Manuel de la Revilla
 

 

Manuel de la Revilla
(el pensador y su obra)

 

5. El abandono de la escena política,
los primeros libros de texto
y los trabajos como ateneísta

Adiós a la política activa

Como es lógico, en el extenso periodo de cuatro años que va desde agosto de 1872 a agosto de 1876, Revilla no se limita a presentar y defender su oposición, sino que continúa su labor política e intelectual en varios frentes.

Ya hemos comentado que, tras el fracaso de la Declaración de la prensa republicana de Madrid y los ataques que recibe, Revilla se va distanciando paulatinamente del republicanismo; o, más bien, de la escena política del momento, porque, de alguna manera, continúa vinculado al posibilismo. No obstante, el triunfo de la República le abre las puertas de la Administración pública: sus amigos consiguen que el Gobierno de la República decrete el 26 de marzo de 1873 que se le otorgue una plaza de Jefe de Administración de 2ª clase, oficial de la de primeros, del Ministerio de Fomento. Un mes después, el 27 de abril, se le hace un encargo de gran responsabilidad al pasar a formar parte de la comisión creada para clasificar los bienes del Estado que se van a dejar al Monarca. El 13 de junio es ascendido a la categoría de Jefe del Negociado Central del Ministerio de Fomento. El 15 de septiembre pasa a pertenecer a la comisión que ha de formar los reglamentos de las escuelas especiales de Ingenieros civiles. Por fin, el 5 de noviembre es nombrado miembro de la comisión que debe decidir sobre la traslación de diferentes establecimientos científicos al Real Palacio. Justo cuando parece estar siguiendo los pasos de su padre en el inicio de una carrera como funcionario de la Administración vinculado a la rama de educación, el 8 de enero de 1874 presenta la dimisión de todos sus cargos. Aún, el 27 de abril de 1875, es nombrado Vocal del tribunal de oposiciones a la cátedra de Estética aplicada a la Música, creada en la Escuela de Música y Declamación. Pero, después de esta última labor puntual, sus servicios en la Administración se limitan a los que desarrolla desde su cátedra, aunque esto no significa que carezcan de valor.

En vista de todo esto, podemos afirmar que, a partir de 1870, Revilla deja de intervenir activamente en política y que, después de 1873, abandona también sus puestos en la Administración pública, que ha logrado gracias a sus contactos políticos. Una vez instalado, en 1876, en su influyente cargo de catedrático, con sueldo de 4000 pesetas anuales, y receloso de la actitud práctica de los políticos, no volverá a participar en ninguna aventura política. Quizá también su matrimonio con Carmen Cortijo, ese mismo año, contribuya a ello, pues supone para él la consecución de la estabilidad emocional y una cierta victoria sobre su natural timidez. A juicio de García Barrón “Su vida conyugal es breve mas feliz. Revilla parece otro hombre, más enérgico, más seguro de sí mismo. Está en el apogeo de su actividad intelectual”[1]

Sin embargo, esto no supone que deje de lado su talante crítico, incluso en cuestiones intelectuales que se prestan a una inmediata lectura ideológica; que, en el exacerbado ambiente ideológico de la España de su tiempo, es casi como decir en todas las cuestiones intelectuales.

Los escritos sobre Literatura general y española

Respecto a los libros de texto, en 1872 Revilla publica conjuntamente con Pedro de Alcántara García, Secretario General de la Universidad Central y profesor de las Escuelas Normales Centrales, sus Principios de Literatura general e Historia de la Literatura española[2].

En el prólogo, redactado en febrero de 1872, los autores afirman que se proponen “... ofrecer a la juventud estudiosa un libro acomodado a la enseñanza y formado según los últimos adelantos de la Ciencia, en el cual siga a los principios fundamentales y filosóficos del arte literario, la aplicación de estos mismos principios en lo tocante a las manifestaciones del ingenio español”[3]: algo muy notable, según ellos, porque los libros de Literatura publicados en España no suelen incluir el estudio de las relaciones armónicas entre teoría y práctica, sino que se plantean como meros tratados de Retórica escritos de manera anticuada y al estilo clásico. Entre los libros que, a pesar de no cumplir todas las condiciones del suyo, constituyen honrosas excepciones de dichas Retóricas, Revilla y Alcántara citan el Manual de Literatura de Antonio Gil de Zárate, los Elementos de Literatura de José Coll y Vehí y el Curso de Literatura general de Francisco de Paula Canalejas.

Queremos hacer notar que, de los tres autores mencionados, Gil de Zárate había sido amigo y colaborador de José de la Revilla, el padre de Manuel, mientras que Coll y Vehí formará parte en 1876 del tribunal de la oposición a la que se presentará Revilla y Canalejas el profesor que dejará vacante la cátedra objeto de la oposición. Si bien debemos señalar que la actitud de Revilla y Alcántara hacia estos libros no deja de ser crítica. Así, respecto al de Gil de Zárate (1845), señalan que se encuentra en él demasiado apego a los preceptos clásicos y poca atención a los modernos adelantos científicos; aunque, por otro lado, sea el único que incluya, además de la perceptiva, un estudio de la Literatura española[4]. El de Coll y Vehí revela un mayor conocimiento del concepto y el contenido de la materia y un tratamiento de la misma desde planteamientos científicos modernos; pero, por carecer de la parte de Estética y de la de Literatura española, es más bien una Retórica. Por fin, la monumental obra de Canalejas es digna de encomio, aunque parece que va a quedar reducida a ser una simple Poética.

A estas obras añaden dos que se limitan a abordar la Literatura española: la Historia de la Literatura española del hispanista anglo-norteamericano Ticknor y la Historia crítica de la Literatura española de José Amador de los Ríos. Sin embargo, señalan que la primera, con ser muy meritoria y digna de alabanza al haber sido escrita por un extranjero profundamente atraído por la cultura española, resulta demasiado extensa para servir de herramienta de trabajo a los alumnos, además de contener importantes errores, inexactitudes y omisiones. En cuanto al de Amador de los Ríos, lo juzgan el más acorde con los modernos y rigurosos principios científicos y es el primero de su clase escrito en castellano, aunque esté más orientado a servir de libro de consulta a los profesores, los sabios, y los literatos que a la enseñanza de los alumnos. La dificultad la encuentran en que, no obstante ser también una obra monumental de la que se llevan publicados siete tomos, trata exclusivamente de la literatura española en la Edad Media. Se ve, sin duda, el talante finamente crítico e irónico de Revilla, a la vez que su obsesión de polemista, en esta pulla que se esconde tras una aparente alabanza a José Amador de los Ríos. La significación de este ataque a Amador de los Ríos es de interés, porque el citado autor forma parte del tribunal que, ese mismo año, ha de juzgar los trabajos presentados por Revilla a la oposición a cátedra en la Universidad de Madrid. Además, Amador de los Ríos no es un profesor sin más, sino que ocupa sucesivamente diversos cargos de responsabilidad (Decano en funciones de la Facultad de Filosofía y Letras, Decano efectivo, etc.) en la Universidad de Madrid, llegará a pertenecer al Consejo de Instrucción pública y acabará siendo Presidente del tribunal que, en 1876, va a resolver definitivamente la tan citada oposición a cátedra. Por tanto, llamamos la atención sobre el gran riesgo que asume Revilla al atacar a quien está en posición de frustrar sus aspiraciones profesionales y reiteramos que esto es una muestra de su talante de crítico sin concesiones, que en ocasiones llega a la ferocidad.

Por otro lado, es preciso señalar que este libro se hace teniendo presente la intención del gobierno de establecer en los Institutos de segunda enseñanza la cátedra de Principios generales de Literatura y Literatura española, que ya existía en la Universidad. De ahí que Revilla y Alcántara elaboraran el texto para que pudiera servir al propósito de las dos asignaturas dependientes de dicha cátedra, tanto en los Institutos como en la Universidad. Para esto, deciden incluir en su estudio una parte filosófica lo más breve posible, amplían muy significativamente la parte histórica respecto a la general y la surten de abundantísimos ejemplos ilustrativos de la doctrina expuesta en ella, y añaden un tratado de Retórica y otro de Poética destinados a los alumnos de segunda enseñanza.

En cuanto al contenido en sí del texto, García Barrón ha querido ver equivocadamente en él la fuente para mostrar la visión de Revilla acerca de la literatura española[5]. Pero resulta que, como se indica explícitamente en el libro, se debe a Revilla exclusivamente la parte de Principios de Literatura general, que sólo abarca 265 páginas del primer tomo, mientras que Pedro de Alcántara escribe la Historia de la Literatura española, que ocupa nada menos que las 220 restantes de ese mismo tomo y las 546 del tomo segundo. Es decir: que las 265 de la parte general representan alrededor de un 25% del total, frente a las 766 de la parte histórica, que suponen prácticamente el 75% restante. De hecho, esto cuadra perfectamente con la predilección que siente Revilla por la Literatura general, de la que hemos hablado por extenso al tratar de la oposición a la cátedra de Principios generales de Literatura y Literatura española. En cuanto a esa desproporción entre la parte teórica y la histórica, recibe muchas críticas en su época, aunque –recordamos– sea debida a ese propósito de elaborar un texto que sirva tanto de introducción a los alumnos universitarios como de estudio para los de segunda enseñanza. El resultado, como era de esperar, es una obra demasiado amplia y profunda para los Institutos y excesivamente divulgativa para la Universidad.

Si dejamos de lado lo escrito por Pedro de Alcántara y nos centramos en lo debido a la pluma de Revilla, comprobamos que guarda una relación lejana con el programa que presenta a la oposición en la Universidad de Madrid: esto es así porque el libro de texto (terminado en febrero de 1872) debe servirle a Revilla como fuente para su Programa (redactado nueve meses después, en noviembre de ese mismo año). Pero ni el orden del análisis que realiza a propósito de la Literatura general, ni en la extensión del mismo, ni en los temas tratados, ni, sobre todo, en el plan que traza para abordar el contenido de la asignatura sigue de cerca lo que expone en el programa de los Principios generales de Literatura.

Tras cuatro lecciones preliminares en las que define el concepto de Literatura, establece una clasificación de las artes en general, y del arte literario en particular, compara esta última con aquéllas, reflexiona acerca del carácter de la Literatura de la Ciencia y de la Filosofía de la Literatura y expone las relaciones de estas dos ciencias literarias con otras ciencias, pasa a abordar el estudio de los elementos esenciales del arte literario. Quizá la última de las lecciones introductorias, la referida a la Ciencia y a la Filosofía de la Literatura y a las relaciones de éstas con otras ciencias, sea la que guarde mayor similitud con el mencionado programa, en especial en lo referente a las partes en las que considera dividida la Ciencia de la Literatura (Filosofía, Historia y Filosofía de la Historia de la Literatura).

En la parte referida a los elementos que componen el arte literario, dedica una sección (cinco lecciones) al estudio del artista en relación con la producción literaria, las facultades que intervienen en ésta y las cualidades que concurren en el artista para realizar su creación. En otra sección, analiza la propia obra literaria (siete lecciones), tanto en los elementos que la componen, como en sus medios de expresión, que son la palabra y la escritura. Por fin, en una tercera sección aborda la cuestión del público y, por extensión, la de la crítica literaria.

En la parte dedicada a los géneros literarios, escribe primero una lección introductoria sobre las principales divisiones de la Literatura. A continuación, asigna una sección al tratamiento de la Poética (nueve lecciones), la Épica (cuatro), la Dramática (cinco) y los géneros compuestos (tres). Se trata de una sección muy confusa, porque continuamente salta de unos géneros a otros, para volver a tratar al final los que ya había abordado al principio. En una segunda sección analiza la Didáctica (tres lecciones), y en la tercera sección la Oratoria (siete lecciones), para terminar su Literatura general con un apéndice en el que expone los principios filosóficos, las leyes y las edades que forman parte de la Historia de la Literatura.

Ya hemos dicho que Principios de Literatura general e Historia de la Literatura española reciben muchas críticas, por lo que Revilla y Alcántara deciden hacer una reedición de los mismos en 1877, que –como ellos señalan– puede considerarse un libro prácticamente nuevo, no sólo por la extensión del mismo, sino también por los objetivos que se marcan y por las ideas –algunas incluso contrarias a las defendidas en 1872– que en él exponen. Efectivamente, Principios generales de Literatura e Historia de la Literatura española supone no sólo un aumento de volumen doctrinal respecto de la anterior, sino una completa refundición de la misma. En primer lugar, porque el gobierno no creó al final en los Institutos la cátedra de Principios generales de Literatura y Literatura española, con lo que al quedar ésta adscrita exclusivamente a la Universidad, no tenía ya razón de ser un texto que sirviera de herramienta a los alumnos de segunda enseñanza. Por tanto, esta segunda edición es un trabajo que únicamente atiende a las exigencias de la enseñanza universitaria, al que se da un carácter verdaderamente científico, a la vez que accesible a la inteligencia de los discípulos que han de utilizarlo. Sin embargo, los autores indican que tampoco han podido en esta ocasión elaborar con el debido rigor científico un estudio que va dirigido a los alumnos del Preparatorio de Derecho (del que forman parte las cátedras de Principios generales de Literatura y Literatura española). Así, han tenido que optar por un término medio entre la redacción de un mero manual de Retórica y un tratado completo de dichas materias que posea la suficiente extensión y la debida profundidad filosófica. En concreto, señalan que se ha resentido todo lo concerniente a la Estética y a la Filología, porque los alumnos de dicho Preparatorio carecen casi por completo de instrucción filosófica, saben muy poco latín y casi ni conocen bien el propio castellano. Por eso, Revilla y Alcántara procuran mantenerse en su texto en el terreno de la observación y del análisis, indicando someramente –y sólo cuando es absolutamente necesario– ciertas cuestiones metafísicas que requieren serios conocimientos filosóficos por parte de los alumnos.

Por otra parte ponen el acento en su “... firme propósito de mantener la distinción debida (y a nuestro juicio absolutamente necesaria) entre la Religión y la Ciencia, reservando a aquélla la solución de problemas gravísimos, acerca de los cuales debe la segunda reconocer sinceramente su incompetencia, declarada de un modo terminante por la crítica moderna, que con tanto acierto ha trazado los infranqueables límites en que ha de moverse la razón humana”[6]: comentario de compromiso, común a la mayoría de los intelectuales progresistas españoles desde el siglo el xviii, con el que, quizá, más que expresar su verdadero pensamiento al respecto, establecen una salvaguarda de su obra respecto de la censura casi inquisitorial a la que la Iglesia católica y la clase dirigente de la España de su tiempo siguen sometiendo todas las obras culturales, incluso las referentes a cuestiones, como la Literatura, que en principio no parecen guardar demasiada relación con la religión y el dogma revelado. De hecho, Revilla y Alcántara insinúan que uno de los motivos de reducir al máximo en su libro las cuestiones metafísicas y filosóficas ha sido precisamente el de que los órganos eclesiales y los sectores vinculados a ellos no les acusaran de invadir el terreno religioso: algo que no debe extrañar, si se tienen en cuenta los feroces ataques clericales contra la ciencia y el pensamiento modernos, en general, y contra el darwinismo, el positivismo, el krausismo, etc., en particular.

Entre las principales novedades que recoge la segunda edición de este libro de texto se encuentran la introducción de dos tratados, aunque relativamente breves –como hemos indicado– de Estética y Filología, la aplicación de un nuevo sistema de clasificación de géneros poéticos y el tratamiento de la literatura hispano-latina dentro de la Historia de la Literatura española[7].

Tal vez la diferencia más importante sea que en 1872 defiende la idea de que los Principios generales de Literatura constituyen una ciencia filosófica (la Filosofía de la Literatura), puramente racional, frente a la Literatura española, que entra de lleno en el campo de la ciencia histórica, posee una entidad fuertemente empírica y se refiere directamente a la experiencia; de manera que se trata de dos ciencias fundamentadas en modos y fuentes de conocimiento opuestos. En cambio, en 1877, afirma con rotundidad que no hay ninguna ciencia que no sea experimental y racional a la vez: “Toda ciencia es, pues, experimental y racional juntamente, y la distinción que entre las llamadas ciencias racionales o filosóficas y las experimentales o históricas se establece, no es otra cosa que una abstracción insostenible, que da lugar a graves errores. Las ciencias filosóficas y las históricas se distinguen por su objeto, o mejor, por la manera de considerar su objeto, pero no por la fuente de conocimiento en que se inspiran”[8].

Por otro lado, el “retorno a Kant” de Revilla en 1877 y su paulatino alejamiento de la filosofía idealista –que ha profesado hasta entonces– en favor de planteamientos positivistas y neokantianos quedan perfectamente nítidos ya al inicio de su exposición: “Ni la experiencia por sí sola suministra otra cosa que un confuso hacinamiento de hechos y datos que no constituyen verdadero y sistemático conocimiento, ni la razón es capaz de conocer nada con certeza si la experiencia no comprueba sus afirmaciones. La experiencia (externa o interna) da la materia, y el entendimiento y la razón la forma del conocimiento, y sólo en el orgánico enlace de ambos elementos puede fundarse el conocimiento sistemático, verdadero y cierto, a que se da el nombre de científico”[9].

También hay que destacar el notable incremento en la extensión del estudio de Revilla sobre los Principios generales de Literatura, pues abarca 529 páginas, lo que prácticamente supone el doble de las 265 páginas del texto de 1872. Aunque también el tomo dedicado a la Historia de la Literatura española redactada por Pedro de Alcántara sufra un pequeño aumento desde las 766 páginas de 1872 hasta las 781 páginas de 1877. Como es lógico, queda alterada la proporción entre el volumen escrito por Revilla (que en 1872 es de algo menos del 25% del total y, ahora, supone algo más del 40%) y el de Alcántara (que del 75% en 1872 pasa a ser menos del 60%).

El texto de Revilla empieza con unos preliminares (tres lecciones), en los que nos habla sobre la Ciencia de la Literatura, define el concepto de Literatura y establece una división de la misma.

En la parte dedicada a los elementos esenciales que componen el arte literario, dedica una sección (nueve lecciones) al análisis de la belleza: el concepto de belleza, los grados de ésta, el concepto de lo sublime, los órdenes de la belleza natural, los efectos que causa la belleza en el espíritu humano, la producción de belleza por el hombre, el Arte bello en todos sus componentes y la clasificación de las Artes particulares. En una segunda sección, analiza la palabra (ocho lecciones): el lenguaje humano, la palabra y la voz, la palabra como expresión del espíritu humano, las lenguas, la clasificación de éstas, la palabra escrita, la palabra como medio de expresión del Arte literario y el lenguaje poético.

En la parte dedicada a la teoría de la producción literaria, escribe una sección sobre el artista (dos lecciones), en la que reflexiona acerca de las cualidades del artista literario y del proceso de producción literaria. En una segunda sección, estudia la obra literaria (cuatro lecciones), tanto en lo referente a los elementos que la componen, como en las cualidades que aquélla posee y, además, empieza a abordar la cuestión del carácter social de la obra literaria. En la tercera sección (dos lecciones), continúa disertando sobre el público desde una interesante perspectiva que juzga a aquél como un sujeto activo de la producción literaria y expone sus opiniones sobre un tema que siempre le interesa sobremanera: la crítica literaria.

En la última parte, realiza un estudio de los géneros literarios, dividiéndolo en tres secciones. La primera –extensísima– está dedicada a la Poesía (veintinueve lecciones), que incluye tanto el estudio de la Poética en sí, como el de la Épica, la Dramática y los géneros compuestos. En esta sección, queda patente que Revilla ha ganado en claridad desde 1872, porque su exposición de los géneros literarios incluidos en la Poesía es muchísimo más ordenada y coherente que en la primera edición de este libro. En una segunda sección analiza la Oratoria (ocho lecciones): el concepto de Oratoria, las cualidades del orador, el discurso oratorio y los géneros oratorios. En la tercera y última sección, analiza la Didáctica (tres lecciones): el concepto de Didáctica y los géneros didácticos.

En resumen, las diferencias de los Principios generales de Literatura e Historia de la Literatura española respecto de los Principios de Literatura general e Historia de la Literatura española, del Programa razonado de Principios generales de Literatura y Literatura española y de la Memoria sobre las fuentes de conocimiento y método de enseñanza con aplicación a los Principios generales de Literatura y Literatura española son bastante notorias, especialmente en el contenido de la introducción general, en la parte dedicada a los elementos esenciales del arte literario y en la que se refiere a la teoría de la producción literaria. En cuanto a la parte consagrada al estudio de los géneros literarios, presenta a primera vista más puntos coincidentes, aunque un análisis más atento y sosegado permite concluir que en 1877 Revilla expone con mucho mayor orden y claridad sus doctrinas al respecto, al tiempo que reelabora muy notablemente todo el plan de exposición de los géneros literarios y la propia clasificación de los mismos.

Sólo resta por señalar que este libro de texto escrito conjuntamente por Manuel de la Revilla y Pedro de Alcántara acaba teniendo éxito entre los estudiantes universitarios, y es reeditado dos veces más, póstumamente en el caso de Revilla, pues la tercera edición aparece en 1884 y la cuarta en 1897 y 1898.

Además, en 1878, Revilla publica un Programa de Principios generales de Literatura y Literatura española, sin duda destinado a servir de guía para los alumnos que cursan estas dos asignaturas de su cátedra. La primera parte de este programa, referida a los Principios generales de Literatura, es una mera reproducción del listado de lecciones que aparece en el índice de los Principios generales de Literatura e Historia de la Literatura española publicados en 1877. La segunda parte, dedicada a la Literatura española, incluye –con algunas diferencias– la lista de las lecciones ya indicadas en su Programa razonado de Principios generales de Literatura y Literatura española de 1872, a las que añade dos lecciones dedicadas a la literatura hispano-latina, una a la dominación visigoda y dos a la musulmana, aunque continúa sin tratar las literaturas portuguesa, hispanoamericanas, catalana y vasco-cántabra. Además, el periodo que va de los siglos xiv al xvi (que aparece unido en el programa de 1872) lo divide aquí en dos: el que se refiere a los reinados desde Enrique II a Juana II de Castilla (tres lecciones) y el que se extiende desde el reinado de Juan II hasta la instauración de la casa de Austria (ocho lecciones). Por fin, en el periodo correspondiente a la dominación de la casa de Borbón, entrelaza el estudio de los siglos xviii y xix, cuando en el programa de 1872 los separa tajantemente.

El texto sobre Filosofía Moral

En 1874, sólo dos años después de escribir con Pedro de Alcántara el libro de texto sobre Literatura general y española, Revilla publica conjuntamente con Urbano González Serrano Elementos de Ética o Filosofía moral: libro también de texto que completa las Lecciones sumarias de Psicología de Francisco Giner de los Ríos y los Elementos de Lógica del propio González Serrano para constituir el curso completo de la asignatura de Psicología, Lógica y Ética, impartida en los Institutos de segunda enseñanza[10].

En este caso, no se indica qué parte de la obra es debida a la pluma de Revilla y cuál debe ser atribuida a González Serrano, por lo que es preciso analizarla en su conjunto.

Convendría empezar señalando que, lo mismo que ocurre con la primera edición de los Principios de Literatura general e Historia de la Literatura española, en ella se manifiesta todavía el Revilla idealista. Como, por otra parte, González Serrano también continúa vinculado al idealismo krausista, se comprenderá rápidamente cuál es la orientación del libro.

Éste se inicia con una introducción general (dos lecciones), en la que se presenta el concepto de Filosofía Moral, el plan de la ciencia de la Ética, su objeto y las relaciones que guarda con las demás ciencias particulares que se consideran comprendidas en la Filosofía, así como cuál es la fuente de conocimiento de la Ética y el método que debe seguirse en su estudio y exposición. El resto del contenido se compone en tres partes, organizadas en secciones que, a su vez, se dividen en lecciones.

La primera parte es la dedicada a la teoría de la conciencia moral, que incluye el tratamiento de la unidad de la conciencia moral (sección primera), el estudio del contenido de la conciencia moral (sección segunda) y el análisis de la imputabilidad (sección tercera). En la primera sección, los autores estudian los conceptos de conciencia moral, voluntad y persona moral, así como las relaciones que se establecen entre ambas. En la segunda sección (tres capítulos), determinan los conceptos de conocimiento y sentimiento morales y las relaciones de éstos con la voluntad, y reflexionan sobre las causas y remedios de la falibilidad de la conciencia moral. Por otro lado, toman en consideración la voluntad como agente moral, deteniéndose especialmente en el concepto de libertad, en la condiciones de ésta, en sus límites y relaciones con la razón, en las circunstancias que se oponen a su ejercicio y en la distinción que establecen entre la libertad y el libre albedrío. Para terminar, abordan la interrelación entre la conciencia moral y la voluntad, a propósito de la intencionalidad y la motivación morales, lo que les sirve para criticar escuelas éticas como el Sensualismo, el Utilitarismo y el Sentimentalismo. Además, exponen la teoría racional de los motivos y las leyes de la motivación moral. En la tercera sección (tres capítulos) analizan los conceptos de imputabilidad, mérito y demérito, determinan las condiciones necesarias para la imputabilidad del acto moral al sujeto y las circunstancias que eximen de responsabilidad (enajenación mental, emoción, ignorancia y otras condiciones contrarias al ejercicio de la libertad) y se interrogan acerca de la violencia física y la coacción moral, para terminar estableciendo una clasificación de los hechos morales.

La segunda parte es la que dedican a la teoría del bien como ley de la vida moral, e incluye una primera sección sobre el bien (cuatro capítulos), en la que definen los conceptos de bien y bien moral para distinguirlos de la utilidad y el placer, así como los de fin, destino, felicidad, remordimiento y sumo bien, para acabar estableciendo una distinción entre el bien total y los bienes particulares. En la segunda sección, referida a la ley moral (tres capítulos), nos hablan del concepto de ley moral, de sus caracteres, de las pruebas de su existencia y de su promulgación, así como del concepto de sanción moral, de sus condiciones, de las diversas formas de sanción que existen en la vida presente y de la imperfección e ineficacia de éstas, lo que les sirve para concluir que es necesaria la sanción divina en la vida futura –concebida como una sanción superior a las que existen en este mundo fundada en la justicia infalible– y, por extensión, la inmortalidad del alma como postulado de la vida moral, tal y como Kant estableció en su día. En la tercera sección (tres capítulos), centrada en el orden moral, definen éste, así como los conceptos de hábito y virtud, y determinan sus elementos característicos, sus condiciones y sus relaciones con el bien y el mal. Por supuesto, también determinan los conceptos de mal y vicio, además de estudiar sus caracteres y fundamentos.

En la tercera parte, referida a la teoría del deber o Deontología, encontramos dos secciones. En la primera sección (dos capítulos) abordan cuestiones generales como los conceptos de obligación y deber, las pruebas de la existencia de este último, sus relaciones con el derecho y los conflictos de deberes y ofrecen una clasificación detallada de los deberes. Para terminar, en la sección segunda (cuatro capítulos) tratan asuntos más concretos, como es el de la determinación de los deberes fundamentales y particulares que tiene el hombre para consigo mismo, para con la naturaleza, para con la Humanidad y para con Dios. De todo este estudio, destaca por su extensión el de los deberes para con la Humanidad: es decir, el de los deberes sociales para con el prójimo, la familia y el Estado o la sociedad política.

En su exposición, Revilla y González Serrano dejan clara su ideología reformista, que aboga por la obediencia a las leyes –incluso de las irracionales e injustas–, el respeto a las autoridades establecidas y el mantenimiento del orden público, limitándose a procurar los cambios políticos por medios legales y pacíficos. No obstante, dejan abierta la posibilidad de la rebelión contra los regímenes políticos en casos extremos de conculcación flagrante de la libertad, el derecho y la moralidad, y a condición de que el poder esté impidiendo toda reforma legal y transformación pacífica de ese estado de cosas intolerable.

En cuanto a su afirmación de la necesidad de cumplir los deberes para con Dios, consideran que éstos son los que, precisamente, constituyen la religión. Por otro lado, también defienden la existencia del culto público y externo como manifestación social del culto interno, aunque el primero deba subordinarse siempre a este último. Pero esto se compagina perfectamente con su ideario krausista que, como ya hemos visto, supone un intento de armonizar o sintetizar el catolicismo (defender el culto como fenómeno social externo, en el que el individuo no está solamente ante su propia conciencia y ante Dios), con el protestantismo (la conciencia individual que se manifiesta ante sí misma y ante Dios es el elemento religioso principal, frente a las manifestaciones externas ante los demás, que están subordinadas a aquélla).

Revilla en el Ateneo y los trabajos sobre Descartes

En cuanto a la labor de Revilla como ateneísta, es preciso recordar que –como hemos dicho en su momento– se inicia en su etapa de estudiante, cuando cofunda con varios compañeros la sociedad científico-literaria “La Idea” en la que pronuncia su primera conferencia, que versa sobre la historia filosófica del mahometismo.

Sin embargo, también hay que mencionar su participación en el Círculo Filosófico y Literario, radicado en la calle Cañizares de Madrid, y clausurado durante el dominio de los moderados, pero que reanuda sus tareas en noviembre de 1869. Llegados a este punto, debemos preguntarnos si este Círculo Filosófico y Literario guarda alguna relación con la sociedad científico-literaria “La Idea” que, asimismo, se encontraba situada en la calle Cañizares. Pero no hemos encontrado respuesta a este pequeño enigma.

 Según el propio Revilla, los trabajos se reinician con la discusión de su memoria sobre el Discurso del método de Descartes, en la que muestra su admiración por el fundador de la filosofía moderna. Esta memoria a la que se refiere Revilla es, sin duda, la que había publicado el 25 de marzo en el Boletín Revista de la Universidad de Madrid, titulada “Exposición y crítica del Discurso del método de Descartes”, o una redactada específicamente para su discusión en el Círculo Filosófico y Literario, pero basada en la aparecida en el Boletín Revista. En esta discusión participan oradores tan importantes como Federico de Castro, Urbano González Serrano y Nicolás Salmerón, entre otros, y en ella destaca el interés de Revilla por Descartes que, con el paso del tiempo, le llevará a publicar en la Biblioteca Perojo la primera traducción al español de una selección de las obras filosóficas del autor francés, entre ellas el Discurso del método. Las reseñas a propósito de este tema que aparecen en sus crónicas revelan la posición de Revilla respecto al antagonismo que –según él– existe entre la ciencia y la religión: esta oposición perdurará mientras la religión no se forme en la ciencia y se la despoje de su carácter positivo, tradicional, sobrenatural y de revelación, pues es incompatible con la libre indagación científica, la libertad política y el puro sentido religioso. Por otro lado, defiende la tesis de que los principales obstáculos al progreso de España son la Iglesia y la Monarquía. Revilla destaca en especial, el valor del filósofo francés porque al volver “... la ciencia a la conciencia propia de que la había apartado el escolasticismo, abría anchos horizontes a la inteligencia humana, libraba la ciencia de toda traba y afirmaba la absoluta independencia de la razón, engendrando, sin quererlo ni saberlo, el moderno racionalismo”[11].

Por otro lado, en su artículo del Boletín Revista de la Universidad de Madrid señala que hay periodos críticos en la historia de la ciencia. En estos periodos, los fines humanos entran en crisis y son juzgados en su totalidad, para ser posteriormente renovados. De hecho, la ciencia es la primera que plantea las crisis de la historia humana en su conjunto, y en ella es donde se resuelven dichas crisis. Incluso, puede afirmarse que es en la filosofía (entendida por Revilla como ciencia primera) donde se muestran esas crisis totales que coinciden con las de la humanidad. El proceso se inicia con un dualismo irresoluble de escuelas y tendencias filosóficas, que imposibilita la unidad en el pensamiento y precede al estallido de la crisis general.

A continuación, pasa revista a las diferentes crisis que se han ido produciendo en la Ciencia desde la época de los griegos, pasando por la Edad Media y el Renacimiento, para terminar por presentar a Descartes como el filósofo que rompió con la tradición antigua, examinó a fondo todo lo pensado y conocido, logró que la Ciencia se constituyera como un fin propio e independiente, reconoció la conciencia como punto de partida de toda indagación y convirtió la metafísica en una ciencia racional. En cuanto al movimiento cartesiano que le siguió, tuvo como consecuencia la completa emancipación de la Ciencia, la absoluta libertad del pensamiento, la separación de la ciencia y la fe y el establecimiento de la razón como único criterio y fuente de verdad. En definitiva, a Descartes se debe la fundación de la filosofía moderna.

No obstante, Revilla acusa a Descartes de ser poco claro en su conciencia, de no haber dado el suficiente rigor a su sistema y de carecer de la suficiente paciencia y calma en su indagación, aunque estos errores no afectan al fondo de verdad que encierra el cartesianismo. Para ilustrar estos presuntos fallos del filósofo francés, el crítico madrileño expone su particular interpretación del Discurso del método. De este análisis, concluye que la filosofía de Descartes es un método de crítica y renovación de la ciencia antes que un sistema: algo que al idealista Revilla le parece reprobable. A esto se unió, según él, el empeño de Descartes en probar racionalmente la existencia de Dios (contra el ateísmo) y la distinción entre alma y cuerpo (contra el materialismo), lo que resulta irracional, porque “… por ellos venía en cierto modo prejuzgada favorablemente una cuestión que debe dejarse íntegra a la libre indagación en la Ciencia”[12].

Para terminar, Revilla pasa a criticar también los que considera resultados capitales de la doctrina cartesiana. Pero lo hace a partir de los principios de la metafísica idealista, en especial la de Krause, a quien considera el racionalista por antonomasia, mientras que parece sugerir que la filosofía de Hegel, Fichte o Schelling no han alcanzado el mismo grado de perfección sistemática y racional. En cuanto al método cartesiano, parece concebirlo más como un mero espiritualismo que como un racionalismo pleno.

Si comparamos estas ideas con las que, años después, va a exponer en la introducción que escribe para su traducción de las Obras filosóficas de Descartes en la Biblioteca Perojo vemos similitudes, pero también grandes diferencias. Aunque lo que Revilla expone en el prólogo no resulta muy novedoso dentro del panorama cultural de la época, no deja de tener interés para comprobar el profundo cambio que se ha producido en su enjuiciamiento de la historia de la filosofía desde planteamientos neokantianos y próximos al positivismo, frente a su anterior militancia idealista, principalmente de la mano del krausismo.

Cuando en 1878 vuelve a tratar el significado del método cartesiano, muestra cómo el patrón que le sirve para reconstruir la historia de la filosofía es, por un lado, la teoría del progreso y, por otro, la ley de los ricorsi de Vico. De esta manera, estima que el progreso filosófico no se revela por el cambio de dirección y movimiento que se aprecia en la propia filosofía. Antes bien, ésta se ve siempre sometida a un movimiento rítmico constante, por lo que en cada periodo de su historia recorre las mismas etapas, oscila entre los mismos extremos, sufre las mismas acciones, reacciones y crisis, para volver a repetir el mismo esquema una vez acabada una etapa e iniciada la siguiente: es, en definitiva, la teoría de los ciclos históricos aplicada al pensamiento. En resumen, el progreso de la filosofía se manifiesta, según Revilla, “… por la suma de verdades que cada una de sus etapas va añadiendo a las ya atesoradas en lo pasado”[13].

Sin embargo, Revilla continúa manteniendo que existen doctrinas críticas que vuelven a plantear los problemas con los que se inició el periodo filosófico del que forman parte y estudian, no sus soluciones, sino en qué términos han de plantearse esos problemas y el alcance de las facultades del espíritu humano que deben examinarlos y resolverlos. Entre estas doctrinas que vuelven al punto de partida del periodo filosófico que cierran, y que, por ello mismo, abren un nuevo periodo que –como acabamos de ver antes a partir de la teoría de los ciclos históricos– a su vez va a repetir el proceso seguido en la etapa anterior, Revilla cita las de Sócrates, Bacon, Descartes, Kant y Comte. Por supuesto, la importancia de estas filosofías críticas es vital, según Revilla; aunque todas las filosofías que les siguen (exagerado idealismo platónico y empirismo aristotélico, el propio cartesianismo y las filosofías contrarias de Hobbes, Gassendi y Locke, las aventuras metafísicas de Fichte, Hegel, Schelling, Schopenhauer, etc. y los dogmatismos que se aprecian en el desarrollo del positivismo) también dejan tras de sí una parte de verdad, gracias a la cual se cumple la doctrina del progreso en filosofía.

A este valor estrictamente filosófico que posee el pensamiento de Descartes –en cuanto filosofía crítica– añade Revilla otro adicional: el cartesianismo es muy poco conocido en España –como le ocurre al resto de las doctrinas de los pensadores extranjeros–, porque cuando en toda Europa se difundía la cultura filosófica y científica en España dominaba la intolerancia religiosa, que pretendía mantener la cultura nacional aislada de la modernidad europea y encerrada en los moldes de la Edad Media. Por eso mismo, Revilla pretende ofrecer una panorámica general de Descartes: dar noticia sumaria de su vida, exponer en qué estado se encontraba el pensamiento filosófico en su tiempo, presentar un esquema de sus doctrinas, someterlas a crítica y mostrar la influencia que han ejercido en la filosofía posterior.

Lo que sigue a continuación son unas páginas de escaso valor objetivo, por cuanto la reconstrucción de la situación de la filosofía en la época de la aparición del método cartesiano y de la vida y la obra del propio Descartes podía ser consultada en cualquier manual de filosofía escrito en francés. Dado que la práctica totalidad de los españoles que gozaban de un grado de instrucción suficiente para comprender el pensamiento filosófico dominaban la lengua francesa –que todavía era la lengua de cultura en todo Europa–, lo que ofrece Revilla en su introducción era muy posiblemente conocido previamente por todos los que pudieran llegar a leerlo. Mayor importancia tiene la traducción en sí de las obras de Descartes al español, pues aunque sus escritos circulaban entre los españoles cultos en su lengua original, las autoridades políticas y, en especial, las religiosas, no los veían con buenos ojos, porque consideraban al racionalismo como uno de los principales adversarios de los dogmas revelados y la antesala del ateísmo y la impiedad. En ese sentido, traducir a Descartes suponía no sólo una apuesta filosófica y cultural, sino también un pulso con esas autoridades políticas y religiosas españolas y, sin duda alguna, un riesgo personal tanto para el editor José del Perojo como para el propio Manuel de la Revilla.

Quizá son igualmente interesantes las críticas de Revilla a Descartes, por no haber sido capaz –a su juicio– de completar debidamente su labor filosófica, lo que explicaría que el cartesianismo sea enarbolado en el siglo xix como la autoridad que invocan tanto quienes combaten la escolástica como quienes critican la filosofía alemana o el positivismo. Según Revilla, esto es una consecuencia de los errores de Descartes, quien fue infiel a su misión filosófica por causa de la influencia que ejercieron sobre él sus estudios matemáticos, que siempre cultivó con más afición que los filosóficos, y que torcieron su pensamiento hacia el idealismo propio de la razón abstracta, que se encierra en sí misma y se aparta de toda la rica y compleja realidad viviente, intentando convertirla en pura lógica e imponerle sus razonamientos y sus leyes. Idealismo tan peligroso como el del sentimiento (que considera las cosas como la sensibilidad quisiera que fueran, en lugar de cómo son, lo que conduce al optimismo, al pesimismo o al misticismo) o el de la fantasía (que confunde las imágenes de la realidad con la realidad misma, cayendo en el sensualismo o el materialismo más groseros, o que erige en ley de la realidad los fantasmas que forja la fantasía, hundiéndose en el espiritualismo idealista más soñador y exagerado). Lo que no duda ahora Revilla es en considerar a Descartes un racionalista crítico, aunque un racionalista que traicionó en parte su propia filosofía y, en cierta medida, desembocó en un espiritualismo contrario a la razón, a la conciencia y a la experiencia.

Una última causa de sus errores es que no se tomó en serio la duda previa con la que pretendió encabezar su empresa. En especial, se empeñó en su idea preconcebida de demostrar concluyentemente la existencia de Dios y la espiritualidad del alma, con lo que su indagación incumplió la condición primera de todo trabajo científico: el desinterés absoluto. Descartes, por tanto, renunció a la verdadera libertad del pensamiento y se dejó arrastrar por los razonamientos falsos que le ofrecían una solución fácil y rápida al problema que se empeñó en solventar. De hecho, Revilla se muestra en este tema plenamente kantiano: la teología racional es un mero fantasma, porque la razón no puede traspasar los límites de la experiencia, de manera que –contra lo que sostuvieron Descartes, Hegel y Schelling– el sentimiento religioso, liberado ya de todo intelectualismo, en el futuro sólo podrá levantar altares al “Dios desconocido”.

Revilla en el Ateneo Científico, Literario y Artístico de Madrid

Si nos referimos ahora a otro ámbito de la labor ateneísta de Revilla, es un hecho comprobado que comienza a intervenir en los debates del Ateneo Científico, Literario y Artístico de Madrid en el ejercicio 1869-70[14]. En concreto, participa en la discusión que se desata en la sección de Ciencias Morales y Sociales, alrededor de marzo de 1870, en torno al “Principio federativo en su aplicación a la organización interior política de los pueblos y a las relaciones internacionales”. En la discusión toman parte Fernández y González, Francisco María de Tubino, Núñez de Velasco y el presbítero Sr. Sánchez (reaccionario), además de otros personajes menos conocidos. Revilla se suma en abril 1870, con una defensa de la República federal, en la que pone especial hincapié en la distinción entre confederación y república federal, entendiendo por esta última “la mayor variedad bajo la más alta unidad (...) no naciendo el todo de las partes, sino las partes del todo[15]. Además, vuelve a alertar sobre los peligros de la Internacional que –como indica en su Historia y defensa de la Declaración de la prensa republicana– puede acabar fragmentando a los republicamos en dos bloques irreconciliables: individualistas y socialistas.

En el ejercicio 1874-75 se debate si “¿Hay antagonismos o concordancias entre los deberes que la Iglesia católica impone a sus fieles y los que el Estado exige a sus súbditos?” Revilla vuelve a la carga, y señala la incompatibilidad de algunos de los preceptos eclesiásticos con los deberes del buen ciudadano.

Los debates sobre la política y las relaciones entre la Iglesia y el Estado continúan siendo los más habituales hasta que en ese mismo ejercicio 1874-75 empiezan a ser paulatinamente desplazadas por las cuestiones literarias, aunque éstas se vean igualmente inundadas de referencias ideológicas inmediatas. Por ejemplo, en el citado ejercicio se discute en la sección de Literatura y Bellas Artes la siguiente cuestión: “Hasta qué punto los progresos y descubrimientos en las Ciencias Experimentales y el más perfecto conocimiento de la Naturaleza del Hombre son o no perjudiciales a la Poesía y al Arte”, “Ventajas e inconvenientes del realismo en el arte contemporáneo” y “El realismo en el arte dramático en relación con el teatro contemporáneo”.

Según García Barrón, Revilla es elegido Vicepresidente de la sección de Literatura y Bellas Artes el 9 de diciembre de 1876[16]. Para entonces, ya se ha labrado entre sus compañeros una sólida reputación de apasionado polemista que no duda en criticar duramente las ideas de sus propios amigos cuando las cree desacertadas.

Ese mismo año es también Presidente accidental de la sección de Ciencias Morales y Políticas en sustitución de su titular Gumersindo de Azcárate. En ese contexto, se discute sobre la necesidad de los partidos políticos y la organización de los mismos. Revilla sostiene que se está asistiendo a un cambio en la orientación ideológica del republicanismo español, del tal forma que se aprecia una moderación conservadora de la democracia y una liberalización del constitucionalismo. Es, en definitiva, el fenómeno del giro reformista del liberalismo español, que –como hemos mostrado anteriormente– no siente ya el ardor revolucionario de la época republicana. Pero en esta panorámica de la política española de su tiempo, Revilla reflexiona igualmente sobre los viejos y los nuevos referentes filosóficos del liberalismo progresista, y llega a la conclusión de que la democracia ha llegado a rechazar y combatir las ensoñaciones idealistas, individualistas y krausistas que la condujeron al federalismo. Como se aprecia, el cambio filosófico e ideológico en Revilla es más que notable, pues critica rotundamente al krausismo que él mismo ha profesado hasta algunos años antes y se opone ahora a la República federal que ha propugnado en sus primeras intervenciones como ateneísta.

En 1877, Azcárate defiende, durante las discusiones en el Ateneo sobre el tema “La constitución inglesa en lo que se relaciona con el estado político de España”, la instauración en España del modelo parlamentario inglés y lo que denomina “socialismo terapéutico”: es decir, la intervención del Estado en todos aquellos campos de la vida española en los que la acción individual sea insuficiente para lograr su máximo desarrollo. Revilla se muestra plenamente de acuerdo con estas dos propuestas de Azcárate, pero manifiesta su creencia en que la inmoralidad política que impera en España va a frustrar la implantación del parlamentarismo inglés. Tampoco se muestra demasiado optimista respecto a la opinión pública española, a la que estima mayoritariamente sumida en los principios del absolutismo teocrático. Por eso, Revilla defiende la idea de que existen valores como la justicia, la libertad y la civilización que gozan de primacía sobre la democracia, de tal forma que si la mayoría de los ciudadanos se obstina en vulnerar dichos valores o derechos fundamentales, la minoría que –por el contrario– los sustenta y representa puede imponerse legítimamente a la mayoría. A su juicio, la revolución que ha liberado a los ciudadanos de las cadenas del absolutismo y el liberalismo que los conserva dentro de la vida civilizada han sido obra de una minoría que se ha impuesto a la voluntad ignorante del resto. Se trata, en definitiva, de una postura elitista, aunque basada en la superioridad de ciertos valores y derechos fundamentales que se deben preservar incluso por encima de los intereses particulares de la colectividad.

También se genera en 1877 una confrontación entre el Ateneo y el gobierno cuando la sección de Ciencias Morales y Políticas debate sobre “Cuestiones que entrañan el problema social y medidas en que toca su solución al individuo, a la sociedad y al Estado”. El problema se desencadena cuando los obreros solicitan que se les permita acudir a las sesiones, a pesar de no ser socios del Ateneo. El gobierno no se muestra de acuerdo con esta medida y, al final, la Junta Directiva del Ateneo rechaza la petición de los obreros. Revilla, por el contrario, no se opone a su participación en la discusión y achaca las suspicacias del gobierno a los informes alarmistas que han aparecido en los periódicos vinculados a los sectores reaccionarios, que han exagerado la situación con la intención de revitalizar entre las clases dirigentes el miedo al fantasma de la revolución.

Ese mismo año, sugiere una modificación de la estructura interna del trabajo en el Ateneo, consistente en reducir la extensión de los largos cursos que ofrece cada sección, siguiendo así el modelo de la Institución Libre de Enseñanza. Por otro lado, propone que las discusiones no se conviertan en meros ejercicios de retórica hueca y de disquisiciones exclusivamente teóricas, sino que aborden la verdadera problemática social existente en España: un ataque directo a los socios conservadores, que muestran una mayor afición por la labor de cátedra y la defensa de lo dogmático, mientras que los liberales están más interesados en los debates, las discusiones y las polémicas.

Si esto ocurre en la sección de Ciencias Morales y Políticas, en la de Literatura y Bellas Artes se trata “Sobre la decadencia del teatro español y medios de regenerarlo”. La opinión de Revilla está en perfecta sintonía con su defensa del “socialismo terapéutico” propugnado por Azcárate: dada la precariedad de los medios particulares de los que se dispone para recuperar el teatro español del lamentable estado en el que se encuentra, es preciso que el gobierno, como representante del Estado, intervenga concediendo las necesarias subvenciones y velando porque se representen obras españolas de gran variedad de géneros dramáticos. En algún otro lugar hablaremos más detenidamente del concienzudo y extenso proyecto que elabora Revilla al respecto, y que va a hacer público en la prensa madrileña. Para nuestro propósito en este capítulo, basta ahora con señalar que, respecto a este mismo tema de la decadencia del teatro, se manifiesta en el Ateneo contrario al romanticismo, que considera ya caduco, expresando, por el contrario, su firme defensa del realismo, no en el sentido del movimiento realista que se está desarrollando allende los Pirineos, sino en cuanto que las obras teatrales deben inspirarse en la realidad, representar la realidad social española.

Por otro lado, Revilla pronuncia varios discursos sobre literatura española contemporánea, en los que procura recoger las tendencias de los diversos géneros que cultivan los principales representantes de las escuelas que se han conformado en el panorama cultural español de la época. De hecho, su tesis es que las dudas, vacilaciones, el escepticismo, la desesperación, e incluso el entusiasmo fugaz, que padecen los estadistas y filósofos españoles se reflejan en la literatura del momento histórico que vive España. Asimismo, desarrolla una crítica de Espronceda y de Zorrilla: al primero le acusa de plagiar a Byron en el Diablo Mundo, aunque reconozca que alguna de sus obras, como El estudiante de Salamanca, tiene una calidad muy superior a las de otros autores. Con Zorrilla se muestra algo menos duro, porque cree no ser el momento más adecuado para juzgar su obra, aunque le achaca haber sacado su D. Juan Tenorio precisamente de El estudiante de Salamanca de Espronceda.

 

Notas

[1] García Barrón, Carlos: Vida, obra y pensamiento de Manuel de la Revilla. Madrid, José Porrúa Turanzas, 1987, pág. 10.

[2] Este es el título de la obra, y no Principios generales de literatura e historia de la literatura española, como afirma García Barrón en Op. cit., pág. 9. Sin duda, el error está en que ha manejado la segunda edición de este libro, en la que sus autores cambian el título para darle una forma más acorde con las asignaturas Principios generales de Literatura y Literatura española, a las que se refiere.

[3] Revilla, Manuel de la y Alcántara García, Pedro de: Principios de Literatura general e Historia de la Literatura española. Madrid, Alfonso Durán/Colegio Nacional de Sordo-mudos y de Ciegos, 1872, pág. v.

[4] Esto no debe extrañarnos, pues como hemos explicado en nuestra breve reconstrucción de la biografía intelectual de José de la Revilla, los liberales moderados muestran mayor interés y sensibilidad por la cultura española en general que los “modernizadores”, incluyendo el propio Manuel de la Revilla.

[5] García Barrón, Carlos: Vida, obra y pensamiento de Manuel de la Revilla. Madrid, José Porrúa Turanzas, 1987, págs. 95-101.

[6] Revilla, Manuel de la y Alcántara García, Pedro de: Principios generales de Literatura e Historia de la Literatura española. Madrid, Francisco Iravedra y Antonio Novo, 1877, págs. viii-ix.

[7] Recordemos que Revilla considera, en su programa de Literatura española de 1872, que la literatura hispano-latina no forma parte de la Historia de la Literatura española, porque en la época de la dominación romana de Hispania no existía la nación española. Por tanto, su cambio de perspectiva en 1877 es notable.

[8] Revilla, Manuel de la y Alcántara García, Pedro de: Principios generales de Literatura e Historia de la Literatura española. Madrid, Francisco Iravedra y Antonio Novo, 1877, pág 2.

[9] Ibídem.

[10] Urbano González Serrano publicará en 1887 una nueva edición, refundida y corregida, de este libro que aparecerá en la editorial Victoriano Suárez de Madrid. En este caso, dado que Revilla fallece varios años antes, los cambios en el texto son enteramente atribuibles a González Serrano.

[11] “Crónica científica”. La justicia Social, 14 de marzo de 1870, pág. 13.

[12] “Exposición y crítica del Discurso del método de Descartes”. Boletín Revista de la Universidad de Madrid, 25 de marzo de 1869, pág. 298.

[13] Revilla Moreno, Manuel de la: Obras filosóficas de Descartes. Madrid, Biblioteca Perojo, 1878, pág. 10.

[14] Sin embargo, no es fácil reconstruir la participación de Revilla en el Ateneo de Madrid, porque como nos ha señalado la actual directora de su biblioteca, la mayoría de la documentación guardada en los archivos de dicho foro de discusión intelectual fueron expoliados o destruidos durante la última guerra civil que asoló España.

[15] “Crónica científica”. La justicia Social, 28 de marzo de 1870, pág. 10.

[16] García Barrón, Carlos: Vida, obra y pensamiento de Manuel de la Revilla. Madrid, José Porrúa Turanzas, 1987, pág. 26. Sin embargo, García Barrón se corrige a sí mismo en la pág. 34 cuando afirma que ese hecho ocurre en 1878, y que al año siguiente –presumiblemente, en 1879– Revilla es nombrado Presidente de esa sección de Literatura y Bellas Artes. El problema de hacer una reconstrucción precisa y debidamente fundada de la labor de Revilla en este foro de discusión madrileño estriba –como acabamos de indicar– en esa falta de documentación debida a la destrucción de los archivos del Ateneo. Por desgracia, hoy en día, los investigadores pueden contar únicamente con testimonios indirectos recogidos en las diversas crónicas periodísticas sobre las actividades del Ateneo, que incluyen no sólo errores, sino incluso datos contradictorios.

 

© Ediciones de la Universidad Autónoma de Madrid. Fernando Hermida, José Luis Mora, Diego Núñez, Pedro Ribas. Manuel de la Revilla, obras completas. Madrid: Universidad Autónoma de Madrid, 2006. Edición digital del estudio introductorio autorizada para el Proyecto Ensayo. Esta versión digital se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines deberá obtener los permisos correspondientes. Edición para Internet preparada por José Luis Gómez-Martínez con la colaboración de Béatrice de Thibault.

 

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