Mariana Bernárdez

 

Fidelidad a lo verdadero:
conversación con Sergio Fernández

Mariana Bernárdez[1]

Hace años llegó a mis manos, por medio del entrañable Manuel Ulacia, un ejemplar de Más allá del litoral,[2] libro que recopilaba textos diversos, entre ellos “Las Meninas” de Sergio Fernández; su ensayo relataba de una manera precisa una relación de gran cercanía con María Zambrano. Posteriormente coincidimos en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM en la conferencia magistral de Ana Bundgard, también especialista en Zambrano. Durante la sesión de preguntas y comentarios el maestro refirió algunos detalles de su estancia en Roma y de su vínculo con la filósofa. Tiempo después encontré el texto en otro libro de su autoría Los desfiguros de mi corazón.[3] Para mí tal reiteración permitía intuir que más allá de un simple encuentro, la relación entre ambos se había entramado de singular manera, lejos del tiempo transcurrido, la emoción intuida entre las palabras dichas y escritas delataba una profundidad, no había sido algo fortuito, sino de más adentro, de esa hondura en la que pocas veces nos sorprendemos al vivir. No habré de detallar el derrotero para llegar a esta cala que ofrezco al lector, quizá no la que imaginé porque responde a una conversación telefónica, pero sí debo señalar que me sorprendió la correspondencia entre lo escrito y lo recordado por él: fidelidad de la memoria, fidelidad a lo verdadero.

Mariana Bernárdez (mb): ¿Cómo entró en contacto con María Zambrano?

Sergio Fernández (sf): Conocí a María Zambrano en Roma a través de una tarjeta de recomendación que me dio el pintor Ramón Gaya[4] quien vivía en México y que contacté por medio de Soledad Martínez[5], pintora del grupo de Salvador Moreno[6]. Al llegar a Roma me presenté con esa tarjeta y no sólo me atendió sino que fue muy gentil conmigo. En aquella época, le seré sincero, no conocía su obra y yo sólo había publicado una novela.

Estaba recién salido de la Facultad[7] y había estado dos años en Madrid con una beca, luego con unos amigos recorrimos en coche todo el sur de Francia, llegamos a Italia y nos separamos en Génova. De ahí continué mi viaje con Enrique Echeverría[8], un pintor muy bueno que ya murió, él me dejó en Roma, se siguió a Sicilia y no sé a qué otras partes. Lo que pasa es que con tantos viajes a Roma me bailan en la cabeza un poco las fechas. Los encuentros con María los tengo escritos en “Las Meninas”, texto incluido en Los desfiguros de mi corazón, búsquelo porque ahí tengo un retrato del ambiente donde la conocí y puede tomar la información que desee de primera mano.

(mb): En ese ensayo uno de los ejes es una comida en casa de las Zambrano…

(sf): Estuve en Roma alrededor de un año, era muy jovencito, esto fue por el año 64…, asistí una sola vez a su casa porque ella vivía con Araceli su hermana en un tercer piso. El departamento estaba accanto al Tevere lo que significa que no estaba precisamente cerca del río, esto era en el barrio del Trastevere, había cerca una iglesia bizantina muy bonita, se diría que era el centro mismo de Roma. Ya sabe que ellas habían llegado a Roma después de estar en Cuba: “Los trópicos –dijo sin alterarse pero con convicción– no son para mí: tanto helecho, tanto verde moteado por mariposas, gusanos y serpientes: también mohos y caimanes, venados y carnicerías en plena jungla con escorpiones que no faltan, como en tu país.”[9]

La convivencia estrecha me permitió hacerme íntimamente amigo de María y de Araceli, ello fue así porque nos veíamos todos los días en un cafecito que se llamaba la Trattoria di Pietro en la Plaza de España, menos sábados y domingos. Había un hecho interesante, ella no hablaba de la guerra de forma directa, ocultaba ese pasado para no lastimarse, así vivíamos un paréntesis un poco paradisiaco aunque Araceli ya estaba muy mal de las piernas. Recuerdo perfectamente sus anteojos muy gruesos casi de ciega y cómo levantaba las piernas y las ponía en una silla vecina porque la flebitis no la dejaba caminar, además de que el médico se lo tenía prohibido.

María me llevó a conocer lugares muy especiales, museos que no eran fáciles para el turismo, como el Barraco que es de arte egipcio, pero fundamentalmente me llevó a “callejonear”, compraba espagueti hervido al que le ponía sardinas y los dos íbamos a dárselo a los gatos de aquí y de allá. De todos lados nos corrían gritándonos cosas muy feas en italiano por lo que huíamos como fugitivos. Otros días me llevaba a ver lo que ella llamaba los jardines de Babilonia, que eran esas grandes bardas romanas con muchas enredaderas que caían a veces con cierto descuido, también a la iglesia de San Giovanni Dicollato[10], Santa María Antica, el ángel del frontispicio de Santa María in Porta Latina, la tumba del Beato Angelico, Palazzo Spada, la estatua de Marco Aurelio, la Fontana del Moro…, aprendí muchas cosas de ella. “Tenemos que pasear por el Quirinale; ir a la tumba de Cecilia Metella en la Appia Antica; a los propios Foros Imperiales para ver la caída de la tarde, a estas mismas horas, aunque estén atiborrados de gente inculta, por turistas de todos, especialmente yanquis.”[11]

(mb): ¿Coincidió con Juan Soriano y Enrique de Rivas?

(sf): Cuando estaba en Roma, Juan y Enrique se encontraban en París, fui muy amigo de Juan que era mayor que yo. En cierto modo con María tampoco importaba la edad, había una cercanía por simpatía, porque era mexicano y estaba ahí para que me contara montones de cosas. Lo cierto es que, tanto María como Araceli, eran bastantes ilusas porque esperaban con muchas ansias unas regalías que les debían de México, nunca supe cuáles eran ni si les llegaron porque me fui a Alemania. Sé que Araceli hizo un viaje para reclamarlas que supongo debió costar tanto como el dinero recolectado. María y yo hablábamos sobre literatura y otros temas…, no conservaba un recuerdo grato de su estancia en México ni una buena impresión del país, como sabe, ella estuvo en Morelia.

Debemos tutearnos, yo no lo acostumbro pero como he vivido en México, tú sabes, te siento muy cercano. Más bien tú a mí, porque eres tan joven que no debo maltratarte con el usted. ¿Ya te dije que tu país está lleno de espacios sagrados, y que por eso se vuelve irrespirable? ¿Cómo no retener por siempre en la memoria –como en un puño– Teotihuacán o Malinalco?[12]

Era una mujer muy especial, única se puede decir, en aquella época era todavía joven y tenía unas ojeras grandes que enmarcaban una mirada profunda. María tenía la belleza de la inteligencia y a su modo era elegante, distinguida más que guapa, no muy alta y enormemente cordial. “No había nada en María que fuera anecdótico ni sobrante. Todo, al contrario transcurría de raíz. Daba igual el uso de unas medias oscuras que la desproporción de las ojeras, difuminadas a propósito por la tela entera (la espátula o el pincel las colocaron ahí mismo, atrapando a un amante fulminantemente celoso) […]”[13]

Ella me presentó con dos amigos napolitanos que luego fueron bastante íntimos míos, Andrea y Clara, quien me prestó un departamento vacío que tenía cerca de la Plaza de Roma y donde viví gratuitamente. Me habían advertido que los gatos tenían infestado el lugar.

Preghiamo a Dio di no! Debía yo prevenirme ya no dei gatti sino de su pestilencia y sus maullidos, elongados hasta tropezar con las paredes de las dos únicas habitaciones, la cocina, el marco del balcón frente al río. Sono un zimbello, ci crede, due stranne stregue, ma molte proprie: l’una saggia, l’altra meravigliosamente umana e miope. Non hai guardato che quasi non vede?[14]

El día que me invitaron fue espantoso porque efectivamente tenían una infinidad de gatos, eran como 24, lo cual era aterrador porque subían y bajaban de todos lados, además de que hacía un calor espantoso y el olor era infernal.

Al traspasar la puerta comprendí mi temeridad: un murmullo de vientos amoratados, sordo, salió de aquellos bultos a la espera del enemigo. Sin estarlo estaban como agazapados desde siempre, como lápidas, pero pasa, hombre, por Dios, no tengas miedo, tú eres de los nuestros. Por lo que, haciendo tripas corazón crucé la doble valla que ellos de guardia hacían en el pasillo. Eran los dueños y ellas –las hermanas– se habían metamorfoseado en una especie de criadas, de meninas, que látricamente los atendían a todas horas.[15]

Araceli era muy gorda y vivía en su cama con un montón de gatos que se le subían por el cuerpo. Esto lo supe durante esa comida espantosa, mientras María servía aquel espagueti, los gatos subían y bajaban de la mesa. El calor era terrible y cuando María abrió el balcón, ya no sabía uno qué preferir, si el calorón que entraba porque era agosto o quedarse con la ventana cerrada y pasar un baño de vapor.

Recuerdo bien que cuando las dejé en Roma para irme a Alemania a impartir un curso, ella me dijo que no lo hiciera, —Quédate con nosotras porque allá te vas a encontrar con el demonio, y así sucedió, me fue de la patada.

Te vas a encontrar con el demonio, te lo advierto. ¡Lástima, con lo bien que estás con nosotras! Hasta lo paliducho se te ha quitado; te noto con el rostro alarmantemente sano. Es como si te hubiera leído el Tarot –lo que ya nunca hago– y en el centro del tendido te saliera el Arcano XVIII. No, no lo leo ya, pero te puedo ver el alma como en una lectura: te falta clarividencia. […] Dar un curso en la Universidad de Colonia, como lector (un simple ayudante de un Herr Doktor alemán), no significa nada.[16]

Como le comenté en aquel tiempo prácticamente era un estudiante, pero recibí un dinerillo extra y le di algo a María porque prácticamente estaba en la miseria, pero como era así tan especial, con ese dinero me compró una bellísima mascada de seda veneciana firmada por Roberta da Camerino, que era una gran firma. Se gastó todo el dinero.

(mb): ¿De los encuentros en el café, algo que le haya quedado muy presente? Hay un libro Fragmentos de los Cuadernos del Café Greco[17] que me lleva a pensar que acudían a distintos sitios.

(sf): Al café del Greco nunca íbamos, era pequeño y no tenía luz, nos gustaba ir a la Trattoria di Pietro, por lo menos conmigo era el sitio que frecuentábamos. María estuvo por lo menos 8 años en Roma y de alguna manera mantuvimos el contacto. La conversación iba y venía por muchos temas. “La inventiva era diaria, infatigable.”[18]

No sé qué más quiera preguntarme porque mis encuentros los tengo ya escritos y asimilados, lo que me quita la responsabilidad de tener el pasado en la memoria, pero lo cierto es que con el tiempo se recuerdan otros sucesos y se contrae una deuda, “yo te debo tal cosa y tal otra.” Por eso ahora le escribo una carta post-mortem que incluyo en mis memorias que en algún momento habré de publicar.

(mb): Maestro, usted es una de las personas que la conoció muchísimo, pocos tuvieron tal cercanía con ella y supo lo que vivió aquí y allá, se trata de una memoria invaluable.

(sf): No sé qué tanto la conocieron las otras personas. Ella había sido alumna de Ortega, pero como le comenté al principio en aquel entonces no la había leído. Me parece difícil su lectura porque sus textos se encuentran entre la poesía y la filosofía sin que haya una línea de separación visible. Diría que la escena de su escritura está montada, es una filosofía que se explica enlazada en la poesía, o sea que es una filosofía metafórica.

Lo increíble es que María escribiera entre maullidos y en esa miseria, incluso durante el calor de agosto que en Roma es una cosa terrible. Mi hija vive ahí, tengo nietos romanos, es una ciudad que levemente conozco mejor que otros, porque no se puede conocer Roma bien, es infinita, y mire que he recorrido Italia. Últimamente lo que prefiero es seguir los pasos de Cervantes cuando fue expulsado de España, más bien huyó de Madrid a Italia porque recibió la orden de aviso de que habrían de cortarle la mano derecha por haber matado a un sujeto, dijeron que a Nápoles y a Sicilia, pero no es cierto porque a él le interesaban otras ciudades, su ciudad favorita era Florencia.

Los últimos dos viajes los hice para investigar estos hechos, en el primero fracasé porque los consulados españoles estaban cerrados durante septiembre y abrían hasta octubre. La segunda vez pude hablar con los cónsules que me dieron una información muy relativa porque cuando él viajo no había escrito y era muy joven. También fui a Argel porque quería conocer la cárcel donde estuvo preso. El resultado de esta investigación es un libro en prensa que he llamado El mediterráneo de Cervantes: Italia y Argel. Es cierto que he hecho muchos viajes, pero entre todos ellos el recuerdo de María es muy importante porque yo la quiero mucho, la quiero ahora más que cuando la conocí. De la última vez que la vi tengo el recuerdo de la mascada. No recuerdo con precisión si esa fue la última vez…, cuando estuve en Alemania no hablábamos por teléfono porque tenía muy poco dinero y ella también. Después no nos volvimos a ver. Ojalá le sirva lo que le he dicho porque no hay mucho más que contar y mire lo del libro, quizá le pueda ayudar.

*   *   *

La voz se suspende en un silencio propio de toda conversación telefónica, pasan los días y “miro el libro”, repaso la entrevista, la charla que da vueltas, que regresa sobre sí misma, que evoca la viveza de lo vivido a través de los vaivenes de una memoria cuyos entresijos son señuelo para romper la cadencia del tiempo lineal, ¿multiplicidad temporal?[19] Decía Zambrano que había de escribirse en el delirio, supongo que ello obedecía a la necesidad de abrir el pensamiento a otros modos y horizontes, “[…] pues que el delirio conduce, acaba conduciendo a alguna idea […]”[20], ¿a un mayor nacimiento?[21] Quede en la memoria de Sergio Fernández lo invaluable de aquello que perdura, queden entre nosotros sus palabras.


Notas

[1] www.marianabernardez.com, la presente conversación se realizó el 28 de octubre del 2008.

[2] Enrique Hülsz Piccone y Manuel Ulacia, editores. Más allá del litoral. México: Facultad de Filosofía y Letras. UNAM, 1994. Véase el artículo de James Valender, “En recuerdo de Manuel Ulacia Altolaguirre (1953-2001), en http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/04703 052300458362975635/209398_0031.pdf

[3] Sergio Fernández. “Las meninas”, en Los desfiguros de mi corazón. México: DGP/ Conaculta. Col. Sello Bermejo. 2004. pp. 138-154.

[4] Para conocer la obra de Ramón Gaya véase el sitio http://www.museoramongaya.es/index. asp?menuprin=1

[5] Para una semblanza de esta pintora véase el artículo de Enrique Andrés Ruiz. “La niña Sole”, en http://www.scribd.com/full/2928495?access_key=key-df0kdople2qyvfm6ela

[6] Para conocer un perfil biográfico de Salvador Moreno consúltese http://sepiensa.org. mx/contenidos/menu_arte/l_mexXX/sigloxx/moreno/1.htm

[7] Se refiere a la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México.

[9] Sergio Fernández. “Las Meninas”. Op.Cit. p. 142.

[10] Iglesia donde se encuentran los restos de aquellos muertos por el Santo Oficio. “Un día se acercó a los frailes que guardan el recinto mortuorio —franciscanos mallorquines, según cree recordar— y les preguntó si se podía ofrecer una misa por alguno de los ejecutados enterrados en el anonimato del osario común. ‘Por supuesto’, le contestaron. ‘Pues quiero ofrecer una misa por Giordano Bruno’, dijo María. El fraile se escandalizó un tanto y repuso, con imprevisto acceso de erudición: ‘Pero creo que ése murió recalcitrante’. ‘Pues precisamente por eso’, insistió ella; y la misa se dijo.”, en Fernando Savater. “En presencia de la voz de María Zambrano”, en María Zambrano. Premio Miguel Cervantes [1988]. Editado por el Ministerio de Cultura, Dirección General del Libro y Bibliotecas y Dirección del Centro de las Letras Españolas. España, 1989. p. 18.

[11] Sergio Fernández. “Las Meninas”. Op.Cit. p. 144.

[12] Ibidem. p. 140.

[13] Ibidem. p. 139.

[14] Ibidem. p. 147.

[15] Ibidem. p. 150.

[16] Sergio Fernández. “Las Meninas”. Op.Cit. p. 138.

[17] María Zambrano. Fragmentos de los Cuadernos del Café Greco. Roma: Instituto Cervantes. 2004.

[18] Sergio Fernández. “Las Meninas”. Op.Cit. p. 140.

[19] El término es retomado del libro de María Zambrano El sueño creador. España: Ediciones Turner, 1986. p. 18. De interés también el artículo “Tiempo de nacimiento”, en Diario 16. Culturas. Suplemento Semanal. No. 24, 22 de septiembre. Madrid, España, 1985. s/p. “El tiempo es múltiple, sin duda. Y la cuestión sería el saberse alojar en el tiempo, en cada tiempo, no solamente por el ser, sino por el estar, por el vivir [...] el tiempo es múltiple y uno, que está por encima de la unidad y de la multiplicidad, que vamos navegando por él, devorados por él y devorándolo, que tenemos acción sobre el tiempo.”

[20] María Zambrano. “Carta número 16”, en Cartas de La Piéce. (Correspondencia con Agustín Andreu). España: Pre-Textos y Universidad Politécnica de Valencia, 2002. p. 85.

[21] Epíteto retomado del poema de Joan Maragall “Cántico espiritual”.

Mariana Bernárdez
Actualizado: enero de 2009

 

© José Luis Gómez-Martínez
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