Manuel de la Revilla
 

 

Manuel de la Revilla
(el pensador y su obra)

 

7. Revilla, redactor jefe de la Revista Contemporánea

La consagración de Revilla como crítico literario

En diciembre de 1875, José del Perojo funda la Revista Contemporánea.

En otro lugar hemos reconstruido la biografía intelectual de Perojo, en la que ocupa un lugar muy destacado su labor al frente de la Revista Contemporánea[1]. Es preciso recordar aquí que este intelectual cubano, hijo de un indiano de quien hereda una fortuna siendo aún muy joven, marcha a completar su educación universitaria en Europa, donde cree encontrar un ambiente más culto e ilustrado que en España. Durante su permanencia en la Universidad de Heidelberg entra en contacto con la filosofía de la “primera escuela neokantiana alemana”, que trae a España para que sirva de fundamento intelectual a la modernización de España.

Efectivamente, en nuestro trabajo exponemos que, tras su estancia en Francia (1872-1873), Perojo marcha a Alemania y conoce de primera mano el pensamiento neokantiano en Heidelberg. En esa universidad, se había empezado a desarrollar con fuerza, hacia 1860, lo que se ha dado en llamar “primera escuela neokantiana alemana” o “Escuela de Heidelberg”, en la que destacan Hermann Helmholtz (1821-1894), Friedrich Albert Lange (1828-1875), Otto Liebmann (1840-1912) o Kuno Fischer (1824-1907). Perojo cree encontrar en el neokantismo la filosofía que puede servir de fundamento intelectual a la necesaria modernización de España. Además, el neokantismo tiene la virtud de pretender superar la dicotomía entre unos sistemas idealistas que carecen del debido fundamento empírico –pues se basan en la pura conciencia subjetiva de la persona– y el positivismo, que incurre en la mera acumulación de hechos imposibles de articular entre sí. En cambio, el neokantismo propone una vuelta al pensamiento de Kant, entendido éste en sentido amplio, como corriente “madre” u origen de las diversas doctrinas, tanto científicas como filosóficas, surgidas desde el siglo xviii. Por tanto, se trata de una lectura positivista o empirista de Kant, pero que intenta no caer en los excesos de la filosofía desarrollada por Comte.

En este sentido, la filosofía que Perojo trae a España se caracteriza, primero, por su rechazo a la metafísica, entendida –en términos kantianos– como especulación vacía, sin límites, sin base empírica, en la que se ve inmerso el idealismo, en general, y el krausismo, en particular. En segundo lugar, establece numerosos puntos de contacto con las doctrinas de Spencer: necesidad de dotar de objeto a la filosofía, de delimitar los distintos campos de conocimiento (ciencia, filosofía...) y de reconocer límites al conocimiento humano; afirmación de un “monismo crítico”, de carácter científico, según el cual materia y espíritu no son sino manifestaciones de una única realidad, de manera que hay una ley común a todos los fenómenos naturales, que no es otra que la causalidad; creencia en el progreso general de la humanidad y en la evolución de las especies, por lo que entronca con la teoría del darwinismo social. En tercer lugar, resalta la importancia de la experiencia, de los hechos (“fenómenos”, en terminología kantiana, o “lo cognoscible”, en lenguaje spenceriano). Pero, en cuarto lugar, esta proximidad al positivismo –sobre todo al inglés– no supone una identificación con el mismo, ya que justifica y legitima el objeto de la filosofía asignando a la reflexión filosófica dos funciones principales: la de crítica de conocimiento –en especial del conocimiento científico– y la de elaborar síntesis totalizadoras a partir de las aportaciones de los saberes científicos modernos, de los saberes científicos positivos, de las ciencias particulares. Así, rompe con la concepción idealista de la filosofía como saber puramente especulativo, puesto que la filosofía se fundamenta en la experiencia empírica y pasa a estar íntimamente relacionada con la ciencia. Y, a la vez, rechaza los excesos empiristas de un positivismo que reduce toda la realidad a un conjunto de hechos cuyo conocimiento corresponde a una multitud de saberes particulares inconexos entre sí. Ahora, el neokantismo señala a la filosofía la tarea de servir de nexo de unión entre dichos saberes, convirtiéndola en una metaciencia encargada de articular las diversas ciencias particulares, que antes parecían independientes entre sí.

Si esto se refiere al campo más estrictamente teórico, en el plano práctico, Perojo ve el neokantismo, por un lado, como un medio de superar la crisis del liberalismo español, ya que muchos liberales españoles achacan al krausismo no haber sido capaz de ofrecerle la base intelectual que precisa: el fracaso del Sexenio revolucionario hace que los liberales demanden un tipo de pensamiento distinto del idealismo krausista, pues la base metafísica en la que aquel se sustenta es considerada poco operativa a la hora de encarar las necesidades de España. Por otro lado, el neokantismo introduce en la cultura española una actitud gnoseológica más rigurosa en lo que se refiere al tratamiento de los problemas filosóficos y, en concreto, rechaza las argumentaciones de tipo retórico, moralista o esteticista a la hora de abordar problemas de carácter científico.

Para divulgar entre sus compatriotas las tendencias culturales y científicas más modernas, así como las corrientes filosóficas y políticas más avanzadas, el intelectual cubano funda en Madrid la Revista Contemporánea.

Perojo cree que, para impedir que se frene el pensamiento, debe darse en él una variedad, una discusión entre las diversas corrientes que aquél tiene y en las que se manifiesta: esto es lo que permite el desarrollo de la cultura y evita caer en la inmovilidad y el enquistamiento en una única línea o escuela de pensamiento. A partir de este rechazo al exclusivismo, surge su firme voluntad de no aceptar nunca un único sistema filosófico como verdadero y, por extensión, su crítica al krausismo, que él interpreta como una doctrina dogmática y opresiva con pretensiones exclusivistas. Por eso, Perojo declara que la Revista Contemporánea no está adscrita a ninguna escuela o doctrina filosófica, científica o política. Pero, en la práctica, su ideario liberal propicia que ofrezca sus páginas a la difusión del neokantismo y el positivismo, aunque siempre entre otras varias corrientes culturales diversas. O sea, que esta defensa a ultranza de la variedad del pensamiento es la que explica que la Contemporánea no se convierta meramente en vehículo de expresión de las doctrinas que profesa su fundador y director, sino que se abra a todas las manifestaciones del pensamiento y la civilización modernas. Por lo que podemos recapitular diciendo que en esta revista se pone siempre especial énfasis en la defensa del progreso y la libertad: dos categorías fundamentales del liberalismo.

Empresario emprendedor, Perojo no duda en arriesgar su fortuna personal en la Revista Contemporánea, a la que –como señalamos– reserva un lugar destacado en su proyecto de transformación y modernización de España. Y empeñado en hacer coherentes teoría y práctica, pone todos sus esfuerzos en disponer de la maquinaria más moderna que se pueda encontrar en el mercado europeo, además de imprimir al sistema de trabajo en la redacción un carácter moderno y racionalizado. Por lo que no resulta extraño que logre agrupar a su alrededor a algunos jóvenes inquietos que se suman a su proyecto, entre los que sin duda destacan Rafael Montoro (1852-1933) y Manuel de la Revilla (1846-1881).

Montoro, también nacido en Cuba, es seguidor del sistema idealista hegeliano, a pesar de lo cual se embarca con entusiasmo en la tarea de convertirse en primer redactor de la publicación del intelectual neokantiano.

Revilla, quien –recordemos– tiene una formación idealista que ya no le satisface, se siente aún más atraído por las ideas de Perojo, de manera que lo secunda en sus críticas al krausismo, e incluso, en parte, en su militancia neokantiana, convirtiéndose en su colaborador más destacado. En este sentido, es importante señalar que Revilla pasa a hacerse cargo, como redactor jefe, de una de las secciones más importantes de la Contemporánea: la “Revista crítica”, en la que lleva a cabo una labor de crítica literaria más rigurosa y de carácter positivo, en lugar de la tradicional crítica de carácter romántico. Con lo que puede decirse que Revilla inaugura un nuevo estilo crítico en el panorama cultural español.

Sin embargo, Revilla no se limita a tratar cuestiones meramente literarias en sus artículos de la “Revista crítica” o en sus menos numerosos –pero igualmente interesantes– “Bocetos literarios”. Fiel –aun a su pesar– a la tradición dominante entre los escritores españoles, emplea géneros “mestizos” para abordar todo tipo de cuestiones culturales, científicas, ideológicas, sociales, etc., mezcladas con sus reflexiones literarias, lo que hace tan difícil sistematizar sus contribuciones en la Revista Contemporánea y ofrecer un análisis cronológico-temático pormenorizado de las mismas, ya que prácticamente cada uno de esos artículos es un mundo propio dotado de enorme complejidad y con múltiples lecturas transversales y multidireccionales. Como, por otra parte, ocurre también con su pensamiento, tan asistemático como toda su producción intelectual[2].

Por otra parte, Revilla, como Perojo, cree que no es conveniente el imperio absoluto de una escuela filosófica sobre todas las demás –como ha ocurrido un tiempo en España con el krausismo–, porque “La ciencia es, ante todo, movimiento, variedad, lucha; y sólo a esta condición es ciencia viviente y fecunda. Siempre que una sola dirección del pensamiento ha dominado en absoluto y exclusivamente en el mundo, las consecuencias han sido fatales, no sólo para la ciencia en general, sino para la misma escuela dominadora, que muy luego se ha petrificado y ha caído en el dogmatismo, que es la muerte de toda filosofía.”[3] En este sentido, el aislamiento del pensamiento español ha sido aún mayor porque, al tiempo que este exclusivismo krausista ha estado dominando en España, en Europa se han dado nuevas direcciones al pensamiento y a la ciencia, que han ido reemplazando a las viejas fórmulas y a las grandes escuelas modernas. Por tanto, según Revilla, resulta imperioso que se rejuvenezca el espíritu filosófico español: Urbano González Serrano, Rafael Montoro y José del Perojo, principalmente, han venido a agitar, aunque desde diferentes posiciones, ese panorama intelectual español caduco e inmóvil.

Del mismo modo, coincide con Perojo en afirmar que todo el movimiento filosófico contemporáneo procede de Kant: tanto las escuelas idealistas, como las positivistas y las materialistas, porque toda la filosofía posterior a Kant es, estrictamente hablando, la escuela de Kant. Es decir, que el kantismo es, como ya hemos señalado, una corriente “madre”.

Por otro lado, le parece que el evolucionismo plantea una hipótesis plausible y nada peligrosa, siempre que se mantenga en el terreno de las ciencias naturales (fisiología y física) y no invada el campo de otros saberes como la psicología y la metafísica: es decir, que el darwinismo quede encerrado en el ámbito de las ciencias naturales y no pretenda ocupar otras esferas que no le pertenecen. De lo cual se deduce que Revilla rechaza cualquier tipo de reduccionismo evolucionista como, por ejemplo, el llamado “darwinismo social” (aplicación de las leyes y teorías evolucionistas al ámbito social). Además, incide en el hecho de que estima la doctrina evolucionista como una mera hipótesis, pues aún necesita ser confirmada para adquirir las suficientes solidez y certeza que le permitan ser elevada a la categoría de axioma o incluso teorema.

Sin embargo, Revilla discrepa con Perojo en su juicio sobre los sistemas idealistas. Si para Perojo el hegelianismo, el fichteanismo y el krausismo no son sino “andadores intelectuales, propios para caracteres infantiles”, para él pueden no ser los sistemas definitivos y absolutos (porque ningún sistema es definitivo ni absoluto), pero opina que entre todos los sistemas hay algunos que poseen mayor suma de verdad parcial, y que por eso imperan relativa y temporalmente sobre los demás. En concreto, el hegelianismo le parece una construcción poderosa producto de un genio colosal e inspirado –aunque más poeta que filósofo–, por lo que no merece ser tratado en una forma tan despectiva como Perojo lo hace. Por el contrario, si se impusiera tal cual la tesis de Perojo (la filosofía ha de ser un conjunto de sistemas en lucha por la existencia, sin que ninguno logre nunca la victoria sobre los demás), se caería en una anarquía intelectual de doctrinas subjetivas y fragmentarias. En definitiva, a pesar de sus simpatías por el neokantismo y por las escuelas filosóficas contemporáneas, Revilla no renuncia a algunos de sus planteamientos idealistas, porque estima que si se deja totalmente de lado el idealismo, se está condenando toda sistematización de la verdad y, por consiguiente, se está convirtiendo la filosofía en un conjunto desordenado de concepciones puramente individuales y subjetivas.

No obstante, se manifiesta en toda plenitud como un neokantiano cuando afirma que el evolucionismo es conciliable con el sentimiento religioso. E incluso cree que la filosofía futura encontrará su fórmula metafísica en el monismo crítico que defiende Perojo, de manera que el misterio impenetrable de lo divino y la ley moral basada en el imperativo categórico kantiano –robustecida por el sentimiento religioso– seguirán viviendo en la conciencia humana. Aunque estima que el monismo del que habla el intelectual cubano es aún demasiado vago, porque –en su opinión– faltan todavía muchos datos para una construcción orgánica y unitaria del mundo, de forma que califica de prematuras y temerarias algunas de las ideas que expone Perojo.

Por fin, a pesar de mostrarse conforme con la afirmación de Perojo, en el sentido de que la ciencia debe cultivarse por puro amor a la verdad y no con intención utilitaria, se declara contrario a la postura del intelectual cubano respecto a la cuestión de si la ciencia es o no maestra y directora de la vida. Para Revilla, como para Perojo, la ciencia posee una finalidad sustantiva y propia. Pero, contra lo que opina Perojo, piensa que a la ciencia sí le corresponde parte de la dirección de la vida, aunque sólo una parte. Dado que la vida es una obra orgánica en la que concurren todas las fuerzas de la naturaleza humana, no puede faltar entre ellas la ciencia, que es construcción sistemática del conocimiento. El armonicismo idealista de Revilla vuelve a destacar en este punto: si la ciencia imperara absolutamente en la vida, a ésta le faltarían el calor y la vitalidad del sentimiento y la energía y fuerza de la voluntad, la belleza que le aporta el arte y las esperanzas que le da la religión; pero si la inteligencia y la ciencia no contribuyeran a dirigir la vida, el hombre se vería privado de la reflexión, de la madurez, del juicio y de la disciplina, y caería en los abismos de la pasión, se perdería en las puras imaginaciones de la fantasía y, tras desvanecerse en idealismos insensatos o en misticismos sombríos y fanáticos, terminaría abocado a la más absoluta animalidad.

Esta es, en resumen, la postura filosófica de Revilla en este periodo de su biografía intelectual: una forma de eclecticismo que, sin negar la validez de algunos planteamientos idealistas, acepta a la vez buena parte del programa neokantiano traído de Alemania por Perojo, porque lo considera mucho más abierto a sus concepciones armonicistas que otras corrientes más radicales, estrechas o reduccionistas, como son –según el crítico madrileño– el positivismo o el materialismo.

En cualquier caso, podemos afirmar que la labor complementaria y concertada de Perojo y Revilla, y su coparticipación en proyectos de gran alcance, nos permiten hablar de una “primera escuela neokantiana española” o, como preferimos denominarla, “Primera Escuela de Madrid”. Por un lado, porque, como hemos visto, es en Madrid donde este grupo desarrolla su actividad divulgativa y científica. Y, por otro, por las más que evidentes resonancias que tiene este nombre en relación con la posteriormente llamada “Escuela de Madrid”, que hace referencia al grupo organizado en torno a Ortega y Gasset. Esto queda demostrado por el hecho de que el binomio Perojo-Revilla puede ser un antecedente de Ortega y sus seguidores. Por otro lado, la Revista Contemporánea, ¿no está, en cierta manera, prefigurando la Revista de Occidente? Por último, la coincidencia en cuanto a los objetivos buscados (renovar el panorama cultural español, hacer accesible a sus compatriotas lo que se está haciendo y pensando en Europa, transformar la realidad española en un sentido moderno...), la orientación europeísta y liberal y las raíces neokantianas de ambas empresas apuntan en esta dirección. Incluso, es factible pensar que Ortega pudo aprender de Perojo cómo pasar del periodismo a la filosofía, y viceversa, o cómo fundir una y otro, al tiempo que también pudo aprender de él a ponderar el valor de una publicación periódica como plataforma de difusión de nuevas ideas.

 

Notas

[1] Díaz Regadera, María Dolores & Hermida, Fernando & Mora, José Luis & Núñez, Diego & Ribas, Pedro (Eds.): Artículos filosóficos y políticos de José del Perojo (1875-1908). Madrid, Ediciones de la Universidad Autónoma de Madrid, Col. Estudios, nº 86, 2003.

[2] Incluimos un estudio detallado de sus artículos de la Revista Contemporánea en el tomo donde los reproducimos. Por eso es tan breve aquí nuestro comentario sobre esta etapa tan extensa y señalada de la biografía intelectual del crítico madrileño.

[3] “El neo-kantismo en España. Ensayos sobre el movimiento intelectual en Alemania, por Don José del Perojo”. Revista de España, noviembre-diciembre de 1875, pág. 145. Revilla sintetiza en este artículo sus afinidades y discrepancias con Perojo y el neokantismo, aunque también podemos encontrarlas de forma más dispersa en otros textos suyos.

© Ediciones de la Universidad Autónoma de Madrid. Fernando Hermida, José Luis Mora, Diego Núñez, Pedro Ribas. Manuel de la Revilla, obras completas. Madrid: Universidad Autónoma de Madrid, 2006. Edición digital del estudio introductorio autorizada para el Proyecto Ensayo. Esta versión digital se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines deberá obtener los permisos correspondientes. Edición para Internet preparada por José Luis Gómez-Martínez con la colaboración de Béatrice de Thibault.

 

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