Silvia Inés Cárcamo

 

“Eduardo Subirats en la tradición del ensayismo hispánico”

 

Silvia Inés Cárcamo
 

RESUMEN
En textos críticos de Eduardo Subirats publicados en las décadas del 80 y 90 (Figuras de la conciencia desdichada, Metamorfosis de la cultura moderna, Después de la lluvia, América o la memoria histórica y El continente vacío) la enunciación dramática delinea la figura de un ensayista cuya marginalidad (y soledad) se revela como la condición necesaria para ejercer el trabajo crítico. Esa imagen del ensayista corresponde a su concepción de lo que debe ser el papel del intelectual. A partir de esa identificación construida en la instancia enunciativa, Subirats se inserta en la tradición del ensayismo español y polemiza con las generaciones del 98, del 14, del medio siglo y con sus contemporáneos. El “tema de España”, concebido como producción discursiva, constituye el relato desde el cual Subirats reconoce la legitimidad del ensayo como discurso de saber ejercido por la conciencia crítica y autónoma del intelectual. En el contexto del pensamiento de Subirats, asumir el ensayo significa cuestionar al sujeto construido por el racionalismo moderno que negó lo empírico, lo individual, do histórico y lo biográfico, con lo cual termina reafirmando su inserción en la tradición ibérica (Unamuno, Ferrater Mora, Lourenço) que defendió la validez del ensayo como “forma de pensar”, negando sin embargo, la modalidad teatral del género en España, y profundizando el rigor crítico.

 

Desde el admirable estudio de G. Lukács, la crítica del ensayo ha asumido como una de sus tareas la de situar al género en el cuadro restricto de los géneros literarios canónicos. En la tradición hispánica, J. L. Gómez-Martínez ha notado, incluso, los constantes desplazamientos que lo acercan o lo alejan de las otras expresiones literarias. En virtud de esta singularidad, el ensayo parece convocar siempre el análisis relacional que, como también ha advertido Gómez-Martínez, no se limita al ámbito de las formas literarias clásicas. Por ello, además de considerar la situación del ensayo en la literatura, se hace imprescindible pensarlo en relación a los géneros del discurso con los que se halla vinculado, atendiendo a su funcionamiento pragmático en el sistema general de los enunciados orales y escritos que componen los discursos sociales, según recomendaría una visión bajtiniana.

No resulta necesariamente incompatible con la perspectiva de Bajtín el punto de vista adoptado por T. Adorno, aunque sus presupuestos sean otros. En su tan citado estudio, el crítico alemán advierte las vinculaciones del ensayo con los géneros del discurso que le son contiguos, como es el caso de los procedimientos de la retórica, de la cual “conserva restos de aquel elemento comunicativo de que carece la comunicación científica” (Adorno, Theodor 1962: 33). Recientemente, M. Elena Arenas Cruz hizo de la relación retórica-ensayo el eje de su minucioso examen del género.

Sin duda es la polémica un enunciado con funcionamiento pragmático específico que manifiesta trazos comunes con el ensayo. Dicha contigüidad explica que la argumentación polémica constituya uno de los rasgos más marcantes del género. Como observó Catherine Orecchioni, siendo la polémica un discurso de pasión, debe ser asumido por su enunciador y, en cuanto discurso de persuasión, debe volverse hacia el destinatario para cercarlo o convencerlo. En ese doble movimiento el ensayo se vuelve espectacular, opuesto al discurso de la ciencia, caracterizada por la retención del espectáculo.

Podríamos pensar que la existencia de más o menos tensión en el discurso, uno de los parámetros propuestos por Longacre y Stephen Levinsohn (Contursi, 32-33) para clasificar discursos, resulta particularmente interesante también para considerar al ensayo. “Lo espectacular” en el sentido que le confiere Orecchioni al discurso polémico se asociaría a la tensión derivada de la polifonía que acompaña a ese tipo de discurso.

Algunos ensayos de Eduardo Subirats se valen del método dramático que hace de la enunciación fuertemente marcada un espectáculo, cuyo punto de partida es el yo del ensayista representándose a sí mismo en el propio texto. Cabe preguntarse qué imágenes conforman esa representación puesto que las mismas cumplen un papel significativo en la construcción del sentido de sus textos.

El largo ensayo-tesis titulado El continente vacío (1994) y los ensayos breves aparecidos entre 1988 y 1992 en varios periódicos de España y América Latina, reunidos bajo el título de América o la memoria histórica (1994), muestran que el enunciador se concibe como “un español al margen”, para usar la expresión con la que el mismo Subirats caracteriza a Américo Castro, reiterando un título del historiador-ensayista, que polemizó con Claudio Sánchez Albornoz. Conscientemente, Subirats proyecta El continente vacío sobre el fondo de esa famosa polémica. Si en su momento Américo Castro asumió la posición del disidente, del heterodoxo, Subirats no duda de que en la España del V Centenario su obra merecerá el mismo destino de las tesis de Américo Castro, antes inclusive de haber generado cualquier réplica.

El yo necesita reafirmarse en una situación de polémica para que el propio ensayo realice el objetivo de denuncia que lo justifica. En los textos mencionados se trata de la crítica a las conmemoraciones del V Centenario del Descubrimiento, es decir, de la fiesta mediática de una España que en la visión de Subirats había decidido monumentalizar el hecho pasado para hacerlo desaparecer como memoria histórica. En tal sentido el ensayo se concibe desde la responsabilidad enunciativa como forma de resistencia desde un “margen” que debe oponerse al poder constituido. El crítico se debate en una lucha desigual puesto que otra condición es su soledad, aislamiento o falta de interacción, desde el momento en que el poder silencia cualquier tipo de protesta.

Pero esto que estamos denominando “dramatización” y “espectáculo” como efectos enunciativos nada tiene que ver con las nociones que precisamente el propio Subirats se encargó de atacar más de una vez. En La ilustración insuficiente, el crítico identifica en el padre Feijoo, no al iluminista del siglo XVIII, sino al responsable de “un estilo de ensayo muy específicamente español, en el que el afán de lo teatral y el deseo de aceptación social compromete el rigor de la crítica” (Subirats, 1981: 107). En cuanto al “espectáculo” basta recordar que uno de sus libros de ensayo se titula “La cultura como espectáculo” y que en el mismo, así como en otros textos, siguiendo a su maestro Guy Debord, se vale de esa noción para identificar la característica central de la sociedad contemporánea que consiste en reafirmar la apariencia. Vinculado al espectáculo, Subirats lamenta la “performatización de la experiencia” creada por los medios de comunicación, cuyo efecto consiste en sustituir la experiencia individual, la aprehensión directa del mundo y la autenticidad de las relaciones entre los individuos ya que su poder “ no sólo reside en la reproducción y organización del mundo, en la reduplicación de lo real, sino también en su capacidad de suplantar tanto la experiencia individual de la realidad cuanto las formas de interacción social tradicional” (Subirats, 2001: 100).

En El continente vacío la experiencia personal narrada –un viaje a Chiapas, vivido en tanto aventura al corazón verdadero y desconocido de América– hace que el ensayo parezca surgir no sólo de las especulaciones intelectuales sino también de la vida, según aquello de “estuve allí y fui el testigo”, con lo cual subrayamos otra característica de perspectiva de los textos de Subirats: el valor concedido a una experiencia desde la cual poder contar la historia de la marginación de la que es víctima un pensador crítico en el ambiente cultural español. Al servicio de ese propósito se construye la descripción de lo que sucesivamente será “cuadro”, “teatro”, “drama”, “escena”, “visión”, “obra de teatro total”, “representación” o “espectáculo”, con la presencia humana transformada en “figuras” o “personajes”. En este espacio en el que se celebra el Seminario Internacional “Amerindia hacia el tercer milenio”, en Chiapas, Subirats toma distancia de la mirada académica en la que advierte “el candor banal de paquete turístico” y se autoconcibe como el “intruso”.

El espejo enterrado es la obra de Carlos Fuentes que parece convocar la comparación con El continente vacío para que, por contraste, pueda emerger el sentido del ensayo de Subirats. Evidentemente en el libro de Fuentes opera la lógica de la conciliación que supone o exige los medios de comunicación de masas, la cultura del espectáculo y de la celebración. Basta recordar que el ensayo del mexicano fue escrito por encargo de España para que su publicación coincidiese con las conmemoraciones del V Centenario del Descubrimiento y que el ensayo de Subirats actúa –ese verbo nos parece adecuado en este caso– en contra de dichos festejos. Antes de El espejo enterrado, Fuentes prepara el video para televisión que en realidad es la base de la escritura del ensayo. Parte, en cierta medida, de una simplificación, de un audiovisual que debe contar toda la historia de América con un final feliz, o por lo menos esperanzoso, según un sistema que todo lo integra en pos de su propósito didáctico. El ensayo de Subirats no hace concesiones hasta porque su base teórica, La fortaleza vacía, de Bruno Bettelheim, lo obliga a llevar hasta las últimas consecuencias lo que se propuso: indagar acerca del origen y del modus operandi de la dominación sobre el Otro.

Si en El continente vacío y en América o la memoria histórica el ensayista se figura el testigo indeseado de la gran farsa mediática del V Centenario, en el texto “Los dilemas del atraso”, incluido en Después de la lluvia. Sobre la ambigua modernidad española, la diferencia se establece con la izquierda de los años sesenta, es decir con la gente de su propia generación, la misma que accedió al poder y ocupó cargos administrativos desde la transición democrática.

Otras historias, tales como la exclusión sufrida en la Escuela de Arquitectura de Barcelona, con actores, espacio y tiempo concretos, o el relato del proceso en el que descubre la “ilustración insuficiente” de España al estudiar la obra de Feijoo, culminando con el vacío en el que cayeron sus descubrimientos en el contexto intelectual español, muestran igualmente al ensayista que insiste en la figura de la propia marginalidad respecto al sistema dominante y en la dramatización del proceso de conocimiento en el que se juegan posiciones de ética política. En ese sentido, la inclusión de la anécdota real apela a la memoria contra los que tratan de ofuscarla.

Esa figura de ensayista, de tal modo delineada, corresponde exactamente a su concepción de lo que deben ser los intelectuales, un asunto al que Subirats ha dedicado algunos ensayos. Frente al “espectáculo posmoderno” empobrecido por la carencia de diálogo, de crítica y de pensamiento, se impone la necesidad de otro tipo de espectáculo, aunque Subirats no lo reconozca como tal. Creemos, sin embargo, que su ensayo se configura como el género destinado a representar en el discurso ese otro drama, desde la conciencia crítica y autónoma del intelectual, que, busca no obstante y a pesar del rechazo que suscita lo espectacular, la escena pública. Por eso su modelo de ensayista y de intelectual de la actualidad es Juan Goytisolo, al que le dedicó un texto leído en el seminario realizado en Monterrey al que fue invitado como conferencista este último escritor. Podemos pensar que al señalar que Goytisolo habla de sí mismo cuando habla de Blanco White, por identificarse, al igual que el escritor del siglo XIX, con el exiliado, con el que realiza el itinerario del margen al centro, con el que dispone su mirada de abajo hacia arriba, (Goytisolo, 2001: 48) Subirats también está adoptando ese lugar de enunciación.

En el ensayo “El intelectual en la crisis contemporánea”, el autor reafirma el papel de educador social del intelectual moderno, a quien caracteriza su comprensión global de la realidad y su conciencia autónoma y crítica. Desde esta convicción, Subirats interpreta como un signo regresivo la sustitución del intelectual por el especialista o el experto, desplazamiento que condujo a la crisis y a la situación contradictoria de aquél en la sociedad actual. Reconocer dicho conflicto implica “un momento de protesta contra la instrumentalización política de la inteligencia, su disciplina y pasividad académicas o su degradación mediática” (Subirats, 1991: 155).

En “El intelectual y la sociedad española” se actualiza y se nacionaliza la problemática teniendo en cuenta el predominio social de los intelectuales en la España desempeñándose como burócratas o como especialistas. Conviene señalar que la tradición del ensayismo español está siempre presente en el horizonte de la crítica de Subirats, aun para declarar que esa tradición ya carece de cualquier utilidad en el presente. En el texto que acabamos de mencionar, la serie conformada por Unamuno, Ortega y Américo Castro es convocada ante el tema de los intelectuales para ser inmediatamente descartada ya que se muestra inservible en las nuevas circunstancias. Pero la alusión de la tradición cumple el papel de señalar, una vez más, la radical soledad del ensayista puesto que éste se identifica con la tradición española del “exilio intelectual”. “Memoria y exilio” (2003) fue precisamente el título del libro en el que reunió ensayos centrados en las problemáticas de las culturas ibéricas y latinoamericanas. El compromiso del intelectual posmoderno con la sociedad mediática lleva, según el ensayista, al abandono de lo que siempre debería haber sido su función: la crítica.

Subirats sitúa la problemática del intelectual y el poder en una perspectiva histórica. Su punto de partida, el lugar desde el cual se enuncia, se halla en las representaciones que construyeron el modelo del intelectual de los años sesenta: proyecto colectivo, conciencia crítica e independencia con respecto al poder público. Citando explícitamente a Fernando Savater, a Eugenio Trías y a Rubert de Ventós, subraya Subirats el abandono de este modelo por otro en las décadas del setenta y ochenta; en este último el intelectual “Se transforma en la figura de su propia claudicación” (Subirats, 1991: 164). Las insuficiencias del proyecto político de izquierdas de los años sesenta, sobre todo su concepción sublime del poder, albergaban ya las contradicciones que generaron las figuras del intelectual-político y del especialista o técnico.

El rechazo de esas figuras, lejos de conducir a una negación de los medios de comunicación y de la tecnociencia, lleva, por el contrario, a la recomendación de incursionar por esos territorios como tarea imprescindible a cualquier análisis de lo contemporáneo, pero para instalar algo nuevo que contradiga la degradación de las relaciones humanas que supone, en la perspectiva de Subirats, el comportamiento de los medios. Es en esa diferenciación adonde el intelectual se vincula a un discurso de “tensión” como el ensayo. El acercamiento a la política y la actuación social del técnico o especialista son hechos concebidos como parte del proceso de modernización económica y social, aunque “ambos entrañan, al mismo tiempo, poderosas limitaciones y ambigüedades” (Subirats, 1991: 164). Si –ya lo observamos– Subirats se aleja de la tradición al desenvolver ese análisis dialéctico de la nueva realidad, él vuelve, sin embargo, hacia el final del ensayo, a los nombres de Ortega y Zambrano para coincidir con estos pensadores en la incompatibilidad de las figuras del intelectual autónomo con las del especialista y el político. Pero, sobre todo, vuelve a encontrar, intacta, la tradición inquisitorial y anti-ilustrada en la España actual, según una descripción que no ofrece demasiados matices en relación al pasado sobre el que reflexionaron Ganivet, Unamuno, Ortega, Zambrano o Américo Castro.

Ese esquema es el modelo con el que Subirats organiza la lectura del ensayismo español, con aproximaciones algo violentas y a primera vista injustificadas. De tal modo, en una nota de El continente vacío, inmediatamente después de explicitar manifestaciones de la hegemonía del sujeto eclesiástico y autoritario, leemos que “en el contexto del pensamiento moderno, esta misma identidad se reformuló, una y otra vez, bajo el credo de un heroísmo místico y decadente (Ganivet, Unamuno), cuyas expresiones retóricas se han venido sucediendo hasta el día de hoy (Maetzu, Savater, Argullol, por mencionar nombres señalados en el contexto cultural reciente, y que han dedicado lo mejor de su obra a la reformulación romántica y existencialista de aquel mismo ideario tradicionalista)” (Subirats, Eduardo 1994: 323). Comprobamos que, sin solución de continuidad, se traza un arco directo que atraviesa siglos de manera que al mantenerse el mismo conflicto el ensayista Subirats puede también reconocerse como interlocutor de la línea del ensayismo que habló desde la exclusión y distanciarse de la misma planteando la necesidad de crear un pensamiento acorde con la cultura del presente.

Pero, ¿cuál es la propuesta frente a las limitaciones que supone la degradación del intelectual en el intelectual-político y en el especialista? Sin duda el ensayo se plantea como el tipo de discurso del que se vale la crítica puesto que “es el medio expresivo de libertad reflexiva” y “medio de transformación al mismo tiempo analítico y creador, intelectual y artístico de la realidad” (Montejo, 2001: 7). Notamos, sin embargo, que a cierta altura no basta considerar las ideas exclusivamente sino la actuación, la manera en que el propio cuerpo del ensayista pasa a ocupar un papel importante. No es irrelevante el hecho de que la tradición en la que se reconozca sea la de los exiliados: Blanco White, Américo Castro, Lloréns, Goytisolo.

Para Subirats no puede haber ensayo sin pensamiento crítico ya que el género existe justamente para desarrollarlo desde el compromiso ético del intelectual. Reflexionando sobre sus propios ensayos, Subirats señala la legitimidad de la actuación periodística ya que el tipo de escrito destinado al público amplio representa el desafío del intelectual que no puede desconocer que los medios de comunicación de masas permiten el acceso a los canales más dinámicos de la cultura contemporánea, lo cual no significa admitir concesiones.

Según el ensayista, el intelectual de la época actual concentraría en su figura la propia contradicción desde el momento en que su papel crítico precisa, para existir socialmente, de los medios de comunicación de masas, es decir del espectáculo que diluye las contradicciones, como bien sabe Subirats como lector de Adorno y Habermas.

El ensayo de Subirats reconoce dos instancias de interlocución no necesariamente separadas ya que ellas confluyen en algunos textos: la nacional y otra que lo sitúa en la escena de la teoría crítica contemporánea.. En “cuarteto español” –incluido en Después de la lluvia. Sobre la ambigua modernidad española– el autor revisa cuatro visiones –las de Ganivet, Unamuno, Ortega y A. Castro– tomando como eje el “tema de España” en el que se realiza la dramatización del sujeto narrativo: “el “tema de España” comprende, sobre todo, el relato de la construcción de un nuevo sujeto narrativo que es, al mismo tiempo, un sujeto social e histórico, en el horizonte de las crisis sociales y culturales que experimentan las sociedades europeas más avanzadas a lo largo del siglo” (Subirats, 1993: 170). Cabe preguntarse cómo el propio Subirats se coloca en relación a la serie armada en “cuarteto español”.

Concebido como producción discursiva, el “tema de España” de Subirats continúa y adhiere a Américo Castro, el último de la serie, en dos aspectos. En primer lugar, la perspectiva que le permite situarse en la extraterritorialidad y en el exilio: “Semejante mirada y la nueva estructura intelectual que abraza se definen por una suerte de extraterritorialidad y de exilio. De acuerdo con sus tesis, la cultura o las formas de vida españolas sólo pueden comprenderse desde los límites exteriores de las culturas que había expulsado: la islámica y la judía” (Subirats, Eduardo 1993: 190).

La identificación con el perdedor, con el que está al margen, es la condición de posibilidad para apreciar la complejidad histórica. En segundo lugar, la continuidad con el discurso de Américo Castro se establece en el orden de lo metodológico. Los “conceptos” del ensayista de la generación del 14 son “metáforas”, como lo son las nociones de Ganivet, Unamuno y Ortega, con la diferencia de que las metáforas de Castro se destinan a cuestionar el sujeto inquisitorial de lo absoluto al que también Subirats considera hegemónico, permanente y actuante en la cultura española desde el siglo XV.

Pero hay aún un segundo nivel de articulación: el sujeto construido por el racionalismo moderno se caracterizó por la negación de lo empírico, de lo individual, de lo biográfico y de lo histórico. Ese modelo exigió el lenguaje abstracto de la filosofía sistemática, la cual enuncia a partir de una pretendida objetividad pura. La tragedia del hombre moderno consistiría, precisamente, en la separación del yo racional y de la realidad empírica del sujeto concreto.

El crítico acompaña este proceso no solo a través de los filósofos sistemáticos como Descartes o Hegel, sino que se detiene en el constructo racionalista del sujeto místico, figura sin duda fundamental para entender las peculiaridades de la cultura ibérica y, concretamente, la particular elaboración de lo moderno en el mundo hispánico.

En el discurso de Santa Teresa reconoce los elementos empíricos de un sujeto biográfico e histórico coexistiendo con una identidad vaciada de contenidos individuales sometida al principio absoluto de la Iglesia Católica. Con su análisis dialoga y al mismo tiempo se diferencia de la línea del pensamiento español (Unamuno, Azorín, Giner de los Ríos) que, como estudió muy bien Inman Fox, privilegia a la mística en la definición de la cultura española.

Al sujeto de la dominación del discurso filosófico sistemático y falsamente objetivo, el cual precisa ignorar la enunciación individual para hablar desde la verdad de la razón, Subirats opone el discurso que asume los elementos empíricos, históricos y biográficos. El ensayo filosófico puede ser entendido, por ello, como una forma de intervención no sólo intelectual en el mundo. En esa perspectiva, el ensayo es el género capaz de no negar lo empírico porque no niega el yo como instancia de la enunciación.

El crítico escribe a propósito de Hegel en Figuras de la conciencia desdichada lo siguiente “Su repugnancia hacia lo biográfico y lo individual, que coincide con su repudio de las condiciones sociales y empíricas del trabajo y la sobrevivencia, es el precio que el filósofo paga por la abstracción de su lenguaje, de su representación de la universalidad o de su propia identidad” (Subirats, 1979: 10).

En contra de semejante reducción de lo humano, Subirats propone rescatar los momentos de destrucción del hombre moderno registrando el dolor individual que acompaña a la crisis de la subjetividad. Las “figuras de la conciencia infeliz” son también las figuras del arte que manifiestan, por metáforas, la insuficiencia de la razón. Ello explica o justifica la valorización del detalle o de los momentos insignificantes (lo que sugiere, por ejemplo, la figura humana enfrentada a la naturaleza en un cuadro del artista romántico alemán Caspar D. Friedrich) o cómo la alusión al viaje en uno de los más bellos poemas de kavafis puede ser el punto de partida para que la rememoración de contenidos culturales comience a activarse, lo cual nos remite a la forma del ensayo que avanza apoyado en el detalle o en el estímulo proporcionado por otro texto, de acuerdo con Alberto Giordano.

En “El poder y la muerte”, el segundo ensayo de Metamorfosis de la cultura moderna, examina el Mito del Amo y del Esclavo de Hegel, mostrando que la violencia y el poder son constitutivos de la razón hegeliana. Como digresión se introduce un comentario sobre el estilo del filósofo, considerado antipoético e inmediatamente lo contrapone a un pasaje de las Églogas de Virgilio para mostrar que el arte interpreta mejor la vida empírica que la filosofía racional de Occidente, según una lógica que reitera otra vez la tradición ibérica. Como es sabido, Del sentimiento trágico de la vida consolidó en la tradición la idea de que la filosofía española estaba en la literatura y no en los sistemas filosóficos, con la diferencia de que subirats es consciente del engaño que supone valerse del ensayo para generar nuevos mitos, al modo de Unamuno que convierte a la mística en la saludable y necesaria reacción hispánica frente al cartesianismo europeo.

Las reflexiones de Subirats sobre la forma del ensayo guardan relación con su teoría acerca del imperio de la razón, un tema dominante en su obra. A lo largo de diversos textos es posible reconocer una dimensión metaensayística que muestra la legitimidad del ensayo como vehículo de conocimiento, siguiendo de cerca las posiciones de Adorno en el clásico texto “El ensayo como forma”. Pero también coincide, reiteramos, con la tradición ibérica de la que se hace expresión José Ferrater Mora cuando introduce la distinción entre el sistema filosófico y lo que él denomina “estilos de pensar”, cuya forma normal de expresión sería el ensayo o cualquier forma literaria equiparable al mismo. El pensamiento español debe ser escrutado, según Ferrater Mora, en los “estilos de pensar”. Lo más rico del pensamiento no estaría en los sistemas filosóficos sino en el ensayo, en una forma en la cual los elementos no están jerarquizados como ocurre en la filosofía estricto sensu. Como metodología para estudiar los “estilos de pensar” Ferrater Mora propone incursionar en el lenguaje del que se vale cada ensayista para descubrir no sólo los valores estéticos sino también la originalidad de un pensamiento. Siguiendo esta tradición y asumiendo las responsabilidades de un intelectual, Subirats realiza esa propuesta insertándose en el desarrollo discursivo del ensayo español al lado de Blanco White, María Zambrano y Juan Goytisolo.

 

Referencias bibliográficas

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  • Giodano, Alberto. Modos del ensayo. Rosario: Beatriz Viterbo, 1991.

  • Gómez-Martínez, José Luis Teoría del ensayo. Salamanca: Ediciones Universidad de Salamanca, 1981.

  • Goytisolo, Juan. Tradición y disidencia. México: Ariel, 2001. (incluye el texto de Eduardo Subirats “Homenaje a Juan Goytisolo y una conclusión provisional”).

  • Fox, Inman La invención de España. Madrid: Cátedra, 1998.

  • Lourenço, Eduardo Nós e a Europa ou as duas razões. Lisboa: Casa da Moeda, 1994.

  • Lukács, Georg. “A propos de l’essence et de la forme de l’essai”. L’ame et les formes. Paris: Gallimard, 1974.

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  • ______. Después de la lluvia. Sobre la ambigua modernidad española. Madrid: Temas de hoy, 1993.

  • ______. El continente vacío. México: Siglo XXI, 1994.

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  • ______. Figuras de la conciencia desdichada. Madrid: Taurus, 1979.

  • ______. La ilustración insuficiente. Madrid: Taurus, 1981.

  • ______. Metamorfosis de la cultura moderna. Barcelona: Anthropos, 1991.

Silvia Inés Cárcamo
Universidade Federal do Rio de Janeiro
arcuri@unisys.com.br
Mayo de 2004

 

© José Luis Gómez-Martínez
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