Manuel de la Revilla
 

 

Manuel de la Revilla
(el pensador y su obra)

 

9. Los últimos años de Revilla

La culminación de sus contribuciones periodísticas

Durante los cinco años finales de su vida, o sea, a partir de 1877, además de desarrollar su continuada labor en la Revista Contemporánea y en El Globo, Revilla va a colaborar también de forma menos constante en gran cantidad de publicaciones periódicas. Ya hemos hablado de sus intervenciones en la Revista de España[1] y La Ilustración Española y Americana[2]. Ahora añadiremos que Revilla publica tres artículos en La Academia, semanario de vida limitada –pues dura poco más de dos años– dirigido inicialmente por Francisco María Tubino: “La dramaturgia del Sr. Echegaray” (4 de febrero de 1877), “El teatro español” (14 de octubre de 1877) y “La poesía portuguesa contemporánea” (30 de mayo de 1878)[3]. Asimismo, en 1879 aparecen tres artículos[4] y dos poemas[5] suyos en el semanario El Liceo, en el que, por otra parte, participan otras notables figuras de la intelectualidad y el periodismo españoles del momento, muchas de ellas viejas conocidas de Revilla: Blanco Asenjo y Peña y Goñi, encargados de la crítica dramática y José Rodríguez Carracido, de la crítica científica extranjera; también intervienen Luis Simarro, José Ortega Munilla, Urbano González Serrano y Francisco Giner de los Ríos.

Algo más extensa en su colaboración La América, semanario fuertemente vinculado al republicanismo y de dilatada existencia (había sido fundado en 1857), en el que Revilla escribe, entre 1879 y 1880, diez artículos de carácter eminentemente político, aunque en general siguen la línea de sus textos en la Revista Contemporánea, en los que ciencia, literatura y política se entremezclan en las argumentaciones del crítico madrileño. La diferencia fundamental estriba, quizá, en que Revilla utiliza en La América un tono más combativo, que no había estado tan presente en sus escritos desde su abandono del republicanismo federal, aunque ese radicalismo político posea ahora –al contrario que en su primera juventud– un talante decididamente conservador. Entre sus escritos, encontramos “Las modernas tendencias de la ciencia en su relación con la política” (8 de abril de 1879), en la que –como orienta su propio título– intenta aplicar al análisis de la política la doctrina de la evolución, el transformismo darwiniano y las leyes de la herencia biológica. Asimismo, en “El regicidio” (26 de abril de 1879), “Una cuestión social” (28 de septiembre de 1879) y “El nihilismo ruso y el socialismo” (27 de febrero de 1880) vuelve a mostrar su oposición frontal a todo tipo de radicalismos nihilistas, anarquistas o socialistas, así como su apuesta por el reformismo y la democracia liberales. De entre todos esos movimientos políticos y sociales se centra en la crítica al nihilismo, intentando refutar la extendida opinión según la cual aquél se funda en doctrinas filosóficas como el positivismo o el materialismo; por el contrario, achaca una mayor responsabilidad en su desarrollo al “socialismo revolucionario” (anarquismo) y al propio despotismo zarista, que no parece dejar otro camino a las reivindicaciones liberales que la locura y la sinrazón del crimen nihilista, mucho más terrible que la conquista de la libertad por medio de la revolución. Sin embargo, su juicio del socialismo es menos negativo, aunque con matices: según él, hay justicia y razón en el fondo de las aspiraciones socialistas, pero también errores, por no reconocer sus seguidores que existen imperfecciones sociales no atribuibles a la injusticia de los hombres, sino a la propia naturaleza humana y a condiciones necesarias para la vida en sociedad. De manera que la expansión del socialismo es peligrosa porque ataca no sólo los errores e injusticias sociales, sino también el propio orden social, tratando de sustituirlo por utopías implantadas por la fuerza, lo que supone una locura y un auténtico crimen. Por eso Revilla defiende la necesidad de una política positiva y práctica, a la vez conservadora y liberal, en la que todos los partidos de ambas orientaciones ideológicas se unan para conservar el orden, el principio de autoridad y el derecho legítimo, ofreciendo con mesura concesiones y también resistencias a los descontentos. En concreto, reclama que los partidos liberales y democráticos rompan abiertamente con las utopías demagógicas y “ultrasocialistas”.

También en “La doctrina democrática en sus relaciones con la Iglesia” (26 de mayo de 1879), defiende la secularización del Estado y su absoluta separación de la Iglesia, aunque sin negarle a ésta el derecho a desarrollar su labor en el campo específicamente religioso que le corresponde, en la misma línea de su reformismo liberal que rechaza tanto el regalismo y la intolerancia como el jacobinismo revolucionario y demagógico. Por otro lado, desarrolla su crítica a la política práctica del momento desde las secciones “Revista española” (28 de junio y 8 y 26 de agosto de 1879) y “Revista general” (7 de julio de 1879) y, por fin, publica una necrología del recién fallecido Adelardo López de Ayala (8 de enero de 1880), que le es encargada, sin duda, por haber trazado ya en 1875, en La Crítica, el boceto literario del insigne poeta y orador.

Para terminar, hay que hacer una referencia al único artículo que escribe en la Revista Hispano-Americana, publicación quincenal de vida efímera, que sólo se extiende desde julio de 1881 hasta diciembre de 1882. Precisamente en el segundo número de esta revista, el 16 de julio de 1881, Revilla escribe la que será una de sus últimas contribuciones periodísticas, pues va a fallecer menos de dos meses después: “Revista crítica de la última temporada cómica”.

La muerte de Revilla y los homenajes post-mortem

En mayo de 1880, los frecuentes trastornos mentales que sufre Revilla –atribuidos, en general, al tremendo esfuerzo mental que le supone desarrollar su impresionante actividad intelectual y a su debilidad física, pero quizá también relacionados con su siempre compleja emotividad, probablemente exacerbada con la muerte de su hijo, las depresiones de su mujer y los posibles conflictos de pareja– se agravan. Al cabo de un año, y tras algunos breves periodos de lucidez, Revilla parece superar su perturbación mental y comienza a retomar tímidamente su labor intelectual. Se traslada a la villa de San Lorenzo de El Escorial para reponerse, pero fallece repentinamente el 13 de septiembre de 1881, víctima de un ataque cerebral.

Su muerte es recibida con sorpresa, por lo inesperada, en los medios intelectuales españoles. Durante todo el mes siguiente se suceden las necrológicas en la prensa: La Época (14 de septiembre), Revista Ilustrada (16 de septiembre), El Globo (21 de septiembre), El Liberal (22 de septiembre), La Iberia (23 de septiembre), Revista Hispano-Americana (10 de octubre), etc. Entre ellas, hay que destacar la de su amigo Pedro de Alcántara García para la Revista Ilustrada, quien había estado preparándole un homenaje en vida que debería haber aparecido el 16 de septiembre, pero que, con su fallecimiento el día 13, se convertirá ahora en una noticia necrológico-biográfica. También llama la atención, por su ausencia, una necrología en la Revista Contemporánea, a la que había dedicado tantos años de trabajo e ilusiones. Sin duda, la enorme distancia ideológica que separaba al liberal Revilla del conservador Francisco de Asís Pacheco, quien se hizo cargo de la Contemporánea tras venderla Perojo, pueden explicar este silencio. Ahora bien, hay que señalar cómo el propio Pacheco, aunque no brinda las páginas de su revista a quien desee hacer una necrológica de Revilla, sí publica en la Revista Hispano-Americana una salida de su propia pluma, pero casi un mes después del fallecimiento del antiguo redactor jefe de la Revista Contemporánea.

Tras la muerte de Revilla, se empieza a preparar el mejor homenaje que se puede hacer a un autor: la edición –o, en su caso, reedición– de sus escritos. Primeramente, en 1883, se recopilan algunos de ellos en las llamadas Obras de Don Manuel de la Revilla, publicadas por el Ateneo Científico, Literario y Artístico de Madrid, y precedidas de un prólogo debido a Antonia Cánovas del Castillo –a la sazón, presidente del Ateneo– y un discurso preliminar de Urbano González Serrano, que ya había sido leído el 17 de diciembre de 1881 en el curso de una velada en honor de Revilla celebrada asimismo en el Ateneo. Entre los textos recogidos se encuentran doce de los bocetos literarios que habían aparecido en La Crítica y la Revista Contemporánea y diecinueve estudios literarios provinientes de La Ilustración Española y Americana, la Revista de España, El Liceo, la Revista de la Universidad de Madrid, El Globo, La Crítica, La Academia e incluso uno de sus discursos pronunciados en el Ateneo, aunque muchos de ellos incluyen modificaciones respecto a su publicación original.

A continuación, se recogen en dos volúmenes las llamadas Críticas de D. Manuel de la Revilla. El primero se publica en Burgos en 1884, y lleva una dedicatoria impresa de Carmen Cortijo, la viuda de Revilla, a Cánovas del Castillo y el Ateneo de Madrid, e incluye treinta y siete artículos –o fragmentos de artículos, en muchos casos– aparecidos en La Ilustración Española y Americana, El Globo y la Revista Contemporánea. El segundo volumen se edita con un formato muy similar justo al año siguiente, sólo que éste se compone de cuarenta y seis contribuciones de Revilla –reproducidas íntegra o sólo parcialmente, según los casos– pertenecientes a las tres mencionadas publicaciones periódicas, así como a la Revista Europea y El Imparcial.

* * *

Esta es la biografía intelectual de Manuel de la Revilla, intelectual, orador, periodista, crítico, literato, poeta… quien siempre destacó por su afán polémico y por su gran saber, aunando pasión y reflexión en todas las actividades que llevó a cabo a lo largo de su breve, pero intensa, vida.

Madrid, enero 2006

 

Notas

[1] “El naturalismo en el arte” (mayo-junio de 1879).

[2] “La tendencia docente en la literatura contemporánea” (30 de marzo de 1877), “Las últimas poesías de Víctor Hugo (artículo primero)” (15 y 22 de enero de 1878), “Las últimas poesías de Víctor Hugo (artículo segundo)” (30 de enero de 1878), “Del estado actual de la declamación en España” (8 de mayo de 1878), “El condenado por desconfiado, ¿es de Tirso de Molina?” (22 de junio de 1878), “Una redacción nueva de El Burlador de Sevilla, de Tirso de Molina” (30 de octubre y 15 de noviembre de 1878), “Crítica literaria. La verdad sobre el Quijote (artículo primero)” (15 y 22 de mayo de 1879), “Crítica literaria. La verdad sobre el Quijote (artículo segundo)” (22 de junio y 8 y 15 de julio de 1879) y “Calderón y Shakespeare” (22 de mayo de 1881).

[3] Carlos García Barrón menciona genéricamente cuatro contribuciones más de Revilla –entre artículos y reseñas– en La Academia, de los que, en varios casos, no ofrece el título exacto. Sin embargo, hemos consultado los ejemplares de ese semanario que se guardan en la Biblioteca Nacional de Madrid y, aunque hemos localizado algunos textos en los que se habla de las cuestiones mencionadas por García Barrón, no van firmados ni contienen dato alguno que permita afirmar con la suficiente fiabilidad que se deben a la pluma de Revilla. No obstante, es preciso señalar que La Academia sólo está recogida en la Biblioteca Nacional y que los ejemplares que se conservan están incompletos, pues en 1975 sufrieron los efectos de una inundación.

[4] “Los poetas líricos mejicanos de nuestros días” (5 y 12 de enero), “Crítica literaria. La Atlántida, poema épico de D. Jacinto Verdaguer” (2 y 9 de febrero) y “Los orígenes del arte” (11, 18 y 25 de mayo).

[5] “El tren eterno” (15 de junio) y “El resorte del juguete” (27 de julio).

© Ediciones de la Universidad Autónoma de Madrid. Fernando Hermida, José Luis Mora, Diego Núñez, Pedro Ribas. Manuel de la Revilla, obras completas. Madrid: Universidad Autónoma de Madrid, 2006. Edición digital del estudio introductorio autorizada para el Proyecto Ensayo. Esta versión digital se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines deberá obtener los permisos correspondientes. Edición para Internet preparada por José Luis Gómez-Martínez con la colaboración de Béatrice de Thibault.

 

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