Manuel de la Revilla
 

 

Manuel de la Revilla
(el pensador y su obra)

 

6. La labor periodística de Revilla en la transición del idealismo
y el krausismo al neokantismo y el positivismo, su obra poética
y la “polémica sobre el panenteísmo”

La consagración periodística

En 1874 Revilla retoma su participación asidua en las publicaciones periódicas madrileñas con unos bríos que no había mostrado desde su intervención en los periódicos republicanos entre 1868 y 1871.

Sus primeros trabajos en este período aparecen en La Ilustración Española y Americana –continuación del semanario El Museo Universal, en el que, como ya hemos dicho, también había escrito Revilla–, cuyo propietario es Abelardo de Carlos, pero va a continuar colaborando esporádicamente en esta revista hasta mediados de 1879, y tendrá una última intervención en 1881. Entre enero y febrero de 1874 escribe dos artículos en los que se propone analizar la ópera española, pero que realmente le sirven para elaborar, a partir de un estudio basado en la dialéctica hegeliana, un ensayo sobre el arte operístico desarrollado en cada una de las diferentes nacionalidades europeas. En abril, retoma la crítica literaria con un juicio sobre la novela Noventa y tres de Víctor Hugo y al año siguiente continúa esta labor con dos reseñas: la primera sobre la recopilación de poesías de Núñez de Arce titulada Gritos del combate y la segunda acerca de la novela psicológica El escándalo, de Pedro Antonio de Alarcón. Comienza también sus reflexiones acerca de las posibles interpretaciones simbólicas del Quijote en tres artículos: tema que volverá a tratar en otros siete publicados entre 1878 y 1879. Otra cuestión que suscita su interés y que expone en las páginas de La Ilustración Española y Americana es la situación del teatro español en relación con el europeo y sus más insignes representantes, a la que dedica un artículo en 1875 (“Del estado actual del teatro español”, 12 de diciembre), tres en 1876 (“El mágico prodigioso de Calderón y el Fausto de Goethe I” y “El mágico prodigioso de Calderón y el Fausto de Goethe II”, 22 de febrero, y “Los últimos amores de Lope de Vega”, 30 de agosto), otros tres en 1878 (“El condenado por desconfiado, ¿es de Tirso de Molina?”, 22 de junio, “Una redacción nueva de El burlador de Sevilla, de Tirso de Molina”, 30 de octubre, y “Una redacción nueva de El burlador de Sevilla, de Tirso de Molina (conclusión)”, 15 de noviembre) y un último en 1881 (“Calderón y Shakespeare”, 22 de mayo), publicado pocos meses antes de su muerte. Pero tampoco deja de lado algunos problemas que siempre le preocupan como “La tendencia docente en la literatura española” (30 de marzo de 1877) o “Del estado actual de la declamación en España” (8 de mayo de 1878). En este último se ve, sin duda, la influencia de su padre, José. Por fin, prolonga sus críticas literarias en tres artículos consagrados a estudiar “Las últimas poesías de Víctor Hugo” (15, 22 y 30 de enero de 1878).

Sin embargo, mucho ha cambiado desde los días de sus encendidas defensas del federalismo y los feroces ataques a la Iglesia y la Monarquía. Ahora, Revilla ha virado hacia el posibilismo, que promueve el entendimiento con otros sectores liberales afines aunque no sean republicanos. En ese contexto, hay que entender su colaboración en El Imparcial, periódico vinculado al sector organizado en torno a Práxedes Mateo Sagasta y que, con el tiempo, va a configurar el Partido Fusionista, que agrupará a los liberales dinásticos.

La primera intervención de Revilla en El Imparcial se produce a instancias de su amigo Gasset, fundador del periódico. Es el 11 de abril de 1874, y Revilla pasa a ocuparse de la sección “Revista bibliográfica”. Dos semanas después, cuando no ha participado todavía más que en dos números, se inician “Los Lunes de El Imparcial”, suplemento cultural que va a tener un enorme impacto en la opinión pública y a gozar de extraordinario éxito entre los lectores. Revilla pasa entonces a encargarse de la sección de “Teatros”, en la que escribe sendos artículos sobre las obras El anzuelo, de Eusebio Blasco, y No hay buen fin por mal camino, de Mariano Catalina, que se representan en el teatro Apolo. Por fin, a finales de mayo de ese mismo año, Revilla vuelve a centrarse en la crítica bibliográfica, en la sección “Libros nuevos”, donde desarrolla a lo largo de seis artículos el resto de su actividad en El Imparcial, hasta que la suspende definitivamente a finales del mes de septiembre, pasando el testigo a Patricio de la Escosura, quien será el nuevo encargado de la misma.

En sus diez extensas colaboraciones se manifiesta como un crítico feroz, que no duda en calificar de “detestable” la generalidad de los libros publicados en España y que concibe su actividad como la de un censor que trata de convertir su pluma en un sangriento látigo que “hundiera a latigazos en el cieno a los que profanan el templo augusto en que reinaron un tiempo Lope y Calderón, Tirso y Moreto, Alarcón y Rojas, y del cual se apartan hoy con dolor y vergüenza los últimos restos de la brillante falange que enalteció nuestra escena en el siglo xix[1]. Podemos señalar, por tanto, que si se ha mostrado ya como un fustigador mordaz en sus artículos políticos en la prensa republicana, va a continuar en la misma línea, y aun a exacerbarla todavía más, en su labor de crítico literario, que empieza a desplegar en este periódico y que va a continuar en otras publicaciones de las que hablaremos a continuación.

Por otro lado, el 15 de octubre de 1874 se publica el primer número del semanario La Crítica (Revista de Literatura, Artes y Espectáculos), que aparece los jueves y del que son redactores jefes Manuel de la Revilla y Antonio Peña y Goñi: ambos, amigos y antiguos compañeros en El Imparcial[2]. Su misión consiste en informar puntualmente a los lectores de todas las novedades aparecidas en el movimiento artístico y literario en España, juzgando las producciones nacionales con un criterio inflexiblemente crítico y absolutamente independiente. Revilla se encarga de dirigir la sección dramática y Peña y Goñi la sección musical[3].

De la labor del primero cabe destacar, por un lado, una serie de artículos sobre Don Juan Tenorio, escritos ese mismo año 1874[4], cuyo contenido va a aprovechar años después para elaborar un ensayo sobre el burlador de Sevilla, y, especialmente, los “Bocetos literarios” que inaugura el 7 de enero de 1875 con un estudio sobre Juan Eugenio Hartzenbusch (en el número 13 de La Crítica), continúa con otro de Antonio García Gutiérrez (28 de enero) y termina con el dedicado a Adelardo López de Ayala (11 de febrero). Pero la vida de esta revista, que –por expreso deseo de sus artífices– se subvenciona únicamente con ventas directas y suscripciones, para así no depender de otro tipo de fondos de procedencia ideológica (partidos políticos) o profesional (de empresarios teatrales, por ejemplo) que limiten la libertad y la objetividad a la hora de emitir los juicios críticos, es bastante efímera, porque el último número (que es el 24) se publica el 25 de marzo de 1875. Revilla retomará más adelante estos “Bocetos literarios”[5]. A estas contribuciones hay que añadir sus críticas sobre las representaciones que se desarrollan en la escena española, en la sección que primero denomina “Teatros” (15 y 22 de octubre de 1874) y luego “Crónica dramática” (12, 19 y 26 de noviembre y 3, 10, 17, 24 y 31 de diciembre de 1874, y 7, 14 y 21 de enero, 4, 11, 18 y 25 de febrero y 4 de marzo de 1875), en la “Crónica dramático-musical” que escribe en colaboración con Peña y Goñi el 24 de diciembre de 1874 o en su “Balance del año cómico”, del 25 de marzo de 1875. También se encuentran juicios sobre libros, como “Un libro nuevo. La Alpujarra, por D. Pedro Antonio de Alarcón” (22 de octubre de 1874) y “Dos novelas nuevas” (26 de noviembre de 1874), el diálogo –también referido al mundo del teatro– “Los días de moda (Diálogo entre dos bustos)” (5 de noviembre de 1874) y la traducción del poema de Herculano “La Rosa” (7 de enero de 1875). Esta extensa producción en La Crítica se completa con varios editoriales (del 15 de octubre y el 31 de diciembre de 1874 y el 25 de marzo de 1875), probablemente escritos en colaboración con Peña y Goñi, como indicamos al reproducirlos.

No obstante, la preocupación fundamental de Revilla en estos artículos es qué tipo de relación han de guardar el realismo y el idealismo. Desde un primer momento muestra cómo en el panorama intelectual español existe mucha confusión acerca de estas dos escuelas, en qué consisten, qué subescuelas comprenden, etc. Así, señala que la escuela idealista suele ser vulgarmente conocida como “romántica” o “nacional”, mientras que el realismo suele aparecer indisolublemente unido al calificativo de “francés” o ser simplemente denominado “naturalismo”. Sin embargo, el crítico madrileño sostiene que el romanticismo es sólo una de las varias formas del idealismo, mientras que el naturalismo no es tampoco más que una de las posibles manifestaciones del realismo. Y tan rechazables le parecen el romanticismo como el naturalismo: el primero, porque menosprecia la realidad y sustituye las concepciones de la razón apoyada en la experiencia por las arbitrariedades de la fantasía, expresando en las obras de arte situaciones falsas y sentimientos tan exagerados y violentos que es imposible que existan, arropándolos con un lirismo altisonante y empalagoso que no tiene nada en común con el idioma que usan las personas reales; el segundo, porque se limita a hacer una copia desnuda de la realidad, como si fuera una fotografía o un estudio anatómico, o a rebuscar todas las hediondeces y deformidades de la realidad para exponerlas en la obra de arte. Si el romanticismo es una exageración del idealismo, el naturalismo es la demagogia del realismo: rompe los límites del buen gusto y del decoro en su afán de fijarse solamente en un aspecto de la realidad, prescinde de todos los demás y reduce el arte a límites estrechos y arbitrarios.

Frente a estas dos escuelas (romanticismo y naturalismo), Revilla defiende lo que llama “la armonía de contrastes” o “síntesis de la antítesis”: idealismo y realismo han de mantenerse encerrados en la esfera que a cada uno le corresponde. Así, por ejemplo, el realismo es más propio del campo de las artes objetivas, expresivas y representativas (escultura, pintura, poesía dramática, novela, poesía lírica, música vocal, etc.), mientras que el idealismo lo es de las artes subjetivas, que son mera combinación de formas, líneas, colores y sonidos bellos (arquitectura, ornamentación escultórica, cerámica, indumentaria, mueblaje, jardinería, arabescos, música no destinada al canto, etc.). Sin embargo, eso no quiere decir que en una misma obra de arte no pueda haber a un tiempo realidad e idealidad, siempre y cuando ambas se mantengan dentro de las fronteras de lo prudente, porque una y otra maneras de concebir el arte son bellas y legítimas: “… ambas son aspectos diversos de un mismo objeto, fases distintas de una misma belleza, manifestaciones diferentes de una sola fuerza”[6]. Es decir, que en toda obra de arte intervienen elementos psicológicos, históricos, el carácter y las condiciones de su autor, etc., pero también elementos ideales, objetivos y exteriores al artista. Este es un ideal armonicista de Revilla, presente ya en su etapa de vinculación al krausismo, que no va a dejar de mantener igualmente a lo largo de toda su producción literaria y toda su reflexión intelectual posteriores.

Asimismo, son interesantes los artículos que publica en el diario El Globo, donde empieza a colaborar esporádicamente en 1875 y 1876. Sin embargo, es entre 1878, 1879 y, en menor medida, 1880 cuando Revilla interviene más asiduamente al encargarse de las secciones “Revista teatral” y “Revista bibliográfica”, en las que desarrolla una labor que –como es habitual en él– no se centra exclusivamente en los ámbitos literario y dramático, sino que igualmente aborda cuestiones filosóficas, científicas, políticas y culturales en general. Esta vinculación del crítico madrileño al periódico de los posibilistas no resulta extraña, dada su afinidad ideológica durante ese periodo de su vida al sector republicano encabezado por Emilio Castelar. Lo que sí llama la atención es el contenido de sus artículos, en los que el neokantiano Revilla se manifiesta plenamente germanófilo, mientras que, por el contrario, el periódico tiene un talante decididamente francófilo[7].

También es destacable su participación en otra de las principales publicaciones culturales españolas: la Revista Europea. Los días 13 y 29 de marzo y 5, 12 y 26 de abril de 1874 aparecen en ella los textos que, reunidos, van a componer la edición de las Cartas inéditas de D. Julián Sanz del Río escritas a su padre, José de la Revilla. Como ya hemos señalado, Manuel va a publicar estas cartas ese mismo año, en un volumen de la editorial Medina y Navarro. El 29 de noviembre de 1874 escribe el soneto “¿Quién es más feliz?”. Por fin, el 11 de julio de 1875 redacta una reseña sobre Las ilusiones del doctor Faustino, de Juan Valera. Pero su más importante intervención se produce a raíz de la llamada “polémica sobre el panenteísmo”, que se desarrolla en la revista desde principios de mayo a mediados de agosto de 1875, y cuyo detonante, sin él buscarlo, va a ser el propio Revilla.

La “primera polémica” de Revilla

El 2 de mayo de 1875 Ramón de Campoamor, amigo personal de Revilla, escribe a petición de éste un prólogo a su libro Dudas y tristezas, en el que el crítico madrileño reúne parte de sus composiciones poéticas. Dicho prólogo aparece publicado primero en la Revista Europea, sin que Revilla conozca previamente el contenido del mismo.

En él, Campoamor destaca el hecho de que la colección de poesías de Revilla no representa un simple acontecimiento literario, porque el fondo de las mismas posee un incontrastable carácter filosófico, de manera que en ellas predominan las ideas sobre las imágenes y se resalta más lo profundo que lo ameno. Y es que, opina Campoamor, Revilla otorga preferencia a la razón frente al sentimiento, lo que lo convierte a veces en un poeta algo frío. En cuanto a las cuestiones que trata en sus versos, señala que, en el fondo, son mayoritariamente nuevas, originales, pero que están presentadas sin el suficiente arte dramático, por lo que su mérito queda rebajado.

Sin embargo, considera que, al escribir, Revilla sabe el “cómo” y el “por qué” del plan y de la ejecución de sus poesías. El “cómo” consiste en que todas las palabras de sus versos son de absoluta necesidad (no pueden ser sustituidas por otras) y están utilizadas poéticamente de forma tan corriente y usual que no es posible decir en prosa las cosas con mayor precisión y naturalidad de lo que hace Revilla en sus versos. En cuanto al “por qué”, Campoamor afirma que Revilla ha sabido lograr que su poesía lírica sea un cuadro dramático, en el que las figuras están usadas de acuerdo con una intención artística, moral o filosófica. Esto es así, incluso cuando Revilla trata asuntos o problemas de los que resultan escenas escabrosas o atrevidas, como las que se refieren a la muerte, a la fe y la duda o a la virginidad.

Por otro lado, le reprocha la admiración que siente por Quintana, quien –a su juicio– es confuso, vulgar, de expresión rimbombante en la forma y vacío en el fondo, un patriotero que falsifica la historia y muy injusto en sus diatribas contra el Papado.

Para terminar sus comentarios sobre Revilla, Campoamor le sugiere que no desperdicie su talento en la política, porque ésta es un martirio para los especulativos y soñadores como él, ni en el campo de las ciencias, aquejado en su tiempo de notables excesos, pues sus cultivadores (teóricos y prácticos) padecen un exceso de arrogancia que les hace creer que lo único que tiene valor y prestigio social es su propia actividad, que la ciencia moderna es el único patrón por el que se ha de medir toda la realidad, hasta la más vulgar. Frente a ese cientismo, Campoamor afirma que tanto los metafísicos como los científicos físicos no pasan de ser unos meros pedagogos que tienen más o menos actitud para aprender y enseñar. Por eso aconseja a Revilla que dirija su talento en la dirección de las letras y las artes, porque la creación y la inspiración intelectuales son lo que acerca a Dios, y eso las convierte en permanentes y muy superiores a la ciencia. Según él, Revilla debería abandonar su culto exclusivo a la ciencia y sus veleidades positivistas en favor de lo que constituye la naturaleza humana: la poesía (la manifestación ideal del arte y el ingenio humanos) y la religión (la santificación de la autoridad y de las instituciones de la sociedad civil).

Esto por lo que respecta a los juicios sobre el crítico madrileño, porque Campoamor aprovecha su prólogo como excusa para verter acerbas críticas contra la escuela krausista y su fundador, que nada parecen tener que ver objetivamente con las composiciones poéticas de Revilla. En efecto, arremete contra los krausistas, aplicándoles epítetos como “caballeros de la lenteja”, “hipocentauros”, del mismo modo que descalifica todas las escuelas filosóficas panteístas: la que llama “emanantista” (gnosticismos), la “evolucionaria” (espinosismo-krausismo) o la “idealista” (fichteana, schellinguiana o hegeliana). De todas, considera que la krausista es la más hipócrita, porque esconde su panteísmo tras un rompecabezas metafísico que resume en el término “panenteísmo”. Además, reitera los habituales cargos que se hacen en su época a los krausistas: que el lenguaje y la expresión que emplean en sus escritos son incomprensibles para quien no forme parte de su doctrina. Por eso, los krausistas nunca podrán ser poetas, ni siquiera artistas: su sistema es, en filosofía, un todo-nada; en moral, el indiferentismo; en política, el comunismo; en arte, la indeterminación; en literatura, el caos.

Ni que decir tiene que esta salida de tono de Campoamor, producto –como él mismo confiesa a medias– del resentimiento personal y de un deseo de venganza contra ciertas críticas vertidas contra él desde el campo krausista, provoca una respuesta de alguno de los antiguos miembros de esa escuela que, por otra parte, ha entrado en crisis en España y se está disolviendo paulatinamente en multitud de direcciones filosóficas.

La respuesta desde el campo krausista llega de la mano de Francisco de Paula Canalejas. Como la Revista Europea ha brindado sus columnas a quien desee participar en la discusión, Canalejas envía a la redacción el artículo “El panentheísmo”, que es publicado el 9 de mayo. En él, rememora primero la polémica que mantuvo en 1856 y 1857 con el propio Campoamor a propósito de los ataques de éste contra la democracia. A continuación, señala que Campoamor no ha arremetido contra las escuelas racionalistas en general, sino contra el krausismo en particular, por lo que él cree necesario hacer unas cuantas precisiones, aunque ya no se sienta comprometido con ese sistema filosófico en el que ha militado, pero que ha abandonado en favor del librepensamiento: su postura es, en definitiva, la de un antiguo krausista que, como la generalidad de los intelectuales liberales españoles, ha llegado a participar del antiescolasticismo característico del último cuarto del siglo xix.

Para Canalejas, ya no existe escuela krausista española, porque los diversos discípulos de Sanz del Río han ido adoptando tendencias muy diversas, e incluso encontradas: unos han tomado la dirección de un teísmo racional y cristiano, otros se encaminan a un positivismo comedido y circunspecto[8], mientras que hay quien propone un retorno al Kant de la Crítica de la razón pura[9]. Después, se embarca en una defensa de la figura de Sanz del Río, a quien juzga como el más excelso de los filósofos que ha habido en España o Francia durante el xix.

Por otro lado, rechaza el cargo que se hace a los krausistas, en el sentido de que escriben mal y sin claridad. Para él, quien escribe de forma oscura y sin utilizar correctamente el idioma español, lo hace simplemente porque no lo conoce bien: el defecto no se debe, como afirman algunos, a que el español –frente al alemán– sea una lengua inadecuada para expresar el pensamiento o la filosofía, ni a una oscuridad esencial de la doctrina krausista que le incapacitaría para ser expuesta con rigor y, a la vez, claridad. De esta manera, Canalejas opina que la única crítica de Campoamor que posee verdadera entidad intelectual es la referida al panenteísmo; y aun ésta se debe, más que a la cuestión en sí de qué es el panenteísmo, a cierta antipatía de Campoamor al término que se emplea para designar la idea de la unidad en Dios. Por último, ofrece una larga disquisición metafísica acerca del panenteísmo.

La respuesta de Canalejas provoca una contrarréplica de Campoamor, si cabe más violenta que la primera exposición de su crítica del krausismo, en el artículo “Polémica sobre el panentheísmo. ¡A la lenteja! ¡A la lenteja!”, del 23 de mayo.

Primero, confiesa que siente haber recibido una repuesta del docto, sereno y comedido Canalejas, y no de alguno de aquellos krausistas que están empeñados en destrozar su nombre ejecutando en la sombra toda clase de artimañas, con el fin de probar que es un malísimo escritor y que sus obras son producto del plagio de otros autores. Implícitamente, Campoamor está reconociendo que sus diatribas contra el krausismo no tienen entidad objetiva, sino que son producto de un deseo de revancha o venganza contra quienes están empeñados en reducir su mérito como literato. Incluso así, Campoamor confiesa que sigue sin entender la filosofía de Krause, porque es hermética, sólo apta para iniciados que profesen su misma doctrina, pero incomunicable para quien no la acepte como un dogma irrefutable. Además, acusa al krausismo de haber infectado las universidades españolas de un mal que las ha paralizado en parte y que amenaza con convertirse en una parálisis intelectual total y definitiva. Por otro lado, declara que la defensa de Sanz del Río que ha realizado Canalejas es innecesaria, ya que él siempre ha sentido un respeto especial por el patriarca de los krausistas españoles, a quien un tiempo consideró su amigo. Reitera su afirmación de que el krausismo es antiartístico y que un buen krausista no puede ser nunca un buen escritor, porque existe una incompatibilidad fundamental entre lo uno y lo otro. Ahora añade que él es tolerante en teoría con todas las opiniones, hasta con las menos aceptables, pero que siente una antipatía especial hacia Krause por motivos más artísticos que científicos: él cultiva el arte por el arte y no posee pensamiento propio, por lo que continuamente toma el ajeno para componer sus poesías; sin embargo, no ha sido capaz de escribir un solo verso a partir del sistema de Krause, mientras que sí lo ha conseguido a partir de la filosofía de Heráclito, Demócrito, Sócrates, Diógenes, Schelling, etc., y no conoce a ningún poeta que haya podido hacerlo. Con lo que vuelve al tema de la falta de claridad del krausismo. Por último, afirma que éste es un sistema fundado en una noción de “esencia” radicalmente falsa y que hallar la verdad en esa escuela filosófica es una imposibilidad, no sólo empírica, sino también metafísica.

Por si esto fuera poco, se embarca en lo que asegura son las consecuencias políticas y éticas del krausismo, y manifiesta su apoyo a las medidas tomadas por el gobierno de Cánovas, encaminadas a impedir que en las universidades españolas se enseñe una moral diferente de la que la justicia pública tiene consignada en sus códigos: para él, los krausistas defienden la libertad de la ciencia y condenan la ciencia oficial porque el armonicismo de su sistema justifica como racional y necesaria cualquier salida de tono, por estrambótica que sea. Además, acusa a esa corriente filosófica de ser socialista y estar preparando siempre agitaciones contra el orden social establecido: aunque dichas efervescencias estén llenas de buenas intenciones, no dejan de ser atentados contra la autoridad pública cometidos en nombre de la ciencia. Campoamor acaba achacando al krausismo ser responsable de la destrucción de la moral y de la conciencia, así como de los intentos revolucionarios de destruir la sociedad, las ciudades, los campos y los templos religiosos.

Canalejas responde con templanza a las graves acusaciones de Campoamor, en un artículo que titula “El panentheísmo”, que aparece el 6 de junio. Para empezar, quiere hacer notar a Campoamor que quienes atacan su nombre no representan a la escuela krausista, sino sólo a ellos mismos. Enseguida, pasa a refutar argumentalmente las afirmaciones de Campoamor, en el sentido de que la filosofía de Krause se basa en una noción falsa de “esencia”. En este punto, confiesa que desconoce cuál es, para Campoamor, la noción verdadera de “esencia”. Pero se embarca en un pequeño repaso de lo que, a lo largo de la historia, han entendido los filósofos que es la esencia, para explicar prolijamente cómo ha llegado el krausismo a ofrecer su propia definición de la misma. En cuanto a la crítica que se hace al krausismo de ser, supuestamente, incapaz de hallar la verdad, Canalejas enfatiza el carácter armonicista de la mencionada escuela idealista, que intenta sintetizar de alguna manera los opuestos para no caer en ningún tipo de absolutismo, pero sin practicar un eclecticismo vulgar (aceptar diversas doctrinas aplicando un criterio convencional y dictado por las circunstancias), sino científico (afirmar una doctrina con un criterio científico que siempre es ley): así llega a la verdad el krausismo. Por fin, se declara perplejo frente a las acusaciones que ha hecho al krausismo sobre sus presuntas connotaciones políticas y morales: incitar al nihilismo revolucionario y a la inmoralidad en las costumbres. Canalejas declara, con toda justificación, que no se pueden imputar esos cargos a una corriente filosófica que, con un fervor mayor que el de los propios cuáqueros, siempre se ha opuesto a toda clase de violencia y ha defendido la concordia entre los estamentos sociales y las ideologías políticas. Para terminar, señala que, en definitiva, Campoamor no ha criticado realmente las teorías krausistas, sino que se ha dejado arrebatar por la pasión y ha atacado violentamente a algunos antiguos krausistas dignos de respeto que han caído en desgracia.

En cuanto a Revilla, quien ha permanecido hasta ahora en silencio, asistiendo a la polémica como simple espectador, decide que ha llegado el momento de intervenir, por lo que en su artículo “Carta al Sr. D. Ramón de Campoamor”, aparecido el mismo día 6 de junio, señala que, de haber conocido previamente el contenido del prólogo escrito por Campoamor, habría impedido su publicación como encabezamiento de su antología de poemas. De hecho, exige a Campoamor que reconozca públicamente cómo no se ha tratado –según algunos le han reprochado– de una conjura entre el autor y su prologuista para intentar desacreditar el krausismo vertiendo sobre él toda clase de acusaciones infundadas: se siente utilizado por Campoamor como excusa para atacar al krausismo, cuando él simplemente le había pedido que redactara un prólogo para su recopilación de poemas, en el que no le alabara. Revilla indica que él no pretende defender doctrinalmente el krausismo, puesto que ya no milita en sus filas, e incluso cree que no es posible hallar en esa escuela la fórmula definitiva o más perfecta del pensamiento moderno, al tiempo que reconoce sus errores y defectos y censura, como el que más, las faltas en las que han incurrido los krausistas españoles. Además, también se muestra de acuerdo con Campoamor en sus ataques a los desafueros que éstos han cometido con la lengua castellana. Pero se opone radicalmente a la injusticia, la saña y la intemperancia con la que ha tratado a dicho sistema idealista.

Revilla protesta contra las acusaciones que Campoamor hace no sólo contra el krausismo, sino contra sus representantes; acusaciones que exceden los límites de una polémica científica. En concreto, le reprocha muy certeramente que no hiciera públicas sus críticas a los krausistas cuando éstos controlaban el poder en España y solicitaban su participación en los tribunales de las oposiciones a cátedras; oposiciones en las que, por otra parte, él dio su voto a los candidatos krausistas, quienes –según ha afirmado– profesan ideas tan disolventes. También reprueba su ataque a los krausistas en el preciso momento en que no se pueden defender porque su escuela está sufriendo esa persecución gubernamental de la que Campoamor no sólo se alegra, sino que aun instiga. Además, muestra cómo no está justificado hacer al krausismo el cargo de promover la inmoralidad pública y privada, cuando ningún profesor krausista ha ensalzado nunca el robo, el asesinato, el adulterio, la calumnia o la traición, y le recuerda que dos profesores krausistas que explican moral, uno de los cuales ha colaborado con él en la edición de un libro de texto sobre ese tema[10], han sido hechos catedráticos gracias al voto favorable del propio Campoamor. De esta manera, si la moral krausista es tan deleznable como la presenta, ¿no sería cómplice de su difusión entre la juventud universitaria española? Por fin, sugiere que no existen en España suficientes libertades individuales y políticas como para defender públicamente la libertad de la ciencia ni para hablar sobre el socialismo que Campoamor presupone en el krausismo, mientras que él sí la tiene para llevar a cabo sus ataques como lo haría el más furibundo de los neocatólicos. No obstante, Revilla desea señalar que la libertad de la ciencia no es un principio exclusivamente krausista, sino un dogma de toda filosofía racional, toda política liberal y todo gobierno culto, de tal manera que hasta los conservadores que la niegan en la enseñanza pública, la admiten en la enseñanza privada o libre. En definitiva, al apelar al poder civil para que persiga con saña la doctrina krausista y la libertad científica, Campoamor reniega –a su juicio– de sus antecedentes liberales y relega al olvido los más elementales principios de la ciencia moderna.

El 4 de julio se une a la polémica la voz de L. Ruiz, una figura secundaria que no recibe respuesta a su artículo “Dos palabras sobre el krausismo”, en el que, por otro lado, sí que aborda cuestiones de carácter estrictamente filosófico o racional que inciden en posibles contradicciones internas de esa escuela idealista.

Ante los reproches de Canalejas y, especialmente, de Revilla, Campoamor se toma un tiempo de reflexión antes de contestarles. No es hasta el 18 de julio, en su artículo “Polémica sobre el panentheísmo. Repito que ¡a la lenteja!”, cuando se propone refutar por extenso los planteamientos de sus antagonistas. En el caso de Canalejas, adopta un tono más comedido, aunque vuelve a sostener las mismas críticas que ha hecho anteriormente al krausismo. Pero es a su amigo Revilla a quien dirige el grueso de sus baterías, quizá porque siente que ha puesto el dedo en la llaga al descubrir las contradicciones existentes entre sus actitudes pública, privada y profesional o académica.

De entrada, lo acusa de haber adoptado una postura de suficiencia política, literaria, social, filosófica y cosmopolita y, a partir de ella, haber obrado inquisitorialmente hacia él. Sin embargo, aunque no lo reconozca explícitamente, no tiene más remedio que recoger velas y desdecirse de muchas de las afirmaciones que ha realizado acerca de las connotaciones políticas y morales del krausismo. Primero, señala que en la época del predominio moderado formó parte de un tribunal en el que algunos jueces intentaron boicotear a un opositor por ser krausista y que, enterado el interesado a través de Sanz del Río del complot que se había urdido contra él, presentó una protesta formal que Campoamor apoyó: el motivo es que este poeta afirma que los tribunales no deben juzgar la calidad del saber de los opositores, sino su cantidad. Por otro lado, señala que las ideas krausistas son disolventes, pero que los krausistas a los que ha dado su voto en los tribunales de oposición profesan todos la moral más pura, en contradicción con lo que les demanda el propio sistema filosófico del que forman parte. En cuanto a la dureza de algunos de los términos que ha empleado para dirigirse al krausismo y los krausistas, recuerda a Revilla muchos de los calificativos con los que, a lo largo de la historia, los filósofos se han referido a sus compañeros de profesión.

O sea, que sus diatribas se dirigen contra la escuela krausista, y no contra sus representantes concretos: los krausistas predican una moral que así quisiera practicar él mismo, pero en eso son ilógicos con su sistema, ya que en éste no hay bien ni mal, justo ni injusto, orden ni desorden, ni diferencia real entre el mundo y Dios, porque en ambos hay identidad de esencia. En su opinión, la comunidad de esencia en el cielo que defiende el krausismo se convierte en comunidad de bienes en la tierra: es decir, el comunismo es un efecto inevitable en el sistema krausista. Dicho esto, declara que nunca ha estado en su ánimo tratar la llamada “cuestión universitaria”, que desconoce, y mucho menos incitar a los poderes públicos a extremar su persecución contra el krausismo: el gobierno haría mal en convertir a los krausistas en reos de Estado.

Como se ve, Canalejas ha intentado en todo momento limitarse a ofrecer explicaciones y argumentaciones metafísicas para refutar las afirmaciones de Campoamor, pero han sido las denuncias concretas y bien dirigidas de Revilla las que le han obligado –aunque él no lo reconozca– a retractarse de sus alegatos sobre las nefastas consecuencias políticas y morales que, en su opinión, se derivan del krausismo y de sus alabanzas al gobierno conservador de Cánovas por haberse convertido en perseguidor de esa escuela idealista.

Tras esto, la polémica entra en vías de ser zanjada, pues Canalejas escribe el 1 de agosto su último artículo, titulado “Fin de la polémica”, en el que se limita a recapitular los principales cargos de Campoamor contra el krausismo y sus propias respuestas a los mismos.

El 8 de agosto, Revilla reitera en “Última palabra” que no ha pretendido intervenir en la polémica sobre el valor que tiene la doctrina krausista, porque para eso se bastaba Canalejas y porque no tiene motivo alguno para defender a una escuela a la que ya no pertenece, aunque tampoco ve razón para atacarla cuando está siendo perseguida en España. Pero se muestra satisfecho de que su defensa de la libertad de la ciencia y de pensamiento haya logrado que Campoamor distinguiera la doctrina de las personas que la profesan, que reconociera que los krausistas no son inmorales y que reprobara implícitamente ciertos procedimientos del gobierno contra ellos.

El texto final de esta polémica es un artículo de Rafael Montoro, publicado el 15 de agosto con el título “La polémica sobre el panentheísmo”. En él, este representante en España de la escuela hegeliana se embarca en un supuesto tratamiento argumental y filosófico del panteísmo y el dualismo, que más bien parece una excusa para exponer los puntos de vista de Hegel sobre el tema y para reivindicar la figura del filósofo alemán y su sistema, frente a otros sistemas idealistas, en particular el krausista, si bien no deja de intentar mostrar lo infundado de las acusaciones de Campoamor contra el krausismo.

Revilla, poeta

Revilla escribe a lo largo de su vida numerosos poemas, de manera que puede decirse que se trata de su actividad más extensa junto a la crítica literaria. Según Juan López Núñez, estas dos facetas de su personalidad intelectual permiten apreciar en Revilla cierta forma de dualismo, especialmente cuando al final de su vida deja por completo los estudios filosóficos y –a juicio de este comentarista– quiere olvidar todo lo que ha estudiado porque “Aunque tarde, comprendía que el sentimiento siempre es superior a la razón, y refugiándose en él quería conocer su alma, que era donde estaba la explicación de todo”[11].

Esta afirmación de López Núñez es quizá un tanto exagerada, pero no deja de ser cierto que Revilla se siente un tanto atormentado por no hallar en sus investigaciones filosóficas la seguridad y el sosiego intelectuales, en lugar de quedarse carcomido por la duda que le corroe al comprobar que ninguna escuela de pensamiento ofrece una respuesta definitiva a las grandes cuestiones de la realidad y la vida. Sin embargo, como veremos a continuación, su propia indagación racional, que está presente hasta en sus poemas, le va a permitir encontrar una explicación a esta misma inseguridad.

La obra poética de Revilla queda significativamente recogida, aunque no agotada, en su antología Dudas y tristezas. De esta obra existen dos ediciones bastante diferentes entre sí.

En la primera, de 1875, Revilla recopila ochenta de sus versos juveniles, casi todos cargados de un pesimismo que no puede pasar desapercibido ni al más distraído de los lectores. Del prólogo de Campoamor ya hemos hablado a propósito de la “polémica sobre el panenteísmo”. Nos queda por comentar que las temáticas principales de sus estrofas son la amorosa, la político-social y la filosófica, que suelen aparecer entremezcladas, aunque en cada poema destaque señaladamente una de ellas.

Posiblemente, el amor trágico sea el elemento más recurrente en su libro. Esto aparece nítidamente ya en su dedicatoria, que va dirigida a la memoria de su prima hermana Eloísa Gómez Landero, su primer amor, muerta prematuramente cuando aún era muy joven. De hecho, la primera poesía reproducida, “En la tumba de un ángel” está escrita en homenaje a ese primer amor:

En esta triste, solitaria fosa
Descansa la que fue mi amor primero;
Culpable amor, cuyo recuerdo fiero
Clava en mi alma espada dolorosa.

En vano de su historia lastimosa
Dar al olvido la memoria quiero;
Sólo en la tumba mi remedio espero,
Si acaso la conciencia allí reposa.

¡Sombra del ángel que adoré en el mundo!
Si al pecador las lágrimas redimen
Vuelve hacia mí clemente tu mirada

Y da consuelo a mi dolor profundo;
Amarte con pasión, tal fue mi crimen:
¡Sé tan piadosa como fuiste amada![12]

Pero no es esta la única que se refiere a esa cuestión, sino que encontramos “Recuerdos tristes”, escrita en términos muy parecidos y a la misma persona, pero a la que añade una sorprendente dedicatoria que dice textualmente “A mi querida tía Doña Eloísa Moreno de Landero”:

“Estaba muerta. Blanca vestidura
La engalanaba;

Tenía un velo azul como los cielos
Donde volara.

Aquellos ojos, cual los astros puros,
Ya no miraban;

Aún en sus blancos labios se veía
Sonrisa vaga.

Dormida parecía. En el silencio
Todo se hallaba;

De un ángel se escuchaba entre las sombras
Batir las alas.

De hinojos ante el lecho solitario
Yo no lloraba:

¡Hay dolores de muerte que en los ojos
Secan las lágrimas!

Era mi amor primero; yo era un niño
Que la adoraba

Como se adora en los primeros años
La Virgen Santa.

Aún lo recuerdo; en noche silenciosa
La brisa blanda

Los suaves rizos de su frente pura
Acariciaba.

Lejos se oía el choque de las olas
Sobre la playa,

Y se veía rielar la luna
Sobre las aguas.

Ella estaba a mi lado; yo inocente
La contemplaba:

¡Me miró, y una ráfaga de fuego
Quemó mi ama!

Después otros amores he tenido;
Ninguno iguala

A aquel primer amor que de mi pecho
Ninguno arranca.

Son los amores de la edad madura
Flores que pasan;

¡La flor divina del amor primero
Nunca se acaba!
(Dudas, 1875, 16-18)

Leyendo estos versos, se ve nítidamente la atormentada personalidad de Revilla, para quien la muerte de su primer amor debe resultar doblemente dura, si tenemos en cuenta su natural timidez y lo complejas que siempre le resultan las relaciones afectivas, según sus amigos. Además, parece estar presente en él una sensación de trasgresión moral y social por haberse enamorado de alguien de su familia, cuya relación de parentesco no deja clara, porque en ocasiones se refiere a ella como prima hermana y otras como tía: ¿se trataría de una prima hermana de alguno de sus padres?

Entre los abundantes poemas de amor, quizá se pueden destacar otros siete, que ofrecen una idea más clara de la actitud y la personalidad atormentada de Revilla.

En “Locura de amor”, Revilla muestra por primera vez cómo el amor romántico no es el único que está presente en sus poemas, porque los versos que lo componen tienen tintes eróticos y sexuales, aunque no sean totalmente explícitos.

Que lo amoroso y lo racional suelen estar mezclados en sus poemas, queda patente en “Pecados que no lo son”, donde –contra lo que defiende la moral religiosa o tradicional– sostiene que besar al amado no es un pecado, porque si Dios ha dado labios a las personas es para que besen con ellos, lo mismo que ha dado alas a las aves para que vuelen por los aires con ellas. Declarar que el beso es un pecado es tan absurdo como condenar a las aves por volar.

Un tema amoroso fundamental en los versos de Revilla es el de la prostitución, que suele ir ligado al de la virginidad femenina. Así, encontramos “En la tumba de una cortesana”, donde explica que la prostituta vende su belleza a los hombres, pero eso no significa que pierda la pureza de su alma. Puede que la prostituta nunca haya amado, aunque haya tenido tantos amantes a lo largo de su vida, y si les dio placer a éstos, ella nunca lo ha sentido.

En “Carmen”, vuelve a tratar el problema de la prostitución: la prostituta condenada a un destino cruel por la madre que la vendió, por sus amantes y por la sociedad, pero que guarda su alma pura en medio del pecado, se redime al final de su vida e incluso implora perdón a los hombres, cuando ella es su víctima, la esclava sometida al yugo de sus verdugos.

En “Dos virginidades” reitera una idea expuesta en los poemas anteriores, y que es una de sus favoritas: si la mujer que entrega la virginidad de su cuerpo conserva virgen su alma, es como un ángel caído que puede redimirse. Pero si un alma impura conserva virgen su cuerpo, un día puede romperse el freno de su deseo y condenarse irremisiblemente.

Otro poema interesente es “La fruta en huerto ajeno”, en el que Revilla critica la hipocresía de una sociedad que aplaude al seductor de mujeres casadas y se ríe del marido burlado, alabando de este modo la injusticia y la inmoralidad y despreciando la justicia y la moral. Pero, si el marido “lava su honor” con el puñal, la sociedad pasa a aplaudirlo a él: esa sociedad suicida premia tanto al traidor (el seductor) como al homicida (el marido celoso). Por eso, Revilla se muestra partidario de la existencia del matrimonio civil y del divorcio que, al contrario que el eclesiástico, permiten evitar situaciones –como la descrita– que acaban en sangre, o el drama de la esposa abandonada o separada de su marido, a la que la inevitable penuria económica y la censura social no dejan otro remedio que dedicarse a la prostitución[13].

Vistos sus planteamientos acerca del amor romántico y del amor erótico, ¿cuál es el ideal amoroso de Revilla? A esto nos contesta en “Los dos amores”: que el amor ideal que admira y el placer ardiente se reúnan en una sola mujer, porque la esencia humana está compuesta de los dos, y si se los intenta separar, se cae en la demencia.

Lo que, tras esta exposición, se entiende perfectamente es que Campoamor asegure en el prólogo que Revilla trata en sus poemas temas que, en su época, resultan muy escabrosos.

Hemos visto ya que, en sus poemas de amor, Revilla incluye numerosas referencias y argumentaciones socio-políticas y filosóficas. Pero, ¿qué visión de la sociedad manifiesta en otras estrofas? Una totalmente negativa, casi rousseauniana. En “La sociedad”, nos dice:

Ricos palacios, templos suntuosos
Sabios ilustres, vates inspirados,
Nobles por la fortuna acariciados,
Bellas damas, guerreros valerosos:

Tal es la sociedad de los dichosos;
A sus pies, en infiernos ignorados,
La miseria y el crimen hermanados
Extienden sus dominios espantosos.

Oro la cima; fango los cimientos:
Tal es la triste sociedad humana,
Del imperio del mal sujeta al yugo;

Y de esta sociedad son fundamentos
El lecho de la impura cortesana
Y la cuchilla infame del verdugo.
(Dudas, 1875, 158-159)

Ya hemos visto la relación que establece entre sociedad y prostitución, injusticia, inmoralidad y violencia, por lo que no creemos necesario insistir más en una cuestión que ha quedado suficientemente nítida.

En cuanto a la temática política, si tenemos en cuenta que el libro se edita en 1875, durante el periodo que va desde el pronunciamiento del general Martínez Campos en 1874 a la aprobación de la Constitución de 1876, cuando las garantías y libertades se encuentran muy limitadas, no existe un marco jurídico fundamental y se ha declarado al republicanismo al margen de la ley, se comprenderá que aparece siempre bajo forma alegórica. Así ocurre, por ejemplo, en “La Esfinge”, dedicado a Nicolás Salmerón, o en “El Dante”, a Emilio Castelar. Este último destaca porque en él se muestra la admiración que el poeta siente por el líder del posibilismo, la rama republicana más afín a Revilla en esa época de su vida. De este político, dice que es como Dante: un poeta que trae al tirano el infierno en esta vida.

Como en otra parte de nuestro estudio hemos explicado detalladamente el planteamiento republicano de Revilla, no tiene ahora mucho interés detenernos en este punto.

Respecto a la temática filosófica, ya hemos mencionado algo acerca del dualismo presente en la esencia humana. Pero conviene que lo precisemos un poco más, tal como queda expuesto en el poema titulado, precisamente, “Dualismo”. Según Revilla, dos espíritus contrarios libran una terrible lucha en el seno profundo de la conciencia humana: uno afirma, otro niega; uno duda, otro espera. Pero ninguno de los dos vence nunca definitivamente, porque, si no fuera así, el hombre perdería su esencia genuinamente humana y se convertiría en diablo o ángel.

Esta conciencia escindida, en perpetua lucha, es para Revilla una necesidad, aunque también la que provoca su sentimiento trágico de la condición humana en general, y de la suya en particular. La escisión se produce no sólo internamente a la propia conciencia, sino entre la razón y el sentimiento: es el gran drama en el que Revilla está inmerso y que, a juicio de algún biógrafo, acaba conduciéndole a la locura, al comprobar que ha sacrificado en vano el arte y el sentimiento por la ciencia y la razón, pues éstas tampoco le han proporcionado respuestas a las cuestiones fundamentales de la vida, que son las que traen serenidad a la conciencia, sino que lo han sumido en una eterna duda. Como afirma en “Sacrificio inútil”:

“¿Qué más quieres, razón? De las pasiones
Lograste sofocar el vivo fuego;
Ya diste al alma plácido sosiego
Secando en flor sus bellas ilusiones.

Ya de mi vida a tu sabor dispones,
Ya a tu poder humilde me doblego,
Tu ley acato y obedezco ciego,
Y se someto al yugo que me impones.

Mas ya que reinas en mi pecho frío,
Que de ilusión y goce despojaste,
Dame para calmar mi pena ruda

El bien y la verdad que tanto ansío.
¡Pero ¡ay triste! que el goce me robaste
Y en cambio sólo me darás la duda!
(Dudas, 1875, 173-174)

Estas limitaciones de la razón y la ciencia aparecen también en “El resorte del juguete”, dedicado a Pedro de Alcántara:

Padre, aquel gran caballo de madera,
Que por la habitación solo corría,
En pedazos he roto el otro día
Por saber qué resorte le moviera.

–¿Y has hallado el resorte? –Nada hallo.
–Y después de trabajo tan penoso,
¿Qué ha conseguido al fin tu afán curioso?
Quedar con tu ignorancia y sin caballo.

Ha procedido en eso tu inocencia
Como los hombres, que en su afán profundo,
El secreto motor que anima al mundo
Quieren hallar por medio de la ciencia.

Para ver el resorte del juguete
En cien pedazos lo rompió tu mano;
Así también el pensamiento humano
Quiebra lo que a su imperio se somete.

Descomponiendo va, pieza por pieza,
El mecanismo oculto de la vida,
Y sin hallar la máquina escondida,
Rompe la forma, mata la belleza.

Y cuando el hombre, de su afán vasallo,
Cumplido juzga su deseo ardiente,
Se queda como tú, ¡pobre inocente!
Con su antigua ignorancia y sin caballo.
(Dudas, 1875, 164-165)

De las contradicciones entre sus labores como poeta y como divulgador de las más modernas teorías científicas es muestra “Al siglo xix”, en el juzga que el siglo científico por antonomasia es el más grande de todos los pasados y futuros, pero igualmente el más desdichado, porque vive sin Dios ni ley. Por eso, confía en que el siglo xx sea menos grande y más venturoso. Algo que, en apariencia, es lo opuesto a lo que expone en “El Progreso”, (poema formalmente muy diferente –y, también en parte, en el contenido– al que había publicado bajo el mismo título el 17 de enero de 1864 en El Museo Universal):

Avanza majestuoso el manso río
Por la vasta extensión de la llanura,
Llevando por doquier vida y ventura,
Y buscando del mar el centro frío.

Mas si cerrado encuentra su albedrío
El ancho cauce por la peña dura,
Llenará la comarca de pavura
Al desbordase indómito y bravío.

Tal el progreso; si su lento paso
Intenta detener débil barrera
Que el fanatismo en su furor levanta,

Inundará la tierra con fracaso;
Y lo que el río fecundante fuera,
Será torrente que al humano espanta.[14]

Aunque, ¿se trata realmente de una idea contraria a la que aparece en sus otros versos? ¿No será que, en su opinión, el fanatismo ha intentado oponerse al progreso, provocando que éste se convirtiera en una fuerza destructora, en lugar de vivificadora?

Quizá su conciencia de las limitaciones de la modernidad, junto a su firme decisión de no rechazar ésta tajantemente, sea lo que lleve a Revilla a no englobarse en una única corriente de pensamiento, sino que se mantenga siempre en alguna forma de eclecticismo que se va modificando y haciendo más compleja con el paso de los años.

Si nos referimos a aquellos poemas que poseen una temática de corte idealista y krausista, podemos encontrar, por ejemplo, “El Dios Pan”, “Idea y fuerza”, “Espíritu y materia” o “A la naturaleza”, en los que expone planteamientos filosóficos de los que hemos ido hablando, y que no merece la pena repetir aquí. Sin embargo, conviene comentar algo acerca de “A Napoleón I”, porque, en él, Revilla relaciona esa dualidad de la conciencia humana con el principio idealista del desenvolvimiento del Espíritu universal en la historia. Para Revilla, Napoleón ha sido el instrumento ciego de Dios, el servidor de una idea que ignoraba, el redentor de las razas que humillaba, un tribuno con aspecto de tirano. Es decir, alguien que se ha esforzado por controlar su vida llevándola en la dirección que deseaba, pero que se ha visto continua e involuntariamente redirigido por una fuerza externa que lo ha utilizado para cumplir un plan universal presente en la historia humana. Por eso, los hombres no saben todavía si la memoria de Napoleón es digna de oprobio o de gloria.

Justo al final de su vida, en 1881, Revilla prepara una nueva edición de Dudas y tristezas, que va a aparecer póstumamente en 1882, precedida de una “Noticia necrológico-biográfica” escrita por su amigo Pedro de Alcántara García[15].

Las diferencias entre ambas ediciones son menores de lo que puede parecer a primera vista. Una bastante obvia es que Revilla cambia la dedicatoria, que ahora va dirigida a su esposa, Carmen Cortijo, quien ha traído sosiego a su vida, en lugar de a la mujer que en 1875 llamaba “su primer amor”:

Cuando ausente, bien mío, de tu lado,
Era mi vida amarga y dolorosa,
Brotaban de las cuerdas de mi lira
Dolientes notas.

Buscaba en vano la falaz ventura;
Lentas pasaban las cansadas horas
Y el anhelado bien no conseguía
Mi mente ansiosa.

La duda, la tristeza, el desengaño,
El negro hastío que la calma roba,
El recuerdo de dichas que pasaron
Y nunca tornan;

La esperanza de un bien que nunca llega,
Los mil fantasmas que la mente forja,
Cuando entre luto y llanto se deslizan
Las lentas horas;

Todo eso en estas páginas se encierra,
Que el pasado son la triste historia,
Páginas que el dolor y la amargura
Cubren de sombras.

Hoy que la dicha para mí renace;
Hoy que a mi pecho la esperanza torna,
Estas páginas son meros recuerdos
De antigua historia.

¿Qué valen las pasadas amarguras,
Ni esos dolores para mí qué importan,
Si el alma la ventura y la esperanza
Por fin recobra?

De las pasadas penas los recuerdos
Del presente las dichas avaloran;
Que el placer vale más cuando las penas
Fueron muy hondas.

Y por eso esta páginas sombrías
Aumentan hoy mi dicha venturosa,
Y acrecen la pasión arrebatada
Que me devora.

Tú, que mis dudas con tu amor borraste
Y mis tristezas en placeres tornas,
Arrancarás a mi doliente lira
Alegres notas;

Y olvidando lo mucho que he sufrido,
Tranquilas pasarán las breves horas
Mirándome en tus ojos celestiales
Que al pecho amante su reposo roban.
(Dudas, 1882, xxxix-xl)

A esta misma razón obedece que el poema dirigido a Eloísa Gómez Landero no ocupe en esta edición el primer lugar, sino el segundo, y que Revilla le cambie el título por “En la tumba de una joven”. Además, no incluye “Recuerdos tristes”, también dedicado a su primer amor.

Otra diferencia la encontramos en el prólogo de Campoamor, quien suprime todos los párrafos incendiarios contra el krausismo, que habían motivado la “polémica sobre el panenteísmo”. No sólo no queda ni rastro de esos ataques, sino que ni siquiera se menciona al krausismo, porque, como señala Revilla en su advertencia “Al lector”, “… la exquisita delicadeza y claro entendimiento del Sr. Campoamor le han hecho ver que había algunos pasajes en su prólogo, cuya reproducción, por especiales circunstancias, no era conveniente en la presente edición” (Dudas, 1882, xxv).

Pero hay un cambio fundamental entre el trabajo dado a la imprenta en 1875 y el de 1882: suprime veintidós de los poemas que aparecen en 1875, reforma varios y agrega otros veinte y las traducciones de algunas composiciones de Catulo, Leopardi, Víctor Hugo, Beranger y Víctor Balaguer.

¿A qué obedecen estas transformaciones? Según Revilla,

… he hecho con mi obra lo mismo que hace algunos años hago con las ajenas, y espero haber sido tan imparcial conmigo como con los demás. [aparte] Razones poderosas he tenido para ello. La poesía, como todo arte, es manifestación de la belleza, y además expresión de ideas y sentimientos, y siendo así, es evidente que su inspiración se ha de cambiar si la idea cambia. Ahora bien: uno de estos cambios, tan frecuentes en los hijos de este siglo de crisis y de lucha que se llama siglo xix, se ha verificado en el pensamiento del que dio a la estampa la primera edición de este libro y la inspiración del krausista de 1875 no puede ser igual a la del positivista de 1881; pues ha de saber el lector que el que esto escribe, forma desde hace tiempo en el glorioso ejército que capitanean inteligencias tan poderosas como Stuart Mill, Littré, Bain, Darwin, Hæckel, Herbert Spencer, y otros muchos no menos insignes que fuera prolijo enumerar. Por lo demás, el amor a la civilización, al progreso, a la libertad y la democracia, siguen inspirando al autor de estas poesías; que estos ideales y sentimientos son y serán siempre la fe y la aspiración de su vida entera” (Dudas, 1882, xxiii-xxiv).

Ahora bien, la situación personal e intelectual de Revilla dista mucho de ser tan idílica como él quiere hacer notar. A pesar de lo que dice en la dedicatoria a su mujer, es destacable que mantenga el título de Dudas y tristezas, que no parece invitar precisamente a la serenidad de espíritu. Igualmente, es importante que conserve –si bien con algunas modificaciones– cincuenta y ocho de los ochenta atormentados poemas de la edición de 1875. Además, entre los veinte nuevos que introduce en 1882 no deja de haber varios terriblemente trágicos. Así, si en “Dos épocas” –dedicado a su esposa– Revilla se muestra entusiasmado con la idea de su próxima paternidad y canta a la belleza de su mujer embarazada, en “A la memoria de mi hijo, muerto al nacer” la desgracia ha vuelto a caer sobre él:

Naciste; y un grito
De gozo supremo,
De inmensa alegría,
Brotó de mi pecho.
En tu linda boca
Poner quise un beso;
Mas ¡ay! que se helaron
Mis labios de fuego,
Al rozar los tuyos
Que ya estaban muertos.
Trocóse la dicha
En llanto y en duelo;
En dolor profundo
El gozo materno;
La caliente cuna
En helado lecho;
Y en vez de abrigarte
Tu madre en el seno,
En la negra tumba
Descansó tu cuerpo.
Cual flor que en capullo
Segaron los cierzos,
Apenas nacido
Te miramos muerto;
Y en la triste caja
Contigo se fueron
Nuestras ilusiones
Y nuestros deseos;
Toda nuestra vida,
Todo nuestro cielo.
Hijo de mi alma,
Tan puro y tan bello,
¿Por qué abandonaste
Mi lado tan presto?
Tranquilo descansas
En eterno sueño;
Yo triste agonizo
En este destierro.
Sin ti, ¿qué es la vida?
Inmenso desierto,
Sembrado de abrojos,
De sombras cubierto.
¡Ah! ¿Por qué el destino,
Implacable y fiero,
Cuna y sepultura
Une en lazo estrecho?
(Dudas, 1882,
165-166)

Al cabo de un año, el dolor de la pareja por la pérdida de su hijo no se ha mitigado, como queda patente en “A mi esposa”, al que Revilla pone una nota que dice “En el aniversario de la muerte de nuestro hijo”:

¡Por él no llores! Ángel del cielo,
Polvo o ceniza, él es feliz;
¡Que más dichosos son los que mueren
Que los que viven para sufrir!
¡Por él no llores! Si llorar quieres,
Llora, bien mío, llora por ti;
Y si en tus ojos lágrimas quedan,
¡Tu triste llanto vierte por mí! (Dudas, 188
2, 171)

Lo más trágico del caso es que Manuel de la Revilla y Carmen Cortijo no conseguirán nunca tener un hijo que colme sus anhelos de dar afecto y calme sus conciencias atormentadas. El pesimismo ha vuelto a hacer presa en Revilla, y ya no le queda otra esperanza que recibir la curación de manos de su mujer, como canta en “Resurrección”:

Niña, mi corazón es una tumba
Do yacen para siempre sepultadas
Mis bellas ilusiones, mis creencias,
Y mi esperanza.
Niña, si un día tus serenos ojos
Volvieran a esa tumba sus miradas,
Quizá los muertos que en su seno duermen
Resucitaran. (Dudas, 1882, 139)

¿No supo Carmen, sumida en el dolor de la pérdida, rescatarlo del abismo psicológico que se abría a sus pies, o no fue capaz Manuel de aceptar el apoyo que le brindaba su esposa? Más bien esto último se desprende de los comentarios de Revilla al final de su vida. Por eso, la visión negativa y trágica de la existencia humana se vuelve a apoderar de sus versos, como en “No hay rosa sin espinas”, dedicado a su madre, en el que, en la lucha entre el optimismo y el pesimismo, la creencia y la duda, la vida y la muerte, afirma los segundos: el hombre se aferra a la vida únicamente porque su pensamiento prefiere la angustia, el dolor y los duros padecimientos de la existencia a la muerte, al abismo del no ser. Igualmente, en “¿Por qué?”, dedicado a su amigo Luis Simarro, señala muy calderonianamente cómo:

Nacemos, y al rigor de nuestra suerte,
Ni un punto nuestras almas esquivamos;
Pues, apenas nacidos, ya lloramos,
Cual si fuera el nacer signo de muerte.

Muerde la duda nuestro pecho fuerte
Si a la verdad incógnita aspiramos;
Y si amor o poder ambicionamos,
En polvo el desengaño lo convierte.

Así la triste vida consumimos,
Y perpetua agonía padecemos,
Hasta que a muerte airada nos rendimos.

¡Eterno Dios, que nunca comprendemos!
Si eres santa verdad, ¿por qué sufrimos?
Si eres vana ilusión, ¿por qué nacemos?
(Dudas, 1882, 153)

Esta misma idea aparece más extensamente desarrollada en “Destino del hombre”, dedicado a Manuel Pedregal, que, muy significativamente es el último poema de la antología:

Buscando la verdad, hallar la duda;
Sembrar el bien y recoger traiciones;
Ver en lo alto fiera tiranía,
Y en lo bajo violencias y desorden;
Buscar en el regazo de las bellas
De ardiente amor los deliciosos goces,
Y ver pintado en su mirada amante
El interés o el apetito torpe;
Cantar el ideal, y en vez de lauros,
Llevar ceñidas a la frente noble
Las punzantes espinas del martirio,
Y sentir del dolor los aguijones;
Al puro cielo levantar los ojos,
Y en vez del Dios que la oración acoge,
Contemplar la sarcástica sonrisa
Y la siniestra faz de Mefistófeles;
Morir, y de la tumba en lo profundo
Hallar las sombras de la eterna noche…
¿Y para esto, soberanos cielos,
A la vida llamasteis a los hombres?
(Dudas, 1882, 177)

Como vemos, a Revilla no le queda el consuelo que algunos encuentran en la religión, porque, como expone en “A Jesús crucificado”, que dedica a su amigo el famoso doctor Carlos Cortezo:

Al verte en esa cruz escarnecido,
Y de agudas espinas coronado,
Siento en mi pecho el ánimo turbado
Y de hinojos me postro conmovido.

Pero si pienso que en tu pecho herido
Del Sumo Ser la esencia se ha encarnado,
Al verte a tal altura levantado
Miro ya mi fervor desvanecido.

Por la santa verdad el generoso
Espíritu exhalar en duro leño,
Es en el hombre esfuerzo poderoso.

Y en el Supremo Ser no es grave empeño;
Por eso, en tu Calvario doloroso,
Hombre, eres grande; Dios, eres pequeño.
(Dudas, 1882, 169)

Tampoco le invita al sosiego su afán de polemista hipercrítico, que probablemente se refuerza con la amargura de su espíritu. Por eso siente necesidad de responder a los ataques que recibe en este sentido, como hace en “En un álbum”, tal vez dirigido a su esposa, donde se manifiesta nítidamente la dualidad de su propia conciencia y el intento de Revilla por dar una explicación racional a ese hecho que, casi con total seguridad, no se encuentra exclusivamente en el campo de la razón, sino más allá de él. En estos versos se aprecia también cómo el matrimonio con Carmen Cortijo habría afectado mucho más positivamente a su personalidad, si todo hubiera funcionado como la pareja esperaba:

Te dirán que soy un crítico
Inexorable y severo,
Cuya despiadada pluma
Sólo destila veneno.
Te dirán que no amo a nadie;
Te dirán que en nada creo,
Que nublan sombras mi frente
Y que es mi pecho un desierto.
Te dirán que hiel amarga
Rebosa mi labio austero,
Y que de una alma sombría,
Mi adusto rostro es reflejo.
Mas no te dirán que guardo
En el fondo de mi pecho,
De admiración un tesoro
Para todo lo que es bello.
No te dirán que si duro
E inexorable me muestro
Con lo que mancha y anubla
Los ideales que sueño,
Al poder de la hermosura,
De la belleza al imperio,
Rindo mis armas humilde
Y gozoso me posterno.
Por eso, a tus pies rendido,
Depongo mi ceño austero,
Y mi encarnizada sátira
En canto entusiasta trueco:
Que al poder de tu belleza
Resistir es vano empeño,
Y no hay piedra que no ablande
De tus ojos el incendio.
Siempre fue de la hermosura
Envidiable privilegio
Vencer lo que nadie vence,
Y ostentar como trofeo,
rendidos ante tus plantas,
Los más acerados pechos;
Que sólo un poder existe
Que impone a todo su imperio:
El poder de la hermosura,
Que es de los cielos reflejo.
(Dudas, 1882, 145-146)

Sólo nos resta por señalar cómo entre los poemas nuevos que recoge en esta segunda edición predominan, sin duda, los que se refieren al sentimiento –y, como hemos visto, al sentimiento trágico–, mientras que sólo encontramos tres que se refieren a cuestiones políticas y culturales: “A la memoria del general Prim”, que es una loa al caudillo republicano español por excelencia; “A Felipe II”, escrito en enero de 1881, donde presenta al segundo de los Habsburgo españoles como un tirano desalmado y sanguinario, máximo promotor del fanatismo y la Inquisición, a quien el juicio de la historia condena ya; “A la Alemania”, canto del germanófilo Revilla que, tras la victoria de Sedán, ensalza al nuevo imperio que ha destruido el poder de la corrompida Roma que mantenía esclavizado el mundo entero, que con la Reforma luterana ha liberado a la razón del yugo del fanatismo y ha enaltecido el pensamiento, la cultura y el arte.

Queremos, sin embargo, matizar la afirmación de Revilla en su advertencia “Al lector”, en el sentido de que en 1875 era krausista y en 1881 positivista. Que se aprecian cambios notables entre su pensamiento anterior y posterior a 1875 es algo indudable. Pero ¿a qué se deben realmente y cuál es el verdadero cambio de orientación filosófica que se produce en él? A continuación veremos cómo, una vez más, esta cuestión no es exactamente como él la presenta.

La transición del idealismo puro y el krausismo
al eclecticismo idealista-neokantiano-positivista

En los artículos pertenecientes a la “polémica sobre el panenteísmo”, Campoamor, Canalejas y el propio Revilla hacen referencia a la antigua militancia de este último en el krausismo y a su actual abandono de esa escuela filosófica. Pero, ¿Revilla ha sido realmente krausista en algún momento? Como hemos ido viendo, sostiene en varios de sus escritos ideas propias del krausismo, pero eso no es suficiente para calificarlo sin más de krausista, al menos en el sentido estricto del término. A lo largo de nuestra exposición hemos señalado varias veces que, en su juventud, Revilla es idealista, lo que significa que su orientación filosófica en estos años camina por los derroteros de estos sistemas, en especial –aunque no de forma exclusiva– del krausista. No deseamos repetir lo que ya hemos ilustrado y explicado en otros lugares de nuestro texto; sin embargo, queremos ejemplificar ahora ese eclecticismo idealista del joven Revilla con el fragmento de un artículo suyo publicado en La República Ibérica, en el que es patente el planteamiento hegeliano del crítico madrileño: “Las dos grandes naciones que en estos momentos se aprestan a formidable lucha, son las genuinas representantes de las dos grandes razas que vienen desde principios de la Edad Media disputándose el domino de Europa, razas que son la expresión de dos fundamentales principios, cuya lucha llena la historia universal, y cuya superior armonía será acaso el resultado de esta guerra titánica. [aparte] La raza germánica y la raza latina, representan con efecto, los dos grandes principios de unidad o autoridad, y de variedad o libertad, principios que no son ciertamente antinómicos e irreconciliables como pensó Proudhon, sino que sin dejar de ser opuestos están llamados a conciliarse cuando la humanidad, libre de toda preocupación y toda tiranía, entre en la edad superior a que indudablemente se acerca, y cuyo ideal será la armonía bajo principio superior de todas las oposiciones y contrariedades que vienen señalándose en la historia”[16]. Como se ve, aquí está presente no sólo el ideal krausista de la armonía de la humanidad, sino también el principio de la guerra como clave de la dialéctica hegeliana, mecanismo de despliegue de la historia universal.

No obstante, donde quizá aparezcan más claros estos rasgos genuinamente hegelianos del pensamiento de Revilla –aunque, como suele suceder, entremezclados con planteamientos de índole krausista– sea en el segundo de los dos artículos que el crítico madrileño aprovecha para desarrollar su teoría de las “nacionalidades artísticas”, publicados en La Ilustración Española y Americana. Así, nos dice:

Piensan los filósofos que es ley universal de las cosas que toda oposición se resuelva en unidad y todo exclusivismo en armonía. La razón, que jamás se detiene en lo vario y siempre aspira a lo uno, así lo declara; y la observación con repetidas experiencias lo confirma. Los opuestos que constantemente arrancan de la unidad, tras exclusivo y pasajero imperio, búscanse afanosos, se estrechan amantes y a la postre se enlazan y juntan, sin perder su genuino carácter, en superior y perfecta armonía. Esta ley se cumple en las profundidades de la materia como en las cimas del espíritu; a ella se someten, de grado o por fuerza, por sencillo y maravilloso modo, el inextricable drama de la historia. Ahora bien; ¿cabe suponer que esta ley se desmienta en el terreno del arte, y especialmente en la esfera de la música? Ciertamente no. [aparte] Cuando las ideas, las instituciones y los humanos fines se desarrollan en la historia, en virtud de esta ley, lo uno aparece primero como en germen confuso, lo vario y opuesto se desenvuelve más tarde en anárquico desorden, y tras todo género de encontradas exageraciones y de desconcertados exclusivismos, la serie de acciones y reacciones opuestas se va resolviendo blandamente en una armónica unidad, que sin negar la variedad, sin aniquilar lo individual y característico, lo concierta y compone dulce y ordenadamente dentro de su seno. Tal sucede en la música. Tras un periodo embrionario y confuso, aparecen en declarada oposición sus elementos principales: melodía y armonía. Ya que no se excluyen y niegan, al menos temporalmente se menosprecian y esclavizan; domina la una con absoluto imperio en Italia; establece la otra su trono en Alemania y con tendencia igual a la exageración y el exclusivismo se personifican al cabo en dos escuelas, representadas en su mayor grado de exaltación por dos hombres: Bellini y Wagner. Ya hemos visto cómo estos caracteres genuinos de la música en Italia y Alemania responden adecuadamente a los caracteres de aquellas razas[17].

De hecho, lo que defiende nuevamente Revilla en este artículo es la “dialéctica de la guerra”, sólo que ahora aplicada a la esfera del arte: la ópera alemana y la italiana son los opuestos, la tesis y la antítesis, pues cada una representa el genio de su respectiva nacionalidad, germánica y latina. Pero la que debería haberse convertido en síntesis superadora de ambas, la ópera francesa, no ha querido desempeñar el papel que le había reservado la historia, sino que se ha limitado a copiar alternativamente la alemana y la italiana, sin llegar a desarrollar un arte genuinamente nacional. Ante lo que el galófobo y germanófilo Revilla considera la traición de Francia a su destino histórico, sólo queda una solución: España ha de ocupar necesaria e inevitablemente el lugar de Francia, no sólo en el arte, sino en la vida entera. Incluso justifica la derrota de Francia en la guerra contra Prusia como una venganza de la historia contra quien, habiendo osado oponerse a sus designios, se ha encerrado en su estrecho nacionalismo latino, en lugar de asumir el nacionalismo universalista que le estaba reservado como misión histórica. Sin duda, esto nunca podrá confundirse con el armonicismo krausista.

Pero que Revilla no sea estrictamente un krausista es algo que no debe asombrar demasiado: los intelectuales españoles del xix, y en concreto los liberales, no suelen pertenecer en exclusividad a una escuela filosófica, sino que practican diversas formas de eclecticismo, aunque se decanten en cada momento por ideas más cercanas a una u otra corriente de pensamiento. No puede afirmarse, en sentido estricto, que sean krausistas, hegelianos, neokantianos, positivistas, etc., a pesar de lo que ellos mismos opinen sobre su adscripción filosófica en diversos momentos de su vida. Así, podemos encontrar, por ejemplo, krausistas que aceptan planteamientos hegelianos o espiritualistas, neokantianos que defienden posturas idealistas, y positivistas que combaten la filosofía de Comte. Si empleáramos un criterio excesivamente riguroso, no sería posible aplicar ninguno de estos calificativos a casi ningún pensador español, pero tampoco seríamos capaces de ofrecer una exposición clara de su orientación filosófica. Por eso estas clasificaciones no dejan de tener su utilidad, siempre que se expliquen y maticen lo suficiente.

Donde, probablemente puede quedar mejor explicado por el propio Revilla en qué consiste el supuesto giro de su pensamiento alrededor de 1875 es en el prólogo que escribe para el libro de su amigo González Serrano Estudios de moral y de filosofía.

Para empezar, Revilla señala que la literatura filosófica no ha empezado a desarrollarse en España hasta la importación de la filosofía alemana, pues ha sido ésta la que ha reanimado los espíritus filosófico y científico españoles y les ha hecho aspirar a lograr una fecundidad semejante a la que han alcanzado en los países extranjeros. Incluso sus adversarios le deberían estar agradecidos, porque la filosofía alemana les ha servido de acicate, ya que la vida es lucha y las escuelas y corrientes de pensamiento que no tienen oposición acaban por morir víctimas de la molicie originada por su propio triunfo indisputado.

Además, esa vitalidad filosófica y científica que ha traído la filosofía alemana a España ha reanimado también la vida religiosa, ha convertido la política en una auténtica ciencia, ha permitido el desarrollo de la enseñanza, ha renovado profundamente las ciencias empíricas y ha revelado nuevos ideales artísticos y literarios. Pero la crisis de esta filosofía no ha sido alentada sólo por quienes no la entienden ni quieren entenderla y, en vista de ello, la ridiculizan y calumnian, sino también por algunos de sus más entusiastas partidarios, que han mostrado un excesivo, imprudente y poco ilustrado celo en mantenerla dentro de los estrechos límites de la rigidez dogmática. Tampoco ha contribuido a su vitalidad el que se haya pretendido encerrarla en un reducido círculo de fieles, únicos capaces de entender las formas abstractas, los enigmáticos jeroglíficos de su lenguaje técnico y las indescifrables obras de literatura filosófica en las que se ha expresado esa escuela. Por eso se hace preciso vulgarizar en tratados elementales o estudios sobre puntos concretos esos textos tan oscuros escritos en una jerga bárbara ajena a la lengua castellana.

Revilla sostiene que los escritos vulgarizadores han de servir al esclarecimiento científico de los grandes problemas que aquejan a la sociedad de su tiempo, porque la ciencia es la única guía y directora de aquélla, en cuanto que apunta directamente al origen y fundamento de esa divinidad del siglo xix que se conoce como “Razón”.

Como se ve, Manuel de la Revilla está alabando implícitamente la labor de su padre, José, quien habiéndose educado en el pensamiento de los enciclopedistas franceses y siendo anglófilo en cuestiones políticas, se convirtió en uno de los principales promotores de la introducción de la filosofía idealista alemana en España. Ya en su momento explicamos cuáles podían haber sido algunas de las motivaciones de José de la Revilla para dar ese paso tan poco acorde, al menos aparentemente, con su personalidad y afinidades intelectuales.

Sin embargo, a su hijo le está ocurriendo ya lo mismo que a otros tantos intelectuales españoles que, durante un tiempo, han sentido esa fascinación por el pensamiento idealista alemán: el positivismo va adquiriendo, a pasos agigantados, preponderancia tanto en las ciencias experimentales como en la vida social, en la política, en el arte e incluso en algunas confesiones religiosas. En cuanto a la filosofía, todas las doctrinas filosóficas de su tiempo retroceden ante el ímpetu de esa corriente de pensamiento que se está convirtiendo en hegemónica gracias al apoyo que le prestan los resultados, objetivos e innegables, de la experimentación científica y los errores, las exageraciones, la debilidad y las luchas internas de sus rivales. Entre esos enemigos del positivismo, Revilla incluye varias escuelas que define de acuerdo con su peculiar concepción de las diferentes doctrinas filosóficas: por ejemplo, para él, Descartes ha sido el fundador de la filosofía moderna, pero no un pensador racionalista, sino un espiritualista superficial y abstracto; Krause, en cambio, ha sido el verdadero fundador del racionalismo, pero no un idealista, o al menos no totalmente, porque otras escuelas alemanas –cuyo nombre no cita– han sido las que han profesado un auténtico y absoluto idealismo.

No obstante, cree que la victoria lógica y necesaria del positivismo no va a ser total ni definitiva porque, cuando los errores y las que llama “preocupaciones bastardas” que combate el positivismo caigan de una vez por todas, las verdades inmutables del mundo moral, que parecen estar en peligro de desaparecer por efecto de esa filosofía, acabarán por triunfar sobre las exageraciones del positivismo, y éstas irán a parar al mismo lugar en que se encuentran otras que en el pasado han sido pujantes.

Mientras llega ese momento, hay pensadores que se afanan en poner un dique a la avalancha positivista, no para negarle toda razón de ser, sino para distinguir lo que en su doctrina es falso y exagerado de lo que, por el contrario, es razonable y legítimo. Es decir: Revilla afirma el valor del positivismo en cuanto crítica al dogmatismo teológico, al espiritualismo abstracto y al idealismo absoluto, que se muestran hostiles a toda experimentación y al valor de los hechos positivos, comprobados. Su importancia está, por consiguiente, en que: exige a la filosofía que tenga en cuenta los avances de las ciencias naturales, pone de relieve el sentido crítico que debe tener la ciencia para ser tal ciencia en sentido estricto, rompe los vínculos con las teologías positivas, funda la moral sobre una base humana inmanente ajena a la voluntad del Ser Supremo, establece la independencia y sustantividad de la ética y reivindica la absoluta libertad de pensamiento y de la actividad científica.

En definitiva, Revilla está aceptando el valor y la legitimidad relativos del positivismo, sin que esto suponga que rechace totalmente otras corrientes de pensamiento bien diferenciadas de éste. Por eso, podemos afirmar que, en principio, Revilla aboga en este prólogo por cierta forma de eclecticismo o sincretismo elaborado en la línea de lo que hemos denominado “krausismo positivo”, “krausopositivismo” o “institucionismo”. Ahora bien, una diferencia importante entre Revilla y otros antiguos krausistas o idealistas es que nuestro autor propone un radical “retorno a Kant”, que deje de lado tanto las exageraciones idealistas que, supuestamente, han surgido a partir del pensamiento del filósofo de Königsberg, como las exageraciones empiristas basadas en una interpretación torcida del criticismo kantiano. Pero este, y no otro, es el planteamiento de la primera escuela neokantiana alemana, que no menciona Revilla, pero cuyos principios sigue.

A juicio de González Serrano –e, igualmente, de Revilla–, el positivismo se funda principalmente en ese criticismo kantiano, aunque también hunde sus raíces en el sensualismo del siglo xviii, en el materialismo, en el concepto hegeliano de “devenir” (que, en su opinión, es la matriz filosófica del evolucionismo), en el desarrollo de las ciencias físicas y naturales y en el espíritu pragmático del xix, fuertemente apegado a los intereses y goces materiales inmediatos, a la vez que alejado de todo lo ideal y lo divino. En cuanto a sus consecuencias, son: la fe ciega y fanática en los resultados del conocimiento sensible y de la observación y la experimentación científicas; la proscripción de la metafísica, que, sin embargo, practican a cada paso los propios positivistas; la negación de lo absoluto, al tiempo que el positivismo afirma continuamente principios y leyes absolutas; el rechazo a todo lo que no esté probado por los hechos, a la vez que los positivistas crean teorías fundadas en hipótesis arbitrarias y no comprobadas por los hechos.

Nos queda por señalar un punto en el que Revilla se muestra especialmente novedoso respecto a lo que expone González Serrano acerca de los resultados prácticos del positivismo: “Quizá hubiera resultado más completo el estudio señalando a la par sus ramificaciones y consecuencias en otros órdenes de vida distintos de la ciencia, especialmente el derecho público y el arte, donde tan funesto influjo ejercen estas teorías, sobre todo en el último, puesto hoy en grave peligro por lo que impropiamente se denomina realismo[18].

Ya hemos visto con anterioridad cómo las diatribas de Revilla contra ese realismo fundamentado en el positivismo son muy recurrentes, y que rechaza doblemente dicha corriente artística porque considera que ha usurpado ilegítimamente una denominación que no le corresponde. De hecho, en una carta a Benito Pérez Galdós, Revilla aclara que “Yo soy realista en el sentido de que quiero que en el arte se pinte la realidad tal como es; pero no toda la realidad. Entiendo que en el arte hay siempre idealización y no puede menos de haberla…[19]. Revilla se declara realista, pero no en el sentido del realismo francés (naturalismo), sino en el tradicionalmente español: un término medio o síntesis entre el realismo y el idealismo. O sea, un realismo idealizado, alejado de la declamación neoclásica y del absurdo idealismo irreal de los románticos –que él juzga huecos–, pero también de la descarnada fotografía de la vida que ofrecen los realistas franceses, quienes se complacen en romper los límites del buen gusto representando los aspectos más repulsivos de la realidad[20].

Así, encuentra su ideal de armonía entre lo real y lo ideal en Adelardo López de Ayala, máximo exponente del “realismo a la española”, capaz de “… conciliar el carácter analítico y profundamente realista del drama moderno con la esplendorosa forma del clasicismo romántico; engalanando de esta suerte la fiel y descarnada fotografía del siglo xix con el brillante colorido del xvii, y realizando en toda su pureza el ideal del verdadero realismo. Él ha sabido llevar a la escena y pintar con vivos colores la llaga que devora la sociedad presente sin producir náuseas en el público; antes bien recreándola con los primores de un diálogo valentísimo, de una acción altamente dramática y de una versificación castiza, sonora, nutrida de pensamiento, digna en un todo de un gran poeta. Porque el realismo de Ayala no es el realismo asqueroso de Courbet, sino el bello y artístico realismo de Velázquez.”[21]

En cuanto a las teorías morales positivistas, Revilla aplaude la tajante separación que dicha corriente filosófica ha establecido entre la moral y la religión, buscando el fundamento de la primera en algo permanente e ingénito a la naturaleza humana, en lugar de tratar de hallarlo en ideales perecederos como son las confesiones religiosas positivas. Una vez más, Kant es la fuente a la que hay que acudir para abordar este problema con rigor, pues él ha librado las verdades inmutables del mundo moral del naufragio de la metafísica dogmática, consiguiendo que la anarquía reinante en el pensamiento y la ruina de todos los ideales, creencias e instituciones no perturbaran la vida moral de Alemania. Por el contrario, según el germanófilo Revilla, en los países latinos domina la confusión entre la vida moral y el dogma positivo, de manera que la libertad absoluta del pensamiento respecto de la religión se entiende erróneamente como una negación a todo freno moral; y ésta, a su vez, genera la ruina de la conciencia y de la virtud. Por eso el positivismo ha ido demasiado lejos en esta cuestión, ya que su odio a la metafísica le ha hecho extremar la tesis de la independencia entre la moral y la religión, hasta llegar a condenar no sólo las representaciones positivas de lo divino, sino también lo divino mismo, negando a la ley moral toda trascendencia y todo fundamento absoluto y divino. Una vez más, se impone ese “retorno a Kant”, que permite a la vez la libertad de pensamiento y conciencia, sin renunciar por ello a cierta experiencia trascendente no identificable con ninguna confesión religiosa positiva.

En esto, el primer neokantismo español se aparta un tanto del primer neokantismo alemán, pues es sabido que los autores que pertenecen a esta última línea de pensamiento se muestran más interesados por recuperar la crítica kantiana como teoría del conocimiento (en especial, epistemología o teoría del conocimiento científico) que por restaurarla como fundamentación de la ética. En cambio, Revilla ve en la Crítica de la razón práctica un instrumento muy útil para lograr la ansiada secularización de la sociedad, la política y la educación españolas, pues declara ilegítimas las continuas ingerencias de la Iglesia católica en todos los ámbitos de la vida pública y privada, a la vez que –como hemos señalado– no cae en el materialismo ateo, sino que deja abierta la puerta a una experiencia religiosa personal al margen de la estructura eclesial.

Otro punto que toca en el comentario a los estudios de González Serrano es uno de sus favoritos: el divorcio. Ya hemos explicado algunas de sus opiniones acerca de este tema tan controvertido, pero ahora lo retoma a propósito de la polémica desatada entre Dumas hijo y Girardin. Si Dumas justifica el asesinato de la mujer adúltera por su marido, Girardin resuelve la cuestión del adulterio negando el derecho de paternidad al varón y atribuyéndoselo en exclusividad a la mujer. Por el contrario, González Serrano, y con él Revilla, se decantan por una tercera vía: el divorcio en caso de adulterio de la esposa, pero sólo en ese caso; porque, como era de esperar, Revilla ni siquiera considera la posibilidad de que el adulterio del marido pueda constituir motivo de divorcio. De esa forma, se evitará por un lado que la sociedad arroje la deshonra y el escarnio sobre el marido engañado, al que en la actualidad no le queda más salida legal que aceptar como reparo la imposición a su mujer de una pena irrisoria o la separación matrimonial, que no es más que un salvoconducto que la hipocresía concede al vicio. La consecuencia fatal y necesaria –aunque no justa, ni moral– de esta indefensión legal y moral ante el ultraje a su honor no es otra que el asesinato. Pero la misma sociedad que se ha burlado del marido ofendido, pasa a aprobar su conducta homicida, de manera que la ley positiva le castiga con una pena tan leve que más parece una recompensa por su acción inmoral.

Ahora bien, ni el autor de los Estudios de moral y de filosofía ni su prologuista se muestran conformes con implantar el divorcio por mutuo disenso entre los cónyuges, pues les parece propio de espíritus exagerados. El argumento que emplean es que el matrimonio no es un simple contrato, sino en sí mismo una sociedad humana fundamental, y por sus propios fines y condiciones trasciende la mera voluntad de los esposos, a pesar de que su origen está en dicha voluntad. Si no se trata sólo de un contrato legal aceptado voluntariamente, entonces no puede ser roto por la simple voluntad de quienes lo han contraído.

Tampoco les parece legítimo que algunos fundamenten el divorcio por mutuo disenso en la idea de que el matrimonio tiene como único principio y fin el amor, de forma que si éste se acaba, es lógico que se pueda disolver aquél. Por el contrario, González Serrano y Revilla sostienen que esta teoría procede de un idealismo romántico que no tiene en cuenta cómo el matrimonio sirve a una variedad de fines que no se limitan al amor; o, según afirma Revilla, “… confunde el racional y tranquilo afecto conyugal, que rara vez deja de sobrevivir a la sensualidad, con la pasión desordenada y violenta que la razón y la moral reprueban, y que sólo es tolerable en la esfera de la poesía”[22].

Este es el punto de vista de Revilla en el momento de su transición desde el idealismo y el krausismo al neokantismo y el positivismo. Y, ante estos planteamientos, únicamente se puede concluir que los liberales españoles, incluso los que, como Revilla, se movían en las órbitas progresistas y republicanas, eran profundamente conservadores, de manera que sus opiniones y propuestas resultaban escandalosas y provocativas en amplios sectores de la sociedad española sólo porque éstos eran todavía más conservadores, incluso reaccionarios.

 

Notas

[1] “Teatros”. El Imparcial, 27 de abril de 1874.

[2] De hecho, Peña y Goñi es el responsable de la sección “Bocetos musicales” de El Imparcial.

[3] Sospechamos que también se deben a Revilla –solo o en colaboración– las secciones tituladas “Miscelánea” y “Boletín bibliográfico”. Pero, al no ir nunca firmadas, no disponemos de pruebas concluyentes al respecto. En cualquier caso, estas secciones no resultan excesivamente interesantes: en “Miscelánea” sólo se adelantan muy sintéticamente noticias que se amplían en otras secciones de números posteriores de La Crítica, o se ofrecen al lector brevísimas informaciones sobre cuestiones de menor importancia.; en “Boletín bibliográfico” únicamente se informa de manera sucinta –y con un intervalo de varias semanas– de algunas producciones literarias aparecidas en el mercado editorial.

[4] “Don Juan Tenorio y sus intérpretes” (12, 19 y 26 de noviembre y 3 de diciembre de 1874).

[5] En concreto, lo hará en la Revista Contemporánea, quizá el principal órgano de difusión cultural de la época, en el que desarrollará una de sus más continuadas, extensas e interesantes colaboraciones periodísticas.

[6] “Teatros. Inauguración de los teatros del Circo y Español”. La Crítica, 15 de octubre de 1874, pág. 3.

[7] Incluimos un estudio detallado de los artículos de El Globo en el tomo donde los reproducimos. Por eso aquí sólo mencionamos la que es una de las más extensas e interesantes colaboraciones de Revilla en la prensa periódica.

[8] Canalejas se refiere, sin duda, a esa corriente filosófica que intenta sintetizar krausismo y positivismo, tomando de cada una de esas corrientes filosóficas aquellos aspectos que se consideran más convenientes, y que ha recibido varias denominaciones: “krausopositivismo”, “krausismo positivo”, “institucionismo”, etc.

[9] Debemos recordar que, en este momento, Revilla se va sintiendo atraído en la dirección de este “retorno a Kant”, que va a acabar desembocando en una recuperación neokantiana de la filosofía del pensador de Königsberg.

[10] Se refiere a los Elementos de Ética o Filosofía moral, escritos en 1874 por Revilla y Urbano González Serrano.

[11] López Núñez, Juan: Románticos y bohemios. Madrid, Compañía Iberoamericana de Publicaciones, 1929, pág. 35.

[12] Revilla Moreno, Manuel de la: Dudas y tristezas. Madrid, Medina y Navarro, 1875, págs. 1-2.

[13] Revilla no lo expone de forma tan explícita en sus poemas, pero sí en su artículo “Carta a una mujer sobre el matrimonio civil”, publicado el 23 de abril de 1870 en La República Ibérica.

[14] Ibídem, págs. 25-26. En El Museo Universal decía: “Avanza velocísima la audaz locomotora, / Cruzando la llanura en alas del vapor, / Rompiendo la montaña con furia destructora, / La selva atravesando con ruido atronador. / ¡Avanza, y a su paso las fieras se estremecen, / Los bosques se separan, y se retira el mar: / A su mandato altivo los montes obedecen, / Que obstáculos no puede su carrera hallar! / ¡Miradla, es del Progreso la máquina divina, / Que arrastra en sus wagones la libre humanidad, / Que siempre adelantando, sin descansar camina / A su estación postrera, la hermosa Libertad! / La prensa es su caldera, que vívida enrojece / La llama esplendorosa de la inmortal Razón. / Bajo su férrea planta el mundo se estremece, / Guttemberg y Washington sus maquinistas son. / ¡Avanza, libertando los pueblos oprimidos, / Avanza, derramando virtud e ilustración, / Dejando los tiranos burlados y vencidos, / Pisando la ignorante brutal superstición! / ¡Avanza, atravesando los túneles sombríos / Que logra el fanatismo en su camino alzar; / Los pasa y los destruye, y en sus escombros fríos / A aquellos que los alzan consigue sepultar! / Avanza, y a su paso el campo de batalla / Se trueca en fértil tierra de paz y bendición; / ¡Igual al amo fiero el triste esclavo se halla, / Y todos son felices, y todos libres son! / ¡Ay, triste del que, necio, la rápida carrera / Osara de esa máquina divina contener! / ¡Ay de él! ¡Su rueda fúlgida a polvo redujera / Al que el convoy sagrado quisiera detener! / ¡Avanza, avanza rápida, veloz locomotora, / Avanza presurosa, avanza sin temor, / Te anima del Progreso la idea salvadora, / La libertad te espera, te impulsa el Creador!”.

[15] Esta necrología había sido publicada con anterioridad en la Revista Ilustrada, el 16 de septiembre de 1881.

[16] “La guerra franco prusiana”. La República Ibérica, 24 de julio de 1870.

[17] “La ópera española II”. La Ilustración Española y Americana, 8 de febrero de 1874, pág. 74.

[18] Revilla Moreno, Manuel de la: “Prólogo” a González Serrano, Urbano: Estudios de moral y de filosofía. Madrid, Francisco Iravedra y Antonio Novo, 1875, pág. xviii.

[19] Carta manuscrita de Manuel de la Revilla a Benito Pérez Galdós. Casa museo de Galdós, Las Palmas de Gran Canaria. No pone fecha, pero –por el contenido y las referencias que en ella se hacen– debe ser de finales de 1880 o principios de 1881. La crítica implícita al naturalismo de Galdós es evidente, aunque ya antes la había expuesto abiertamente en el artículo “Dos novelas nuevas”, publicado en La Crítica el 26 de noviembre de 1874.

[20] Esta idea de fundir lo que denomina “elementos legítimos y provechosos del romanticismo y del realismo” ya la había defendido con total claridad en su artículo “Del estado actual del teatro español”, aparecido en La Ilustración Española y Americana el 12 de diciembre de 1875, y –como ya hemos visto– en varios de los que escribe entre 1874 y 1875 en La Crítica.

[21] “Bocetos literarios. Ayala”. La Crítica, 11 de febrero de 1875, pág. 4.

[22] Revilla Moreno, Manuel de la: “Prólogo” a González Serrano, Urbano: Estudios de moral y de filosofía. Madrid, Francisco Iravedra y Antonio Novo, 1875, pág. xxv.

 

© Ediciones de la Universidad Autónoma de Madrid. Fernando Hermida, José Luis Mora, Diego Núñez, Pedro Ribas. Manuel de la Revilla, obras completas. Madrid: Universidad Autónoma de Madrid, 2006. Edición digital del estudio introductorio autorizada para el Proyecto Ensayo. Esta versión digital se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines deberá obtener los permisos correspondientes. Edición para Internet preparada por José Luis Gómez-Martínez con la colaboración de Béatrice de Thibault.

 

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