintiliano hasta Kant, Richter, Vischer, Solger, Carrière, Voituron, Levêque, Dumont, e incluso muchos escritores contemporáneos suyos. Sin embargo, esa mentalidad idealista vuelve a aflorar cuando Revilla considera que, si bien ninguno de esos pensadores ha ofrecido una definición completa de lo cómico, en todas y cada una de sus definiciones hay una serie de notas comunes que permiten -concertando o separando en ellas las notas discordantes- dar una definición exacta, que, de este modo, será una síntesis de todas ellas. En concreto, según él, “lo cómico es un desorden pasajero y relativo causado por el predominio de lo accidental sobre lo esencial, exclusivamente producido en la vida espiritual, y cuyo efecto en el contemplador es el fenómeno de la risa[9]

Manuel de la Revilla no está actuando aquí como un historiador de la Estética, como un investigador que pretende reconstruir lo que la Estética ha ido diciendo históricamente sobre la idea de lo cómico, sino que se comporta como un filósofo que saca a colación lo que otros, antes que él, han pensado sobre lo cómico, únicamente como excusa para exponer su propio pensamiento. Pero aún hay más: parece creer que su propio pensamiento estético representa la culminación filosófica del pensamiento de los grandes maestros, en el que este último queda sintetizado, superado. Se trata, en definitiva, de una idea claramente idealista, incluso podría decirse que hegeliana, en la que -insistimos- lo empírico juega un papel mucho más reducido de lo que Revilla reconoce, puesto que las teorías existen previamente a la experiencia -aunque las teorías tengan que verificarse y comprobarse posteriormente en la experiencia- y ésta sólo tiene alguna importancia porque la esencia de las cosas se manifiesta a través de ella. Por supuesto, esto muestra también el alto concepto que de sí mismo tiene -y que siempre tendrá- este joven de veintiséis años recién cumplidos. Tampoco abandonará nunca del todo esa orientación idealista en su pensamiento, incluso cuando esté defendiendo al mismo tiempo el neokantismo o el transformismo darwiniano.

En la segunda parte, Revilla aborda las relaciones entre lo cómico, lo bello, lo feo y lo sublime, siempre a partir de las ideas que ha expuesto anteriormente. El resultado de su argumentación es que estos elementos están interconectados entre sí, aunque en diversos grados, bien por similitud, bien por oposición o contraposición, bien por ser los unos parte -o casos particulares- de los otros.

La tercera y la cuarta partes las dedica Revilla a determinar, respectivamente, las manifestaciones de lo cómico en la realidad y en el arte. En ellas, continúa sus elucubraciones metafísicas idealistas, como, por ejemplo, cuando defiende que la idealidad y la realidad son mundos opuestos que el arte une, pues realiza lo ideal e idealiza lo real. Por otro lado, deja sentada la primacía estética de lo ideal sobre lo real, porque aquél es contemplado por la razón y representado libremente por la fantasía, mientras que éste es meramente la manifestación sensible de lo ideal. Además, critica la opinión vulgar de que el arte se opone a la realidad, es decir, que el arte es lo sensible que crea el hombre y la realidad lo sensible que crea la naturaleza. Para él, lo opuesto al arte es la naturaleza, porque la realidad comprende tanto las creaciones naturales como las artísticas. Por último, manifiesta, una vez más, su talante idealista cuando afirma que lo cómico artístico entra más de lleno en el campo de la Estética que lo cómico real, por cuanto en aquél se dan elementos de belleza que generalmente no existen en éste. A pesar de lo que ha señalado anteriormente acerca de la no oposición entre lo artístico y lo real, el predominio de lo esencial sobre lo real vuelve a estar presente en el pensamiento de Revilla: todo lo que tenga un atisbo de ser empírico y sensible posee, por ello mismo, menor valor que los objetos puros del espíritu, incluso cuando estos objetos se manifiestan a través de la experiencia.

En la parte final de la tesis, Revilla expone, una vez más, sus concepciones idealistas: el sentido común no da otra definición de lo cómico que la de ser éste lo que excita a la risa; pero la risa es sólo el signo visible de un fenómeno interno que el sentido común no conoce. O sea, que el sentimiento de lo cómico es -como el de lo bello- puramente espiritual, aunque se manifieste exteriormente en la forma del fenómeno fisiológico de la risa. Sin embargo, es posible afirmar que el espiritualismo y la pureza del sentimiento de lo cómico son menores que los del sentimiento de lo bello, porque en lo cómico interviene lo corpóreo, que se revela claramente en la risa. Por consiguiente, también la emoción cómica está por debajo de la emoción estética. Además, esta última es siempre desinteresada, mientras que la cómica a veces no lo es “... en cuanto a la risa que el personaje o la situación cómica excita, se junta, aun sin saberlo con certeza el que ríe, cierto sentimiento de superioridad y orgullo respecto al que vemos puesto en ridículo, y aun cierta secreta complacencia al mirarle en tal posición, si por ventura no nos es simpático. De aquí, que como dijimos anteriormente, el placer producido por lo cómico real no suela ser tan poco honesto y lícito como el que origina lo bello, aparte de que fácilmente se mezcla con él una impresión penosa, si lo ridículo contemplado raya en lo feo, y una cierta pequeña inmoralidad, si hay en la posición ridícula un daño por leve que sea, para el sujeto que en ella se encuentra”[10].

Curiosamente, a pesar de defender su tesis en noviembre de 1872, el Rector no va a remitir a la Dirección general de Instrucción pública el expediente de solicitud del título de Doctor de Revilla hasta el 28 de junio de 1876. Ésta ordenará el 4 de julio que se le expida el mismo (lo que ocurrirá el 12 de julio) y se recibirá en la Universidad de Madrid el 2 de octubre de 1876, cuando -como veremos- Revilla es ya catedrático en la misma.

Inicios en el periodismo

Revilla simultanea esta labor académica con la actividad político-ideológica y con la periodística. De hecho, ambas están entremezcladas en él: poco después de iniciar sus estudios universitarios, empieza a colaborar en diversos periódicos vinculados al republicanismo español. Su primer escrito publicado en prensa es un poema en el que el jovencísimo autor -con diecisiete años recién cumplidos- da a conocer, el 7 de noviembre de 1863, el programa del semanario científico-literario El Espíritu: eco de la juventud estudiantil opuesta a los gobiernos monárquicos. Ese mismo día, firma la sección “Revista de teatros” de dicho periódico, en lo que puede considerarse su primer trabajo como crítico literario-artístico, campo en el que va a destacar tan señaladamente. Su siguiente texto es otro poema: “El progreso”, canto entusiasta al progreso decimonónico, que aparece en el semanario El Museo Universal -antecedente de la revista La Ilustración Española y Americana- el 17 de enero de 1864, cuando aún no ha cumplido los dieciocho[11]. Pero sus primeros pasos serios en el periodismo los da en El Amigo del Pueblo[12], en cuya fundación interviene junto a Andrés Mellado y Ricardo Blanco Asenjo: entre octubre de 1868 y mayo de 1869 publica artículos como “Los santos de la humanidad”, “Los derechos naturales” o “La libertad de reunión”[13]. Cuando El Amigo del Pueblo y La Igualdad se funden bajo el nombre del segundo, Revilla continúa en él su colaboración con el federalismo: esto parece demostrar su sólido compromiso con el ala más progresista del liberalismo español.

No obstante, eso no excluye su participación en la prensa vinculada a otros sectores republicanos. Si entre diciembre de 1869 y octubre de 1870 escribe quince artículos en La República Ibérica -que se declara “masón y federal” y es el periódico de mayor altura dentro del republicanismo-, en 1870 también colabora con El Pueblo, órgano del republicanismo unitario, en el que publica -en la sección de “Variedades”- una reseña bibliográfica (4 de julio) y una serie de artículos sobre el primer congreso de la sección española de la AIT, organizado en Barcelona, en el que muchos conservadores y liberales -Revilla entre ellos- ven con temor como el primer paso de la Internacional en España (19, 20 y 21 de julio). Además, redacta el artículo “Los últimos momentos del poder temporal”, centrado en la pérdida de las últimas posesiones territoriales del papado (29 de julio). La razón de esta cooperación es que Revilla intenta promover -junto con otros periodistas madrileños- el entendimiento entre las diversas facciones del republicanismo, así como el rechazo a un posible revolucionarismo extremista del liberalismo progresista. En su opinión, el socialismo puede ir calando en la clase popular apoyándose en la demagogia, que es la gran enemiga, porque acabará dañando la base sobre la que se ha de sustentar la República: la clase media. El resultado práctico de estas maniobras es la llamada “Declaración de la prensa republicana de Madrid”: manifiesto redactado en abril de 1870 y firmado el 7 de mayo por un nutrido grupo de periodistas republicanos. Revilla es invitado a participar en su elaboración como redactor jefe de La Justicia Social, semanario vinculado al republicanismo federal. Aunque no la firma, porque sabe que la dirección no va a estar de acuerdo con ella, es uno de sus máximos promotores y el autor del extenso folleto (ochenta y dos páginas) donde se explica y defiende[14], lo que le trae consecuencias muy negativas: su director, Joaquín Martín de Olías, le reprocha haber actuado en nombre del periódico sin obtener la correspondiente autorización[15]. No es extraño que, ante esa censura, Revilla abandone La Justicia Social. De cualquier forma, en este semanario se puede rastrear su trayectoria política y filosófica durante ese periodo, a partir de los siete extensos artículos que publica entre 1870 y 1871, en especial de los aparecidos en la sección “Crónica científica (Interior y Exterior)”, de la que se encarga el propio Revilla.

Por otro lado, el fracaso de la Declaración -de la que incluso se retractan algunos de los firmantes- provoca en él un profundo desconsuelo, que se va a ir convirtiendo en desencanto con la política en general y con el republicanismo en particular: esto marca el punto de inflexión no sólo de su actitud ideológica personal, sino, también, del propio liberalismo español. Apreciamos en Revilla un salto del idealismo y el jacobinismo revolucionarios al posibilismo y la democracia gubernamental. Por eso podemos afirmar que el estudio de la figura y el pensamiento de Manuel de la Revilla nos permite trazar el perfil político del naciente reformismo liberal. En definitiva, Revilla empieza a dar un claro giro desde el federalismo al posibilismo, desde el republicanismo progresista al conservador, al tiempo que va apartándose progresivamente de la política activa. Revilla piensa que la incapacidad del republicanismo español para superar el fanatismo dogmático de las diversas facciones le impide lograr el apoyo de todas las clases sociales y, por consiguiente, la República está condenada al fracaso por la doble presión interna (revolucionarismo extremista) y externa (conservadurismo y reaccionarismo paralizantes). En este contexto, no extraña que sus llamamientos a la mesura, a no sacrificar la República posible en aras de una República ideal cuyo establecimiento no está aún maduro y a intentar armonizar los intereses y aspiraciones de todas las clases sociales en función del superior bien común, encuentren un eco limitado.

Dada su incómoda posición en el Partido Republicano, empieza a colaborar con publicaciones no vinculadas al mismo. Así, aparecen artículos suyos en el Boletín Revista de la Universidad de Madrid: “Exposición y crítica del Discurso del método de Descartes” (25 de marzo de 1869), del que más adelante hablaremos con detalle; “Bibliografía. Études sur l’histoire de l’Humanité, par F. Laurent, professeur à l’Université de Gand” (10 de diciembre de 1869), dedicado a analizar una obra que Revilla considera entre los primeros ensayos de una futura filosofía de la historia de carácter idealista, o sea, de una construcción metafísica deducida con rigor de principios absolutos y comprobada posteriormente por la observación de los hechos; “Bibliografía. Ponos, por D. Melitón Martín” (25 de febrero de 1870), reseña de un libro que Revilla vincula al simbolismo propio de la literatura oriental, que -como veremos- tanto le interesa en este periodo de su vida; “Estudios de arte. La época de la Reforma, Cartón de Guillermo de Kaulbach” (25 de junio de 1870), donde el germanófilo Revilla hace una apología de la cultura y el arte moderno alemanes, pero también ensalza la época del Renacimiento en general y la Reforma en particular, frente al espíritu medieval representado por la Iglesia católica; “La libertad de la enseñanza superior en Francia” (25 de julio de 1870), artículo dedicado a estudiar la problemática de la enseñanza en Francia, pero que también aprovecha para realizar una decidida defensa de la autonomía universitaria absoluta, así como la concesión de una mayor libertad a las instituciones educativas no oficiales, frente a lo que juzga exagerado intervencionismo estatal.

Aunque -como hemos señalado al hablar de su tesis doctoral-, Revilla tendrá en diciembre de 1873 una última colaboración, cuando el Boletín ha simplificado su nombre pasando a llamarse Revista de la Universidad de Madrid: “Bibliografía. Compendio razonado de Historia general, por el doctor D. Fernando de Castro, catedrático de la asignatura en la Universidad de Madrid”, que se refiere al tomo correspondiente al segundo período que el autor de esta obra -destinada a servir de texto a los estudiantes de la asignatura Historia general- dedica al análisis de la Edad Media. Además, en esta Revista edita una versión de su tesis doctoral, aparecida bajo el título de “La idea de lo cómico” en junio y agosto de 1873, como ya hemos mencionado anteriormente.

Igualmente, se editan trabajos suyos en la prestigiosa Revista de España, fundada por José Albareda en 1868 y dirigida por Galdós durante un breve tiempo, a partir de 1873: uno de los órganos culturales más reputados en la España de su tiempo, en el que intervienen autores de variadas tendencias ideológicas -desde conservadores hasta republicanos- a los que, sin embargo, une el aprecio por la tradición cultural española no escolástica, frente a quienes defienden rotundamente y, sin reservas, la modernidad europea y a los que siguen apegados a la rutinaria escolástica. Curiosamente, Revilla -quien, en principio, sintoniza más con los llamados “modernizadores a toda costa”- encuentra refugio en esta revista durante los años 1871 y 1872, aunque continuará colaborando esporádicamente en ella hasta 1879[16].

Así, encontramos reseñas suyas como “Noticias literarias. El arte y los artistas contemporáneos de la península, por D. Francisco M. Tubino” (enero-febrero de 1871), en la que considera el libro de Tubino como un trabajo serio y concienzudo, imparcial y acertado en sus juicios, a pesar de que su autor sea un positivista, o incluso materialista, pues aborrece el “ontologismo”, la metafísica y el idealismo que tanto atraen a Revilla; pero, al mismo tiempo, Tubino cree que la facultad de idealizar es uno de los más preciosos atributos de la naturaleza humana, que si se une la más exquisita percepción sensible de la realidad al idealismo más extremado se tendrá al verdadero genio y que el gran arte pictórico es la conjunción de estos dos elementos: real e ideal. Otra reseña, “Noticias literarias. Cervantes y el Quijote, por D. Francisco M. Tubino” (mayo-junio de 1872), aborda la temática cervantina, tan querida por el crítico madrileño, quien estima en alto grado casi todas las reflexiones y estudios de Tubino acerca de muchas de las opiniones más controvertidas sobre el autor del ingenioso hidalgo y su creador.

Pero los artículos más interesantes de este primer periodo de colaboración con la Revista de España son los que dedica al gran monumento de la literatura sánscrita: el Ramayana. De hecho, estos cuatro escritos[17] pueden considerarse un breve ensayo donde el crítico madrileño no sólo vierte sus conocimientos empíricos e históricos sobre un tema tan desconocido en España (la cultura y la civilización brahmánicas), sino que manifiesta abiertamente sus convicciones filosóficas, con especial referencia al fundamento y dominio del arte (esto es, a su filosofía del arte) y a su concepción admirativa de la cultura alemana, todo ello profusamente ilustrado con ejemplos sacados de la obra que está analizando[18].

Una de las principales cuestiones que Revilla aborda en estos artículos es el de las relaciones entre el Ramayana (la gran epopeya de la literatura sánscrita) y la Ilíada (la gran epopeya de la literatura clásica). De hecho, continuamente establece paralelismos entre los personajes de la mitología y la literatura hindúes y los de la mitología y la literatura griegas. Aunque, en último extremo, encuentra que las semejanzas entre ambas epopeyas son superficiales. Así, el simbolismo está presente tanto en el Ramayana como en la Ilíada, pero a un nivel mucho más profundo en el primero que en la segunda, porque -según Revilla- el genio oriental se presta más que el griego a las formas indirectas de expresión, como son la alegoría, la metáfora, el símbolo, etc. El motivo último de esta diferencia es que el simbolismo es hijo legítimo del panteísmo -entendido por Revilla como confusión de todos los órdenes de la creación-, y el panteísmo domina la civilización hindú, pero no la griega. De esta manera, si lo humano y lo divino se compenetran y relacionan estrechamente en el poema homérico, el humanismo griego logra mantener la libertad de sus personajes y el carácter humano e histórico de los hechos que en él se relatan, mientras que en la epopeya sánscrita el fatalismo está continuamente presente, pues no es la fuerza libre y voluntaria de los personajes la que extirpa y repara los efectos del mal engendrado por unas fuerzas maléficas que tienen el mismo origen que las fuerzas bienhechoras, sino la intervención de los dioses. Por tanto, en la literatura griega los héroes no dejan de ser libres a pesar de su creencia en un destino, pero en la literatura sánscrita se afirma una forma de destino que imposibilita la libertad humana. Por otro lado, la misma lucha entre las fuerzas divinas contrapuestas es una mera ilusión y las peripecias de los personajes son meras apariencias ficticias, porque todos son meras encarnaciones temporales de un único Ser o Sustancia real. Por eso, la Ilíada no es un poema sacerdotal y místico, pero el Ramayana sí. En cuanto a los personajes, el paralelismo que se podría establecer entre Rama (encarnación de Vishnú y máximo héroe del poema) y Aquiles (héroe aqueo matador de Héctor), Ravana (rey de los demonios, raptor de Sita y defensor de Lanka) y Héctor (príncipe y defensor de Troya), Helena (esposa del aqueo Menelao “raptada” por su amante Paris, hermano de Héctor) y Sita (esposa de Rama raptada por Ravana), cae inmediatamente por su propio peso. Y es que la barbarie despiadada y el sensualismo exacerbado de los héroes clásicos se oponen a la pureza moral, la caballerosidad, la generosidad y el humanismo de los héroes sánscritos, mientras que la brutalidad del antihéroe sánscrito (Ravana) es del todo punto incomparable con el carácter del héroe troyano (Héctor).

Esto conduce a otra de las cuestiones fundamentales que trata Revilla en su estudio del Ramayana: las relaciones de la civilización brahmánica llevada a la India por los arios de Bactriana y la civilización cristiana medieval traída a la Europa latina por los arios de Germania. La respuesta rotunda del crítico madrileño es que el origen de la civilización cristiano-europea se encuentra en la civilización hindú, excepción hecha quizá del sistema de castas; aunque sostiene que incluso la aristocracia feudal medieval puede ser una degeneración lejana de las castas. Lo mismo que el ideal político y social de la Edad Media (ideal germánico) procede de la civilización hindú, la literatura caballeresca nace de la literatura sánscrita. En palabras del propio Revilla:

“…multitud de monarquías, enlazadas entre sí por el vasallaje y sometidas a dos o tres, más poderosas y fuertes (…) gobiernan el país. Una poderosa teocracia en quien residen a la vez la ciencia y la riqueza, sojuzga las conciencias y pretende imponerse al poder civil que resiste denodado (…) Ascetas que a veces se reúnen en grandes asociaciones monásticas, difunden las ideas religiosas y mantienen vivo el sentido moral en las conciencias. Una aristocracia militar, influyente y decidida, disputa el poder a los brahmanes; el protagonista del poema es su más exacta personificación. Tal es el cuadro de la sociedad india: ¿cómo negar su semejanza con la sociedad de la Edad Media? [aparte] Aún descendiendo a menores detalles, advertimos que las ceremonias de la consagración y de la investidura se hallan en el poema (…) Las famosas pruebas judiciarias (ordalía) tan usadas en la época bárbara, encuéntranse también en la sociedad india (…) Igualmente hallamos (…) el numeroso séquito de trovadores, juglares y bufones que acompañaban a los magnates feudales; en suma, todas o la mayor parte de las instituciones feudales figuran ya en el poema que nos ocupa. [aparte] Pero si estas semejanzas pudieran explicarse sin acudir a una filiación directa de civilizaciones, la índole de los sentimientos que en el poema se manifiestan viene a dar mayor fuerza a la opinión que sustentamos. El ideal caballeresco aparece en toda su plenitud en el Ramayana. Aquel famoso lema por su Dios y por su dama que tan fielmente simboliza el espíritu caballeresco, pudiera grabarse sin escrúpulo en el escudo de Rama. Por Dios y por su dama pelea Rama contra Ravana; no la ferocidad, no el ansia del combate, sino el amor al bien y a la justicia, la piedad religiosa, el afecto entrañable que a Sita profesa, son los móviles que le lanzan a la lucha. Y aquella humanidad, aquella cortesanía, aquella piedad respetuosa con el vencido, aquella rígida observancia de las leyes de la guerra, que hallamos en Rama, no los encontraremos ya en el feroz Aquiles, ni aun en el piadoso Eneas, pero las veremos de nuevo en Lanzarote, en Roldán, en Amadís, en todos los héroes tradicionales de la andante caballería. [aparte] ¿De dónde, sino de esta antigua y clara fuente tomaron sus nobles sentimientos los caballeros feudales? Aquel respeto religioso a la mujer, en parte nacido del cristianismo, pero principalmente del corazón germánico, no tiene sus precedentes en Grecia ni en Roma, sino en la India. Nada de semejante hay tampoco entre la honrosa condición de la mujer india y la posición denigrante de la griega, relegada en el gineceo o de la romana sometida a la patria potestad de por vida y respetada sólo como engendradora de nuevos ciudadanos, pero no como mujer ni como esposa. No fue en la familia clásica, no fue tampoco en la literatura clásica, donde buscó el andante caballero el exquisito ideal de amor y de galantería que llevó a la vida primero y a las letras después; brotó, sí, de las entrañas de la sociedad germánica, dulcificada por el cristianismo, y la sociedad germánica recibió tan puros sentimientos de sus nobles antepasados de la Bactriana, de los predecesores de Rama.”[19]

Una tercera cuestión que analiza es de carácter primordialmente filosófico, pues sostiene la curiosa tesis de que en el poema sánscrito se presienten las concepciones filosóficas de Kant, y de que en los discursos de Rama se manifiesta una concepción del deber moral tan absoluta y tan rígida como el “imperativo categórico” kantiano. Lo que refuerza su idea de que la cultura alemana tiene su fundamento en la cultura brahmánica de la India.

 

Notas

[1] Así lo recoge Urbano González Serrano en su “Discurso preliminar”, en Revilla Moreno, Manuel de la: Obras de D. Manuel de la Revilla. Madrid, Víctor Sáiz, 1883 (edición póstuma), pág. 6. González Serrano había leído previamente este discurso el 17 de diciembre de 1881, en una velada celebrada en honor de Revilla por el Ateneo Científico Literario y Artístico de Madrid. González Serrano apoya su afirmación en el propio Revilla, quien asegura no haberse lavado nunca con agua fría hasta después de casarse.

[2] Así lo relata Juan López Núñez en Románticos y bohemios. Madrid, Compañía Iberoamericana de Publicaciones, 1929, pág. 34.

[3] Expediente académico de Manuel de la Revilla, Archivo Histórico Nacional de Madrid, Sección “Universidades”, Legajo 6773, Expediente 5.

[4] El expediente donde se recogen sus estudios de Derecho se puede consultar en el Archivo Histórico Nacional de Madrid, Sección “Universidades”, Legajo 4646, Expediente 6, mientras que el de Filosofía y Letras se encuentra en el mencionado Legajo 6773, Expediente 5, de esa misma Sección.

[5] Ésta se puede consultar en el Archivo General de la Administración de Alcalá de Henares, Sección “Educación”, Caja 31/16548, aunque está incompleta, pues sólo incluye los cargos en los que ha servido, la carrera literaria, los servicios prestados y las publicaciones de obras y trabajos científicos hasta el 14 de mayo de 1877. Además, no se guarda su expediente de Clases pasivas ni en el Archivo Histórico Nacional de Madrid, ni en el Archivo General de la Administración de Alcalá de Henares, ni en la Dirección general de Costes de Personal y Pensiones públicas (perteneciente a la Secretaría de Estado de Hacienda). Es posible que, si su viuda solicitó pensión, debiera figurar en este último lugar, pero -según nos han informado los empleados de dicha Dirección general- faltan los expedientes comprendidos en el periodo 1873-1911, y se ignora qué puede haber sido de ellos.

[6] García Barrón, Carlos: Vida, obra y pensamiento de Manuel de la Revilla. Madrid, José Porrúa Turanzas, 1987, pág. 8.

[7] Jiménez García, Antonio: El krausopositivismo de Urbano González Serrano. Badajoz, Excma. Diputación Provincial de Badajoz, 1996, Col. “Historia”, nº 11, pág. 27.

[8] Esta tesis apenas es conocida, a pesar de no ser estrictamente inédita. Efectivamente, se publica en la Revista de la Universidad de Madrid -aunque con abundantes modificaciones de estructura y puntuación-, bajo el título de “La idea de lo cómico”, en junio (tomo I, nº 6, págs. 709-721) y agosto (tomo II, nº 2, págs. 199-215) de 1873. Posteriormente, es recogida con el título de “El concepto de lo cómico”, muchas más modificaciones -incluso de contenido- y gran cantidad de erratas en Revilla Moreno, Manuel de la: Obras de D. Manuel de la Revilla. Madrid, Víctor Sáiz, 1883 (edición póstuma), págs. 185-210.

[9] Revilla Moreno, Manuel de la: Lo cómico. Su concepto. Su relación con lo bello, lo feo y lo sublime. Sus manifestaciones en la realidad y en el arte. Su efecto en el espíritu del contemplador. Archivo Histórico Nacional de Madrid, Sección “Universidades”, Legajo 6773, Expediente 5. Tesis doctoral manuscrita, págs. 32-33.

[10] Ibídem, pág. 85.

[11] Más adelante compararemos este poema con otro de la misma temática que Revilla escribe años después.

[12] El grupo encabezado por Carlos Marra y Francisco García López -quienes serán diputados de las Cortes constituyentes en representación del republicanismo federal- funda este periódico el 30 de septiembre de 1868, tres días antes de la entrada del general Serrano en Madrid. El título es la traducción del homónimo de Marat, y es considerada una publicación jacobina, exaltada y demagógica equiparable a aquél. El subtítulo (“Diario de la República democrática federal”) delata su línea editorial, cuya intención primordial es encauzar el Partido Demócrata por la senda del republicanismo federal. Otro grupo de federalistas, dirigidos por el médico José Guisasola fundan el 11 de noviembre de 1868 La Igualdad, cuyo subtítulo es “Diario democrático republicano”. Ambos conviven hasta que el 18 de mayo de 1869 se funden y dan origen a la segunda época de La Igualdad.

[13] Desgraciadamente, El Amigo del Pueblo no figura en ninguna hemeroteca española. Tampoco se encuentra en la Hemeroteca Nacional de París ni en el Instituto de Historia Social de Ámsterdam, donde están recogidas numerosas fuentes del republicanismo español del xix. Existía la posibilidad de que se encontrara en alguna biblioteca o hemeroteca de Burdeos, ya que esa ciudad francesa fue -junto con París- el sitio elegido para emigrar por muchos de los protagonistas del Sexenio revolucionario con la llegada de la Restauración, de manera que allí se guarda gran cantidad de fuentes documentales sobre el tema. Sin embargo, las pesquisas realizadas en los Archivos departamentales y municipales y en la Casa de Goya no han dado fruto.

[14] Revilla Moreno, Manuel de la: Historia y defensa de la Declaración de la prensa republicana. Madrid, La Discusión, 1870.

[15] Joaquín Martín de Olías critica la Declaración en la “Crónica política”, publicada el 7 de mayo de 1870 en La Justicia Social, pues la considera “injustificable”, e ironiza respecto a su objeto principal: mostrar que entre unitarios y federales hay diferencias más aparentes que fundadas, y que estriban sólo en matices de opinión. Al final de su artículo deja sentado que La Justicia Social es ajena a ese manifiesto, en el que -entre otros- ha participado La República Ibérica. Además, el director termina citando directamente a su redactor jefe y afirma no haberle autorizado para actuar en representación de su semanario. Posteriormente, Martín de Olías vuelve a tratar este mismo asunto, el 14 de mayo de 1870, en la “Crónica política”: en concreto, destaca las numerosas reacciones de oposición suscitadas por la Declaración, y hace especial referencia al manifiesto-circular del Directorio republicano, firmado el 10 de mayo, en el que los líderes federalistas Pi y Margall, Figueras y Castelar -futuros presidentes de la Primera República- expresan, asimismo, su claro rechazo.

[16] “El naturalismo en el arte”, (mayo-junio de 1879), artículo en el que sintetiza su tesis de la armonización del realismo y el idealismo, tesis que más adelante estudiaremos con detalle. Algunos años antes había publicado “El neo-kantismo en España. Ensayos sobre el movimiento intelectual en Alemania, por Don José del Perojo” (noviembre-diciembre de 1875), que también analizaremos en su momento.

[17] “Literatura sánscrita. El Ramayana I” (mayo-junio de 1872), “Literatura sánscrita. El Ramayana II” (julio-agosto de 1872), “Literatura sánscrita. El Ramayana III” (septiembre-octubre de 1872) y “Literatura sánscrita. El Ramayana IV” (noviembre-diciembre de 1872).

[18] Sobre el valor objetivo de las reflexiones de Revilla acerca del Ramayana, García Barrón comenta que pidió a Raimundo Pannikar que leyera los cuatro artículos del crítico madrileño, y que éste le contestó el 9 de diciembre de 1978 con una carta en la que, entre otras observaciones, emitía el siguiente juicio: “En una palabra, me parece ser uno de los mejores artículos que yo he leído sobre el Râmâyana. Sus consideraciones sobre la literatura comparada son brillantes. La prosa es clara y el pensamiento feliz. No tiene la pretensión filológica y en cambio posee una enorme riqueza humanística. Las opiniones son ponderadas y expresan perfectamente el ansia de tolerancia y de simpatía de la generación intelectual española a la que pertenece. El trabajo no desmerecería ser publicado (acaso con algunas notas aclaratorias sobre el estado de la cuestión, casi cien años más tarde). Ha sido para mí un placer volver a leer este artículo.” Víd. García Barrón, Carlos: Vida, obra y pensamiento de Manuel de la Revilla. Madrid, José Porrúa Turanzas, 1987, nota a pie de página nº 14, págs. 106-107.

[19] “Literatura sánscrita. El Ramayana IV”. Revista de España, noviembre-diciembre de 1872, págs. 21-23.

 

© Ediciones de la Universidad Autónoma de Madrid. Fernando Hermida, José Luis Mora, Diego Núñez, Pedro Ribas. Manuel de la Revilla, obras completas. Madrid: Universidad Autónoma de Madrid, 2006. Edición digital del estudio introductorio autorizada para el Proyecto Ensayo. Esta versión digital se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines deberá obtener los permisos correspondientes. Edición para Internet preparada por José Luis Gómez-Martínez con la colaboración de Béatrice de Thibault.

 

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