Manuel de la Revilla
 

 

Manuel de la Revilla
(el pensador y su obra)

 

4. La oposición a la cátedra de Principios generales de Literatura
y Literatura española

Antecedentes administrativos

Esta polémica oposición –ganada al final por Revilla– se dilata en el tiempo desde 1872 hasta 1876, y en ella se entremezclan antagonismos ideológicos, controversias intelectuales y enfrentamientos personales, con el telón de fondo de la feroz lucha por el control de las cátedras en un medio académico tan determinante como la Universidad de Madrid.

El 17 de julio de 1872 Uña[1] remite un escrito a Ferrer del Río[2] solicitando que se provea por oposición la cátedra de Principios generales de Literatura y Literatura española, vacante por traslación de quien la ocupaba, Francisco de Paula Canalejas Casas. Ferrer del Río firma el conforme y, el 22 de ese mismo mes, el Negociado 1º de Instrucción pública remite al Director general la Real Orden para que se provea dicha cátedra, y éste lo envía ese mismo día a la Gaceta para que se haga pública la correspondiente convocatoria. Por fin, el 6 de agosto se anuncia oficialmente la apertura del plazo de presentación de solicitudes.

El 13 de septiembre, el Rector de la Universidad comunica al Decano de la Facultad de Filosofía y Letras que debe reunirse el Claustro de profesores para proponer los nueve jueces que han de formar el tribunal de oposición. El día 17 se reúne el Claustro y elige los nombres que se han de someter a la aprobación del Rector. El tribunal que se acuerda está formado por: Antonio María García Blanco (Decano), Manuel Milá y Fontanáls, José Fernández Espino, Jerónimo Borao y José Vicente Fillol (catedráticos de la misma asignatura en las Universidades de Barcelona, Sevilla, Zaragoza y Valencia, respectivamente), Alfredo Adolfo Camus, José Amador de los Ríos, Francisco Fernández y González y Francisco de Paula Canalejas (profesores públicos del mismo género de estudios en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Madrid). El 20 de septiembre, el Decano remite al Rector la lista del tribunal y éste, a su vez, la traslada el 3 de octubre al Director general.

El 9 de octubre O. de Zárate[3] remite a Prieto y Prieto[4] la propuesta del Rector. Éste firma el conforme el 12 de octubre. Ese mismo día, la Dirección general de Instrucción pública remite al Rector la aprobación del tribunal.

Hasta aquí, el proceso se ha ido desarrollando con bastante rapidez, pero ahora comienzan los interminables problemas que van a ralentizarlo, e incluso paralizarlo.

En efecto, el 20 de octubre Jerónimo Borao renuncia a su puesto en el tribunal, aduciendo problemas de salud, para lo que aportará posteriormente un certificado médico (expedido el 25 de octubre) sobre su predisposición crónica a sufrir afecciones de índole catarral. Ese mismo día, Manuel Milá y Fontanals renuncia a su puesto, aduciendo asimismo problemas de salud (aportará certificado médico expedido el 28 de octubre sobre su predisposición crónica a sufrir afecciones de índole catarral), además de manifestar que necesita publicar dos trabajos literarios, uno de ellos indispensable para sus clases. Por fin, el 25 de noviembre, José Fernández Espino renuncia a formar parte del tribunal, aunque no existe documento alguno que justifique causa alguna para ello.

Sorprende este inmediato abandono de un tercio de los jueces. ¿Son auténticas las razones aducidas? ¿Se trata, simplemente, de que quieren librarse de una obligación que resta tiempo a su trabajo académico? ¿O, por el contrario, se ha corrido la voz de que ésta va a ser una oposición problemática, en la que tal vez pueden salir dañados o represaliados los propios miembros del tribunal? Bien podría ser esto último, a la vista de las conspiraciones y dificultades que va a haber en la elaboración de las listas de sustitutos y de nuevos tribunales.

El 2 de diciembre, Manuel de la Revilla solicita ser admitido a la oposición a cátedra. Pero, justo al día siguiente, el Rector recibe las solicitudes de renuncia e inicia el proceso de elección de sustitutos. El día 5, el Rector señala al Decano de la Facultad de Filosofía y Letras la necesidad de que se vuelva a reunir el Claustro para proponer tres nuevos jueces. Por fin, el 6 de diciembre se cierra el plazo de presentación de opositores.

Ante la imposibilidad de nombrar catedráticos de la misma asignatura o análoga a la vacante –dado el número tan limitado de cátedras–, el Claustro se decanta por: Emilio Castelar (catedrático de Historia de España en la Universidad de Madrid), Mamés Esperabé Lozano (catedrático de la Facultad de Filosofía y Letras en la Universidad de Salamanca) y Antonio Cánovas del Castillo (que no es catedrático, pero cuyo nombramiento está justificado –según se afirma– por ser bastante conocido en la república de las letras). Al día siguiente, el Decano remite a la aprobación del Rector la decisión del Claustro. Éste envía el 14 de diciembre a la Dirección general de Instrucción pública la renuncia de los profesores arriba citados y la composición del nuevo tribunal. La Dirección general se da por enterada el día 16, y el 19 O. de Zárate remite a Prieto y Prieto su propuesta de que acepte las sustituciones. Éste da su aprobación el día 23.

Sin embargo, los problemas continúan, pues el 18 de enero de 1873 José Vicente Fillol comunica al Rector de la Universidad de Valencia su imposibilidad de acudir a la sesión preparatoria del tribunal por haberse exacerbado su catarro crónico de índole asmática, para lo que aporta el correspondiente certificado médico: ahora son ya cuatro los afectados por esta curiosa “epidemia” que ha ido diezmando a los jueces de esta oposición. El día 20, el Rector de Valencia traslada al Rector de la Universidad de Madrid el escrito de Fillol. No obstante, ese mismo día el tribunal celebra dicha sesión preparatoria. Asisten a la reunión Cánovas (Presidente), García Blanco, Camus, Amador de los Ríos, Castelar, Esperabé y Fernández y González (Secretario). Como se aprecia, además de Fillol falta también Canalejas, aunque en ningún lugar se haga mención a esta circunstancia. En la sesión se declara la aptitud legal de los dos únicos opositores presentados –Manuel de la Revilla y Hermenegildo Ochoa– para tomar parte en los ejercicios.

El día 25 el Rector propone –de acuerdo con el Claustro– como sustituto de Fillol a Antonio Romero Ortiz. El 28, O. de Zárate aprueba la sustitución. Dos días después, el 30 de enero, el tribunal se vuelve a reunir casi al completo (no asisten ni Canalejas ni –como es de esperar, dada la premura del tiempo– Romero Ortiz) esta vez para sortear el orden de intervención de los candidatos, correspondiendo el primer lugar a Ochoa. Se anuncia que los dos primeros ejercicios consistirán en la lectura del programa o memoria elaborados por cada uno de los candidatos, a quien hará objeciones por tiempo ilimitado el otro, para, posteriormente, recibir una amplia réplica del primero, permitiéndose alterar este orden sólo para que se hagan las oportunas y brevísimas declaraciones y rectificaciones, siempre que el Presidente lo crea oportuno. El último ejercicio consistirá en que el opositor explique tantas lecciones de su programa (libremente elegidas todas, excepto una, que lo será por sorteo) cuantas fuesen las asignaturas asignadas a la plaza vacante. Además, se indica como fecha de celebración del primer ejercicio el 3 de febrero.

El 3 de febrero se reúne, efectivamente, el tribunal formado al efecto por Cánovas, García Blanco, Camus y Amador de los Ríos, pero se suspende la sesión por indisposición del interviniente (Ochoa). Sin embargo, ese mismo día se produce un hecho que Revilla debe recibir como un mazazo: se suspenden los ejercicios de oposición hasta la resolución de la demanda contenciosa presentada por José Somoza Llanos ante el Tribunal Supremo contra la Real Orden que trasladaba a Francisco de Paula Canalejas desde la cátedra de Principios generales de Literatura y Literatura española a la de Historia de la Filosofía, para lo que se envía la correspondiente copia al Rector y al Presidente del tribunal.

Insistimos que esto supone un duro golpe a las esperanzas de Revilla, porque el proceso va a continuar totalmente paralizado durante más de dos años, y luego se irá desarrollando lentamente durante 15 meses más.

En efecto, estando relativamente próxima la resolución sobre el recurso presentado contra el traslado de Canalejas a su nueva cátedra, y a la vista de la posibilidad de que éste sea desestimado, la Dirección general de Instrucción pública pide el 9 de abril de 1875 al Rector de la Universidad de Madrid que le proporcione una lista de los individuos que han presentado trabajos para participar en los ejercicios, además de una nota aclaratoria sobre las circunstancias del tribunal y cuantos datos administrativos sean relevantes para retomar el mecanismo de oposición. Pero hasta el 14 de junio no responde el Rector, sin duda por las dificultades en recabar toda la información que se le solicita y por la necesidad de volver a realizar las necesarias copias manuscritas de la abundante documentación que ha ido requiriendo un proceso tan largo y plagado de complicaciones. Por fin, el 28 de octubre el Consejo de Estado absuelve a la Administración de la demanda realizada por José Somoza y el 23 de diciembre se inserta en la Gaceta dicho decreto de absolución: el camino parece despejado para la oposición a la cátedra de Principios generales de Literatura y Literatura española. Sin embargo, dado el lapso de tiempo transcurrido, se hace preciso nombrar un nuevo tribunal, al constatar que algunos de los jueces del primer tribunal no pueden reincorporarse, bien por su posición actual, bien por formar ya parte de otros tribunales. Por fin, el 11 de febrero de 1876, se envía a los interesados la propuesta de su nombramiento. Éstos son: José Amador de los Ríos (Consejero de Instrucción pública), Alfredo Adolfo Camus (catedrático de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Madrid), Gumersindo Laverde Ruiz (catedrático de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Valladolid), Manuel Milá y Fontanals (catedrático de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Barcelona), José Coll y Vehí (Doctor y autor de obras), Ramón de Campoamor (Director de Beneficencia y Sanidad y Académico de la Española), Manuel Cañete (Académico de la Española) y Aureliano Fernández Guerra. Camus (14 de febrero), Milá y Fontanals (16 de febrero) y Campoamor (14 de febrero) envían sin más su carta de aceptación a Joaquín Maldonado Macanaz, Director general de Instrucción pública. Pero es fácil comprobar que las intrigas y enfrentamientos que han planeado desde un principio sobre esta cátedra vacante no han desaparecido: Fernández Guerra rechaza formar parte del tribunal, Coll y Vehí acepta, aunque afirma que “bien que con la debida desconfianza” y Amador de los Ríos acepta también con reservas (“a pesar del doloroso estado de mi ánimo”, dice) [5]. En cuanto a Cañete, no se guarda ninguna respuesta suya, mientras que, según Laverde, su primera carta se ha extraviado, por lo que el 16 de marzo vuelve a enviar otra al Director general en la que acepta su cargo de juez.

Resulta evidente que el motivo de estas suspicacias es que Manuel de la Revilla sea uno de los opositores: como veremos a continuación, el fondo del problema es el tan habitual antagonismo ideológico entre la intelectualidad española de diferente signo político, que se entremezcla con una feroz lucha por las cátedras (especialmente en la Universidad de Madrid, vital para marcar el rumbo de la vida académica española) y por el enfrentamiento personal entre algunos de los implicados –directa e indirectamente– en esta trama casi novelesca.

El 3 de abril se cierra la lista del tribunal con los siete miembros que han mostrado su disposición –incondicional o condicional– a formar parte de él. El día 5, la Sección de Universidades del Ministerio de Fomento comunica oficialmente a Joaquín Maldonado la composición del tribunal y envía una copia de este comunicado al Rector de la Universidad de Madrid. Sin embargo, no queda cerrado con esto el proceso de constitución del tribunal, porque Laverde presenta su renuncia el 13 de mayo, aduciendo su mal estado de salud. Ésta le es admitida el día 19 por la mencionada Sección de Universidades, y se nombra en su lugar a Antonio García Gutiérrez (Académico de la Española). Por fin, el 29 de mayo se constituye el tribunal del que es Presidente Amador de los Ríos y Secretario Coll y Vehí, y se levanta la correspondiente acta. El 31 de ese mismo mes se aprueban los 100 temas o cuestiones, referentes a la asignatura objeto de la oposición, que van a formar parte del primer ejercicio de la oposición.

Dicho ejercicio se realiza el 1 de junio, y a él se presenta únicamente Revilla, por lo que se entiende que Ochoa ha renunciado a la oposición, aunque –en principio– no le favorece en lo más mínimo ser el único candidato. Se sortean las diez preguntas que Revilla debe responder en hora y media, resultando elegidas: “¿Qué comentario de las poesías de Garcilaso es más apreciable por su erudición y crítica, el del Maestro Francisco Sánchez de las Brozas o el de Fernando de Herrera?” (95); “Valor literario de los dos poemas del Cid” (79); “La variedad en la obra literaria. ¿Es condición esencial de lo bello?” (21); “Importancia ideológica y filológica del estudio de los tropos de palabra. Influencia de este estudio en el método científico de los mejores diccionarios modernos” (34); “Belleza divina. Belleza de las sustancias espirituales” (4); “De la creación en la Poesía. ¿Limítase a creación de formas, o se extiende a creación de ideas e ideales? ¿Es el ideal artístico producto del ideal social? ¿Qué relaciones tiene bajo este aspecto la Literatura con las demás esferas de la vida humana, y señaladamente con la Ciencia y la Religión?” (47); “La armonía del lenguaje. Su análisis y sus leyes” (37); “¿Cuál es el verdadero valor e importancia de la gramática sobre la lengua castellana que hizo el Maestro Antonio de Lebrija para la Reina Doña Isabel la católica?” (96); “Melo como historiador y como poeta” (100); “Influencias extrañas que se determinan en nuestra literatura en los diversos periodos de su historia, con expresión de los géneros, formas y manifestaciones de todo linaje a que dan origen” (68).

El día 4 el tribunal aprueba el programa redactado por los jueces, que está compuesto por 54 lecciones. Al día siguiente, se celebra el segundo ejercicio. En él se sacan por sorteo tres lecciones, de las que Revilla debe elegir una para desarrollarla por escrito: “De la imaginación. De la facultad de componer en general. De la imaginación estética” (10); “Genio. Talento. Imaginación. Originalidad. Estilo. Manera” (13); “Carácter general de la Literatura española en relación con las creencias; con los sentimientos; con las costumbres nacionales. Idea del genio español desde la edad más remota. Consideraciones generales sobre su índole especial bajo la dominación romana, bajo la monarquía visigoda; bajo la servidumbre sarracena; en los tiempos modernos” (35). Revilla decide escoger esta última lección[6] y solicita que se le faciliten los tomos I y II de la Historia crítica de la Literatura española de José Amador de los Ríos, el tomo I de la Literatura española de Ticknor y Estudios de Literatura y crítica de José Fernández Espino, tras lo cual queda incomunicado.

El 6 de junio se vuelve a reunir el tribunal y Revilla explica durante una hora la lección elegida. Algunos miembros del tribunal le hacen observaciones, pero no queda recogido en las actas ni el nombre de los intervinientes ni la duración de dichas observaciones.

El día 8 se reúne nuevamente el tribunal para leer y examinar el programa de la asignatura presentado por Revilla y se acuerda que el último ejercicio se celebre el 12 de junio. Ese día, Revilla diserta durante una hora sobre el Programa presentado. Varios jueces le hacen observaciones, pero, una vez más, no queda recogido en las actas ni su nombre ni la duración de sus comentarios. Por último, se procede a la votación, resultando de la misma cinco papeletas a favor de Revilla y dos en blanco. De acuerdo con la ley, al haberse presentado un único candidato con la aptitud suficiente para ser nombrado catedrático, se hace propuesta a su favor sin necesidad de celebrar una nueva votación, con lo que se da por terminada esta oposición plagada de problemas y tan dilatada en el tiempo.

El día 13, Amador de los Ríos remite los expedientes y las actas de la oposición y escribe una carta al Ministro de Fomento en la que alaba el comportamiento del tribunal y certifica que se han cumplido estrictamente las prescripciones de la ley. Sin embargo, hay alguna protesta o, al menos, suspicacias sobre la transparencia del proceso (o, más bien, sobre el resultado del mismo), aunque no sabemos si debidas directamente a algunos miembros del tribunal o a personas vinculadas indirectamente. Lo cierto es que el día 17 se decide pasar el expediente de la oposición al Consejo de Instrucción pública para que elabore un informe aclarando si se ha vulnerado la ley durante el proceso. El día 21 se traslada ese expediente al Consejo, cuya Sección 1ª se pronuncia sobre el mismo el 14 de julio, comunicando que no se ha vulnerado la legalidad en ninguno de los actos de la oposición. No obstante, la sección manifiesta que desea salvar un escrúpulo que tiene como católica que es: en vista de las ideas manifestadas públicamente por Manuel de la Revilla en el Ateneo de Madrid y en otros lugares, afirma que si la Sección hubiera sido juez, quizá también habría votado en blanco, como han hecho dos de los miembros del tribunal, pero que a ella no le corresponde más que juzgar acerca de la legalidad de las oposiciones. En definitiva, tal y como afirma explícitamente, dicha Sección del Consejo de Instrucción pública quiere así guardarse las espaldas, respondiendo de antemano a cualquier cargo que se le pudiera hacer en el futuro, en el sentido de acusarla de excesiva tolerancia hacia quien propala doctrinas contrarias a las enseñanzas de la Iglesia y que incluso la ataca. Lo más curioso del caso es que el escrito de dicha Sección del Consejo de Instrucción pública va encabezado por los nombres de Amador de los Ríos, de la Cámara y Arrieta, aunque va firmado por de la Cámara (como Presidente accidental) y por Santos López Martín (como Secretario). Y hay que recordar que José Amador de los Ríos ha sido el Presidente del tribunal de oposición en cuestión. Esto plantea varias dudas: ¿de los Ríos es juez (como Vocal del Consejo de Instrucción pública) y parte (como Presidente del tribunal de oposición) en la dilucidación de la legalidad o ilegalidad del procedimiento seguido en la oposición, o se abstiene de intervenir en la cuestión?; ¿ha sido de los Ríos uno de los dos jueces que han votado en blanco o, por el contrario, ha votado a favor, en cuyo caso resulta, más que extraña, hipócrita la afirmación de la Sección 1ª, en el sentido en que sus miembros habrían votado en blanco caso de formar parte del tribunal? Imposible ofrecer una respuesta fundada y justificada a estas cuestiones un tanto turbias.

Visto el informe del Consejo de Instrucción pública, el Negociado de Instrucción pública somete el 24 de julio a la aprobación de la superioridad la resolución del nombramiento de Revilla. El día 26, esa Dirección general comunica al Ministro de Fomento, Francisco de Borja Queipo de Llano y Gayoso, conde de Toreno, el nombramiento de Revilla como catedrático numerario de Principios generales de Literatura y Literatura española de la Universidad de Madrid. El 1 de agosto Revilla toma posesión de su cátedra, aunque tendrá que esperar hasta el 10 de septiembre de 1879 para recibir el título de numerario.

El programa y la memoria de cátedra

En cuanto al contenido en sí del Programa razonado de Principios generales de Literatura y Literatura española[7], podemos decir que resulta de especial interés la introducción general que Revilla redacta, porque en ella vierte tanto sus concepciones filosóficas globales como las que se refieren específicamente a lo que denomina “ciencias de la Literatura”. Estos planteamientos filosóficos quedan, si cabe, más nítidos en la Memoria sobre las fuentes de conocimiento y método de enseñanza con aplicación a los Principios generales de Literatura y Literatura española[8], que acompaña a ese Programa razonado.

En primer lugar, considera que al englobar la cátedra dos asignaturas diferentes, pertenecientes a ramas diversas de la ciencia, no poseen ambas el mismo carácter: los Principios generales de Literatura abarcan la Literatura en sí misma, en sus leyes y principios esenciales y sin relación a tiempo ni espacio algunos, mientras que la Literatura española se refiere a las manifestaciones históricas concretas de la Literatura en un determinado país. Por ello, la primera es una ciencia total que pertenece al dominio de las ciencias filosóficas, mientras que la segunda es sólo una parte de otra ciencia total que entra de lleno en el dominio de las ciencias históricas. Esto le permite afirmar que el Programa presentado al tribunal de oposición es realmente la unión de dos diferentes, uno para cada asignatura, puesto que éstas poseen un carácter tan distinto entre sí. Ni que decir tiene que, desde un primer momento, el idealista Revilla muestra su predilección por la ciencia filosófica, puramente racional, frente a la ciencia histórica, que posee una entidad fuertemente empírica y que se refiere tan directamente a los datos. De ahí que los Principios generales de Literatura representen casi dos tercios del Programa total[9].

La relación entre las asignaturas consideradas es de subordinación de la segunda a la primera, en cuanto que los hechos estudiados por la Literatura española se han de juzgar a la luz de los principios que expone la otra asignatura. Por otro lado, Revilla enfatiza el carácter rigurosamente científico de ambas, y se opone explícitamente a la idea, tan extendida en su tiempo, de que la Literatura general no es más que “...una colección de reglas técnicas deducidas de las enseñanzas de la experiencia o de la tradición, cuando no del atento examen de los modelos clásicos, y completamente ajenas a las investigaciones sistemáticas de la ciencia”[10]. Este conjunto de reglas técnicas fundadas en principios racionales y apoyadas en los datos de la experiencia y en los buenos modelos es mera Literatura preceptiva, también llamada antiguamente Retórica y Poética: aunque sea muy útil para el artista, nada tiene en común con la ciencia propiamente dicha.

Las reglas técnicas hacen referencia exclusivamente a la literatura como arte. Pero la literatura es también un objeto real que puede ser conocido, bien en su esencia y leyes, bien en sus hechos, bien en la relación de ambos elementos. Además, ese conocimiento no sólo es posible en la forma del conocimiento común o precientífico, sino también en la forma sistemática de la ciencia. En consecuencia, hay una ciencia de la literatura esencialmente distinta del arte de la literatura, con la que se suele confundir vulgarmente. Ni que decir tiene que Revilla concibe el arte de la literatura como algo subordinado a la ciencia de la literatura. Por otro lado, sostiene que los Principios generales de Literatura son la parte filosófica de la ciencia de la literatura: el conocimiento de la esencia, leyes y caracteres fundamentales y constitutivos de la literatura en todas las épocas y pueblos. O sea, el estudio de lo permanente y no temporal de la literatura.

En resumen, los Principios generales de Literatura constituyen la Filosofía de la Literatura: una ciencia total, filosófica, fundada en la Razón, auxiliada por el entendimiento y que sigue un método análogo al de las ciencias filosóficas. En cambio, la Literatura española no es más que un capítulo de la Historia de la Literatura general: el referido a España o, más bien, a Castilla, pues no estudia muchas de las literaturas españolas (la arábigo-hispana, la hispano-judaica, las vasco-cántabras o las hispano-americanas) y otras muy secundariamente (la catalana o la hispano-latina). Se trata, además, de una asignatura de carácter histórico, experimental, cuya fuente está en el sentido, en la memoria y en los monumentos escritos, y que sigue los métodos propios de la Historia.

Incluso, puede decirse que se trata de dos ciencias que se fundamentan en modos y fuentes de conocimiento opuestos. Sin embargo, el idealista y dialéctico Revilla afirma que, lo mismo que dichos modos opuestos se unen y componen en el conocimiento absoluto, ambas ciencias opuestas se unen en una compuesta: la Filosofía de la Historia.

En la introducción específica al Programa de Principios generales de Literatura, Revilla nos recuerda que la ciencia de la Literatura ha de comprender las tres partes esenciales de toda ciencia: el conocimiento de lo esencial, total y permanente del objeto de la ciencia (conocimiento ideal o filosófico), el conocimiento de lo individual, temporal y sensible (conocimiento sensible o histórico) y el conocimiento compuesto por la unión de ambos (conocimiento racional o filosófico-histórico). Las ciencias fundadas en cada uno de estos tres modos de conocimiento son, respectivamente, la Filosofía, la Historia y la Filosofía de la Historia. Juntas, constituyen toda la ciencia: todos y cada uno de los objetos cognoscibles pueden ser estudiados por ellas. Por tanto, la ciencia de la Literatura se divide en tres partes: Filosofía de la Literatura, Historia de la Literatura y Filosofía de la Historia de la Literatura.

Después, determina el plan de la asignatura, que –insistimos– no constituye otra cosa que la Filosofía de la Literatura. En primer lugar, afirma que dicho plan “... no es una creación arbitraria del científico, sino una derivación natural del contenido de su objeto. Exponer el plan de una ciencia es tanto como enumerar todo lo que contiene, como exponer la comprensión y la extensión de su concepto, y siendo esto así, es claro que para formarle es preciso tener antes algún conocimiento del objeto de la ciencia, cuyo concertado desarrollo ha de ver lo que llamamos plan” (Programa razonado 24).

Para ello, Revilla pasa revista a las diversas acepciones de la palabra “Literatura” en el lenguaje común, tratando de encontrar las notas características relevantes que comparten todas ellas, hasta obtener una definición de Literatura que sea perfecta bajo el punto de vista puramente lógico. Interrogando al sentido común, y buscando a la vez la confirmación de la ciencia, Revilla concluye qué es el arte. A partir de ambas definiciones, forma el concepto de la Literatura como “la expresión artística de la belleza por medio de la palabra” (Programa razonado 34).

A continuación, reflexiona sobre las relaciones que tiene la Filosofía de la Literatura con otras ciencias como la Filosofía del Arte (por ser la Filosofía de un arte bello), la Filosofía de la Belleza o Estética (por ser la Belleza lo que se expresa en la Literatura), la Filosofía del Lenguaje o Filología (por ocuparse del medio de expresión propio de este arte), la Psicología y la Lógica.

Por fin, va desgranando la trabazón de su plan de la asignatura, cómo se derivan sus componentes unos de otros.

En la primera parte, considera los elementos esenciales del arte literario: lo que es expresado en el arte literario (la Belleza), el artista que lo expresa, el medio sensible de expresarlo (la palabra), la expresión como la forma de lo expresado y la obra artística como resultado de la unión de estos elementos. A las cinco secciones en que divide esta primera parte añade un apéndice acerca del público, en el que se manifiesta el Revilla crítico artístico, quien –a pesar de tener poco aprecio a lo empírico– no quiere limitarse a elucubrar sobre cuestiones metafísicas, sino que se sumerge en la realidad de la experiencia literaria, aunque ahora no como creador, sino como espectador que juzga con rigor las obras ajenas. No obstante, se empeña en considerar la crítica literaria en general –y, por supuesto, la que él realiza en particular– como una actividad objetiva que se rige por leyes muy concretas que debe cumplir, lo mismo que todas las obras literarias, para ser fiel a la función que le corresponde. En este sentido, Revilla define la crítica como “... la expresión razonada del gusto en forma de juicio” (Programa razonado 47), siendo el gusto “... la facultad de apreciar y sentir lo bello” (Programa razonado 47).

En la segunda parte, examina la literatura en la variedad de sus formas y manifestaciones esenciales, que no son otras que los géneros literarios. Nuevamente, al final de esta parte, aborda la cuestión de la crítica literaria, que –como acabamos de señalar– es una de sus recurrentes obsesiones teóricas y prácticas.

Por último, desarrolla todos estos temas de su plan de la asignatura Principios generales de Literatura dividiéndolos en 62 lecciones.

En cuanto a la introducción específica de la Literatura española, Revilla insiste en la idea de que, realmente, se trata de una Historia de la Literatura española, y que así debería denominarse, porque supone “el conocimiento sistemático de las obras literarias producidas en todos los periodos de la historia, en la nación española” (Programa razonado 203). Esta historia es inseparable de la de la nacionalidad y de la lengua que caracterizan a dicha literatura nacional. Mientras no se ha afirmado la independencia de un pueblo, y éste se ha constituido como nación y se ha dotado de un idioma propio, no se puede afirmar con propiedad que existe dicha literatura nacional. Por eso considera justificado dejar fuera del estudio de la Literatura española las producciones escritas en lengua latina en la Hispania dominada por los romanos, la literatura visigoda y los movimientos arábigo-hispano e hispano-judaico, aunque todos ellos hayan aparecido en el suelo que luego sería español. En cuanto a las literaturas portuguesa e hispano-americanas, estima que es suficiente razón para prescindir de ellas el que se hayan convertido en literaturas extranjeras al haberse constituido Portugal como nación independiente y haberse separado de España las colonias americanas. Respecto a la literatura vasco-cántabra, señala que la omisión de la última no es grave, pues en ella no se cuentan producciones muy notables y, además, la lengua vasca es un idioma independiente por completo del español. Por fin, la exclusión de la literatura catalana –menos justificable a priori que las demás–, no deja de tener su sentido si se toma en consideración la pérdida de importancia y poderío que sufrió la lengua catalana una vez que se adoptó el romance castellano como lengua oficial de la nación, y que aquélla quedó reducida a la categoría de dialecto provincial: el castellano es el idioma propio y característico de la nación española, mientras que la literatura catalana es extranjera y en realidad forma un capítulo de la historia de las literaturas provenzales.

En definitiva, Revilla propone que la asignatura de Literatura española se circunscriba al estudio de las producciones escritas en lengua castellana y que se deje el estudio de lo que denomina “literaturas provinciales” para la asignatura de Historia crítica de la Literatura española, que forma parte del Doctorado en Filosofía y Letras en la Universidad de Madrid.

Como método a seguir para desarrollar la historia de la literatura española, propone uno mixto entre la exposición puramente cronológica de las obras (que presenta confundidas obras de índole muy diversa y no proporciona una idea exacta del desarrollo de los géneros) y la mera exposición por orden de géneros (que es algo confusa y no se puede emplear para reconstruir todas las épocas de la historia literaria española). En su opinión, lo que hay que hacer es seguir con el mayor rigor posible el orden cronológico, pero distinguir dentro de él los géneros, siempre que el carácter de la época historiada lo permita. En resumen, no se limita a adoptar el papel de cronista que ofrece una descarnada relación de autores y obras, sino que trata de indagar las causas, los fundamentos y las consecuencias de los hechos literarios, mostrar las íntimas relaciones entre la historia política y la literaria, determinar las influencias extrañas en la literatura española y considerar los movimientos literarios a que éstas son debidas, estudiar las influencias que ejercen mutuamente la sociedad y la literatura, señalar los caracteres distintivos de cada una de las épocas y periodos en que se puede dividir la historia literaria española y –como no podía ser menos en él– juzgar, bajo todos sus aspectos y relaciones, las obras que forman parte de esta Historia de la Literatura española con arreglo a los principios de lo que llama “sana crítica”. Esta “sana crítica” que menciona debe aplicarse, según él, no sólo a estimar el valor absoluto de cada obra literaria, sino también su valor relativo histórico.

Por último, cabe indicar que el desarrollo de este programa lo lleva a cabo en 58 lecciones, divididas en cuatro partes: unos preliminares, en los que se determinan el alcance, objeto, límites e importancia de la asignatura; el estudio de la época de formación de la literatura española, correspondiente a la Edad Media; el de la época de apogeo, que abarca los dos siglos de dominación de la dinastía austriaca; y el de la época de decadencia seguida de renacimiento, correspondiente a la dominación de la casa de Borbón.

En la Memoria sobre las fuentes de conocimiento y método de enseñanza con aplicación a los Principios generales de Literatura y Literatura española, Revilla desgrana sus concepciones acerca de la enseñanza. Primero reflexiona sobre qué es la ciencia, y llega a la conclusión de que no se trata de una producción meramente individual, sino que es, a la vez, un fin social, cuyo resultado será el perfeccionamiento del individuo y la sociedad entera. Por eso, es cultivada por el individuo en comunicación con la sociedad para, posteriormente, ser comunicada y expuesta socialmente a fin de que todos los humanos participen por igual de sus beneficios. Ese es el motivo de que la sociedad atribuya al Estado (el órgano del derecho) la misión de amparar y proteger esa institución social que es la ciencia.

En ese mismo sentido, y con especial aplicación a la ciencia, la enseñanza es la investigación y exposición de la verdad, aunque pueda hacerlo bajo varias formas: mediante la conservación de las obras debidas al ingenio humano (Biblioteca, Museo); mediante la libre indagación y exposición de los conocimientos científicos en el lenguaje, sea por medio de la palabra escrita (obras didácticas) o de la palabra hablada en la libre discusión (Academia, Ateneo) y de forma metódica en los establecimientos públicos dedicados a la instrucción de la juventud (Universidad). Ni que decir tiene que Revilla pone especial énfasis en las actividades educativas que él mismo realiza de acuerdo con sus propias creencias, pues –como veremos– es un ferviente ateneísta y defensor de la libre investigación científica, frente a quienes en España opinan que la actividad científica ha de estar sometida al juicio inquisitorial de la Iglesia o al control ideológico del Estado.

Respecto a la relación entre los profesores (los que exponen la ciencia) y sus discípulos (los que reciben la enseñanza), Revilla sostiene las mismas ideas que, pocos años después, defenderá la Institución Libre de Enseñanza. Aunque, por otro lado, estas ideas de la ILE eran comunes no sólo a los krausistas españoles, sino, en general, a todos los liberales no afectos a la Restauración. De hecho, estos puntos de vista tienen una raigambre ilustrada.

Profesores y alumnos investigan en común la verdad y reciben en común la enseñanza, aunque el profesor también expone lo investigado, mientras que el discípulo no cumple esa función que le está reservada exclusivamente a aquél, porque –por razones puramente históricas– está colocado en un grado inferior de aprovechamiento, que no de aptitud. Esta verdad que el profesor ofrece a sus alumnos no la debe dar “... como resultado de una investigación anterior, cuyo procedimiento se reserva para su propia complacencia, sino mostrando este procedimiento de una manera viva y realizándolo sucesivamente en el curso de sus lecciones, de tal suerte que se eduque e instruya a la vez que sus alumnos, no sólo por la continua elaboración del pensamiento y por la atención constante a los progresos de la ciencia, sino por la influencia que en su enseñanza ejerzan los discípulos por los varios medios de que para ello disponen”[11]. Por su parte, “... los discípulos no reciben pasivamente la enseñanza del profesor como verdad infalible ante la cual han de bajar humildemente la cabeza, sino que escuchando su palabra con respeto, y siguiendo con atención el proceso de la indagación, han de examinar libremente la doctrina expuesta, recibiéndola en cuanto conforme con el dictado de su conciencia y de su razón, y estimándola verdadera o rechazándola después de madura reflexión y detenido examen. Así resultará la enseñanza como obra común, orgánica, eficaz y viva, y no de otra suerte podrá alcanzar cabal perfección y lograr la legítima influencia en la vida del individuo y en la vida de la sociedad” (Memoria 6-7).

Queremos resaltar que, por triviales o comúnmente aceptadas que puedan parecer hoy, estas ideas resultaban revolucionarias en unas aulas españolas aún dominadas por el dogmatismo y autoritarismo escolásticos, enarbolados como la única forma de transmitir una verdad también única por unos órganos eclesiales que se resistían a perder el poder social y político que detentaban desde hacía varios siglos, y que no aceptaban que su papel quedara limitado a su correspondiente esfera puramente religiosa. Asimismo, hay que destacar la defensa que hace Revilla del principio de libre examen de la doctrina y la verdad de acuerdo con la conciencia y la razón: principio, éste, propio de la Reforma protestante, que chocaba frontalmente con la tradición católica española. Tal vez el krausismo ha sido en España lo más próximo filosóficamente a lo que en Europa ha significado el protestantismo. O, más bien, el intento más serio que ha habido en España –salvo, quizá, el erasmismo– de compaginar la cultura católica y la protestante.

A continuación, Revilla pasa a indagar cuáles son las fuentes de conocimiento o medios de los que podemos disponer para recibir lo cognoscible. En esta parte de la memoria, vuelve a sus disquisiciones metafísicas idealistas, referidas concretamente a la teoría del conocimiento, en especial del conocimiento científico (epistemología), de las que afirma se desprenden sus apreciaciones acerca del tema tratado. Como ejemplo de estas farragosas y poco claras ideas que expone, podemos citar sus definiciones de “conocer” y “conocimiento”; definiciones a las que llega después de varias páginas de elucubraciones oscuras y exageradamente reiterativas, como si quisiera aumentar innecesariamente la memoria para que el tribunal no le reproche la brevedad de la misma: “El conocer es, pues, la propiedad del ser racional de recibir en su conciencia el objeto que le es presente, con el que se une en relación de propiedad y sustantividad; el conocimiento es el estado efectivo en que se determina la propiedad de conocer” (Memoria 10).

Respecto al método de enseñanza (Pedagógica), o exposición ordenada y sistemática de lo conocido, Revilla señala que está íntimamente unido y compenetrado y orgánicamente enlazado con el método de investigación (Heurística). Incluso, puede afirmarse que defender la existencia de esos dos métodos –como suele hacerse comúnmente– supone establecer una división abstracta e irracional, pues el método que se sigue para exponer la verdad es el mismo que para investigarla. En definitiva, lo que hace aquí Revilla es aplicar una vez más el organicismo y el armonicismo idealistas a sus reflexiones sobre el método.

¿Qué métodos son los que emplean las ciencias? Según él, el analítico y el sintético, aunque dé a estos términos un sentido muy diferente al tradicional, puesto que se está refiriendo con ellos al método inductivo[12] y al método deductivo. Por otro lado, aplicando nuevamente la dialéctica idealista, sostiene que ambos métodos se componen en un tercero, que es el constructivo. Sin embargo, considera que no todas las ciencias de su tiempo están constituidas de tal forma que se les pueda aplicar rigurosamente el método científico en sus dos direcciones inductiva y deductiva: o sea, que todo lo hallado por intuición en el análisis se demuestre bajo el principio y se deduzca de él en la síntesis. Ni todas las ciencias tienen un punto de partida y un principio claramente determinados, ni se han definido con exactitud como ciencias racionales o experimentales: esto es así tanto en la mayoría de las ciencias físico-naturales, como en muchas ciencias históricas e incluso en varias ramas de la ciencia filosófica. Por eso cree necesario transigir con las circunstancias reales y limitarse a cumplir sólo en lo posible la exigencia científica de aplicar dichos métodos.

En ese sentido, destaca que la Filosofía de la Literatura, que estudia los Principios generales de Literatura, está muy lejana de la ciencia primera y muy atrasada en sus investigaciones, mientras que la Literatura española está mucho más adelantada que ella, especialmente en el conocimiento de los hechos y en la crítica erudita. A pesar de esto, los métodos inductivo y deductivo son todavía menos aplicables a la Literatura española que a los Principios generales de Literatura, porque aquélla no es una ciencia en sentido estricto, sino un mero capítulo de la Historia general de la Literatura que, a su vez, lo es de la Historia universal humana. La Literatura española sería, por tanto, algo así como una segunda derivación de una ciencia (la Historia universal) abstractamente separada del todo al que pertenece, por lo que no le son aplicables los métodos científicos. Pero insistimos en que tampoco la Historia general de la Literatura es en realidad una ciencia, sino sólo una derivación primera de la Historia universal, aunque posea más condiciones de independencia y vida propia que la Historia de la Literatura española.

 

Notas

[1] En la firma sólo se lee el apellido, pero ha de tratarse del institucionista Juan Uña, quien ocupaba el cargo de Jefe de Administración u otro similar en la Dirección general de Instrucción pública (dependiente del Ministerio de Fomento) dirigida por Antonio Ferrer del Río. Tras la muerte de éste, ocurrida el 22 de agosto de 1872, Uña pasó a ocupar su puesto como Director general de Instrucción pública. En 1873, durante el ministerio de Eduardo Chao, Uña elaboró (con la colaboración de Francisco Giner de los Ríos y Federico de Castro) una fallida reforma del plan de educación presentado en 1868 durante el ministerio de Manuel Ruiz Zorrilla.

[2] Como acabamos de señalar, se trata del conocido historiador Antonio Ferrer del Río, Director general de Instrucción pública, cargo que ocupó hasta su muerte, ocurrida el 22 de agosto de 1872. Anteriormente, había sido bibliotecario del Ministerio de Instrucción pública, Comercio y Obras públicas. De su extensa obra historiográfica queremos destacar –por lo relevante que resulta para el contexto– su Historia del reinado de Carlos III, escrita por encargo personal de Isabel II, quien costeó su impresión y pensionó a su autor. Ferrer del Río era, por tanto, una persona fuertemente vinculada a la dinastía Borbón, a pesar de desempeñar un papel político relevante durante el Sexenio revolucionario.

[3] Esa es la firma que aparece, sin más indicaciones. Tal vez se trate de Luis Ortiz de Zárate, quien en 1868 había tomado posesión de su cátedra en la Universidad Central. En cualquier caso, O. de Zárate debía ocupar algún cargo administrativo en la Dirección general de Instrucción pública.

[4] En la firma sólo aparecen los apellidos, aunque casi con total seguridad se trata de Manuel Prieto y Prieto, Jefe de Administración en la Dirección general de Instrucción pública. Prieto era un reconocido veterinario que había superado las trabas de un origen muy modesto (su padre era albañil): Académico de Número de la Real Academia de Medicina, socio fundador de las Reales Academias Antropológica Española, de Historia Natural y de Anatomía, miembro de la Sociedad Económica Matritense y socio fundador del Colegio de Farmacéuticos, en 1873 pasó a ocupar la Cátedra de Fisiología de la Facultad de Veterinaria (Universidad Central).

[5] Documentación administrativa de la oposición a la cátedra de Principios generales de Literatura e Historia de la Literatura española. Archivo General de la Administración de Alcalá de Henares, Sección “Educación”, Caja 32/7377.

[6] Esto puede parecer de entrada extraño, porque –como comprobaremos más adelante–, cuando Revilla escribe en 1872 el Programa de las asignaturas adscritas a la cátedra, no siente demasiado aprecio por la Literatura española, a la que concibe una mera manifestación concreta de la Literatura universal, en vista de lo cual le asigna un valor mucho menor que a los Principios generales de Literatura; Principios que, en su opinión, tienen mayor altura, pues constituyen una auténtica Filosofía de la Literatura. Además, considera que las literaturas latina y visigoda no forman parte de la literatura española, porque son anteriores a la existencia de ésta. Sin embargo, en 1876, cuando realiza los ejercicios de la oposición, su punto de vista ha variado bastante respecto a estas cuestiones, e incluso puede afirmarse –como, asimismo, mostraremos en su momento– que es diametralmente opuesto a lo que defiende en 1872.

[7] Este programa –que ocupa 303 páginas manuscritas– lo escribe en noviembre de 1872, y apenas es conocido, porque está inédito, aunque Revilla aprovecha parte de los materiales incluidos en él para redactar el programa definitivo de las dos asignaturas adscritas a la cátedra, que es editado en 1878. Asimismo, lo utiliza para publicar –conjuntamente con Pedro de Alcántara– varias ediciones de un libro de texto para dichas asignaturas. Sin embargo, ni el programa efectivo de las asignaturas impartidas por él, ni las citadas ediciones –que presentan en ocasiones enormes diferencias entre sí– constituyen la misma obra que el programa presentado para la oposición.

[8] Esta extensa memoria (abarca 53 páginas manuscritas) tampoco es casi conocida, porque está inédita.

[9] De hecho, el 30 de junio de 1881 –menos de dos meses y medio antes de fallecer– Revilla eleva al Ministro de Fomento un escrito sumándose a la exposición de razones de su compañero el profesor Antonio Sánchez Moguel acerca de la separación (al menos en la Universidad de Madrid) de la cátedra de Principios generales de Literatura y Literatura española en una de Literatura general y otra de Literatura española, propuesta por la superioridad. En dicho escrito, Revilla insinúa –aunque no lo afirme con total nitidez– ser contrario a la mencionada separación, pero también señala que, caso de verificarse, él opta, sin duda, por la cátedra de Literatura general. Esto demuestra que –a pesar de los cambios de postura filosófica que se aprecian a lo largo de su vida– su evidente predilección por los Principios generales de Literatura nunca llega a ceder, y que siempre se considera más un filósofo puro o un metafísico que un historiador empírico.

[10] Revilla Moreno, Manuel de la: Programa razonado de Principios generales de Literatura y Literatura española. Archivo General de la Administración de Alcalá de Henares, Sección “Educación”, Caja 31/16548. Programa manuscrito, pág. 5.

[11] Revilla Moreno, Manuel de la: Memoria sobre las fuentes de conocimiento y método de enseñanza con aplicación a los Principios generales de Literatura y Literatura española. Archivo General de la Administración de Alcalá de Henares, Sección “Educación”, Caja 31/16548. Memoria manuscrita, pág. 6.

[12] Revilla lo denomina “intuitivo”, porque –según él– al emplearlo se consigue la elevación por grados desde el punto de partida al principio de la ciencia empleando el procedimiento de la intuición o mostración.

 

© Ediciones de la Universidad Autónoma de Madrid. Fernando Hermida, José Luis Mora, Diego Núñez, Pedro Ribas. Manuel de la Revilla, obras completas. Madrid: Universidad Autónoma de Madrid, 2006. Edición digital del estudio introductorio autorizada para el Proyecto Ensayo. Esta versión digital se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines deberá obtener los permisos correspondientes. Edición para Internet preparada por José Luis Gómez-Martínez con la colaboración de Béatrice de Thibault.

 

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