María Zambrano
Correspondencia

 

Ferney-Voltaire 29 de noviembre, 79

Querido Enrique:

Pongo esta hoja a la máquina sabiendo que no puedo escribir sino esto como una especie de prenda o de no sé, como si el depositar el querer en una materia diera fuerza. Pienso que sea algo que tenga que ver con alguna operación alquímica que no conozco.

No es que quiera cumplir contigo, es que quiero escribirte, ya que es el único modo de comunicación. No basta, mientras andemos por aquí el pensamiento, aunque sea él el principio y el fin. Y ahora, hasta mañana. Te digo buenas noches, Enrique, como cuando con tanta naturalidad nos lo decíamos. Hasta mañana, pues.

 

17 de diciembre.

No imaginaba yo que me acechaba una caída aquí en mi casa, que al llover sobre mojado me sumergió en no sé qué ínferos. Todas las otras calamidades se avivaron tal como si las ideas y creencias de los siglos de “oscuridad” dijeran mayor razón de nuestros males, no sólo físicos, que los análisis de todo orden de ahora.

¿No crees que anda muy retrasada y en mantillas no lo de la ciencia del mal, sino su simple percepción? Y qué indefensos nos deja ante las arremetidas de los monstruos visibles e invisibles. Y cómo echo de menos el hablar contigo, pues sí creo que tú, sí, eres de los que saben. Ciertas sonrisas tuyas me hubieran bastado. Caigo en la cuenta de que eres una de las personas que más dicen con la sonrisa.

Tus dos cartas son espejo de realidad, cuánta precisión, hasta números abrigan. Recuerdo que hace ya luengos años comenzamos a entendernos partiendo de los pitagóricos, de los Templarios. Los números del alma, anhela uno conocerlos, oírlos, pues que los números pitagóricos se cantan, pero esos otros del destino, no, esos no se cantan ni apenas cuentan. Con tal de que no seamos nosotros su “cuento”, ¿no te parece? Lo de Carmen ha sido muy serio para mí. Este año el día de las Ánimas era especialmente terrible y el saber la muerte de Carmen ése día fue perfectamente adecuado. Pienso que Juan lo sintió y lo supo así. Y así ella, Carmen, entró de inmediato en la Comunión de nuestros muertos, esa que dentro de la Inmensa Comunidad, se forma. Y tu ida a Santiago de Compostela, nota perfecta de esa enigmática música. Era allí donde tenías que ir.

De otro modo entré en relación con Santiago de Compostela. Me escribieron unos, que imagino muy jóvenes, llenos de candor, incipientemente escritores, pidiéndome colaboración para una Revista cultural en español y en gallego, en forma conmovedora. “Bonaval”, se titula, pues que así se llamaba un Trovador de Santiago. Al cerrar la carta surgió en mi mente “Y es una flor que quiere echar su aroma al viento”. Y sentí el temblor. Y así estando agobiadísima de cosas urgentes, escribí —con tanto inédito que tengo— algo “El Temblor” en que cito a Rosalía y a continuación “El Misterio de la Flor”. Qué desamparados están. Me dicen que el segundo número es casi seguro que no puedan publicarlo y que ya el primero requiere sacrificio. Pero que con sólo publicar lo mío lo dan todo por bien empleado. Sí, cuánta aspereza en esa nuestra Patria, y cuánta mezquindad.

Recibo cartas Enrique de desamparados, que vienen a mí a que los escuche, a abrir su secreto poético temblando. Y algunos sí, son poetas, lo serían. Cuánto dolor y cuánta por mi parte ofrenda de atención, tiempo y todo, temblando porque siento que no puedo suplir. Pero Cuánta belleza escondida.

Y de belleza hablando, me he venido a recordar de alguien de quien quería hablarte. Javier Ruiz, el que heroicamente prosigue con la colección de “Visionarios, heterodoxos y marginados” en la Editora Nacional. Se ha casado con una muchacha muy joven, poetisa, Julia Castillo, que hace años recibió un Premio Adonais. Trabaja además en la editorial de García Sánchez de Badajoz. Culta, inocente, sabia. Las cartas que me escribieron comunicándome sus bodas son muy diferentes, cada una de grande belleza. Él es arabista, sabe y siente, se siente hasta por familia descender de su secreto. Me describe la Ceremonia en la Capilla cristiana de la Mezquita de Córdoba —él es de Córdoba secularmente— en las arras que él le ofreció había una moneda desconocida, ejemplar único. La carta de ella, es una de las más hermosas que haya yo recibido en mi vida, tan mimada por el destino que he sido y soy en esto. Hicieron bodas de verdad. Tardé muchísimo en contestarles y lo hice al atropellaplatos, para darle acuse de recibo de su último libro publicado en la Colección “El ente dilucidado” de un fraile capuchino del XVII [Fray Antonio Fuente La Peña];[1] que en España sólo Paco Baroja conoce. Es sumamente singular, diría yo único, pues que las extrañezas y prodigios vienen como teoremas para el desarrollo de una filosofía de la naturaleza sumamente racionalista en que la razón y la experiencia histórica son cuenta de lo prodigioso y extraño. La presentación es interesante y cuidada. Es un libro que pasará desapercibido. Y me han contestado enseguida los dos, ella sobre todo maravillosa y delicada —poema. Y me envía unas briznas de un árbol único que vive en el Retiro, desconocido. Nada me piden, me pedirán que vaya allí cabe ellos, pero se quedarán en el límite, en la invocación conmovedora. Y como él me habló por teléfono a propósito de mi Ay, ay, ay, ay, Lucrecia de León. Me dijo que se quedaría hasta que se la envíe, y que ha presentado una lista de libros para la colección que ha sido aceptada. Me preguntó si yo conozco al poeta que esté dispuesto a sin dejar de serlo, escribir algo de historia, si yo conozco a algún arabista que quisiera traducir algún tratado inédito, pequeño de Ibn Arabi. Yo le hablé de ti. Él se quedó esperando tu propuesta hará más de un año, cuando me dijiste que el libro para esa colección lo querías publicar. Le repetí ahora tus capacidades y que eres poeta, que has traducido no sé si todo el Diwan de Al Hallaj que me parece a mí ser de mayor originalidad —en cuanto a conocimiento— que Iben Arabi, le dije de otras investigaciones tuyas... Le di tu dirección y me dijo que te escribiría. No sé si habrás recibido la carta. Si a ti te interesa, la nueva dirección de la Editora Nacional es: Torregalindo 10, Madrid-16.

Dime si han salido ya tus poemas en la “Era”. Encuentro admirable la edición, la salvación del “Retrato de un desconocido”. Y estupenda la idea del epistolario. Será libro imprescindible.

Tengo la impresión de no decirte apenas nada. Pero he de dar por acabada esta carta que “in mente” tantas veces te he escrito, es decir, esta no. Diego me llamó desde París a donde fue a ver la expo de Juan. Me dijo de su viaje que le envidio. Yo estoy aquí inmovilizada, inutilizada. Será así este ciclo o sobreciclo. Mi estrecho cubil tenía vistas a un lugar horrible, donde el horizonte dejaba ver la Aurora. Una nueva, hórrida “construcción” me la está tapando ya. Para el día de Navidad estará tapada.

Recibo cartas, mensajes, imágenes, y hasta hechos de belleza casi irresistible. La mayor parte de mis pocos amigos de aquí lo está pasando horriblemente hasta lo increíblemente mal. A algunos los conoces, a uno sobre todo, y a su mujer y a sus hijos que se sintieron felices en tu casa en Roma. Lo que sucede afecta a toda la familia— en cuanto tal.

Diego me llamó desde Roma al recibir mi telegrama del día de las Ánimas. Fue una verdadera comunicación, comunión con escasas palabras. Y ahora llegan las Fiestas. Creo que estaré aquí, mas no me sentiré sola. No, Enrique, no me puedo sentir sola. Y aún con la Aurora tapada, el “Caído se le ha un cláverl[2] hoy —a la Aurora del seno”. Recordaré a tu madre. Y no hay modo de que termine o dé por acabado ese “De la Aurora” dedicado a mi Madre, salido gota a gota, por sí mismo. Si has recibido “Altaforte” singular revista que ha salido en París —cuatro números al año, 64 páginas, edición bilingüe... es muy bella, pues ahí verás algo extraído de “De la Aurora”. El muchacho con quien nunca tuve relación a quien se lo dedico, era muy joven cuando hace un año en Río de Janeiro, se fue de este mundo voluntariamente. Conozco de él un Poema, especie de oración pidiéndole a la Virgen que le devuelva el cuerpo intacto. Es hermosísimo.

Y ya, si, termino. ¿Has recibido un ejemplar de la edición crítica de “La Piedra Escrita” por Sanchiz Banus, Edición Castalia? Le di tu nombre y dirección a Palma Prados de Araoz.

[Enrique, que el Dios que nace te guarde. Un abrazo, con amistad de siempre. María.][3]


Notas

[1] Insertado al margen izquierdo del párrafo y manuscrito.

[2] Textual.

[3] Manuscrito.

 

© José Luis Gómez-Martínez
Nota: Esta versión electrónica se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines, deberá obtener los permisos que en cada caso correspondan.

 

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