Rosario de Acuña y Villanueva

 

 

Una vida entregada a la búsqueda de la Verdad

 Macrino Fernández Riera

Rosario de Acuña y Villanueva se va a convertir en una de las figuras más controvertidas de la España del Concordato en virtud del protagonismo que asumirá durante la larga confrontación ideológica que se entabla por entonces. Dramaturga, masona, feminista, montañera, poeta, regeneracionista, librepensadora, iberista, avicultora, articulista, puritana, filo-socialista, autodidacta, deísta, republicana, melómana…; en suma, un portento de mujer que a nadie dejaba indiferente: hubo quien la convirtió en la Flora Tristán española, "en la vanguardia de la lucha social y en la línea de la unidad de los trabajadores" (Rosal, 43), y quien, por el contrario, la calificó públicamente de "harpía laica", "hiena de putrefacciones" o "trapera de inmundicias" (Homs, 1-2).

El primer día de noviembre del año 1850 ve por primera vez la luz Rosario de Acuña y Villanueva, una nueva madrileña nacida en la acomodada posición que confiere el hecho de ser nieta de un eminente médico y naturalista, por parte materna, y de un hijo del X Señor de la Torre de Valenzuela, una de las ramas con las que la familia Acuña ejercía el señorío en buena parte de las tierras de Jaén, por la paterna (Fernández de Bethencourt, III, 351-372). Su condición de hija única y de enferma precoz, pues desde muy niña padeció una afección ocular que le negaba la visión durante largos periodos de tiempo, le permitió seguir una educación muy personalizada, bastante diferente a la que por entonces recibían las niñas de su edad. Así, de la mano de su padre fue conociendo la Historia y la Literatura; de la de sus abuelos, las Ciencias Naturales; de su madre, el calor del hogar; y de la Naturaleza, todo lo demás. Fueron, en efecto, muchas las temporadas pasadas en las propiedades que poseía su abuelo en Jaén donde, cuando sus ojos se lo permitían, se dedicaba a contemplar el comportamiento de todos los seres, animales y racionales, que poblaban aquellas tierras; varios fueron los viajes que realizó, con sus padres primero y sola más tarde, por las tierras de España y por las de Francia e Italia. Todo ello completado con buenas lecturas, afamadas representaciones dramáticas y los mejores conciertos.

La única hija de aquella familia acomodada muestra pronto inquietudes literarias que la llevarán a publicar sus primeros poemas al poco de cumplir los veinte años. Estimulada por el cariñoso aliento de los más próximos y dado que parece que no se le da mal el arte de la rima, se atreve a acometer una obra de mayor complejidad: en 1875 se estrena su drama Rienzi el tribuno, que obtiene el aplauso del público, la aprobación de la crítica y los parabienes de renombrados escritores del momento, como Núñez de Arce, Campoamor, Alarcón, Echegaray y algunos otros integrantes del Parnaso nacional. No acaba ahí la cosa, pues alentada por las alabanzas recibidas, decide publicar Ecos del alma, un volumen con algunos de sus primeros poemas. Antes de terminar el año, próspero año, va a contraer matrimonio con un oficial del ejército. Aquella joven de buena cuna, que por entonces cuenta con veinticinco años de edad, parece que tiene por delante una vida llena de prometedoras venturas. Mas poco tiempo después algo se tuerce en su camino: su matrimonio se rompe por causas que no conocemos del todo, aunque algunos achacan a la infidelidad del militar (Pérez-Manso, 50), y la joven escritora decide alejarse de la gran ciudad, a la que cree fuente de vanidades, envidias y futilidades insanas. Se instala en una quinta campestre situada en una pequeña población al sur de Madrid y allí, atendida por familiar servidumbre y rodeada de sus animales y plantas, medita, estudia y escribe. Poco tiempo después, recibe otro gran mazazo: la muerte de su querido padre. Han pasado apenas unos años desde el venturoso 1875, pero todo parece haber cambiado: su matrimonio se ha roto apenas iniciado y su amadísimo padre, todavía joven, se ha ido para siempre. Los que siguen son tiempos de hondas meditaciones y de sosegado disfrute de las bondades de la naturaleza cultivada en la que vive; de lecturas, reflexiones y entusiasmados artículos en los que cuenta a sus lectoras las bondades de la vida en el campo, lejos de la enfermiza ciudad. Así las cosas, tras meses de profundas meditaciones, decide hacer pública su voluntad de adherirse a las huestes que defienden la causa del librepensamiento; y así lo hace saber por medio de una carta que se publica en la primera página del semanario Las Dominicales del Libre Pensamiento (DLP) en el mes de diciembre de 1884. Apenas un año después, se celebra en Alicante la ceremonia ritual que la convierte en integrante de la masonería.

Es consciente de que ha cruzado a la otra orilla y que el camino emprendido le podía arrostrar no solo el sarcasmo y la sátira, sino también la hostilidad de la gente de orden, de los que "tienen grandes influencias en mi patria" (DLP, 28-12-1884). El asunto tampoco es que fuera baladí: la chica de los Acuña, aquella que tanto prometía como poeta y dramaturga; que ya había publicado varios poemarios (La vuelta de una golondrina, Ecos del alma, En las orillas del mar, Morirse a tiempo), tres dramas (Rienzi el tribuno, Amor a la patria y Tribunales de venganza), así como numerosos artículos en diversos periódicos y revistas del país, algunos de los cuales habían sido incluidos en sus libros Tiempo perdido y La Siesta; la que tan buena pareja hacía con el joven y encantador militar, convertido por entonces en un alto funcionario del Ministerio de Fomento; la que había pasado a ser cuñada de un joven diputado a cuya antigua amistad con Bécquer añadía ahora un prometedor futuro en el mundo de la política, a la sombra del mismísimo Romero Robledo; la sobrina del cesante gobernador civil de Castellón y de otros tíos que ocupaban altos cargos en las instituciones civiles y eclesiásticas... aquella jovencita se había hecho librepensadora y masona. ¡Por Dios!

Desde ese momento, mediada la década de los ochenta del decimonoveno siglo y cuando ella camina hacia la segunda mitad de la treintena, su vida se desarrolla por entero al otro lado, en la primera línea de los que en aquel país, en el cual la jerarquía católica se encarga de velar por la pureza ideológica de la educación y por la moralidad de sus moradores, luchan en defensa de la libertad de pensar y de creer. Desde entonces, aplaudida por los suyos y vituperada por los otros, su pluma abandona los cómodos renglones que ha surcado hasta entonces para convertirse en eficaz instrumento de la buena nueva: la pictórica poeta y viril dramaturga se transforma en afanosa publicista. Militante convencida de la causa del librepensamiento, colaborará en cuantas publicaciones comprometidas con la nueva causa requirieran sus palabras, enviando todo tipo de escritos a cuantas asociaciones estuvieran empeñadas en romper el monopolio de la verdad institucionalizada, participando en cuantos actos se organicen para reclamar la entrada de luz, más luz, y aire renovado en el solar patrio.

El padre Juan, su cuarto estreno teatral, refleja perfectamente la nueva situación, pues es un buen ejemplo del valor instrumental que por entonces asigna a su pluma. En esta obra pone sus ya contrastados conocimientos dramáticos al servicio de la causa que defiende, en apoyo de la libertad de pensamiento. Su voluntad propagandística se hace evidente en el mismo planteamiento maniqueo de la obra, al contraponer la juvenil voluntad regeneradora del librepensamiento con la envidia y el odio generados por años de dominio del viejo clericalismo, detentador del poder político e ideológico. El argumento del drama hace más fácil la transmisión de la idea: en una aldea situada en el rincón más recóndito de Asturias, Ramón de Monforte e Isabel de Morgoviejo deciden casarse civilmente y promover un ambicioso programa de reformas sociales en aquella pequeña comunidad que se halla controlada por el padre Juan. Las ideas de los jóvenes chocan con la insania de sus convecinos, corrompidos durante años por el perverso magisterio del párroco. El drama concluye con el asesinato de Ramón, que resulta ser hijo ilegítimo del sacerdote. Como puede deducirse de la trama aquí avanzada, se trata de una obra publicitaria que solo tiene sentido en el contexto de la batalla ideológica que en España se está dirimiendo por entonces, y que aún habrá de mantenerse durante varias décadas más. El efecto provocado por el estreno también debe explicarse en el mismo contexto de pugna ideológica: esta primera representación se convierte inopinadamente en la última, pues el gobernador civil, cediendo a las presiones recibidas esa misma noche, prohíbe que la obra continúe en cartel. La disputa ideológica continuará durante los días siguientes en la prensa. Rosario de Acuña debe de asumir a su costa las pérdidas económicas causadas por la suspensión, pues ella misma había emprendido aquel proyecto como empresaria, al no haber quien estuviera dispuesto a asumir el riesgo del estreno de tan polémica obra.

Estamos en 1891 y el camino que ha emprendido nuestra escritora unos años antes parece no tener retorno posible; antes bien, con el tiempo parece alejarse más y más de su orilla natal. Cada acción que emprende la involucra más en aquella pugna ideológica que parece no tener fin. Así las cosas, decide poner tierra de por medio, instalándose en una pequeña localidad de Cantabria, en la cual pondrá en marcha una modesta industria avícola y donde vivirá en compañía de un joven con el que permanecerá hasta su muerte. Lo dicho: librepensadora, masona, burguesa convertida en granjera… y ¡amancebada! Cada año que pasa está más lejos de lo que defienden quienes configuran lo que un día fue su grupo social, del cual solo recibe improperios y desprecios, cuando no agresiones y querellas. Por el contrario, las heridas de la batalla van forjando en ella un sentimiento de fraternal solidaridad con los que, como en su caso, se rebelan contra los convencionalismos y las injusticias de una sociedad instalada en la apariencia y la hipocresía.

En la última etapa de su vida, la que transcurre en Gijón desde 1909 hasta su muerte en 1923, su implicación en la defensa de los más desfavorecidos, se hace mucho más evidente, involucrándose activamente en diversas campañas destinadas a socorrer a los más débiles, asunto éste que como otros referidos a su estancia en tierras asturianas he analizado en Rosario de Acuña en Asturias (Gijón: Trea, 2005). La burguesa ilustrada, que defiende la libertad de pensamiento como un instrumento para luchar contra el clericalismo reinante y que ansía ver, tras la victoria sobre la ceguera y la cerrazón, cómo se inicia la regeneración de la savia putrefacta que alimenta la patria, parece tener muy presente que mientras esa victoria llega es preciso echar una mano a quienes son víctimas de tan injusta sociedad. Instalada en su apartada casa situada sobre un acantilado de la costa gijonesa, a pesar de los años de lucha que ya lleva a cuestas y de las heridas recibidas, aún habrá de enrolarse en nuevas refriegas, algunas cruentas, como aquella que, por defender el derecho de las mujeres a realizar estudios universitarios, la llevó a exiliarse en Portugal durante más de dos años: no basta con defender la libertad de pensamiento, es preciso involucrarse también en la lucha cotidiana, en el campo de las acciones, participando en manifestaciones por las calles gijonesas defendiendo la Ley del Candado, asistiendo a los mítines de Melquíades Álvarez, líder del Partido Reformista, o al que se celebra en Madrid en 1917, en apoyo de los países aliados que combatían en la Primera Guerra Mundial. Se encuentra cómoda con la coalición entre reformistas y socialistas que preparó la huelga general de ese mismo año y que ella misma alentó, razón por la cual su casa fue objeto, en dos ocasiones diferentes, de un minucioso registro por las fuerzas policiales durante el verano. También estará al lado de los presos anarquistas acusados de atentar contra un miembro de la patronal, de los pescadores que, desasistidos de cualquier medida preventiva, ponen cada día en peligro su vida frente a los embates del bravío mar Cantábrico, de los humildes trabajadores que son tentados en el lecho mortal por la interesada caridad de quienes pretenden anotar en su cuenta la salvación de una nueva alma… No es de extrañar que el día de su entierro, al lado de republicanos, reformistas y masones, se arremolinaran ante su casa multitud de gijoneses, integrantes del pueblo llano, del que vive, como ella ha vivido en los últimos tiempos, del trabajo de sus manos: los cuales, agradecidos, transportaron a hombros su féretro durante varios kilómetros por las calles de la ciudad hasta depositarlo en el cementerio civil...

Sus ojos, casi ciegos durante muchos años, han visto muchas cosas y las han visto en uno y otro de los bandos contendientes. Sin que su voluntad mediara para nada, nació entre los españoles que se tenían por privilegiados: su familia se hallaba bien situada en los ámbitos del poder, tanto político como religioso, pues contaba entre sus miembros con ministros, gobernadores y arzobispos. Confortable situación que, por ejemplo, le brindaba la posibilidad de ser recibida en audiencia privada por el mismísimo Pío IX, al tiempo que le permitía disfrutar de una posición económica desahogada, como correspondía a la heredera única de un alto funcionario del Estado, descendiente de una familia de terratenientes andaluces, y de la hija de un reputado médico… El tiempo no hizo más que consolidar lo que la cuna le había deparado, pues la jovencita se convirtió en la esposa de un militar de familia tan acomodada e influyente como la suya. Pero, de pronto, aquella joven a la que no parecía faltarle de nada dio un golpe de timón a su vida, abandonando todo lo que la fortuna había puesto a sus pies para convertirse en una entusiasta abanderada de la libertad de pensamiento. De esta forma, por propia voluntad, se va adentrando cada vez más en la otra orilla, la que pueblan masones, amancebados, republicanos, feministas, proletarios, regeneracionistas… para, al final de un largo camino de lucha, penar en las estrecheces propias de los que viven por su mano, mientras sueña con un mañana prometedor, en el que "dejará de ser la propiedad privada", dejará de ser la organización de los Estados, dejará de ser la casta sacerdotal, y en el que las mujeres, elevadas a compañeras de los hombres racionalistas se acuerden de las que, haciendo de antemano el sacrificio de sí mismas, "empuñaron la bandera de su personalidad en medio de una sociedad que las considera como mercancía o botín, y defendieron con la altivez del filósofo, la abnegación del mártir, y la voluntad del héroe sus derechos de mitad humana dispuestas a morir antes que renunciar a la libertad!" (La Humanidad, Alicante, 10-7-1885). He aquí la historia de una mujer que, renunciando a los privilegios de su confortable cuna, emprendió una larga y desigual batalla en defensa de la verdad y de la libertad en una época en la que en España, la España del Concordato, se estaban consolidando los dos bandos antagónicos que, siendo incapaces de tolerarse, no habrán de tardar en llevar sus antagonismos hasta los campos de batalla.

 

Los prometedores inicios de una joven poeta

Siguiendo la estela de las escritoras románticas que la precedieron, aquella joven de ojos lacerados inicia su camino en el mundo de las letras con la publicación en el verano de 1874 de su poema En las orillas del mar en La Ilustración Española y Americana. Se trata de una larga composición en cuyos versos ensalza la grandiosidad marina, sus bellezas y riquezas, la calma y la tempestad. A esta primera poesía, seguirán otras que se publicarán a lo largo de ese año y en el siguiente en La Iberia: se trata de dos poemas escritos a modo de despedida, dos elegías dedicadas al pintor Mariano Fortuny, la primera ("¡Alcázar de la luz, patria del genio/ inmensa eternidad que en pabellones/ el porvenir ocultas de la vida/entre la gasa azul de tus festones/…"), y al oftalmólogo Delgado Jugo, uno de los especialistas que se había ocupado durante años de paliar sus penalidades oculares, la segunda. Poco a poco se va animando, adentrándose más confiada por esta senda que apenas ha iniciado. Su nombre empieza a sonar entre críticos y poetas y ese mismo año publica La vuelta de una golondrina, un romance de 232 versos escrito en Córdoba, bajo el sol de Andalucía, tras su regreso de Francia, que temáticamente supone una continuación del que firmara en Bayona el 25 de julio de 1873 y que será publicado tiempo después con el título A una golondrina:

"Tu marchas a España y posas tu vuelo
do siempre fulgura espléndido el sol;
¡quién fuera contigo cruzando ese cielo
que tiñe la aurora de rojo arrebol"

Lleva camino de convertirse en una dama de posición acomodada que, eximida de las duras y cotidianas obligaciones domésticas, ocupa parte del tiempo libre de que dispone en componer atildadas rimas o en escribir artículos "formados siempre como las pompas del jabón, para el recreo de un solo instante" (La Siesta, XII), como ella misma dejará dicho más adelante. Sin embargo, su relación con la literatura va a dar un brusco giro en el invierno en que cumple los veinticinco años. Recién llegada de Italia, de pasar una temporada en casa de su pariente el embajador Benavides, toma la decisión de enfrentarse con su primera obra dramática. Tal parece que la nueva empresa se la planteara como un reto: la prueba de su valía como escritora; y así lo manifiesta en los versos con los que dedica al padre la edición de la obra:

"En el templo de la historia
hallé la perdida calma;
si RIENZI logra victoria,
para mí la paz del alma
para ti, padre, la gloria".

El éxito premió su audacia. La insistencia de los asistentes obligó a la escritora a aparecer en escena al final del segundo acto, confirmando de esta manera los rumores que ya corrían por el teatro antes del comienzo de la función acerca de que aquella era obra de una mujer. Los espectadores, quizás más sorprendidos por la juventud que por el sexo de la autora, se mostraron entusiasmados y los aplausos se hicieron unánimes entonces. Las fervorosas ovaciones del público que siguieron a la inicial sorpresa cobran más sentido si consideramos, a la luz de lo que opinó la crítica posteriormente, lo inesperado de la situación: el vigor de los versos, la intensidad ascendente del drama, el "pensamiento profundo" que trasluce, y que todo ello sea debido a una mujer que, además, es muy joven. Tal suceso no era nada frecuente. Como hemos podido comprobar en el repaso realizado anteriormente de las autoras decimonónicas, son escasas las que escriben obras teatrales y, menos aún, las que optan por las tragedias. El público y los críticos aún tienen en el recuerdo los dramas históricos y las tragedias bíblicas que Gertrudis Gómez de Avellaneda estrenara apenas veinte o treinta años antes, y en Rosario quieren ver el mismo vigor poético de que dio muestras la hispano-cubana.

 

Su querida España

Sabemos que la Historia General de España formó parte de la biblioteca de Rosario de Acuña hasta el momento de su muerte; tenemos constancia de que era una de las obras básicas que recomendaba a sus lectoras de El Correo de la Moda; que es la fuente documental utilizada tanto en Amor a la patria como en Tribunales de venganza, tal y como ella misma se encarga de reflejar en la introducción de ambos dramas. No sería nada extraño, por otra parte, que fuera una de aquellas "obras amplísimas y documentadas" que su padre le leía con métodos y mesura mientras ella escuchaba con atención para grabarlas luego en su inteligencia. Al fin y al cabo, el proceso de publicación de la Historia de Lafuente coincide con su periodo de infancia y juventud: ven la luz al mismo tiempo, en el año 1850. Sea como fuere, lo cierto es que las enseñanzas de la Historia prendieron muy hondo en el sentimiento de esta mujer, pues muchas de ellas aún afloran en ¡España! (Estudio sobre España hecho para América) que escribe en 1907 y que no será publicado hasta años después de su muerte. Inicia aquel ensayo de madurez por donde otros lo habían hecho antes: afirmando la existencia de unos rasgos inmutables en el pueblo español que han existido desde la más remota antigüedad: "¿Qué misterio engendra a nuestro pueblo, igual siempre a sí mismo, desde las penumbras de la edad histórica hasta los días presentes?" La respuesta, que ya estaba en los textos de Lafuente y seguidores, es concluyente para ella: "Su suelo y su cielo" (1930, 12).

La amalgama de todos estos pueblos que durante siglos fueron hechizados por esta tierra primorosa forjó el resplandor español en el mundo. Fue Europa la primera en sentir la avalancha de "grandiosidades científicas, industriales y artísticas" (16), que partiendo de la lejana Castilla se expandieron por todos los confines de su territorio: "El alma española, palpitante con el ritmo de la conquista, corre presurosa allí donde hay algo que saber, que lograr, que descubrir, que poseer" (16). Más tarde, los bravos hijos de las riberas mediterráneas, de la Extremadura, de Aragón, de las indómitas tierras cántabras, de la estepa castellana sienten "la nostalgia de la epopeya presentida" (17) y se dejan convencer por "aquel gigante de la intuición", embarcándose en las carabelas que habrán de unir los dos mundos. En la pluma de Rosario de Acuña no hay atisbos de negras leyendas acerca de la conquista española: el genio hispano, personalizado en Hernán Cortés, Magallanes, Maldonado y Hurtado de Mendoza, alza en aquellas tierras la antorcha del progreso, fundiendo "las artes de los Incas y de los Aztecas con las atrevidas aristas de las catedrales góticas y las curvas festoneadas de las mezquitas árabes" (18). Presta la América conquistada al arraigo de la rama más vigorosa del secular y frondoso árbol latino, España "como heraldo de todas sus grandezas avanza, en la vanguardia humana, con el pendón de Castilla desplegado" (18) llegando, por si todo lo demás fuera poco, hasta las tierras del Pacífico occidental, "y el archipiélago filipino siente el regatón de la bandera española clavada en sus entrañas" (20): la patria española se enseñorea ante el mundo que "nos contempla asombrado". Llegados a este punto, la pluma de la escritora no puede menos que regodearse en las satisfacciones que los relatos paternos debieron alumbrar las dolorosas oscuridades de su niñez. Es entonces cuando evoca aquellos tiempos en los que las naciones europeas nos piden venía para los planes de su vida interior; nuestros ejércitos sirven de modelo para organizar los extranjeros; o sus industrias piden a nuestros talleres maestros que las afinen.

Estudio sobre España hecho para América representa una buena muestra del fruto obtenido en la fértil sementera que abonó la Historia General de España a partir de 1850: ésa es, en efecto, la identidad nacional que los historiadores isabelinos pretendían inyectar en el corazón de sus compatriotas. Rosario de Acuña aprehendió desde muy niña las enseñanzas de Lafuente y se muestra como una de las alumnas más aventajadas, pues no solo prodiga alabanzas a la tierra y a las gentes que en ella han grabado su pasado, sino que extiende sus elogios hasta las grandezas del idioma.

De lo comentado párrafos arriba se puede deducir que, en efecto, estamos ante una mujer que tiene clara conciencia de pertenecer a una nación que hunde sus raíces en un lejano pasado. Algunos autores piensan, además, que utilizó su pluma para contribuir a la consolidación de la identidad nacional con algunos de sus dramas, como décadas antes habían hecho Martínez de la Rosa, el duque de Rivas, Hartzenbush o Zorrilla. Esa es la tesis que defiende, por ejemplo, la profesora Christine Arkinstall (2005, 2006).

La formación recibida parece haber favorecido la interiorización de aquella proclama que hicieron en Cádiz los diputados liberales afirmando que la nación española era la unión de todos los españoles; que el pueblo español es soberano para elegir su destino. Cuando Rosario de Acuña se abre un hueco en la tribuna pública, su palabra se une a este sentimiento nacional, y sus escritos contribuirán, como Arkinstall señala en sus artículos, a la consolidación de la identidad nacional entre sus compatriotas. El protagonista último de los tres dramas analizados es el pueblo, el pueblo español, que se defiende en el asedio a que somete Zaragoza el ejército francés (Amor a la patria, 1877), que se subleva en Valencia a principios del XVI cuando nuevas leyes pretenden usurparles sus tradicionales derechos (Tribunales de venganza, 1880), o que se moviliza, no sin ciertas vacilaciones, ante la llamada de la patria para defender sus posesiones en África (La voz de la patria, 1893).

No obstante, la visión que tiene sobre su patria cambiará de forma radical a lo largo de su vida: desde la optimista visión de sus primeras obras que se recrean con juvenil lirismo en la riqueza costumbrista de los pueblos de su querida España, hasta otra más fatalista que augura desgarros fraticidas no muy lejanos, pasando por etapas que prescriben la ineludible regeneración patria para hacer frente a la postración en la que se halla la otrora gran nación. La visión que de España va teniendo se corresponde con su posición política, que va evolucionando desde el liberalismo monárquico de su juventud, hasta un republicanismo de izquierdas, tintado de cierto mesianismo proletario, que defiende en sus últimos años.

 

El protagonismo de la mujer en la regeneración de España

Tiene por entonces veinticinco años y aquel de 1876 se presenta lleno de venturas para ella. Primero fueron los aplausos del teatro Circo y las alentadoras críticas posteriores; más tarde las alabanzas rimadas de aquel ramillete de consagrados poetas; luego la publicación de sus poesías de juventud reunidas en Ecos del alma; poco después la boda con Rafael de Laiglesia y Auset, un joven militar de buena familia de quien se decía que estaba muy enamorada.

Tras la boda, la pareja se traslada a Zaragoza pues allí habían destinado a Rafael. Todo parece indicar que el matrimonio no tarda mucho en empezar a resquebrajarse. Las cosas no van bien y deciden regresar a Madrid. Es probable que el retorno a la capital, primero, y la instalación en el campo, después, supusieran un último intento de la pareja por salvar una relación que, tras poco más de tres años de matrimonio, parece que está pasando por una profunda crisis. De ahí el comentario que la escritora hizo tiempo después en el sentido de que no le importaba que "el hombre corriese al placer ciudadano" (Avicultura, 68) si era respetado su aislamiento campestre. Tal parece que al iniciarse 1881 Rosario y Rafael han decidido cambiar drásticamente su vida para intentar salvar su matrimonio: se instalan en una casa de campo situada a las afueras de Pinto, una pequeña localidad situada al sur de la capital.

Alejada de la hipocresía que inunda las ciudades, parece decidida a empezar una nueva vida en aquel oasis paradisíaco, con la firme pretensión de convertir su morada en una unidad de producción autosuficiente, al tiempo que acogedora estancia para el solaz de sus moradores. Veamos: tal y como ella nos describe su nueva villa pinteña disponía de un palomar con pichonas moñudas o voltadoras; un corral con gallinas cochinchinas y de otras variadas razas; un establo con dos caballos, fuertes y mansos, compañeros necesarios en sus múltiples expediciones por los caminos patrios; frutales diversos entre los que no faltaban los ciruelos, el albaricoquero, el nogal o la morera; arbustos y plantas de todas clases (acacias, madreselvas, enredaderas, claveles, azucenas, lirios…) que cubrían de sombra los cenadores y envolvían de delicados aromas el ambiente; un maizal, una cuidada huerta… y todo ello bien regado por múltiples regueras de animada agua.

No sólo cambia el escenario de su vida, también su modo de mirarla. Su atención parece puesta ahora en el análisis del comportamiento humano en tanto que ser social y en las causas que lo deterioran. De sus escritos se puede deducir que su examen concluye que éstas se deben a la pérdida del contacto con la Naturaleza, a la vida artificiosa que se vive en las ciudades, "donde nada hay que hable al pensamiento de la grandeza de la creación, y donde viven las familias como en profundos avisperos sin luz, sin aire…" (Influencia de la vida del campo en la familia, 6). Impelida por estos pensamientos, toma la decisión de instalarse en Pinto, por entonces una pequeña población que no alcanza los dos mil habitantes, y de publicar las ideas que ha ido elaborando al respecto, así como las experiencias que desde entonces vive lejos de la gran ciudad. Prueba del interés que se toma en el asunto, así como del interés que deben despertar sus escritos, la encontramos en las sucesivas publicaciones de este tipo de artículos, los cuales ven la luz en primer lugar en Gaceta Agrícola, más tarde, como ya queda dicho, en La Siesta y, finalmente, son editados en volúmenes independientes. Además, en ese tiempo comenzará a colaborar en El Correo de la Moda (CDM), en donde mantendrá una sección denominada En el campo.

Aquella joven poeta, que lo mismo construye un drama histórico con verso vigoroso que un pequeño poema con lírica ironía, parece decidida a ampliar el repertorio de sus escritos incidiendo ahora en el análisis social y en los postulados regeneracionistas, aunque, por el momento, éstos se limiten a los beneficios que puede obtener la familia por el hecho de trasladar su residencia desde la ciudad al campo. Pues de eso se trata: no es la vida de los pueblos agrícolas a la que ella se refiere cuando habla de "la vida del campo"; no son los habitantes que por entonces viven en las villas y aldeas españolas, dominadas por el clasismo intransigente y la ignorancia, los que en su opinión pueden regenerar el país. Ella pretende convencer a las más sensatas de sus lectoras urbanas, a las más preocupadas por el futuro de su familia, a las más observadoras y reflexivas, de las ventajas que supondría para ellas y sus familias abandonar el pequeño recinto urbano, dominado por el artificio, los convencionalismos y la apariencia, e instalarse en el campo para recuperar la autenticidad de la vida en armonía con la Naturaleza. Ellas serán los instrumentos de la regeneración patria: "la regeneración social vendrá del individuo, el individuo se regenerará en la familia, y de la familia sois vosotras el único motor" (CDM, 10-4-1884).

Durante meses va a ir desgranando en sus artículos, a modo de lecciones detalladas, los principios rectores que deben alumbrar esa nueva vida en el campo. Nada queda fuera de su programa de iniciación dirigido a una familia de posición económica desahogada, formación ilustrada, amplitud de miras, convencida al mismo tiempo de los excesos ciudadanos y de los beneficios que otorga vivir cada día al abrigo y amparo de la Naturaleza: la supervisión de la servidumbre ("y con la suavidad del que reprende al ignorante irresponsable, enseñad con el ejemplo el modo de quitar aquella suciedad" (El CDM, 18-11-1883)); la necesidad de contar con una biblioteca familiar y aplicarse al diario estudio "de la historia, de la filosofía, de las matemáticas y de la bella literatura" (CDM, 10-4-1884); la economía doméstica ("con seguridad de no excederse en los gastos generales, respecto a los ingresos, es inútil llenar libros y papeles de números" CDM, 18-11-1883); las enseñanzas obtenidas al contemplar la cotidiana convivencia en los corrales, "donde hallarán encanto vuestros ojos, esparcimiento vuestra imaginación, deleite vuestro entendimiento, y ancho, anchísimo campo vuestra inteligencia observadora" (CDM, 18-12-1883); la atención personal al huerto y al jardín, estableciendo "el orden de los riegos" o instruyendo a la persona encargada sobre "cómo ha de preparar las camas calientes de invierno o los semilleros de primavera" (CDM, 10-1-1884); la necesidad del Arte "para despertar la emoción, madre del sentimiento"… (CDM, 26-6-1884). La aparición de su sección va a ampliar los enfoques que sobre la mujer se venían realizando en El Correo de la Moda, pues la clara orientación regeneracionista de sus artículos vendrá a matizar la imagen del ángel del hogar que ha venido difundiendo en sus páginas desde su aparición.

En estos primeros años de la década de los ochenta en que nos encontramos, podemos afirmar, con prudencia pero sin gran riesgo de equivocarnos, que Rosario de Acuña y Villanueva ha logrado hacerse un hueco en el gremio de los literatos nacionales, como poeta, dramaturga y articulista, participando de algunas características comunes a otras escritoras de su tiempo, pues aunque por cuestiones de edad se aleje del grupo de escritoras que Sánchez Llama denomina "generación de 1843" (2001), no es menos cierto que su vida y obra muestran, hasta este momento, características que resultan similares a las que, según este autor, definen al citado grupo de escritoras: a) residencia en la capital de España, b) contenido moralizante de sus escritos, c) adopción de una "personalidad pública" cristiana, d) presencia continuada en las publicaciones periódicas… Ni siquiera la ausencia de marido, introductor necesario para el acceso a la "Alta Cultura isabelina", la apartaría del grupo de referencia, pues esa labor la habría de desempeñar convenientemente su padre gracias a las amistades y contactos que mantiene en el seno de la administración del Estado. Así pues, ahí la tenemos, junto a otras escritoras de su tiempo, tan respetada y apoyada como ellas: el Ministerio de Ultramar adquiere dos lotes de sus obras Ecos del alma y Tiempo perdido; el de Fomento envía ejemplares de este último y de La Siesta a las bibliotecas provinciales que tienen su sede en las capitales respectivas, en algunas de las cuales aún se conservan con el preceptivo sello ministerial; se requiere su participación en la edición de la obra colectiva Las mujeres españolas, americanas y lusitanas pintadas por sí mismas, dirigida por Faustina Sáez de Melgar, en la cual colabora con el capítulo titulado La cordobesa; sus artículos aparecen en diversas publicaciones editadas en Madrid y en el resto del país …

 

Las Dominicales del Libre Pensamiento

Parece sentirse ilusionada y feliz con su nueva vida en el campo, pero la inesperada muerte de su padre en enero de 1883 echó todo abajo. Fue un duro golpe y para hacerle frente no encontró mejor medicina que la meditación, a la que se entregó de manera entusiasta y decidida. Poco a poco la cotidianidad va volviendo a su vida; los ciclos circadianos, tan manifiestos en el campo, van regulando sus jornadas; las necesidades de sus plantas y de sus animales programan su agenda diaria. No obstante, el proceso iniciado durante aquellos meses, aquellos largos meses que siguieron al nefasto mes de enero, siguió su curso. El huevo se hizo larva y ésta se hizo pupa… La crisálida está a punto; solo necesita una situación favorable, el empujón definitivo. Y ese momento, ese preciso momento, se produjo, según su propio testimonio, en el retorno de uno de sus viajes a Madrid. Traía varios paquetes envueltos en papel de periódico. Al desenvolverlos, sus ojos repararon en un título que nunca antes había leído: Las Dominicales del Libre Pensamiento. Allí se encontraba, hecho tinta, encarnado, el ideal de libertad. Al ojear sus páginas, al leer sus escritos, al desmenuzar sus frases, su ser se estremeció ante aquel ejemplo real, lo tenía entre sus manos, de lo que para ella había sido hasta entonces parte de un ideal inalcanzable, al menos en aquella sociedad que le había tocado vivir: por las cinco columnas de cada una de las páginas de aquel semanario rezumaban las esencias de la libertad, de la justicia y de la fraternidad.

Tras este primer encuentro con el aún joven semanario, pues su primer número había visto la luz en febrero de 1883, apenas unos meses antes, Rosario de Acuña se convirtió en fiel lectora de sus páginas: "¡Cuánto he meditado teniéndolas delante y con los ojos a medio cerrar, para resumir mejor la síntesis de cada uno de sus artículos!" (Las Dominicales del Libre Pensamiento, 28-12-1884). Las intensas horas de reflexión vividas en aquel tiempo, durante aquellos largos meses que siguieron al nefasto mes de enero de 1883, se vieron profusamente alimentadas por la bocanada de libertad que transportaban las páginas del semanario. Y es que Las Dominicales, dirigido por el librepensador y republicano Ramón Chíes, se había convertido en los pocos meses que llevaba en la calle, en portavoz de los librepensadores españoles, de los masones, de todos aquellos que se situaban voluntariamente fuera de la ortodoxia religiosa, social y política que la Restauración parecían haber inoculado en los distintos estamentos sociales.

Por su mesa de trabajo fueron pasando uno a uno los números sucesivos que semanalmente llegaban repletos de escritos de Chíes, de Fernando Lozano Demófilo o de Odón de Buen; de noticias y propuestas que, desde todos los puntos del país, los defensores de la libertad de pensamiento hacían públicas; de las reflexiones que sobre la realidad social del momento ponían sobre la mesa estos otros hijos de la patria. Aquellos textos constituyeron, durante los últimos meses de 1883 y los que siguieron de 1884, pócima eficaz que reforzará los salutíferos efectos del ungüento que la vida en el campo unta sobre los males de su espíritu. La vida continúa, intensa y arrolladora, en el oasis de Villa Nueva; fuera, hay lugar para la esperanza: hay personas de bien que han entablado una lucha feroz en pro de lo bueno, de lo justo y de lo bello.

Con ánimo renovado, con nuevas ilusiones ante el camino que se va abriendo delante de sus ojos, en el mes de diciembre del año 1884 envía una larga carta al director de Las Dominicales del Libre Pensamiento, a la sazón don Ramón Chíes Gómez, en la cual le ofrece su entusiasta colaboración en la defensa de la libertad de pensamiento. Dada la importancia de lo que en ella se dice y la relevancia que la firmante ha alcanzado, el señor Chíes no duda en retirar otros originales que iban a ser publicados y dedicar un sitio preferencial al texto enviado por la escritora. Será la primera página del número 98, correspondiente al domingo 28 de diciembre, el lugar desde el cual, bajo el título "Valiosísima adhesión", Rosario de Acuña y Villanueva da a conocer públicamente su "entusiasta concurso a la causa del libre-pensamiento"; su inscripción en el club de quienes llevan tiempo defendiendo la Libertad, con mayúscula, la libertad para poder pensar según la conciencia de cada cual; su alistamiento en el grupo, minoritario grupo, de quienes ven en el clericalismo reinante un lastre para superar el analfabetismo y la ignorancia; su enrolamiento en la tropa de los que se afanan en aventurar propuestas para mejorar el país, para regenerar la patria.

La suerte está echada. Desde el mismo momento en que los ejemplares de aquel número de Las Dominicales llegaron a sus destinatarios, su incorporación es acogida con gran satisfacción por los lectores. Las páginas del dominical muestran en los números siguientes el entusiasmo con el que se ha recibido la llegada de la autora de Rienzi: felicitaciones de diferentes logias masónicas, agradecimientos de colaboradores de periódicos de provincias, reconocimiento de asociaciones de mujeres… un sinfín de plácemes y parabienes procedentes de todos los rincones de España, lo cual evidencia bien a las claras que su manifiesto público va a tener cierta trascendencia, al menos en aquel sector de la población con alguna inquietud intelectual para quienes su persona y sus escritos no le son desconocidos. Para este grupo de españoles, reducido, sin duda, pero con evidente influencia social, el paso al frente que ha dado nuestra protagonista tiene una manifiesta significación: ha abandonado su posición, su cómoda posición social que le había deparado su nacimiento y se ha colocado en la otra orilla, la de aquellos que viven desprotegidos, fuera del protector paraguas de la ortodoxia. Defender públicamente la libertad de pensamiento en la España de la Restauración, en la que el pensamiento colectivo estaba regido por el monopolio de la doctrina católica, suponía entrar en una cuarentena social, arrostrar cierto grado de ostracismo, encontrar cerradas puertas que antes habían estado entreabiertas; y más en su caso, que hasta no hace mucho tiempo había pertenecido al sector más beneficiado de la sociedad. De cualquier forma, la nueva situación social que se abría para la nueva librepensadora no iba a suponer para ella ninguna sorpresa; en su escrito ya apuntaba la certidumbre de que así habría de suceder:

¿Pero acometer la obra de regeneración del libre-pensamiento no será arrostrar el sarcasmo, la sátira, la desestimación de los prudentes, de los sensatos, de los del modus vivendi, personajes respetabilísimos en el mundo del oropel, y los cuales, no hay duda, tienen grandes influencias en mi patria? Sí. No hay duda. (DLP, 28-12-1884)

No obstante, la decisión está tomada y el camino que se ha abierto tras aquella valiosísima adhesión parecía no tener retorno. Al tiempo que se suceden las reacciones a una y otra orilla, la recién llegada al campo del librepensamiento español, imbuida del inicial entusiasmo de los militantes neófitos, ¿de los conversos?, se afana en la nueva tarea emprendida.

Las primeras colaboraciones que envía al semanario tienen por objeto la religión o, mejor dicho, la confesión pública de sus firmes creencias religiosas. Como si quisiera decir a las mujeres que no hacen más que mentir quienes afirman que los librepensadores sean todos ateos, que están empeñados en destruir las firmes convicciones religiosas que atesoran los corazones femeninos, ella dedica sus primeros esfuerzos a dar testimonio de la honda religiosidad que anima su existencia. Tres semanas después de la publicación de su carta, aparece en la primera página del semanario un largo artículo titulado "Recuento", en el que, tomando como punto de partida los frescos que Miguel Ángel pintara en la Capilla Sixtina, separa a los verdaderos creyentes de los que no lo son utilizando criterios que, ciertamente, no compartirían los defensores de la ortodoxia: la Humanidad apartará de sí a todos cuantos integran la larga lista de hipócritas que teniendo siempre la palabra de Dios en los labios, el pecho lleno de encomiendas bendecidas, el Cristo en el cuello y la Dolorosa en la cabecera del lecho, no titubean a la hora de atentar contra sus congéneres encendiendo guerras fraticidas en nombre de la religión, ajustando las sentencias al poder del delincuente o profanando el sagrado templo de la vida. ¡Fuera con ellos! En el lado opuesto, el de los elegidos, situará a las criaturas sencillas, a ese grupo que hace de la sobriedad virtud, que a pesar de estar acostumbrado a sufrir todo tipo de imponderables lleva en su boca una palabra conciliadora, que "pasa sobre la tierra desapercibido, pobre casi siempre, cargado de obligaciones y de trabajos".

El mensaje que envía a sus lectoras, a quienes por propia voluntad expresada públicamente considera las principales destinatarias de sus artículos, está cargado de complicidad: apelando a las comunes enseñanzas religiosas aprendidas durante la niñez, a las sencillas convicciones que sustentan el sentimiento religioso de quienes han de leer sus escritos, les dice que de establecerse una línea divisoria, ésta no ha de separar a las clericales, que son casi todas, de las anticlericales, sino que habría de situarse entre los verdaderos creyentes y los fariseos. Por esa razón, no duda en incluir entre los primeros al "joven sacerdote que renuncia a la herencia de sus antepasados en favor de los pobres, para cruzar los mares y llevar la doctrina de la igualdad a los pueblos de Asia". Ése sí, ése debe figurar al lado de la anciana que enseña a sus nietecillos a bendecir a la Providencia; al lado de "los mansos, de los que sostienen una fe suave, profunda, sincera, arraigada en un corazón tierno y compasivo" (Las Dominicales, 18-1-1885). En esa misma línea de religiosidad compartida, de verdadera religiosidad, se mantiene su segunda colaboración que, con el título de Ateos, aparecerá a lo largo de ocho semanas consecutivas en la primera de Las Dominicales. A lo largo de esta serie de artículos se dedica a combatir con ardor esa acusación que sobre los librepensadores arroja la Iglesia de Roma: "negáis a Dios, ultrajáis a Dios, osáis a Dios. ¡ATEOS!" La línea argumental que utiliza consiste en contraponer las diferentes visiones que sobre el hombre (su naturaleza, su pasado y su futuro) tienen el catolicismo y el librepensamiento. El primero es negación; el segundo, esperanza. Los verdaderos ateos –dice- son quienes han convertido al catolicismo en una religión que niega la libertad del hombre ("la carne es tu enemigo; tu enemigo es la sensación, la voluntad, el pensamiento"), y negándosela, niegan a Dios, pues es el hombre su criatura más perfeccionada. Ateos son los que no dejan a los hombres más que dos opciones: o bien los arrojan a los desiertos ascetas, a las comunidades contemplativas o a las piras purificadoras; o bien los dejan en manos de los siete pecados capitales. Ateos son los que en nombre de su religión han sembrado el pasado de la humanidad de sufrimientos y pesares, ya haya sido por "príncipes sanguinarios" que colocaban la cruz en lo más alto de sus fortalezas construidas sobre la miseria de sus súbditos, o por ejércitos de dementes que sembraban el caos y la barbarie en santificadas razias redentoras sobre territorio pagano. Ateos son quienes han convertido las ceremonias religiosas en impúdicas representaciones de hipocresía social. Ateas son las mujeres que al salir del templo acuden sin demora a su ocupación cotidiana: "a provocar envidias, a rebajar a la amiga, a vender a la rival, a festejar a la viciosa, a consultar adivinos, a fiarse de curanderos, a ostentar la caridad, a esconder el vicio, a profanar la virtud aparentando santidad". Ateos son los hombres que tras descender por las gradas del santuario con ostentosa demostración de la gracia recibida, caminan imperturbables a "ensoberbecerse con los humildes, arrastrándose ante los poderosos"; a condenar con virulencia la paja en el ajeno, mientras prostituyen sus hogares en los antros del placer; "a premeditar ventas de esclavos, contratas fraudulentas, o compras de falsificados productos". Frente a la religión de la negación, alza orgullosa la de la esperanza: "Mi vida es corta, mi entendimiento es rudo, para ofrecerte toda la admiración y darte todo el amor que mereces ¡a Ti! que resides en mi conciencia para inspirarme toda idea de felicidad".

No; de ninguna de las maneras; los librepensadores no tienen por qué ser ateos. Y ella quiere transmitir a sus lectoras cuán próximas están a ella quienes viven la religión con autenticidad; cuánta admiración siente ella por los santos, los sabios y los mártires del cristianismo. En su opinión todos ellos deberían figurar en la excelsa estirpe de los escogidos de la Humanidad, junto a los que sufrieron persecución por su defensa de la Libertad y de la Ciencia, junto a los sabios y filósofos de todos los tiempos, pues los merecimientos de tal distinción lo son con independencia de la religión que hubieran profesado: "¡No son grandes por católicos! El catolicismo se hizo grande por ellos, que llevaban en sí mismos una parte de la Verdad, de la Belleza y del Bien".

 

Se convierte en Hipatia

La aparición de los primeros escritos de Rosario de Acuña en Las Dominicales son acogidas con entusiasmo por la mayoría de sus lectores, como bien se aprecia en las numerosas cartas que en este sentido publica el semanario por entonces.

¡Cuánto cambio en tan poco tiempo! Vino al sosegado Pinto huyendo de la artificialidad urbana que enturbia la lucidez y debilita el espíritu y aquí, tras meses de profundas meditaciones, encontró la senda por la cual debía proseguir su camino: engrosar la lista de quienes defendían activamente la libertad de pensamiento. Ahora, al fin, ve la luz sin miedo. Libre de vendas, zarandajas y temores puede dedicar las horas de sus días a sus animales y a sus plantas, a sus viajes a caballo por los caminos de España y a contar la buena nueva: a defender la libertad en cuanto la ocasión se presente.

Las ocasiones no solo se presentan sino que se suceden con cierta frecuencia; consecuencia lógica de su creciente popularidad. Indudablemente su fama ha aumentado de forma considerable en los últimos tiempos. A la obtenida en los años setenta como dramaturga, articulista y poeta, acrecentada, no hace muchos meses, en abril de 1884, por haber sido la primera mujer que recitara sus poesías en el Ateneo de Madrid, se añade ahora la que le sobreviene como activa militante en defensa del librepensamiento. En consecuencia, serán muchas las personas y sociedades que se dirigen a ella para expresarle su apoyo y solidaridad o para pedirle que acuda a diferentes lugares del país para pronunciar conferencias. Eso es lo que sucederá con la logia masónica Constante Alona, radicada en Alicante. Según señala Álvarez Lázaro (1985), el periódico La Humanidad, editado por la logia alicantina, había dedicado en febrero de 1885 un extenso artículo alabando la nueva incorporación de la escritora madrileña a las filas del librepensamiento español. Desde esa fecha las comunicaciones entre la logia y la neófita librepensadora se suceden; a raíz de las mismas surge la posibilidad de que la ilustre publicista se desplace a la ciudad para protagonizar varias veladas poéticas. Los responsables de la Constante Alona, que cuenta con varias mujeres entre sus filas, albergan el deseo de que la escritora ingrese en la masonería para lo cual ultiman todos los preparativos. Así las cosas, la visita de la escritora a tierras alicantinas resultó todo un acontecimiento en la ciudad. En la mañana del jueves día 11 de febrero de 1886, representantes de las logias Alona y Constante Alona encabezaban el comité de recepción que esperaba la llegada del tren correo, entre cuyos ocupantes se encontraba Rosario de Acuña, así como diversas personas que no habían querido esperar y habían subido al tren en la estación anterior para presentar sus respetos a la escritora.

Los responsables de la logia, sabedores del escaso tiempo del que disponían, se mueven con rapidez. El mismo día de la llegada de la madrileña a la ciudad debieron de dejarlo todo ultimado: al día siguiente la escritora firma un escrito solicitando su iniciación en la logia; un día después, en razón de la excepcionalidad del caso, es admitida dicha petición; el lunes 15, contando con todas las autorizaciones pertinentes, tiene lugar la ceremonia de iniciación. Ya estaba hecho. Cuando el sábado 20 de febrero, tras recibir un telegrama urgente en el que se le informa de la repentina enfermedad de su madre, toma el tren correo de regreso, la librepensadora Rosario de Acuña y Villanueva vuelve a su casa de Pinto convertida en Hipatia.

 

La jarca de la Universidad y el exilio portugués

El miércoles 22 de noviembre de 1911, en la primera página del periódico barcelonés El Progreso aparece un artículo titulado La jarca de la Universidad firmado por Rosario de Acuña y Villanueva, en el que la escritora denuncia un suceso que ha ocurrido un mes antes y del que ha tenido noticia por la información publicada en El Heraldo de Madrid el día 14 de octubre. Seis chicas, dos españolas, dos francesas, una alemana y una americana, que cursaban en la cátedra de Literatura General y Española en la Universidad Central, fueron agredidas verbalmente por algunos de sus compañeros. Ante la actuación del resto, los agresores no tuvieron más remedio que refrenarse en los días siguientes. No obstante, en cuanto se les presentó mejor ocasión tomaron a una de ellas por objeto de sus ofensas: "la rodearon, vejándola con un vocabulario de burdel e intentando ofenderla también de obra". El cronista del periódico madrileño dice no saber en qué hubiera acabado aquel asunto si no hubiera acertado a pasar por aquel lugar tan concurrido un arriero con su carro, el cual "se entró, dando codazos y empujones, por el corro" haciendo huir a aquellos "tenorios vergonzantes". La pluma de la señora viuda de Laiglesia traza sobre el blanco papel palabras fuertes y gruesas:

Nuestra juventud masculina no tiene nada de macho; como la mayoría son engendros de un par de sayas la de la mujer y la del cura o el fraile y de unos solos calzones los del marido o querido resultan con dos partes de hembra: o por lo menos hermafroditas por eso casi todos hacen a pluma y a pelo. Tienen, en su organismo, tales partes de feminidad, pero de feminidad al natural, de hembra bestia que sienten los mismos celos de las perras, las monas, las burras y las cerdas, y ¡hay que ver cuando estas apreciables hembras se enzarzan a mordiscos; las peloteras suyas son feroces...!

¡Ahí es nada! ¡no morder aquellos estudiantitos a sus compañeras! Sus órganos semifemeninos les hacen ver una competencia desastrosa, para ellos, con que las mujeres vayan al alcance de sus entendimientos de alcancía rellena de ilusiones, de doctorados, diputaciones y demás sainetes sociales.

Se despachó a gusto, no cabe duda alguna, pero el texto por sí mismo no explica la trascendencia que a la postre tuvo el artículo. Es preciso, además, analizar las circunstancias en las que se produjo su publicación, pues artículos tan duros en el fondo y en la forma como éste habían sido publicados con anterioridad sin que sus autores hubieran de sufrir consecuencias tan graves como las que le esperaban a doña Rosario. En efecto, aquel era un mal momento y, como la propia autora escribió años después, es probable que la reproducción del artículo en El Progreso obedeciera a estrategias inconfesables, ya que el destino de aquellas cuartillas no era el "Diario autonomista de Unión Republicana" dirigido por Alejandro Lerroux, sino que en éste se reprodujo el artículo que días antes había publicado El Internacional, periódico editado en español en París, del que era director su amigo Luis Bonafoux. Aquel era un mal momento por varias razones: a) por entonces se celebraba en Madrid una Asamblea Escolar que había reunido a representantes de todas las universidades españolas para debatir las reivindicaciones que quieren presentar al Gobierno. Entre los asistentes hay quienes están muy descontentos con los dirigentes ministeriales, así, por ejemplo, los estudiantes de Comercio están soliviantados porque su título no les permite desempeñar determinados empleos en la Administración; b) en la primera manifestación de estudiantes contra el artículo de Rosario de Acuña, la que tiene lugar en Barcelona, algunos de los presentes, inopinadamente, utilizan armas de fuego que dejan heridos a algunos manifestantes; c) El Progreso echa más leña al fuego del descontento estudiantil al editar de nuevo el artículo en cuestión y al referirse al tiroteo de la manifestación afirmando "que en el asunto han intervenido los socialistas" ; d) El Radical, periódico de Lerroux al igual que el anterior, arremete contra Rosario de Acuña calificando su escrito de "artículo repugnante", aportando más argumentos a la polémica. A todas estas circunstancias habría que añadir otro hecho, no por casual menos importante, como bien señalaba la prensa de entonces: la proximidad de las vacaciones navideñas incitaba a algunos a mantener artificialmente la tensión con el objetivo de prolongar la huelga de estudiantes hasta el inicio de las vacaciones navideñas.

 Muchos elementos coincidentes y todos actuando en el mismo sentido; demasiados, quizás, para ser fruto de la casualidad. Tampoco lo vio claro entonces la propia interesada, quien años después llegó a decir sobre el asunto que "…no parecía sino que las huestes demócratas, estaban interesadas en entregarme como Judas a Jesús, al escarnio y despedazamiento de las muchedumbres irreflexivas". Pues bien, si la intención era calentar el ambiente, no hay duda que se consigue: la noticia se extiende por todas las universidades españolas; en Madrid, los estudiantes reunidos en la Asamblea Escolar deciden suspender la ceremonia de clausura, redactar un escrito de protesta contra el artículo en cuestión y "declarar la huelga general en toda España, como solidaridad con los estudiantes barceloneses". El conflicto se generaliza; institutos y facultades se quedan vacíos; rectores y profesores se unen a las protestas. Los estudiantes barceloneses solicitan la destitución del Gobernador Civil y se muestran decididos a presentar querellas contra El Progreso y contra Rosario de Acuña. El Fiscal del Tribunal Supremo, por su parte, considera que el artículo "es, por su fondo y por su forma una grosería tal, que no es posible consentirlo sin mengua del decoro público…".

A todo esto, la autora de aquellas ácidas palabras, "de lenguaje viril", como ella misma las calificaría tiempo después, no podría menos que sorprenderse por la trascendencia que tomaba aquel asunto, pues en las más altas instancias del país se estaban adoptando las medidas pertinentes para satisfacer a los ofendidos estudiantes: se dice que el ministro de Instrucción pública se ha reunido con el fiscal del Supremo y que éste ha telegrafiado al de la Audiencia de Barcelona. Al final, la Fiscalía de la capital catalana interpone una querella contra la autora del artículo por un delito de calumnias. Mientras tanto, en la prensa nacional no dejan de aparecer escritos que, en cuanto a ofensas, no se distancian mucho del que tan acaloradamente critican. Así, por ejemplo, en Madrid Cómico del 2 de diciembre se publican unos Couplets de actualidad con música de "La gatita blanca", en los cuales el autor no puede menos que recurrir al castizo repertorio que santifica la domesticidad de la mujer para atacar a doña Rosario (" ¡Tire usted la pluma, / haga usté el favor. / que zurciendo calcetines/ estará mucho mejor! ") y, por extensión, a todas las que osan salir del confinamiento doméstico ("Las mujeres literatas/ me molestan sin querer; /como esposa y como madre/ me entusiasma una mujer/"). Palabras más gruesas se vierten en el artículo que con el título "Los estudiantes y la Rosario" publica ese mismo día el semanario Cataluña. Ernest Homs, colaborador habitual del periódico y a la sazón estudiante de Derecho, firma un escrito plagado de duras palabras hacia la escritora, a quien empieza aplicando el tan usado calificativo de histérica, para proseguir en escala ascendente con los de alcohólica, cretina y degenerada y terminar con los llamativos "harpía laica", "chantajista de sufragio universal" o "trapera de inmundicias". Menos mal que la destinataria de tales epítetos no llegó a leerlos, puesto que, a la vista de cómo se estaban poniendo las cosas, había tomado ya la decisión de abandonar su casa y buscar un lugar seguro para cobijarse. De tal manera que cuando el primer día de diciembre acude a su casa una pareja de la Guardia Civil con el consiguiente exhorto judicial para proceder a su detención, se encuentra con que no estaba, en la casa no había nadie. La prensa afirma al día siguiente que "hace días que había marchado a París".

No fue a la capital francesa adonde dirigieron sus pasos Rosario y Carlos, su fiel acompañante, sino a Portugal, la tierra de la que siglos antes habían partido los antepasados de la escritora. Dejando a un lado este lejano vínculo con el país vecino, lo cierto es que esa tierra y sus gentes cuentan con el aprecio y el cariño de la pareja, como bien han dejado patente años atrás, con ocasión del Ultimátum Británico de 1888, cuando ambos se apresuraron a escribir manifiestos en solidaridad con el pueblo portugués y a colaborar en cuantos actos se celebraron entonces con el mismo objetivo (Vázquez, 1974, 550-567). Además, el país vecino resultaba ahora aún más atractivo para quienes, como ellos, llevaban tiempo enarbolando la bandera de la libertad de pensamiento, pues el Gobierno de la recientemente proclamada república lusa había dado pasos decisivos para poner fin a la confesionalidad del estado: se disolvieron las órdenes religiosas, se instauraron fiestas civiles en sustitución de las religiosas, se procedió a la supresión de la enseñanza religiosa en la escuela, se clausuró la Facultad de Teología de la Universidad de Coimbra, se dio vía libre al divorcio, se secularizaron los cementerios… es decir, muchas de las cosas por las que nuestra propagandista lleva tiempo luchando: las reformas que ella anhela ver implantadas en España ya se han logrado, y en poco tiempo, en Portugal, un país que ya será para ella "esa admirable nación que supo, de una manotada, quitarse de encima Iglesia, Monarquía y oligarcas…" (El Noroeste, Gijón, 21-11-1916).

 

Sospechosa de instigar la huelga general de 1917

Después de los gastos extraordinarios que acarreó su exilio portugués, la situación económica en que se encuentra la acerca más aún a los más humildes de sus convecinos. El proceso de acercamiento progresivo a la clase trabajadora, iniciado en tierras cántabras, es ahora, tras su retorno del exilio, mucho más evidente. No es solo por justicia social; no se trata de que su conciencia de mujer criada en la abundancia burguesa necesite aproximarse a los desheredados de la tierra. No; es más bien una cuestión de esperanza. Lejos han quedado aquellos tiempos en que confiaba que la regeneración patria podía venir de la mano de aquellas mujeres ilustradas que, abandonando la enfermiza vida urbana e instaladas en sus nuevas residencias campestres darían a luz a una nueva sociedad ilustrada y racionalista. Su esperanza estaba ahora depositada en la clase trabajadora; anhelaba que los más concienciados pudieran guiar al resto por la senda del progreso. No podía menos que confiar en quienes eran capaces de, hurtando horas al merecido descanso tras las largas jornadas de trabajo intenso, acudir a las clases nocturnas que organizaba el Casino- Obrero de Gijón en sus distintas sucursales: "No hay espectáculo más soberanamente hermoso, que ver a los hijos del pueblo ansiosos de ilustrarse"; no podía menos que confiar en los carreteros que no dudaban en salir en defensa de quienes son injustamente tratados por "esos hijos espurios, amamantados en los hogares de la clase burguesa española, todos ellos convertidos en beaterios, alcahuetes de vicios y crápulas..."; no podía menos que confiar en quienes se rebelan contra "el endiosamiento de unos pocos sobre la sumisión de muchos". Ahora más que nunca se siente cerca de los desheredados, de los que sufren y padecen, de los que se retuercen ante las iniquidades de la sociedad: "¡Si no es por vosotros, proletarios, esto se acaba, se acaba!" (El Progreso, Barcelona, 22-11-1911).

No es de extrañar, por tanto, que tras varios meses de retiro durante los cuales el olvido se afanó en tapar las ofensas recibidas, tras varios meses de silencio, fuera una publicación socialista la que acogiera sus nuevos escritos. En efecto, a primeros de septiembre de 1915 La Aurora Social, periódico de las Agrupaciones socialistas de Asturias que por entonces dirigía Isidoro Acevedo, un viejo conocido de los tiempos de Santander con quien ya había colaborado anteriormente a pesar de las reticencias que sobre el asunto le había manifestado Pablo Iglesias (1976, 26), publica un artículo suyo. A partir de ese momento, terminado el periodo de voluntario alejamiento de la pública tribuna, sus escritos aparecerán de forma esporádica en las páginas del semanario socialista editado en Oviedo y, más asiduamente, en las de El Noroeste, portavoz oficioso de los reformistas. Estos nuevos escritos, y alguno de los antiguos, serán publicados también en revistas librepensadoras como El Gladiador del Libre Pensamiento, que edita en Barcelona su amiga Ángeles López de Ayala, o El Hombre Rojo, que se publica en Gijón. Su presencia en la prensa se completa con algunas colaboraciones que de forma esporádica envía a otros periódicos de ámbito nacional, tales como El País, El Motín o El Socialista.

Mantiene su admiración por Melquíades Álvarez y sus propuestas reformistas, pero, según sus propias palabras, es lectora habitual de El Socialista. Es ahí, en lo que por entonces se denomina "las izquierdas" donde parece encontrarse cómoda: cerca de los líderes obreros y de los republicanos reformistas. Es firme partidaria de la confluencia estratégica de las fuerzas de izquierda, y no desaprovecha ocasión para exhortar a la unidad a cuantos luchan por la libertad y la causa proletaria: "¡que honda satisfacción causa verlos unidos, juntos, todos unos, en solidaridad fraternal, bajo la bandera de la libertad, contra la enseña de la tiranía!". Parece sentirse cómoda en ese entorno social y político, tan cómoda que, a pesar de su avanzada edad, no duda en tomar el tren y desplazarse a Madrid para acudir al mitin que en apoyo de los aliados habían organizado los partidos "de izquierda". Allí recibirá el público reconocimiento de los presentes, tras ser saludada desde la tribuna por Roberto Castrovido, uno de los oradores de aquel multitudinario acto (Fernández Flórez, 1962, 261).

La etapa de silencio que siguió a su regreso del exilio ha terminado. Su recuperada presencia en la tribuna pública, tanto en el periódico reformista gijonés como en el semanario socialista ovetense, volverán a situarla en el punto de mira de quienes se encuentran en la orilla opuesta, pues ella mantiene, erre que erre, sus posiciones librepensadoras, defendiendo a cuantos manifiestan sus deseos de vivir –y morir- sin someterse al dictado clerical. No obstante, no será su prosa habitual la que le ocasione nuevos problemas, sino su posicionamiento político. En efecto, será su llamada pública a la unión de las fuerzas "de izquierda" lo que en 1917 parece inquietar especialmente a las autoridades provinciales, recelosas a todo lo que pueda estar relacionado con la convocatoria de una huelga general, de la que no se deja de hablar desde que la UGT y la CNT acordaran coordinar sus actuaciones en un pacto alcanzado en la primavera de ese año. Los informadores de Gobernación conocen que Rosario de Acuña no solo defiende esa unidad en sus escritos de manera reiterada, sino que la refrenda con su asistencia en actos conjuntos de "las izquierdas", como sucediera con el mitin aliadófilo de Madrid al que ya me he referido. Durante el verano el ambiente está muy caldeado, y las autoridades están tan nerviosas que en la madrugada del 24 de julio las fuerzas del orden se presentan en El Cervigón con la orden de efectuar un registro minucioso en la vivienda de la escritora. A pesar de no haber encontrado absolutamente nada tras varias horas de revolver todas sus pertenencias, hay quien sigue recelando de su papel en todo lo relacionado con los preparativos de la huelga, pues el 22 de agosto, cuando en Asturias hace ya nueve días que el paro es general, la Guardia Civil vuelve a su casa para efectuar un nuevo registro.

Aquellos dos nuevos sobresaltos constituyeron para nuestra protagonista la confirmación de que figuraba en el punto de mira de las autoridades, razón por la cual, una vez concluida aquella huelga general en la que, según parece, había puesto grandes ilusiones, decide alejarse de la primera línea de confrontación que había venido ocupando durante los meses anteriores. No obstante, antes de replegarse a su retiro de El Cervigón deberá saldar una deuda de solidaridad con los miembros del comité de huelga que habían sido encarcelados. Con ese objeto, tal y como recuerda Castrovido años más tarde, acudirá de nuevo a Madrid para participar en la manifestación que allí se celebra en demanda de amnistía para los detenidos.

 

En busca del ansiado retiro

Tras los últimos sobresaltos, se impone de nuevo pensar en el definitivo alejamiento de la escena pública. A partir del otoño de 1917 llega el tiempo de retiro, de disfrutar de las charlas sosegadas con los amigos a los que gusta contar anécdotas de un pasado más glorioso. Como mucho, accede a escribir alguna cosa por amistad, como sucederá con el artículo Ni instinto, ni entendimiento escrito poco antes de su muerte a petición del ya citado Luis Huerta con la intención de que vea la luz en la revista Eugenia, de Barcelona, y que él mismo reeditará años después. Tiempo de reposo y tranquilidad. Ya es hora de que reine la paz y tranquilidad. "¡A qué pelear! En campos infecundos, es tarea vana voltear simiente", le comenta ya casi septuagenaria a Fernando Dicenta, a quien confiesa su deseo de gozar de su soledad: "Al igual que Diógenes, quiero vivir encerrada en mi tonel, sin otra aspiración que no me quieten el sol" (“Rosario de Acuña" en El Noroeste, Gijón, 25-3-1918).  Allí, en su tonel, parecía estar a gusto y tan solo salía de él cuando no era capaz de refrenar los restos del espíritu combativo que anidaban en sus entrañas. Así sucederá en diciembre de 1922 cuando su pluma no puede menos que unirse a la indignación popular que clama contra los responsables de los millares de muertos que se ha cobrado la guerra de Marruecos. El pueblo pide justicia; el Parlamento debate el asunto acaloradamente; el Ateneo de Madrid convoca a los españoles a manifestarse contra aquella guerra absurda y a pedir responsabilidades políticas. Rosario de Acuña no duda en emplear la única arma de que dispone para azuzar las conciencias de sus convecinos: a lo largo de tres artículos publicados en días sucesivos y dirigidos a tres destinatarios diferentes, hace un llamamiento a las mujeres, a los masones y al pueblo obrero para que, sacudiéndose la apatía que les atenaza, salgan a las calles reclamando justicia a los responsables de la matanza de "¡QUINCE MIL! hijos nuestros", que "fueron al dolor y a la muerte, amenazados con la muerte y el dolor, para llenar las fosas abiertas por la ¡ESTULTEZ! ¡LA AMBICIÓN! y ¡EL ORGULLO!" (El Noroeste, 9-12-1922).

A pesar de sus ansias de vivir los últimos años de su vida en paz y tranquilidad, su pluma tampoco podrá permanecer envainada cuando llaman a su corazón las víctimas de la insensatez de los gobernantes. Así sucederá durante una tormentosa noche del invierno de 1923 en la que un pesquero naufraga en los acantilados próximos a su casa. Los vecinos se movilizan y consiguen rescatar de las aguas a dos pescadores, a los que llevan a la vivienda de la anciana escritora, donde son atendidos convenientemente. Otros, menos afortunados, se pierden para siempre atrapados por el proceloso mar al no disponer en la zona de los medios precisos para su auxilio. La gente, acostumbrada a que periódicamente ocurran estas desgracias, se resigna a las pérdidas mientras se felicita porque haya habido supervivientes. Doña Rosario, indignada por aquellas muertes, escribe un duro artículo reclamando de las autoridades la adquisición del imprescindible material de salvamento marítimo, unas migajas del dineral que desde hace años se lleva sumergiendo en el mar para construir el nuevo puerto de Gijón, que, al fin y al cabo, no hará más que enriquecer a los que ya son ricos. Con "algunas rebañaduras" del ingente capital invertido en las obras bien pudiera haber siempre dispuesto "un bote insumergible, salvavidas, con cohetes lanza-cabos, teas, bengalas, maromas, bicheros, garfios de amarre, recias mantas y ropas de abrigo…" y "hombres avezados al mar, BIEN PAGADOS" que estuvieran prestos al auxilio de los náufragos (El Noroeste, Gijón, 19-1-1923).

No puede permanecer impasible ante la ineptitud y la injusticia que provocan dolor en sus semejantes; tampoco lo hace cuando es ella la víctima. Seis días antes de su muerte, el domingo 29 de abril de 1923, publica El Noroeste un escrito encabezado con su firma, seguida de la de varios de sus vecinos, en el que denuncia los destrozos ocasionados en las fincas del lugar por las evoluciones de decenas de soldados que tomaron los sembrados por campo de batalla: "los sembrados recién hechos, volteados impiadosamente al desaforado correr de la tropa para combatir con más éxito al temido enemigo".

En la tarde del sábado siguiente, mientras se ocupaba de realizar algunas faenas domésticas, una de sus arterias cerebrales se obstruye, dejándola al borde de la muerte. El médico que acude a socorrerla no puede hacer más que acompañarla en sus últimas agónicas horas y certificar que el fallecimiento se produjo a las dieciocho horas, a causa de una embolia cerebral. Antonio L. Oliveros, el director de El Noroeste, había acudido a la casa del acantilado nada más conocer el estado de gravedad en el que se encontraba su amiga. Tras el fallecimiento, su primera intención fue dar cuenta de la triste noticia, pero se le ruega que respete las disposiciones testamentarias de doña Rosario: "Prohíbo terminantemente todo entierro social, toda invitación, todo anuncio, aviso o noticia ni pública ni privada, ni impresa, ni dada de palabra que ponga en conocimiento de la sociedad mi fallecimiento". A pesar de que el domingo los periódicos no hicieron ninguna mención al respecto, la noticia de la muerte de la escritora corrió como un reguero de pólvora por la ciudad, razón por la cual el día del entierro muchas fueron las personas que se acercaron hasta El Cervigón para rendirle su último homenaje.

La representación de aquel acto debía de atenerse fielmente al guión que la dramaturga había escrito casi dos décadas antes. La escena debía estar acorde con la austeridad de la muerte: su cuerpo habría de ser depositado "en la caja más humilde y barata que haya" y conducido en el coche más pobre, "en el que no haya ningún signo religioso ni adornos o gualdrapas, de ninguna clase". Lo que ella no había previsto es que ni siquiera el humilde coche que esperaba en las proximidades de la casa resultara necesario, pues el féretro fue "sacado a hombros de obreros, que se disputaban ese honroso tributo". A decir del cronista, el féretro, que fue portado a hombros durante el largo trayecto, era seguido bajo una lluvia incesante por un numeroso cortejo fúnebre en el que destacaba la presencia de "caracterizados elementos obreros y otras representaciones del proletariado", además de dirigentes del Círculo Melquiadista, de las logias Jovellanos y Riego, del Ateneo Obrero y otras sociedades gijonesas (El Noroeste, Gijón, 8-5-1923). Una vez en el cementerio civil, tras escuchar con atención las últimas palabras que se pronunciaron en el acto, la comitiva despidió por última vez a quien había sido su ilustre vecina. Allí, en el otro extremo de la ciudad, en una sepultura en la que no habría de haber "más que un ladrillo con un número o inicial", reposarían para siempre los restos de esta mujer ejemplar.

El largo camino que había iniciado hace tantos años en las inmediaciones de la Puerta del Sol, el bullicioso centro de la capital de España, terminaba en aquel tranquilo lugar situado en las inmediaciones de una pequeña ciudad de provincias. Así lo había querido desde que en los primeros años ochenta decidiera alejarse lo más posible del artificio, la hipocresía y los convencionalismos que imperaban en la sociedad urbana. Había sido su deseo vivir al abrigo de la Naturaleza, atenta a sus ciclos y a sus ritmos, disfrutando de los espectáculos inigualables que ella le brindaba y de los efectos salutíferos que le proporcionaba. La vida en el campo era buena para ella y, pensaba, que también lo era para sus semejantes, razón por la cual pasó muchos años pregonando a cuantos quisieran oírla que la regeneración de la patria se hallaba lejos de las ciudades. Sin embargo, la sociedad española, la de la España de la Restauración, la de la España del Concordato, siguió el camino contrario, siendo miles y miles los compatriotas que, abandonando sus pueblos de origen, sucumbieron al reclamo urbano. También en este caso su vida se alejó de la normalidad ortodoxa. Al fin, ella cumplió su "deseo de vivir y morir en esta Asturias a la que conozco palmo a palmo". Allá reposan sus restos y, desde entonces, a los demás tan sólo nos queda su testimonio.

 

OBRAS CITADAS

  • Acuña y Villanueva, Rosario.  Influencia de la vida del campo en la familia. Madrid: Establecimiento Tipográfico de Montegrifo y Compañía, 1882.

  • _______. La siesta (colección de artículos). Madrid: Tipografía de G. Estrada,  1882.

  • _______. Avicultura. Santander: Tip. El Cantábrico, 1902.

  • _______. "¡España! (Estudio sobre España hecho para América)" en Rosario de Acuña: El país del sol. Barcelona: Editorial Cooperativa Obrera, 1930.

  • Álvarez Lázaro, Pedro F. Masonería y librepensamiento en la España de la Restauración. Madrid: Publicaciones de la Universidad Pontificia de Comillas, 1985.

  • Arkinstall, Christine. "Writing Nineteenth-Century Spain: Rosario de Acuña and the Liberal Nation", en Modern Language Notes (MLN), Nº 120 (2005): 294-313.

  • _______. "Configuring the Nation in fin-de siècle Spain: Rosario de Acuña´s La voz de la patria", en Hispanic Review, Volumen 73, Nº 4 (2006): 301-318.

  • Fernández de Bethencourt, Francisco. Historia genealógica y heráldica de la Monarquía Española. Casa Real y Grandes de España. Madrid: Establecimiento Tipográfico de Enrique Teodoro, 1901.

  • Fernández Flórez, Wenceslao. Acotaciones de un oyente. Madrid: Librería de la Viuda de Pueyo, 1962.

  • Fernández Riera, Macrino. Rosario de Acuña en Asturias. Gijón: Trea, 2005.

  • Homs, Ernesto. "Los estudiantes y la Rosario…". Cataluña. Revista Semanal. Barcelona, 2-12-1911, págs. 1-2.

  • Iglesias, Pablo. Cien cartas inéditas de Pablo Iglesias a Isidoro Acevedo. Madrid: Hispamerca, 1976.

  • Pérez-Manso, Fernández, Elvira María. Escritoras asturianas del siglo XX: entre el compromiso y la tradición. Oviedo: Servicio de Publicaciones del Principado de Asturias, 1991.

  • Rosal, Amaro del. La violencia, enfermedad del anarquismo: antecedentes e historia del movimiento sindical socialista en España: siglo XIX. Barcelona: Grijalbo, 1976.

  • Sáez de Melgar, Faustina (dir.). Las mujeres españolas, americanas y lusitanas pintadas por sí mismas. Barcelona: Establecimiento Tipográfico- Editorial de Juan Pons, 1881.

  • Sánchez Llama, Iñigo. Antología de la prensa periódica isabelina escrita por mujeres (1843-1894). Cádiz: Servicio de Publicaciones de la Universidad, 2001.

  • Vázquez Cuesta, Pilar. "Un noventa y ocho portugués: el Ultimátum de 1890 y su repercusión en España" en José María Jover Zamora (dir.): El siglo XIX en España: Doce estudios. Barcelona: Editorial Planeta, 1974; págs. 465-569.

 

Macrino Fernández Riera
Profesor del Instituto Rosario de Acuña, Gijón
macrinoriera@telecable.es

[Estudio a partir del libro de Macrino Fernández Riera. Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato, publicado en 2009 (Gijón: Zahorí Ediciones]


© José Luis Gómez-Martínez
Nota: Esta versión electrónica se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines, deberá obtener los permisos que en cada caso correspondan.

PROYECTO ENSAYO HISPÁNICO
Home / Inicio   |    Repertorio    |    Antología    |    Crítica    |    Cursos