María Zambrano y Alfonso Reyes
Correspondencia

 

CARTA ABIERTA A ALFONSO REYES SOBRE GOETHE

Hace algunos días pude leer en “El Papel Literario” de Caracas —a donde van estas cuartillas— sus dos hermosos artículos sobre Goethe y habiéndome recreado en los dos me quedé dándole vueltas al último; me he sorprendido pensando en el “supuesto olimpismo de Goethe”, mientras se volvían solas las hojas del libro abandonado o se abarquillaba la cuartilla puesta a la máquina hablando entre mí acerca del asunto. Me había sentido un tanto aludida en la multitud de los que se resienten ante la figura de Goethe viéndola más estatua que hombre viviente. Y entonces me digo ¿por qué no hablar con usted en alta voz y en alta voz confesarme ante usted de esta falta? Pienso que está usted dispuesto a escucharme en virtud de ese señorío intelectual y moral inherente a su persona y su obra, nunca desmentido. Y a ello voy, pues creo que me lo permite.

No sé, naturalmente, si lo que me pasa con Goethe coincide con el sentir de los que han fabricado y mantenido el tópico de su “olimpismo”. No puedo hablar sino en nombre propio, preguntándome qué raíz tiene ésta, más que aversión, resistencia a dejarme anexionar por uno de los más lúcidos espíritus del mundo al que pertenecemos. Pero sin querer he dicho una palabra “anexionar”... hay hombres que en su modo de estar plantados ante el mundo parecen tener un gesto imperioso e imperial. Pero creo que ello sería nada, una pequeña nada que la lectura de alguna de sus obras o de sus líneas más hermosas hubiera disuelto.

¿Es la pluralidad del alma, quizá, la pluralidad de almas fundidas en un solo destino, enseñoreadas por una sola voluntad, lo que despierte una especie de rencor en quienes harto habemos con el peso de nuestra sola, única alma? Ya ve que estoy entrando en el terreno de la confesión, que ya aludo a cosas secretas e indescifrables de mi propio ser, pues ¿sé yo acaso qué género de unidad poseo —quiero decir, voy creándome—? Pero confesión han de ser estas líneas a usted dirigidas pues que se trata de encontrar la explicación de algo que a primera vista tiene todos los caracteres de un pecado: resistencia a una de las más luminosas figuras de la cultura europea.

Y, ¿por qué?, me pregunto; ¿por qué nunca me he dejado seducir por el brillo que irradia la figura de Goethe? ¿Por qué no puedo decir sin faltar a la verdad que me haya alimentado de su pensamiento, que me haya sido imprescindible como Nietzsche —por citar filósofos-poetas solamente— que me haya atraído como Schiller; que me haya despertado ese sentimiento que es ligazón fraternal, como Hölderlin y Novalis —por referirme tan sólo a otros hijos de su mismo suelo germánico? ¿Por qué? No ciertamente porque la obra de Goethe carezca de riquezas innumerables, quizás demasiado innumerables... pero ahí está Nietzsche que también las posee y en forma ambigua y para muchos perturbadora. Nietzsche también tuvo varias almas; la unidad de su espíritu también se dio en la metamorfosis. Entonces, mirando lo que de común tienen los cuatro poetas-filósofos que he enumerado algo que parece en todos y más determinadamente en dos de ellos —Nietzsche y Hölderlin— y que no se deja ver en Goethe, algo, sí, difícil de decir ahora que lo he encontrado... Le pido un poco de paciencia, lo cual es un modo de decir, pues si yo no supiera que la tiene en grado tan alto no le escribiría estas líneas. Creo haber descubierto que el motivo de mi resistencia ante tan grande espíritu es simplemente el que no haya sido criatura de excepción, sacrificado o raptado por los dioses en alguna forma. Su vida aparece como el triunfo de lo humano, de la humana voluntad que domeña las pasiones y crea su propia fortaleza. Es alguien que se ha hecho a sí mismo a través de múltiples combates —algunos secretos, sin duda— como si nos dijera: “Vean: la condición humana puede lograrse en todo su esplendor; vean como es posible al fin, ser un hombre, todo un hombre en todos los aspectos sin menoscabo de ninguno”.

—¿Y tal milagro de pura humanidad despierta en usted esa resistencia de la que me habla?— se dirá usted quizá, entonces viene a confesarse de algo realmente feo, de una especie de rencor o de un arcaico sentir religioso que me hace situarla, si en el Antiguo Testamento, antes de que si dijeran las palabras: “Misericordia quiero y no sacrificio”; en la Antigua Grecia quizá al lado de los que de buena fe —pues de todo habría— sacrificaron a Sócrates portador de la nueva piedad a la piedad arcaica, trágica y... ¿a qué seguir? Basta ya pues, si es bastante, pero no creo que sea este sentimiento —ni rencor ni resentimiento piadoso— y si lo fuera, quedaría contenta de habérmelo descubierto y agradecida a usted que me lleva a confesarlo públicamente, forma tan eficaz de “catharsis”. Pero no, no es eso, veamos si puedo explicarme.

Creo que lo que me sucede ante el caso de Goethe, ese hombre que parece haberse escapado de pagar la prenda —la prenda que de niños aprendemos a jugar, a pagar— es una zozobra que traducida en pregunta sería: ¿Y cómo, si es posible lograrse como hombre en tanto esplendor no acontece así más a menudo? ¿Por qué la plenitud goethiana es un “caso” y no la normalidad en mayor o menor escala? Y no se le ocultará que bajo esa pregunta late la angustia de estos tiempos en que el humanismo ha hecho quiebra; pues hoy nos preguntamos en mil formas, hasta cuando nos preguntamos otra cosa: ¿Es que es posible ser hombre? Y la dificultad creciente que ante el logro de lo humano se opone y ante el horrendo espectáculo dado por los más cultos de los pueblos, se hacen visibles las potencias obscuras verdaderamente infernales que al hombre acechan, que si se adjudican a un personaje no humano sería el Demonio y si algo que llevamos en nosotros, sería infierno, ese infierno que se abre en las entrañas de la historia y aún en nuestras propias entrañas... Todo en fin, lo que quedó olvidado en los días de la fe humanista de la que Goethe parece ser uno de los santos principales... Y como quien esto escribe ha pasado su vida —no tan larga ni tan corta— bordeando infiernos, trabada en luchas demoniacas, cuando no a pique de asfixiarse en las tinieblas, como si las circunstancias, las famosas circunstancias históricas fuesen casi sólo eso: infiernos de la condición humana que hay que rescatarse de ellas una y otra vez “sin tregua”. ¿Es de extrañar que la imaginación rememore los tiempos de sacrificio y que se nos pueble de figuras de la antigua Piedad o que aquellos que pagaron la prenda sean nuestros “santos”? Y es ya un triunfo de la esperanza que sea Prometeo y no Sísifo, y que lo sea Orfeo, que esperamos rescatará nuestra Eurídice después de haber sido desgarrada por todas las Ménades que en el mundo han sido. Nos han vuelto a enseñar los tiempos que es preciso irse en sangre para que el hombre no se vaya; para que subsista la posibilidad y la esperanza de lo humano. Y hemos visto a la muchacha Antígona condenada a ser enterrada viva. ¡Bien lo sabe usted que tanto se conmovió cuando tapiaban su tumba! Y una tumba tapiada es un infierno donde cabe, eso sí, convertirse en semilla que el viento lleve atravesando el resquicio de la piedra, a otras tierras más abiertas y soleadas; donde se puede seguir indefinidamente delirando, conciencia y voz sin cuerpo... y que la sangre y el alma se hundan en la tierra para revivir un día, ¡tantos muertos!

Parece esencial al destino humano que tengan lugar estos sacrificios humanos en primaveras sagradas para que la historia no se quede vacía de alma. Y hay además, esos sellados por los dioses que pagan la gota de luz recibida y dada a todos por su arte, por la miseria y el anonimato como nuestro, iba a decir Padre, Cervantes; el ir “más allá” en la pasión de ser hombre enajenándose como Nietzsche o quedando envuelto en vida en el sudario de su propia inocencia como Hölderlin.

Pero, con todas estas razones le indico tan sólo el motivo de mi apego a las víctimas de sacrificio. “El caso Goethe” queda intacto. ¿Cómo consiguió su plenitud sin pagar prenda? Eran otros tiempos... Sí, los de Hölderlin y Novalis; también los de Hegel y Fichte, pero éstos como filósofos apenas tuvieron vida que es el modo más seguro de esquivar la cicuta. Y la cicuta ¿no es prefiguración del cáliz?, cosa sagrada, de la piedad. Y mal sagrado el de Hölderlin; sagrada también la miseria de nuestro don Miguel, que tuvo hasta su estigma en la mano mutilada. Y estigma también la sordera de Beethoven y los vértigos de Pascal. ¿De qué se valió Goethe para pasar sin estigma ni pagar prenda? ¿Es que acaso tan grande poeta era, y adivino, no tuvo que ver nada con lo sagrado, con la piedad? Y como los dioses olímpicos parecen ser la esencia inmutable en su perenne metamorfosis que trasciende la piedad antigua —que es estigma y pagar prenda—, de ahí que quizá el olimpismo que circunda como un halo y como un estigma, a Goethe, el bienaventurado de lo humano, el que amó como no amó don Juan, el don Juan logrado.

Tratándose de los dioses que dan a Goethe su patronímico, no nos atrevemos a preguntarnos qué hicieron para escapar de la Piedad primera, que es devorar o ser devorado. La respuesta inmediata sería: viviendo en la metamorfosis. Pero ¿cómo vivir en la metamorfosis sin perder la identidad? Y como Goethe era, al fin un hombre, y el que fuera paradigmático no hace sino agravar el caso, la pregunta urge sin que la podamos acallar.

Todo hace pensar en un pacto. Y puesto que de aquí, de Roma, volvió tan cambiado, lleno de serenidad y fuerza, maestro de sí mismo, como usted tan delicada y agudamente señala, por qué no pensar que algo aprendió aquí de lo que más le importaba: una ciencia de la piedad que es “saber tratar lo otro” —lo pongo entre comillas porque me veo forzada a citarme a mí misma. Saber tratar, sí, con lo diverso, con los distintos planos de la realidad que al ser armonía ha de ser múltiple. Saber tratar con lo cualitativamente diferente: tender puentes entre los abismos existenciales, que hoy se diría. Saber tratar con la mujer, el loco y el enfermo; saber tratar con el mundo que es siempre “lo otro” —el no-yo—. Saber tratar con lo sagrado, poniéndose una máscara cuando hace falta callar a tiempo; saber de conjuros y de exorcismos; poder descender a los infiernos una y otra vez y hasta saber morir en vida todas las veces que haga falta. Saber tratar con los muertos y con sus sombras. Y sobre todo, sobre todo, saber tratar con “lo otro” en sentido eminente: “El Otro”.

Y en el trato con “El Otro” es donde debió triunfar Goethe, pues en lo demás algún error cometió, como el no reconocer o no saber tratar a Hölderlin —¿o formaba parte de su estigma que al fin no se pudo librar de tener alguno?— Y recuerdo ahora algo que de niña me contaba una vieja criada analfabeta, sibila de la Piedad, la historia del acueducto romano de Segovia edificado en la época del olímpico Emperador Augusto: Una doncella de la Edad Media sobrina de un canónigo tenía que ir por agua todos los días con su cántaro a la parte baja de la ciudad; una tarde en que el frío le calaba hasta los huesos invocó a “El Otro” para que la librara de esta fatiga a cambio de la prenda de su alma. Acudió como en aquellos tiempos solía, presuroso, y se hizo el pacto, que imagino no se debió firmar porque la doncella no sabría. Aquella misma noche haría un puente que trajera el agua, pero habría de estar terminado antes de la salida del sol; de no ser así, la doncella guardaría su alma. Legiones de diablillos trabajaron toda la noche —yo los he visto en un viejo grabado— bajo las órdenes del arquitecto, y ya sólo quedaba por poner una piedra cuando el primer rayo de sol fue a dar en su hueco. Y debió ser así, porque allí está el hueco cara a Levante. La grandiosa Puente del Diablo quedó hecha y la doncella guardó su alma para quien la creó.

Pues algo de este género debió de pasarle a Goethe, con una ligera variación, pues que él sabía firmar, pero sin duda “El Otro” deslumbrado no se dio cuenta que Goethe no le había dado su firma. Alguna piedra quedó sin poner, recuerdo el “Goethe desde dentro” de mi maestro Ortega. Mas la puente quedó hecha y la doncella se casó y tuvo muchos hijos... Yo me pondría ahora mismo a investigar si acaso no se llegó Goethe por Segovia, pero como el puente es romano y él estuvo aquí, en Roma, con eso basta, ¿no cree?

Y ya me tiene convertida por haber sido fiel a mi inicial rencor y a mi inicial amor por los hermanos sacrificados. Eso sí, no le perdonaré nunca el haberse pasado de largo junto a Hölderlin, sin haber tendido ese puente de que tienen necesidad las doncellas que han de ir a llenar su cántaro de noche a la fuente lejana y hasta escondida, y que hasta a veces se pierden, pues no todas pueden decir: “Qué bien sé yo la fonte que mana y corre. —Aunque es de noche—... Qué bien sé yo do tiene su manida.”

Y tan completa ha sido mi conversión frente a Goethe que su artículo me ha llevado a apurar, qué termino esta carta tan larga —por lo que le pido disculpas a usted y a nuestro director Picón Salas— con una especie de invocación a su espíritu para que no abandone al hombre de hoy como abandonó a Hölderlin, que le ayude a no descarriarse en la noche camino a la fuente, que al fin Hölderlin como poeta se salvó, pues todos, todos se salvan. Pero la Historia cuanto más poética más en peligro pone a su protagonista, ¡Bien lo sabemos los españoles y ustedes que están salvando a la Historia de México de su fondo trágico sin que deje de ser poesía! Que nos guíe a todos para que nuestro voto más íntimo se cumpla aún con parsimonia y fatiga. Y si pudiera pactar por nosotros —ya que parece que supo hacerlo— para que las fuerzas de las entrañas abismales se plieguen a trabajar a las órdenes del arquitecto que es siempre el Uno. Y que se construya el Puente —todos los imperios han de hacer el suyo— para que por el nos venga el hilillo de agua de nuestra historia poética que nos calme la sed. La sed de que el hombre sea, vaya siendo... que no nos descarriemos, ni se nos quebranten del todo los huesos en las idas y venidas de nuestra historia.

Roma. 20 de agosto de 1954.

 

Y me despido pidiéndole perdón por este atrevimiento y como siempre que he tratado con usted contenta y agradecida.[1]

María Zambrano

Nota

[1] Esta última oración se encuentra manuscrita. La carta efectivamente fue publicada en la revista Papel Literario y nuevamente se editó en la revista La Gaceta. FCE Nueva Época. No. 289, enero. México, 1995, pp 25-27, con algunas pequeñas variaciones. En este caso, se respetó la copia del original del Archivo de Cartas de Alfonso Reyes de la Capilla Alfonsina.

 

© José Luis Gómez-Martínez
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