María Zambrano
Correspondencia

 

La Pièce, 10 febrero de 1974

Querido Enrique:

Recibí hace pocos días tu segunda carta vía ONU cuando estaba ya en escribirte, al ver que me habían llegado tantas cartas de Roma, unas al cabo de 20 ó 25 días, otras de seis ó siete y la última, la de Elena de [ilegible]. Pues que tu anterior vía ONU, me desanimó de escribirte por algo que al final decías muy pesimista en cuanto a la posibilidad de recibir ahí cartas de afuera. Recibí, sí, el libro de Cioran y el de Alberti para Rafael, mas no la carta contemporánea. Me alegra la próxima, sucesiva aparición de tus poemas. Espero leerlos, me interesa especialmente dentro de lo que tú haces.

Sí, me acuerdo de tus estudios de árabe, hasta el punto que creí al venir aquí que en ello andabas, pero claro está que no te fue posible. Mas siempre sentí que el árabe es algo así obligatorio, digamos, para ti y que te faltará siempre si no te sumerges o más bien, circulas entre sus preciosísimos meandros y circunvoluciones. Por mi parte, me contento con contemplar las letras hebreas en un librito de Carlos Suárez donde vienen los espectogramas de sus sonidos. Qué poderosas son y cómo ya nunca podremos recobrar ese misterio.

Anoche, quiero decir durante toda la noche, estuve leyendo un librito de “Du Seuil” la Vida de Santa Teresa y también en otro análogo la de San Juan. Siempre se descubre algo al “repasar” las grandes lecciones. Qué contraste, Enrique, entre la sobreabundancia de Santa Teresa, qué visitada, cortejada por el Esposo, y el abandono, la noche oscura verdadera de la petite Santa Therèse de Lisieux, una de mis santas queridas. En una frase, simple y expresiva sin sombra de cursilería, ni de modernismo, expresa el abandono, la soledad tal como si Simone Weil hubiera estado en un convento y algo tiene de filósofa esta “santita al eaux de roses”. No, hace mil años que la reconocí. Me gustaría poder leer el libro de Gertrude Stein sobre San Juan de la Cruz —la filósofa que de ayudante de Husserl pasó a las Carmelitas y murió en un campo de concentración nazi.

He sabido de la novela “Azaña” y querría leerla, como es natural. Un compañero de Rafael, gallego que se llama Luis Fernández —¿sabes que ha muerto el pintor oscuramente en París?— ha estado en Navidades en España y me dijo que en una semana se vendieron cien mil ejemplares y que la gente lo pide como pan caliente. Y para él que contará menos de cuarenta años, ha sido una revelación y dice que lo es también para muchos: “ese hombre tan vilipendiado, admirable es, qué señorío, qué dignidad, qué superioridad” y que el libro está hecho “por el mismo Azaña” porque está extraído de sus Memorias y de otros lugares. Así que el efecto parece sea positivo. Pero qué innoble que no permitan circular la biografía de tu Padre y las Obras del mismo Don Manuel para dejar paso algo así, que no sé por qué no acababa de convencerme, pues que una piensa ¡Cuando lo dejan circular algún venenillo, alguna deformación contendrá! Y luego, lo económico...

Siento el forzado abandono de uno de tus apartamentos ¿caben tus preciosos muebles?

Envíe después de lo que pensaba, “Claros del bosque”. Mas por grande que sea el interés de la editorial, por cierto, como me parece en este caso, al entregar los libros se tiene la impresión de que han ido a parar a no se sabe qué lugar de dónde, si se tiene la suerte, algún día saldrán. Y los que tenía en el telar para seguirlos, han sido echados para atrás por uno recién nacido, que no sé, claro, si nacerá o crecerá.

Recibí vía área un ejemplar de El hombre y lo divino que ahora dicen es segunda edición porque a la que así llamaron la llaman ahora primera reimpresión. Y aunque no le he leído todo lo añadido ya encontré hermosísimas erratas, tal como “vacante” por “bacante”. Nada.

Nada me dice Elena en sus cariñosísimas líneas de la Revista de la que nada me extraña su caída. Y es lástima, claro está.

Me escribió Gil Albert diciéndome la pérdida de su hermana-hermana. Y ¿cómo voy a poderlo comentarlo y más todavía hoy, ahora anochecer de domingo? Me pedía algo para un homenaje que le hacen unos poetas jóvenes. Espero que le haya llegado a tiempo pues que estaba en unos días de grande agobio y no sólo por el final de mi libro. Me decía de haber recibido de ti palabras definitivas, “lapidarias” acerca de ésa su tremenda pérdida. Se siente muy amigo tuyo.

Gracias Enrique por el recuerdo de Araceli. Sí el día veinte y a esta hora “cuando estaba mejor”. Más el tiempo no corre para mí en esto. El dolor no se puede ir. No lo despido, lo abrazo. Lo abrazo porque el amor ha de llevarlo consigo hasta que... Más hasta Juan de la Cruz dice que la dolencia de amor no se cura sino con la presencia y la figura. ¡Ver de nuevo sin temor la faz de lo que se ama en lux perpetua!

Hasta pronto Enrique. Gracias por tu constancia. ¿Te acuerdas de Constante amigo? Si es que es necesario recordarlo. Qué presente lo tengo. Sí, las presencias existen y dan vida, pero somos ansi Señor.

            Un abrazo

            María

¿Has vuelto a saber algo de Carmen Laforet? Juan me ha mandado fotocopias de un precioso artículo sobre Elena y los dibujos tan inspirados que están, con tanta pureza que da la pureza que a Elena sostiene, la inicial. Creo que a ella le habría hecho mucho bien. Y comprendo que el mío no le haya sido asimilable.

¿Sabes de algo de Don Ramón Gaya? Gil Albert me decía de haber recibido su visita.[1]


Nota

[1] Estos dos últimos párrafos se encuentran manuscritos.

 

© José Luis Gómez-Martínez
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