María Zambrano
Correspondencia

 

Roma 13 de abril de 1955

Piazza del Popolo 3

Diego, he sentido deseo de escribirte unas líneas, quizá para decirte esa palabra que tanta vergüenza me da decir de viva voz cuando es de tan de verdad: gracias.

Porque me has llevado sin hacerme sentir peso alguno y como sustrayéndote tú mismo de la belleza que es el único modo de entrar en ella. Me dijiste que iba pisando tu sombra en el Parque de Caserta y me sorprendió porque no la tenías; como los chinos —me imagino que los de Tao son así— hemos retirado los dos nuestra sombra, no nos hemos proyectado a nosotros mismos sobre lo que se nos ofrecía. Y así, creo que no sólo hemos visto, sino que hemos entrado a formar parte de esa guirnalda en que todo unido danzaba; de esa ronda que hace a las cosas terrestres parte de los cielos. ¿No recuerdas los tiempos en que el saber de las cosas de la Tierra formaba parte de la Astronomía? Yo me he acordado o más bien, he sido devuelta a ello, pues que en estas cosas —en estos saberes— se es pasivo. Nos hemos dejado llevar en esa corriente de luz blanca, lechosa, en ese fluido siempre virgen del que nos separa la corteza de lo humano, de la maldita historia, ¡tan hermética! Y así nuestra Guerra se me aparece como una granada que se abre, como quizá un poco todas las Guerras; una roja granada que se abre y esparce sus granos de sangre, de vida, pues que el hombre tiende a encerrarla torpemente y “... el que quiera salvar su alma, la perderá” que creo dice el Evangelio... Pero quererse hundir, como a veces se quiere, es igualmente malo porque es lo mismo al ser lo inverso. Ni lo uno, ni lo otro, sirven, sino esa docilidad que hemos tenido los dos y haberla alcanzado contigo me da alegría.

Y aunque me da algo de vergüenza, aún por escrito, te quiero decir que te he visto o mejor, sentido, formando parte del paisaje, de la realidad... así es como se ve a alguien —creo—. Dos imágenes me quedan nacidas sin intervención mías, como regalo o rastro: una de ti como de algo blanco, blanco y ya naciente; algo que nace a ser columna. Y otra imagen, de los dos encaramados, albergados en la cueva de Amalfi sobre el mar, casi como la cueva de Greccio de San Francisco; blancos y pequeños, en un nido de piedra, dos pequeños pájaros en silencio.

Y porque todo ello es raro, extraño y precioso doy las gracias al Ángel, pero también a ti.

María. 14 de abril.[1]


Nota

[1] De su puño y letra.

 

© José Luis Gómez-Martínez
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