María Zambrano
Correspondencia

 

La Pièce, 22 de agosto de 1973.

Querido Enrique:

En vísperas de la Asunción recibí tu carta fechada el 12 de julio. Lo curioso es que por aquellos días de julio recibí varias cartas y hasta un libro enviado por Juan Soriano, con celeridad inclusive. Y después ya no he vuelto a recibir nada de Italia, excepto esta carta tuya. —Rafa[1] recibió con completa seguridad la que tú le escribiste casi al mismo tiempo—. Por mi parte envié a nombre de Diego y de Juan cuatro separatas como ésta que te envío, una de ellas para Pinilla. Y nada he sabido. Tampoco de Elena a la que escribí una carta un poco tardía, a últimos de junio o julio. [Tampoco de Maruja Pinilla, a partir de estos días, a quien escribí dos casi seguidas.][2] Y de “70”[3] recibí dos ejemplares del número con mi freudismo, y nada más. El cheque me lo habían dado en Roma en vísperas de salir y se me había olvidado, pero ahí lo tengo aún. Lo cambiaré. Por todo ello, gracias.

Me alegra —es la expresión adecuada— lo que me dices de la Ética espinozina. Es uno de mis libros salvadores. Presidió toda mi juventud y es uno de los tres que saqué de España —los otros, Tratado de las Tribulaciones, Subida al Monte Carmelo. El más frustrado de mis escritos salió conmigo en papel de Hora de España y fue acabado en Morelia y publicado enseguida en Sur: «San Juan de la Cruz, de la noche oscura a la más clara mística». Sigo un paralelo entre Espinoza y el método de San Juan. Sólo hubiera querido una servidora escribir un libro así: diamantino, diáfano, invulnerable y no pierdo la esperanza de que alguien lo escriba en esta estación del hombre aquí. Pues que es indispensable que eso ocurra. Elemire[4] un día ya lejano, me decía que Espinoza había rechazado la Cabala. Y es que no le hacía falta, que la filosofía en ciertos momentos puede pasarse de todo y de no ser así no estaría su existencia plenamente justificada. Y Espinoza es uno de los puros filósofos que muestran la entera validez del pensamiento filosófico. Y no digo que pudo pasarse de la poesía, pues que hizo un Poema, según he repetidamente dicho y escrito... a lo largo de mis mil años de escribir. Acompañó a Nietzsche hasta el último momento. El “Amor Dei Intellis” fue más potente y luminoso que el sueño del Superhombre. Pues está más allá, y no más acá de la Tragedia. Y eso me indica que Nietzsche se fue muriendo cuerdo, embebido por la felicidad sin sombras. Y ya no me falta más que decir: “gracia que a todos de corazón nos deseo”.

Me alegro que sigas con tus poemas. Y te auguro que esas pocas palabras sean de la estirpe de las “pocas palabras verdaderas” — “La ola humilde a nuestros labios vino”. Así me lo auguro y espero. Es buen signo que sean así, de pocas palabras.

Y escribiendo estoy. Interrumpí, ha sido bueno, el final de mi libro, por haber aceptado al fin, la demanda de presentar el último número —al fin hallado— de Hora de España. Se me impuso el no dejar abandonada a esta Antígona. Sólo de aquello que entonces nos tuvimos que hacer cargo de ella, vive una servidora. —Alberti estaba en Madrid— Emilio Prados y José María Quiroga no pueden hacerlo. Y aún estoy segura de que estando vivos lo hubieran en mí delegado. Mas Emilio me hubiera dado algo maravilloso, suyo. Y claro que no se puede hacer la Introducción de este número que sale solo, como si sólo fuese el publicado. Me he de referir al nacimiento ¡Qué primer número espléndido! Y espléndido es también este último de cuyo sumario no me acordaba, y de lo que menos, de un ensayito mío sobre la poesía de Neruda “o el amor de la materia”. Es toda la Guerra de España y su sentido, la que vivo y revivo. Y tiemblo con un temblor que se añade al que desde hace ya año y medio no me abandona. He visto a muy pocas personas y no he salido casi nada. La torcedura del tobillo no se ha pasado. Vuelvo ahora, ayudadísima por Rafael y por Mariano[5] a arreglar la casa. Y hay que arreglarla, la casa y no solamente las cosas. Ellos trabajan, y yo he de atender. No me lamento. Es bueno. Rafa, recibió una llamada telefónica de una señora amiga tuya que volvía o iba a México y le entregó el reloj arreglado, creo que es el que corresponde a tu hermana.

Espero que hayas encontrado bien a todos los tuyos, a quien tu presencia tanto habrá alegrado.

            Un abrazo

            María

Valente con toda su familia partió para un lugar —no tengo la dirección— cerca de Amalfi. Estaba agobiadísimo, fatigadísimo. Nunca lo había visto así. No pudo tan siquiera venir a despedirse.[6]


Notas

[1] Se refiere a su primo Rafael Tomero.

[2] Oración escrita al margen del párrafo, que insertamos aquí por el sentido de la misma.

[3] Revista italiana Settanta se refiere a su artículo «El freudismo, testimonio del hombre actual»

[4] Se refiere a Elemire Zola.

[5] Rafael y Mariano Tomero, sus primos.

[6] Al final de la carta de puño y letra, se refiere a José Ángel Valente.

 

© José Luis Gómez-Martínez
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