Repertorio de Ensayistas y Filósofos

Simón Bolívar

 

"Simón Bolívar:
de la utopía a la decepción"


Juan José Canavessi

 

I.

INSTANCIA CRÍTICA Y PROYECTIVA DE LA UTOPÍA

1) Independencia, constitución y caída de la primera república

La primera república venezolana había nacido a partir de los acontecimientos del 19 de abril de 1810, cuando el cabildo abierto de Caracas nombró una junta de gobierno y convocó a un congreso, a fin de resolver la situación planteada por los acontecimientos europeos con el acuerdo de los representantes del resto de los cabildos de la capitanía. De la misma manera que en la metrópoli, los americanos respondían así a la dominación francesa de España. La junta se había establecido para gobernar en nombre del monarca cautivo[1].

Los acontecimientos europeos repercutieron de una forma muy particular en América. Las reformas borbónicas habían acentuado el poder de la metrópoli y habían originado una serie de revueltas en América a lo largo de la segunda mitad del siglo XVIII, aunque no todas del mismo tenor. Las ideas modernizadoras de los gabinetes españoles se nutrieron de las ideas ilustradas, que en España tuvieron características propias, lo mismo que en América[2]. Pero las medidas que se llevaron a cabo para el adelantamiento económico de la península, implicaban el sometimiento colonial de los reinos de Indias, lo que provocó todo tipo de reacciones[3]. Esta modificación de status político y económico, no se estableció explícitamente, sino que se manifestó a través de las medidas que la metrópoli tomó respecto de América. Lo que cambió fundamentalmente fue la manera en que América era vista por España. Si en la política de los Austrias los reinos de Indias eran iguales en jerarquía a los demás reinos de la corona, con los Borbones América empezó a ser considerada como una posesión al servicio de la metrópoli y subalterna de los otros reinos. La asignación de un lugar distinto implicó un cambio en la identidad americana por parte de la corona y la metrópoli, lo que tuvo como correlato una modificación en la manera en que los americanos se veían a sí mismos. Esto fue creando paulatinamente una identidad americana que se comenzó a definir en oposición a España[4].

En este proceso, las ideas de la Ilustración colaboraron en otorgar un nuevo marco de pensamiento, aunque no fueron las causas primarias de los posteriores procesos revolucionarios, sino una herramienta con la cual los americanos formalizaron su pensamiento[5].

Por otra parte, las revoluciones de Norteamérica y Francia influyeron en muchos, que siendo una minoría, creían llegado el tiempo de emancipar a América de la corona española. Para ese grupo, las ideas de la Ilustración eran más que una invitación a la reforma. El espíritu de las Luces los animaba y los hacía ver la llegada de un nuevo tiempo. Entre ellos estaban Miranda y Bolívar[6].

Este último, se había propuesto luchar por la independencia americana ya desde muy joven, y había rubricado ese compromiso con un juramento hecho en Roma en 1805, en presencia de su maestro Simón Rodríguez:

¡Juro delante de usted; juro por Dios de mis padres; juro por ellos; y juro por mi honor, y juro por la patria, que no daré descanso a mi brazo, ni reposo a mi alma, hasta que haya roto las cadenas que nos oprimen por voluntad del poder español! (3) [7].

El congreso que había convocado la junta de Caracas se reunió en marzo de 1811 y, en su seno, pronto se manifestaron las distintas posturas: los que querían aprovechar la coyuntura internacional para separarse definitivamente de España, y quienes preferían aguardar el desarrollo de los acontecimientos[8].

La presencia de Miranda, que había regresado de Inglaterra en diciembre de 1810, pesó para que los sectores más activos de la burguesía comercial y la aristocracia terrateniente –enfrentados con la metrópoli desde la implementación de las reformas borbónicas– se impusiese y lograse la declaración de la independencia el 5 de julio de 1811. En diciembre del mismo año se promulgó la constitución, liberal y federal, inspirada en la de los Estados Unidos[9]. Tanto Miranda como Bolívar estaban en desacuerdo con la forma política elegida[10]. Preferían un Estado más centralizado. La constitución estableció, además, la igualdad jurídica de todos, sin diferencia de razas, aunque no se declaró la libertad de los esclavos –simplemente, se prohibió su trata–. Asimismo, como condiciones para votar, se establecieron como requisitos la ocupación y la propiedad, lo cual aseguraba el dominio de la elite criolla. La constitución suprimió los fueros militar y eclesiástico; y aunque no se aceptó la tolerancia religiosa, sí se la discutió extensamente.

Pronto surgió la contrarrevolución. Valencia, Coro y Maracaibo se opusieron a Caracas. La llegada de una reducida expedición española desde Puerto Rico, al mando del capitán naval Monteverde, en marzo de 1812, fue ganando adeptos a su paso. El 26 de marzo, un terremoto destruyó Caracas y las zonas que se encontraban bajo el control de los republicanos. Para el pueblo, fue una manifestación de la voluntad divina, contraria a la revolución. De ahí en más, los hechos se precipitaron. Bolívar tuvo que abandonar la sublevada fortaleza de Puerto Cabello y Miranda –jefe supremo de la república, con poderes dictatoriales concedidos por el Congreso frente a la emergencia– capituló el 25 de julio[11].

 

2) Crítica a las utopías revolucionarias

Bolívar logró escapar de Caracas hacia Curazao y de ahí se dirigió a Nueva Granada, buscando apoyo para la reconquista. El primer escrito importante que refleja su pensamiento político es el llamado "manifiesto de Cartagena", dirigido a los ciudadanos de Nueva Granada el 15 de diciembre de 1812:

Permitidme que animado de un celo patriótico me atreva a dirigirme a vosotros, para indicaros ligeramente las causas que condujeron a Venezuela a su destrucción, lisonjeándome que las terribles y ejemplares lecciones que ha dado aquella extinguida república, persuadan a la América a mejorar de conducta (4).

Bolívar plantea la necesidad de analizar la experiencia, a fin de corregir errores y evitar nuevos tropiezos. En esta proclama ya se manifiesta la preferencia de Bolívar por regímenes fuertes, investidos de una gran autoridad. La experiencia le demostró que la debilidad política no debía repetirse:

El más consecuente error que cometió Venezuela, al presentarse en el teatro político, fue, sin contradicción, la fatal adopción que hizo del sistema tolerante; sistema improbado como débil e ineficaz, desde entonces, por todo el mundo sensato, y tenazmente sostenido hasta los últimos tiempos con una ceguera sin ejemplo (...) La doctrina que apoyaba esta conducta tenía su origen en las máximas filantrópicas de algunos escritores que defienden la no residencia de facultad en nadie para privar de la vida a un hombre, aun en caso de haber delinquido éste en el delito de lesa patria (4-5).

A su vez, el manifiesto pone en evidencia un aspecto básico del pensamiento de Bolívar: la necesidad de partir de la propia realidad y no de verdades filosóficas. Todo orden político debe edificarse sobre los cimientos de la sociedad a la que intenta organizar, teniendo en cuenta las circunstancias históricas concretas, las necesidades del tiempo, los recursos disponibles:

Es preciso que el gobierno se identifique, por decirlo así, al carácter de las circunstancias, de los tiempos y de los hombres que lo rodean (6).

El pragmatismo de Bolívar se manifiesta en oposición a un idealismo utópico que no tiene los pies en la tierra. De acuerdo a su interpretación de los hechos, gran parte del fracaso se debió al intento de instaurar un régimen perfecto que desconocía el suelo que pisaba:

Los códigos que consultaban nuestros magistrados no eran los que podían enseñarles la ciencia práctica del gobierno, sino los que han formado ciertos buenos visionarios que, imaginando repúblicas aéreas, han procurado alcanzar la perfección política presuponiendo la perfectibilidad del linaje humano. Por manera que tuvimos filósofos por jefes, filantropía por legislación, dialéctica por táctica y sofistas por soldados. Con semejante subversión de principios y de cosas, el orden social se resintió extremadamente conmovido, y desde luego corrió el Estado a pasos agigantados a una disolución universal, que bien pronto se vio realizada (4).

El intento por alcanzar la perfección política ha sido un gran desacierto. Los visionarios, los filósofos, son los que inspiran "repúblicas aéreas", famosa expresión bolivariana que pasaría a la posteridad como signo de su defensa del realismo político y su desconfianza por la aplicación de ideas de laboratorio o surgidas en otras experiencias históricas.

Con estos antipolíticos e inexactos raciocinios, fascinaban a los simples pero no convencían a los prudentes que conocían bien la inmensa diferencia que hay entre los pueblos, los tiempos, y las costumbres de aquellas repúblicas y las nuestras (5).

Las repúblicas a que se refiere son las que habitualmente eran tomadas como ejemplo en esa época: Grecia, Roma, Venecia, Génova, Suiza, Holanda y los Estados Unidos. Su discurso desliza una afirmación de la superioridad de los ilustrados, calificados de prudentes, respecto del conjunto del pueblo, ingenuo, ignorante e incauto.

Bolívar tenía, como muchos en su época, una confianza enorme en el poder de la razón. Por encima de la herencia, los argumentos de autoridad, y en franca revisión de la tradición, se reinterpreta la realidad a partir de las luces del conocimiento. El enemigo a combatir es la ignorancia, raíz de los males sociales. Esta creencia profundamente arraigada configura una suerte de mentalidad ilustrada, propia de un sector de la población. Se trata de un modo de percepción propio del iluminismo, que conlleva una jerarquización social básica novedosa respecto de la vigente en el orden colonial: la autoridad debe ser ejercida por quienes tienen la luz de la razón y no por la voluntad del monarca. Por eso, Bolívar asigna una misión relevante a los ilustrados, lo cual los encumbra por encima del común del pueblo. A pesar de admitir la soberanía popular originaria, la misma sigue relegada, ya que la ignorancia incapacita a las masas para ser artífices de su propio destino. Esta mentalidad ilustrada se manifestará a lo largo de toda la vida de Bolívar, y teñirá sus ideas políticas emparentándolas con las del despotismo ilustrado.

Con el tiempo, el pueblo podrá aprender lo necesario para estar en condiciones de participar. Por el momento, no es recomendable que se intente una participación democrática para la cual los pueblos no se encuentran preparados:

Las elecciones populares hechas por los rústicos del campo y por los intrigantes moradores de las ciudades, añaden un obstáculo más a la práctica de la federación entre nosotros, porque los unos son tan ignorantes que hacen sus votaciones maquinalmente, y los otros tan ambiciosos, que todo lo convierten en facción, por lo que jamás se vio en Venezuela una votación libre y acertada, lo que ponía el gobierno en manos de hombres ya desafectos a la causa, ya ineptos, ya inmorales. El espíritu de partido decidía en todo, y por consiguiente nos desorganizó más de lo que las circunstancias hicieron (7).

Lo fundamental era mantener el control y evitar la dispersión. Bolívar refuerza el argumento, ya que explica las razones del fracaso de la primera república venezolana para aleccionar con la experiencia del fracaso a la "patria boba", denominación historiográfica del primer ensayo republicano nacido en Bogotá, Cartagena y otras ciudades, y caracterizado por la atomización:[12]

Pero lo que debilitó más el gobierno de Venezuela fue la forma federal que adoptó, siguiendo las máximas exageradas de los derechos del hombre, que autorizándolo para que se rija a sí mismo, rompe los pactos sociales y constituye a las naciones en anarquía. Tal era el verdadero estado de la confederación (6)

El federalismo adoptado por los Estados Unidos había calado profundamente en sectores de la sociedad americana[13].

¿Qué país del mundo por morigerado y republicano que sea, podrá, en medio de las facciones intestinas y de una guerra exterior, regirse por un gobierno tan complicado y débil como el federal?(6).

Si bien reconoce las bondades teóricas del régimen federal de gobierno, no lo ve apto para la América española. Además de considerar que no se adapta a la mentalidad, la estructura geográfica y el proceso histórico de las antiguas colonias españolas –bien diverso, por cierto de la de los americanos ingleses–, le resulta lógico que, en medio de una guerra, se fortalezca la unidad antes que el desarrollo de las autonomías locales[14]:

Yo soy de sentir que mientras no centralicemos nuestros gobiernos americanos, los enemigos obtendrán las más completas ventajas; seremos indefectiblemente envueltos en los horrores de las disensiones civiles (7).

Se debe partir de la propia realidad, sin ceder a la tentación de recorrer el camino de otros pueblos. Para ello, hay que conocer y analizar las características de la propia sociedad. Bolívar presta atención a los aspectos culturales, la idiosincrasia y las mentalidades, que pueden llegar a ser determinantes para la marcha de los acontecimientos, tal como ocurrió con la falta de apoyo a la primera república:

El terremoto de 26 de marzo trastornó, ciertamente, tanto lo físico como lo moral, y puede llamarse propiamente la causa inmediata de la ruina de Venezuela (7). Más adelante dirá: un terremoto que más que sus estragos, lo hicieron espantoso la ignorancia y la superstición (19).

Finalizando su proclama, Bolívar ordena su interpretación del fracaso venezolano. Todas las causas que enumera son atribuibles a los propios patriotas. El partido no lo han ganado Monteverde y sus ejércitos, sino que lo han perdido los propios revolucionarios:

Nuestra división, y no las armas españolas, nos tornó a la esclavitud (...) De lo referido se deduce que entre las causas que han producido la caída de Venezuela, debe colocarse en primer lugar la naturaleza de su constitución, que repito, era tan contraria a sus intereses, como favorable a los de sus contrarios. En segundo, el espíritu de misantropía que se apoderó de nuestros gobernantes. Tercero: la oposición al establecimiento de un cuerpo militar que salvase la república y repeliese los choques que le daban los españoles. Cuarto: el terremoto acompañado del fanatismo que logró sacar de este fenómeno los más importantes resultados, y últimamente las facciones internas que en realidad fueron el mortal veneno que hicieron descender la patria al sepulcro (7).

La primera república cayó por su propia incapacidad. Le faltó realismo, firmeza, unidad. Sus conductores no supieron organizarla de acuerdo a la identidad de los pueblos y las circunstancias. En este manifiesto, ya están presentes los principales elementos que estructuran el pensamiento político de Bolívar: la necesidad de partir de la propia experiencia –que lo enfrenta a sectores urbanos radicalizados, peligrosos por su reformismo teórico, utópico y mimético–; el temor a la anarquía –que lo lleva a rechazar el federalismo y a postular la necesidad de un gobierno fuerte y centralizado–; la valoración negativa de la participación del conjunto del pueblo –por su ignorancia e ingenuidad, y al que habrá que transformar paulatinamente para hacerlo capaz de la vida republicana y libre–.

Esta proclama manifiesta la instancia crítica de su pensamiento utópico. No la dirige fundamentalmente sobre la sociedad colonial, sino sobre la primera república. Su crítica apunta a los proyectos que considera irrealizables, por lo cual serían “utopías” según el sentido vulgar, es decir, aspiraciones y formulación de ideales desconectados de una posible realización.

La experiencia vivida, y el análisis que hiciera de esa experiencia, fueron determinantes para el desarrollo de sus ideas fundamentales, que se mantuvieron básicamente idénticas durante su vida.

 

3) La formulación de un horizonte utópico

La oposición de Bolívar a recetas "aéreas" lo lleva a reflexionar a partir del desarrollo histórico de la revolución que protagoniza. Las ideas adquiridas en su período de formación[15], son sometidas a un análisis riguroso al que lo obliga el fracaso del movimiento emancipador. En septiembre de 1815, exiliado en Kingston, escribe dos cartas que son fundamentales para seguir la evolución de su pensamiento[16].

¿Qué había ocurrido entre el manifiesto de 1812 y estos textos de 1815?

Bolívar había logrado reconquistar Caracas en 1813, gracias a su "campaña admirable", que incluyó su declaración de la "guerra a muerte"[17]. Sin embargo, su apoyo era endeble. Los llaneros, acaudillados por Boves, estaban comprometidos en una guerra contra los "mantuanos", elite aristocrática criolla que lideraba el movimiento revolucionario. Los llaneros eran movidos por odios y reinvindicaciones sociales que los dirigentes de los republicanos estaban lejos de pensar en satisfacer[18]. Monteverde supo encauzar ese apoyo indirecto a la causa realista, y se desató una guerra social en la cual los republicanos fueron vencidos. El "año terrible" de 1814, fue un verdadero baño de sangre por parte de uno y otro bando.

Simultáneamente, Fernando VII retornaba a su trono restableciendo el absolutismo. Si bien la derrota de Napoleón podía favorecer la revolución creando la esperanza de un eventual apoyo británico, el envío de un gran ejército español a someter los reinos americanos había dado por tierra con muchas esperanzas. Morillo desembarcó al frente de una gran expedición, y controló toda la región, enviando refuerzos al virrey de Lima. Así se sofocaron también los movimientos revolucionarios de Quito, Alto Perú y Chile. Sólo en el Río de la Plata permanecía en pie el movimiento iniciado en 1810[19]. Bajo Morillo, y ya muerto Boves, los llaneros y los pardos fueron igualmente sometidos, razón por la cual se sumarían a los republicanos en la lucha contra los realistas.

Bolívar se exilió en Jamaica. Allí maduraron sus ideas, justamente cuando la victoria revolucionaria parecía más lejana e improbable.

Si el "manifiesto de Cartagena" analiza críticamente las causas del fracaso revolucionario, su carta al redactor de la "Gaceta de Jamaica" describe la sociedad americana a fin de establecer un punto de partida ajustado a la realidad para la continuidad de la lucha emancipadora, y la denominada "carta de Jamaica" esboza propuestas para la construcción de una América llena de promesas.

Ambos textos tienen algo fundamental en común: son dirigidos a interlocutores británicos. Esto es capital para interpretarlos correctamente. Durante 1815, los mayores esfuerzos de Bolívar se concentran en obtener la ayuda de Inglaterra para reiniciar la lucha. Esa es la intención que subyace en ambas cartas.

¿Cómo avanzar en la etapa de construcción de una nueva América? Fiel a su mecanismo, Bolívar saca a relucir su pretensión de realismo. Se debe edificar sobre la propia identidad y con las herramientas que provee la experiencia histórica. Sobre esos elementos debe actuar la luz del pensamiento. Sin embargo, si bien concibe intelectualmente la necesidad de un punto de partida realista, no escapa a las limitaciones propias de su generación: la interpretación de esa realidad está construida –en gran medida–, desde una mirada europea. Por eso, tanto él como sus adversarios políticos intentan la aplicación de ideas surgidas en el viejo continente, a las que consideran como prístinas manifestaciones de la luz de la razón. A pesar de que decían tener en cuenta que esas ideas habían surgido de y para otras experiencias históricas, pensaban que, con algunas adaptaciones, serían provechosas para las nuevas naciones americanas. En el fondo, actuaron como si creyeran que ese cuerpo de ideas tenía valor universal[20].

Su descripción de la sociedad americana, punto de partida que desarrolla en la carta al editor de "la Gaceta de Jamaica", establece una continuidad con las visiones utópicas europeas respecto de América, desarrolladas a partir del descubrimiento[21].

Sobre esa base, el ideal a edificar –que expone en la "carta de Jamaica"–, no es otro que el de la civilización política que propician las ideas y la experiencia política europea y norteamericana, establecidas como realidades ejemplares.

a. Continuidad con las utopías modernas

En la carta al editor de la "Gaceta de Jamaica", Bolívar examina la experiencia histórica, las mentalidades de las diversas castas, la geografía y las costumbres de la América española respondiendo a la inquietud de sus interlocutores:

Los más de los políticos europeos y americanos que han previsto la independencia del Nuevo Mundo, han presentido que la mayor dificultad para obtenerla, consiste en la diferencia de castas que componen la población de este inmenso país. Yo me aventuro a examinar esta cuestión (77).

Dirigiéndose a europeos, presenta la realidad americana tomando como base la utopía europea respecto del Nuevo Mundo:

El americano del sur vive a sus anchas en su país nativo; satisface sus necesidades y pasiones a poca costa; montes de oro y de plata le proporcionan riquezas fáciles con que obtiene los objetos de la Europa. Campos fértiles, llanuras pobladas de animales, lagos y ríos caudalosos con ricas pesquerías lo alimentan superabundentemente, el clima no le exige vestidos y apenas habitaciones; en fin, puede existir aislado, subsistir de sí mismo, y mantenerse independiente de los demás. Ninguna otra situación del mundo es semejante a ésta, toda la tierra está agotada por los hombres, la América sola, apenas está encentada (77-78).

Bolívar elabora una semblanza de la población americana, intentando aventar los temores de quienes ven la independencia como una empresa imposible, ya que daría origen una sociedad plagada de enfrentamientos. En esta presentación, se puede reconocer en Bolívar la pervivencia de rasgos coloniales por su manera de considerar a las diversas castas.

Afirma que existe una muy buena relación entre el indio y los sucesores de los españoles, por la cual el indio considera al blanco como superior y éste ejerce una dominación benevolente, que no resulta peligrosamente explosiva:

El colono español no oprime a su doméstico con trabajos excesivos, lo trata como a un compañero; lo educa en los principios de moral y de humanidad que prescribe la religión de aquella benevolencia que inspira una comunicación familiar. El no está aguijoneado por los estímulos de la avaricia, ni por los de la necesidad que produce la ferocidad de carácter y la rigidez de principios, tan contrarios a la humanidad (77).

Esta presentación casi bucólica se contrapone con otras que Bolívar hiciera en otras ocasiones. Aquí está empeñado en mostrar que no existe peligro de rebelión. Bolívar no lo afirma sólo por la fuerza y la inercia del control ejercido por los blancos, sino basándose en los deseos de los mismos indígenas:

El indio es de un carácter tan apacible que solo desea el reposo y la soledad, no aspira ni aun a acaudillar su tribu, mucho menos a dominar las extrañas (...) Esta parte de la población americana es una especie de barrera para contener a los otros partidos; ella no pretende la autoridad, porque ni la ambiciona, ni se cree con aptitud para ejercerla, contentándose con su paz, su tierra y su familia. El indio es el amigo de todos, porque las leyes no lo habían desigualado, y porque, para sostener todas las mismas dignidades de fortuna y de honor que conceden los gobiernos, no han menester de requerir a otros medios que a los servicios y al saber; aspiraciones que ellos odian más que lo que pueden desear las gracias (78).

Estas afirmaciones parecen –antes que una descripción neutra de la realidad–, una presentación encaminada a despejar temores en los británicos, que dudaban en apoyar una empresa que podía derivar en una completa guerra de colores, dada la heterogeneidad americana[22]:

Así pues, parece que debemos contar con la dulzura de mucho más de la mitad de la población, puesto que los indios y los blancos componen los tres quintos de la población total, y si añadimos los mestizos que participan de la sangre de ambos, el aumento se hace más sensible y el temor de los colores se disminuye, por consecuencia (78).

Pero hay otro grupo importante en América, los esclavos negros. ¿Existe el peligro de que América se transforme en un nuevo Haití? Tal parece ser el interrogante que Bolívar se apresura a despejar:

El esclavo en la América española vegeta abandonado en las haciendas, gozando por decirlo así, de su inacción, de la hacienda de su señor y de una gran parte de los bienes de la libertad, y como la religión le ha persuadido que es un deber sagrado servir, ha nacido y existido en esta dependencia doméstica, se considera en su estado natural, como un miembro de la familia de su amo, a quien ama y respeta (78).

Si los siervos y los llaneros de Boves se unieron a los realistas, se debió a que fueron sublevados por éstos y obligados a ello por la fuerza. La situación bajo Morillo demuestra que todos los colores están con la causa de la independencia:

Se ha visto que los mismos soldados libertos y esclavos que tanto contribuyeron, aunque por la fuerza, al triunfo de los realistas, se han vuelto al partido de los independientes, que no habían ofrecido la libertad absoluta, como lo hicieron las guerrillas españolas. Los actuales defensores de la independencia son los mismos partidarios de Boves, unidos ya con los blancos criollos, que jamás han abandonado la causa (79).

Bolívar, en 1815, tan cercano del “año terrible” que ensangrentó su país en una lucha social que lo obligó a huir, afirma que la sociedad está anudada por lazos fraternos y de singular concordia:

Estamos autorizados, pues, a creer, que todos los hijos de la América española, de cualquier color o condición que sean, se profesan un afecto fraternal recíproco, que ninguna maquinación es capaz de alterar. Nos dirán que las guerras civiles prueban lo contrario. No, señor, las contiendas domésticas de la América nunca se han originado de la diferencia de castas; ellas han nacido de las divergencias de las opiniones políticas, y de la ambición particular de algunos hombres (...) Todavía no se oído un grito de proscripción contra ningún color, estado o condición (...) Hasta el presente se admira la más perfecta armonía entre los que han nacido en este suelo (79).

La conclusión resulta coherente, y manifiesta la verdadera intención del escrito:

Lo que es, en mi opinión, realmente temible es la indiferencia con que la Europa ha mirado hasta hoy la lucha de la justicia contra la opresión, por temor de aumentar la anarquía (79).

¿Cómo interpretar esta descripción? ¿Se trata sólo de un discurso "for export" armado para comprometer a los ingleses a favor de la causa? Si bien el contexto autoriza esta afirmación, no implica necesariamente que Bolívar no creyera en el contenido de lo que decía, aunque voluntariamente omitiese admitir la problemática social que había ensangrentado su país, para no acrecentar la desconfianza de los europeos.

Su interpretación del caos y los enfrentamientos originados a partir de la revolución no se apoyaba en la heterogeneidad de la población americana, sino sobre las fallas en la construcción de la nueva estructura política, que debió contemplar esta realidad. Admitía la heterogeneidad, pero estaba seguro de poder anular su poder disolvente encaminándola hacia una causa común, como finalmente logró hacerlo después[23]. Fue la debilidad de las repúblicas, con sus proyectos importados de otras realidades, la que causó un vacío de poder que lanzaron la sociedad a la anarquía, lo cual fue muy bien aprovechado por Monteverde para enfrentar a los pardos y los llaneros contra los revolucionarios americanos.

Bolívar realmente adhería al discurso europeo secular que depositaba en América la esperanza de un mundo nuevo y creía que América contaba con todo para realizar las promesas de que era depositaria. Bolívar afirmaba que, derribado el poder colonial de una España atrasada que impedía su plena realización, se podrían implementar las estructuras políticas que América requería de acuerdo a sus peculiares características. Para eso, pedía la ayuda de los ingleses.

b. Proyección de nuevos horizontes
El fin de la dominación española

La denominada "carta de Jamaica" fue escrita por Bolívar en septiembre de 1815, en respuesta a la que le enviara un inglés, pidiéndole un diagnóstico de la situación americana y su pronóstico respecto del movimiento de independencia. Si en la carta al editor de la "Gaceta de Jamaica" abordaba la realidad americana desde una descripción de la composición de su población y de las mentalidades de sus diversos “colores”, en la "carta de Jamaica" elegirá un abordaje preferentemente histórico.

Para ello, Bolívar se remonta a la vida colonial. ¿Cómo describe Bolívar el estado de los reinos españoles del Nuevo Mundo anterior a 1810? Aquí desplegará nuevamente la instancia crítica de su pensamiento, esta vez, dirigida hacia la dominación colonial[24]:

Barbaridades que la presente edad ha rechazado como fabulosas, porque parecen superiores a la perversidad humana, y jamás creídas por los críticos modernos, si, constantes y repetidos documentos, no testificasen estas infaustas verdades (63).

Menciona a Las Casas y su relación sobre la destrucción de las Indias, y otros documentos de la propia metrópoli, en la que constan las atrocidades cometidas, que son las que finalmente llevaron a la lucha por la independencia. Los acontecimientos que comenzaron en 1810 han provocado una auténtica ruptura:

El lazo que la unía a la España está cortado: la opinión era toda su fuerza; por ella se estrechaban mutuamente las partes de aquella inmensa monarquía; lo que antes las enlazaba, ya las divide; más grande es el odio que nos ha inspirado la Península, que el mar que nos separa de ella (64).

Para Bolívar, la fuerza de las cadenas opresoras estaba en la mentalidad colonial de los americanos antes que en el poder de ejércitos y funcionarios. Lo que mantenía a los americanos dominados era la dependencia interior, la sujeción a redes de intereses, de actitudes y de objetivos que no respondían a sus propias necesidades sino que beneficiaban a la metrópoli:

El hábito a la obediencia; un comercio de intereses, de luces, de religión; una recíproca benevolencia; una tierna solicitud por la cuna y la gloria de nuestros padres; en fin, todo lo que formaba parte de nuestra esperanza, nos venía de España. De ahí partía un espíritu de adhesión que parecía eterno, no obstante que la conducta de nuestros dominadores relajaba esta simpatía, o por mejor decir, este apego forzado por el imperio de la dominación (64).

Esos lazos ya se venían debilitando desde la época borbónica. Lo que ha cambiado sustancialmente es la manera de ver de los americanos, y eso es lo más determinante. Bolívar da gran importancia al mundo de las representaciones: los americanos eran dependientes, en gran medida, porque así se veían. El peso de la tradición, la pasividad y la inercia secular mantuvieron en la oscuridad de la caverna a los americanos. Pero semejante situación ha caído por el poder de las luces, antes que por la victoria de los ejércitos republicanos:

El velo se ha rasgado, ya hemos visto la luz, y se nos quiere volver a las tinieblas; se han roto las cadenas; ya hemos sido libres (64).

La libertad proviene de un cambio de mentalidad; gracias a la iluminación se termina con la pasividad, la obediencia, la sujeción. Es significativo el poder que Bolívar atribuye a la “ilustración”: la fuerza de la razón desmantela una estructura de dominación de siglos, porque la sujeción estaba construida a partir de un sistema de ideas sólidamente arraigado gracias a la tradición, y profundamente oculto, gracias a la oscuridad de la ignorancia.

Aquí se ve a Bolívar en la instancia crítica de su pensamiento, esta vez, dirigida hacia la sociedad colonial.

La herencia colonial

Algo viejo ha muerto, algo nuevo está naciendo. La situación americana hacia 1815 es la propia del final de una etapa y la aparición de un nuevo comienzo:

Yo considero el estado actual de la América, como cuando desplomado el imperio romano, cada desmembración formó un sistema político conforme a sus intereses y situación o siguiendo la ambición particular de algunos jefes, familias o corporaciones (67)

Son momentos de gran incertidumbre. El pronóstico es reservado:

Todavía es más difícil presentir la suerte futura del Nuevo Mundo, establecer principios sobre su política, y casi profetizar la naturaleza del gobierno que llegará a adoptar. Toda idea relativa al porvenir me parece aventurada (67) [25].

La atomización es el mal del momento. En el esfuerzo por construir una nueva realidad política, la anarquía se ha adueñado del país:

En Caracas el espíritu de partido tomó su origen en las sociedades, asambleas y elecciones populares, y esos partidos nos tornaron a la esclavitud (71).

¿Por qué se produjeron la fragmentación y el caos?

Para Bolívar, dado que la fuerza de la dominación pasaba fundamentalmente por lo ideológico y lo cultural, aún no se ha podido madurar un nueva estructura mental que sirva de sostén para las naciones independientes:

¿Seremos nosotros capaces de mantener en su verdadero equilibrio la difícil carga de una república? ¿Se puede concebir que un pueblo recientemente desencadenado se lance a la esfera de la libertad, sin que, como a Icaro, se le deshagan las alas y recaiga en el abismo? (...) no hay raciocinio verosímil que nos halague con esta esperanza (71).

Además de la persistencia de la mentalidad colonial que dificulta la valoración equilibrada de la libertad, la opresión padecida es la causa de la falta de experiencia en los asuntos de gobierno. En la "carta de Jamaica" introduce este argumento, que responsabiliza de los fracasos revolucionarios a la herencia colonial:

La América no estaba preparada para desprenderse de la metrópoli, como súbitamente sucedió, por el efecto de las ilegítimas cesiones de Bayona, y por la inicua guerra que la regencia nos declaró, sin derecho alguno para ello. Los americanos han subido de repente y sin los conocimientos previos, y, lo que es más sensible, sin la práctica de los negocios públicos, a representar en la escena del mundo las eminentes dignidades de legisladores, magistrados, administradores del erario, diplomáticos, generales, y cuantas autoridades supremas y subalternas forman la jerarquía de un Estado organizado con regularidad (69).

Los problemas por los que atraviesa la revolución al momento que Bolívar escribe, se deben justamente a la oscuridad vivida durante el período colonial, del cual surgen las dificultades actuales que los revolucionarios tienen para conducir el movimiento emancipador. La impericia para autogobernarse, lejos de cuestionar la validez de la revolución, es un argumento más para justificarla:

La posición de los moradores del hemisferio americano ha sido, por siglos puramente pasiva; su existencia política era nula. Nosotros estábamos en un grado todavía más abajo que la servidumbre, y por lo mismo con más dificultad para elevarnos al goce de la libertad (68).

Los americanos no participaban de los puestos de gobierno y administración, a diferencia de lo ocurrido en otros imperios, en los que la potencia dominante incluía en el gobierno de las colonias a gente de los propios pueblos sometidos. Esa práctica hubiese sido un eficaz aprendizaje en el manejo de la cosa pública y una experiencia de la que los americanos actualmente carecen, razón por la cual la revolución trastabilla entre problemas:

Se nos vejaba con una conducta que, además de privarnos de los derechos que nos correspondían, nos dejaba en una especia de infancia permanente con respecto a las transacciones públicas. Si hubiésemos siquiera manejado nuestros asuntos domésticos en nuestra administración interior, conoceríamos el curso de los negocios públicos y su mecanismo, y gozaríamos también de la consideración personal que impone a los ojos del pueblo cierto respeto maquinal que es tan importante conservar en las revoluciones (...) Estábamos, como acabo de exponer, abstraídos, y digámoslo así ausentes del universo en cuanto es relativo a la ciencia del gobierno y administración del estado. Jamás éramos virreyes ni gobernadores, sino por causas muy extraordinarias, arzobispos y obispos pocas veces; diplomáticos, nunca; militares, sólo en calidad de subalternos; nobles, sin privilegios reales; no éramos, en fin, ni magistrados ni financistas, y casi ni aún comerciantes, todo en contravención directa de nuestras instituciones (68)

De esta manera, Bolívar explica las dificultades de los independientes recargando las tintas sobre la herencia colonial. Esa inexperiencia y falta de cultura política fueron las causas de la instauración de "repúblicas aéreas", sistemas políticos inadecuados, copiados de la experiencia de otros pueblos, que desordenaron la sociedad y la sumieron en la fragmentación y la violencia:

En tanto que nuestros compatriotas no adquieran los talentos y las virtudes políticas que distinguen a nuestros hermanos del norte, los sistemas enteramente populares, lejos de sernos favorables, temo mucho que vengan a ser la ruina (71).

Bolívar insiste en resaltar la ineficacia de la utilización de modelos importados que nacieron de otras necesidades y culturas:

Los acontecimientos de la Tierra Firme nos han probado que las instituciones perfectamente representativas, no son adecuadas a nuestro carácter, costumbres y luces actuales (...) Así como Venezuela ha sido la república americana que más se ha adelantado, en sus instituciones políticas, también ha sido el más claro ejemplo de la ineficacia de la forma democrática y federal para nuestras nacientes estados (71).

Este punto es de particular importancia, ya que de esta constatación, nacerán las ideas bolivarianas acerca de la organización de los nuevos estados. Ya en el "manifiesto de Cartagena" de 1812, había explicado las razones del fracaso de la primera república venezolana diciendo que la sociedad no estaba preparada para un régimen liberal, democrático y federal. Bolívar insistirá en la necesidad e elaborar regímenes políticos que tomen como punto de partida la identidad cultural y la experiencia histórica americana, para lo cual se extiende en analizar la realidad desde los elementos que componen su población –carta al editor de la "Gaceta"–, y desde su recorrido histórico –"carta de Jamaica"–[26].

La crítica bolivariana es doble: hacia los proyectos aéreos de la primera república y hacia el sistema colonial. Su pensamiento proyectivo se apoyará en ese doble término “a quo” del cual se debe salir.

Idea grandiosa, horizonte utópico[27]

Sobre ese punto de partida, Bolívar expresa una convicción que adquiere rasgos utópicos, especialmente si se tiene en cuenta que lo hace en el peor momento de la revolución:

Yo deseo más que otro alguno ver formar en América la más grande nación del mundo, menos por su extensión y riquezas que por su libertad y gloria (71).

Esta afirmación expresa una continuidad y un avance respecto del pensamiento utópico europeo sobre el Nuevo Mundo.

La continuidad está en poner a América como sujeto de un futuro promisorio y grandilocuente por su geografía, su inmensidad y sus recursos. El avance, en que la grandeza no se sitúa exclusivamente en ese carácter paradisíaco o en la bondad natural y semisalvaje de su población. La utopía moderna respecto del Nuevo Mundo está reformulada por el ideal socio-político. Ahí radica la fuerza utópica del pensamiento bolivariano: postula la posibilidad de una nueva América, sobre la base de la utopía natural propia de la modernidad, pero como fruto de una construcción política. De ahí que el carácter utópico de su pensamiento se presenta con rasgos realistas, en los que la tensión entre lo presente y lo futuro está ordenada por la voluntad y se previene de integrar elementos o metas fantásticas. A través de sus ideas políticas, expone los medios más adecuados para obtener esa "libertad y gloria" que hagan de América "la más grande nación del mundo". Su pensamiento se caracteriza por la dialéctica entre "posible-imposible" en torno a la idea de perfección:

Aunque aspiro a la perfección del gobierno de mi patria, no puedo persuadirme que el Nuevo Mundo sea por el momento regido por una gran república; como es imposible, no me atrevo a desearlo, y menos deseo una monarquía universal de América, porque este proyecto, sin ser útil, es también imposible (71).

La idea de perfección se vincula al principio de realidad: lo más perfecto no es lo más pleno “en sí”, sino lo más adecuado al ser y las circunstancias. Esto plantea la necesidad de ordenar el camino hacia la perfección posible. Por tanto, Bolívar plantea soluciones políticas transitorias que conduzcan progresivamente esa realidad para hacerla capaz de aspirar a grados mayores de perfección. En tal sentido, la preferencia de Bolívar por regímenes fuertes, debe leerse en el contexto de una América acostumbrada a la tiranía e incapaz de vivir ordenadamente sino bajo gobiernos poderosos:

Los estados americanos han menester de los cuidados de gobiernos paternales que curen las llagas y las heridas del despotismo y la guerra (71).

Gobiernos paternales: la expresión supone que la situación americana es de infancia política. Ante esta situación, ¿sugiere Bolívar una monarquía? Era lo que proponían muchos en ese momento. Hacía falta encontrar una fuente de legitimidad para el nuevo poder político, reordenando el continente de acuerdo a los acontecimientos europeos. En tal caso: ¿cuál sería la “nueva metrópoli”? Podría ser México, por su importancia, o Panamá, por su estratégica ubicación. Pero no lo ve viable, porque le resulta  imposible que América sea regida por un solo gobierno. El espíritu de partido agita los estados y dificulta futuros acuerdos. Todos acusarían de tiranía a cualquier metrópoli que quisiera establecerse por sobre el resto. Los celos llevarían a comparar cualquier gobierno general con los mismos españoles. Esta ya invalida la opción monárquica desde un principio, lo mismo que la creación de una república única.

Para su análisis, se vale de la autoridad de los autores europeos, que ensayaban posibles soluciones para ordenar el nuevo escenario americano:

M. de Pradt[28] ha dividido sabiamente a la América en quince a diez y siete estados independientes entre sí, gobernados por otros tantos monarcas. Estoy de acuerdo en cuanto a lo primero, que la América comporta la creación de diez y siete naciones; en cuanto a lo segundo, aunque es más fácil conseguirlo, es menos útil, y así no soy de la opinión de las monarquías americanas (72).

En cuanto a lo primero, Bolívar coincide en que América derivará en muchos estados. La experiencia le enseñó que la creación de grandes unidades políticas no era viable, no sólo por razones de gobernabilidad, en un continente inmenso e incomunicado por su propia geografía y falta de infraestructura, sino por la experiencia histórica, que había fortalecido las identidades locales[29].

En cuanto a lo segundo, respecto de su preferencia por el régimen republicano por sobre el monárquico, esgrime argumentos que extrae de la historia: [en la monarquía]

la política de un rey (...) se dirige al aumento de sus posesiones, riquezas y facultades; con razón, porque su autoridad crece con estas adquisiciones, tanto con respecto a sus vecinos, como  a sus propios vasallos (72).

Esto haría inconveniente la creación de varios reinos en América, porque estarían en perpetuo enfrentamiento. En cambio, las repúblicas pequeñas no buscarían su propia expansión, sino una vida pacífica y próspera, ya que

 el interés bien entendido de una república se circunscribe en la esfera de su conservación, prosperidad y gloria (72).

Deben ser pequeñas, porque cuando las repúblicas se engrandecen se encaminan al imperio, como muestra los ejemplos de Roma y la república francesa. Por eso, concluye:

Por estas razones pienso que los americanos ansiosos de paz, ciencias, artes, comercio y agricultura, preferirían las repúblicas a los reinos, y me parece que estos deseos se conforman con las miras de la Europa (72).

Una vez dicho que lo que se avizora es el establecimiento de pequeñas repúblicas, pasa a analizar el carácter de esas organizaciones políticas. El federalismo tiene enormes ventajas teóricas, pero asimismo imposibilidades prácticas. El sistema federal será uno de los grandes enemigos políticos de Bolívar. Lo combatió por muchas razones: por la necesidad de unidad ante los españoles, por la desconfianza que tenía a la representación popular, por el temor de que los pueblos se atomizasen y por sus propias ambiciones personales[30].

No convengo en el sistema federal entre los populares y representativos, por ser demasiado perfecto y exigir virtudes y talentos políticos muy superiores a los nuestros; por igual razón rehuso la monarquía mixta de aristocracia y democracia, que tanta fortuna y esplendor ha procurado a la Inglaterra (72)[31].

Es notorio el cuidado que Bolívar pone en evitar la tentación de pretender la perfección. En eso se manifiesta su crítica a las posturas utópicas a las que atribuyó la caída de primera república, tal como lo expresó en el manifiesto de Cartagena. Sobre esa experiencia y análisis crítico, su pensamiento proyectivo intenta poner como punto de partida la situación real, y como punto de llegada, la progresiva adquisición de la "perfección posible" antes que lo "demasiado perfecto". Para delinear el camino establece dos peligros a evitar: la tiranía y la anarquía. Estos extremos son una constante en las ideas políticas de Bolívar, y constituyen un criterio para la evaluación de los regímenes y la marcha de los mismos:

No siéndonos posible lograr entre las repúblicas y monarquías lo más perfecto y acabado, evitemos caer en anarquías demagógicas, o en tiranías monócratas. Busquemos un medio entre estos extremos opuestos, que nos conduciría a los mismos escollos, a la infelicidad y al deshonor (72).

Sin duda, para 1815 Bolívar temía más la anarquía que la tiranía. El derrumbe de los movimientos revolucionarios y la atomización política eran el fruto de políticas débiles e idealistas. Bolívar realiza un pronóstico basado en sus observaciones, lo cual no necesariamente expresa sus ideas o preferencias:

De todo lo expuesto, podemos deducir estas consecuencias: las provincias americanas se hallan lidiando por emanciparse; al fin obtendrán el suceso; algunas se constituirán de un modo regular en repúblicas federales y centrales; se fundarán monarquías casi inevitablemente en las grandes secciones, y algunas serán tan infelices que devorarán sus elementos ya en la actual, ya en las futuras revoluciones, que en una gran monarquía no será fácil consolidar, una gran república imposible (74).

Pero, además del pronóstico que realiza en respuesta al pedido del destinatario de la carta, Bolívar formula el horizonte utópico que desea para América. Lo expresa en un estilo desiderativo que lo diferencia de su discurso político habitual, siempre expresado en un registro realista:

Es una idea grandiosa pretender formar de todo el Mundo Nuevo una sola nación con un solo vínculo que ligue sus partes entre sí y con el todo. Ya que tiene un origen, una lengua, unas costumbres y una religión, debería, por consiguiente, tener un solo gobierno que confederase los diferentes estados que hayan de formarse; mas no es posible, porque climas remotos, situaciones diversas, intereses opuestos, caracteres desemejantes, dividen a la América. ¡Qué bello sería que el istmo de Panamá fuese para nosotros lo que el de Corinto para los griegos! Ojalá que algún día tengamos la fortuna de instalar allí un augusto congreso de los representantes de las repúblicas, reinos e imperios a tratar de discutir sobre los altos intereses de la paz y de la guerra, con las naciones de las otras tres partes del mundo (74)[32].

Allí está su aspiración. La fuerza de este ideal utópico influirá poderosamente sobre su acción. A pesar de formularlo como algo que está fuera de su alcance, –"es una idea grandiosa", "pero no es posible", "qué bello sería", "ojalá que algún día tengamos la fortuna"–, creía poderosamente en la posibilidad de su realización, ya que será el eje de su acción política: emancipar a los pueblos de España, organizarlos en repúblicas gobernadas por poderes fuertes y centralizados, confederarlas progresivamente, tender hacia una gran confederación con Panamá como sede de un congreso permanente, construir así una gran unidad americana y asistir a la realización plena del destino de grandeza del Nuevo Mundo[33].

Siempre crítico de los proyectos “aéreos”, Bolívar pretende legitimar el suyo como surgido de la observación de la realidad, fruto de la experiencia, adaptado a las circunstancias y de concreción lenta y progresiva. Si bien su proyecto se presenta como un gran cambio, presenta fuertes rasgos de continuidad con el sistema colonial, ya que se establece sobre la conservación de la unidad en el ámbito del mismo espacio geográfico y no presenta mayores transformaciones en el campo de lo social.

Dado que la carta va dirigida a un británico, su intención de obtener ayuda queda de manifiesto. Expresa claramente que la realización de sus esperanzas se encuentra ligada a la cooperación de los británicos:

Luego que seamos fuertes, bajo los auspicios de una nación liberal que nos preste su protección, se nos verá de acuerdo cultivar las virtudes y los talentos que conducen a la gloria; entonces seguiremos la marcha majestuosa hacia las grandes prosperidades a que está destinada la América meridional; entonces las ciencias y las artes que nacieron en oriente y han ilustrado la Europa volarán a Colombia libre, que las convidará con su asilo (76).

Para la concreción del proyecto, es de vital importancia contar el apoyo de Gran Bretaña.  No se trata sólo de recibir apoyo diplomático, económico o bélico. El auspicio de una nación liberal hará posible que los americanos reformen su mentalidad y adquieran los hábitos que los capaciten para la prosperidad.

América tiene un destino: ¿cuál? Recibir en su seno los frutos de la sabiduría y el progreso de la humanidad y realizar el ideal del mundo nuevo. Hay un carácter marcadamente pasivo del rol de América en su propia realización histórica: su grandeza y progreso vendrá necesariamente de Europa. Por eso, el proyecto bolivariano es la plenitud de las aspiraciones europeas, la expansión y concreción de las ideas modernas para el Nuevo Mundo.

 

Notas

[1] Una perspectiva muchas veces no tenida suficientemente en cuenta, es la de considerar los acontecimientos americanos no sólo en relación con los de España, sino como parte de los mismos: "A partir de 1808 se abre en todo el mundo hispánico un período revolucionario de extraordinaria amplitud y difícilmente previsible para sus contemporáneos. En muy pocos años, se opera en España una revolución liberal, y en Hispanoamérica, paralelamente, las independencias. Aunque los dos procesos puedan distinguirse conceptualmente, se trata de un mismo y vasto acontecer revolucionario, con dos caras complementarias que afectan del mismo modo a uno y otro continente; una, el paso brusco y radical a la Modernidad; otra, la fragmentación de ese conjunto político original que era la Monarquía hispánica en una multiplicidad de Estados independientes. Para entender estos complejos fenómenos no es suficiente un análisis de carácter local ya que la simultaneidad y la semejanza de los acontecimientos a ambos lados del Atlántico son tales que se impone abordarlos en una perspectiva global" (GUERRA, 9).

[2] “Hubo una síntesis, una fórmula española del pensamiento de la Ilustración. En ella entraba en muy pequeña escala la especulación política y no alcanzaban mayor significación las reflexiones religiosas ni aun las filosóficas, por lo que tenían de vecinas con aquellas. El acento, en cambio, fue puesto sobre las cuestiones económicas y sobre ciertos campos de costumbres y de creencias” (ROMERO, 1986:34). "Las ideas de la Ilustración habían penetrado, ciertamente, en ese mundo colonial, pero por vías diversas y en distintos contextos. Para muchos hispanoamericanos, las ideas de los pensadores franceses llegaron a través de divulgaciones españoles, para los cuales ciertos aspectos de ese pensamiento estaban vedados o fueron cuidadosamente omitidos. Ni los temas que tenían implicancia religiosa ni los que se relacionaban con el sistema político vigente en España pudieron ser tratados (...) tanto en materia religiosa como política, los iluministas españoles introdujeron una clara corrección a los alcances del pensamiento francés" (ROMERO, 1986:59-60).

[3] Hay multitud de escritos de la época que manifiestan el descontento y los reclamos: "Miranda publicó papeles del jesuita Juan Pablo Viscardo que ya en 1792 reclamaba por los derechos de los pobladores de las colonias. Pero hubo, en 1809, casi en los extremos del mundo colonial, dos documentos valiosísimos que revelaron en qué peligrosa medida crecían tanto la lucidez como el resentimiento. Fueron el 'Memorial de agravios' del neogranadino Camilo Torres y la 'Representación de los hacendados' de Mariano Moreno. Agudos y precisos, ambos documentos puntualizaban en el momento en que se derrumbaba la autoridad peninsular, los derechos que los criollos creían tener y las soluciones que les parecían imperiosas" (ROMERO, 1986:68).

[4] Lynch sostiene que las reformas borbónicas de la segunda mitad del siglo XVIII crearon un clima de enfrentamiento entre los criollos de América y la metrópoli, lo que fue alimentando el desarrollo de un incipiente nacionalismo americano: “Apelaban más a utopías sobre el pasado, a una época dorada precarolina en que la centralización burocrática y la opresión impositiva eran desconocidas (...) aunque los insurrectos no formularon ninguna idea de independencia, colaboraron en crear un clima de opinión que los presentaba como un reto fundamental al sistema tradicional” (LYNCH, 32). Romero distingue entre el sentimiento americanista, presente en muchos, y las ideologías elaboradas, actuantes en una minoría: "Hubo, sí, un cierto sentimiento criollo generalizado que no pudo ser superado por las influencias ideológicas. Estas últimas operaron sobre pequeños grupos. Aquel sentimiento, en cambio, siguió vivo en vastos sectores populares y en las clases altas conservadoras. Cuando se estudia el pensamiento de la Emancipación es imprescindible no perder de vista ese sentimiento que obrará como fuente de resistencia pasiva frente a las ideologías y a los modelos políticos extraídos de la experiencia extranjera" (ROMERO, 1986:63).

[5] “El nuevo americanismo tuvo un poder más fuerte que la Ilustración. Las ideas de los philosophes franceses, su crítica a las instituciones sociales, políticas y religiosas contemporáneas y su concepto de la libertad humana no eran desconocidos en el mundo hispánico, aunque no contaban con una aceptación universal, y la mayoría de la gente continuaba siendo de convicción católica y fiel a la monarquía absoluta. La versión española de la Ilustración estaba purgada de contenido ideológico y quedó reducida a un programa de modernización dentro del orden establecido (...) En general, sin embargo, la Ilustración inspiró en sus discípulos criollos, más que una filosofía de la liberación, una actitud independiente ante las ideas e instituciones recibidas, significó una preferencia por la razón frente a la autoridad, por el pensamiento frente a la tradición, por la ciencia frente a la especulación. Sin duda estas fueron influencias constantes en la América española, pero por el momento fueron agentes de reforma y no de destrucción" (LYNCH, 34-35). Interesa sobremanera ubicar cuál fue la real influencia de las ideas ilustradas en el proceso revolucionario, ya que eso da un marco hermenéutico para situar el pensamiento de Bolívar: "En la historiografía tradicional de la independencia hispanoamericana, predomina la opinión que considera las juntas de 1810 y los movimientos a que dieron lugar como parte integral del mismo proceso revolucionario que en el mundo occidental produjo la revolución angloamericana de 1776 y la Revolución francesa de 1789. Está muy asumido que las ideas liberalizadoras de la Ilustración, así como la influencia de los dos ejemplos mencionados, fueron causas necesarias, si bien no suficientes, de todo lo que ocurrió (...) Indudablemente son más sólidos los argumentos que subrayan la rivalidad entre criollos y peninsulares, o la incidencia de las presiones económicas internas y externas, que la influencia de la ideología política en los sucesos latinoamericanos. De todas maneras, las ideas, si no otra cosa, fueron armas; sobre ello, cabe decir que la elección de las armas estableció pocos lazos entre la revolución de Hispanoamérica y las corrientes liberal-democráticas emergentes en la Europa occidental y los Estados Unidos" (BUSHNELL, 84-85). Sobre la influencia del pensamiento de Suárez, tan debatida en la historiografía: "Mucho se ha discutido acerca de la influencia que el suarismo pudo tener en el despertar del sentimiento emancipador; sin duda ejerció alguna influencia (...) No tuvo, sin embargo, en conjunto, la pujanza de las ideas inglesas y francesas, ya consagradas por los movimientos revolucionarios triunfantes"; (ROMERO, 1986:63). En general, los autores comparten esta opinión.

[6] "Pero aun así había cierto número de criollos que miraban más allá de la reforma, hacia la revolución. Francisco de Miranda, que había leído los trabajos de los philosophes mientras seguía su carrera militar en España en la década de 1770, transformó la ideología en activismo. Lo mismo hizo Simón Bolívar, cuya educación liberal, amplias lecturas y extensos viajes por Europa le abrieron la mente a nuevos horizontes, en particular al ejemplo político inglés y al pensamiento de la Ilustración. Hobbes y Locke, los enciclopedistas y los philosophes, especialmente Montesquieu, Voltaire y Rousseau, todos le dejaron una honda huella y le imprimieron el gusto por la razón, la libertad y el orden que le duró toda la vida (...) Estos hombres fueron auténticos precursores de la independencia, aunque constituían una minoría y mantenían una posición por delante de la que tenía la opinión pública. Los criollos tenían muchas objeciones frente al régimen colonial, pero eran más de carácter pragmático que ideológico; en última instancia, la amenaza más grande al poder español vino de los intereses americanos y no de las ideas europeas. La distinción puede ser sin embargo irreal. El pensamiento de la Ilustración formaba parte del conjunto de factores que a la vez eran un impulso, un medio y una justificación de la revolución venidera. Si bien la Ilustración no fue una ‘causa’ aislada de la independencia, es parte de su historia; proveyó algunas de las ideas que la informaron y constituyó un ingrediente esencial del liberalismo hispanoamericano en el período de posindependencia (...) Las revoluciones de América del Norte y Francia condujeron la Ilustración a la vida política" (LYNCH, 35-36). Otro autor señala la falta de nitidez y el eclecticismo del pensamiento revolucionario:“En Hispanoamérica ocurre un fenómeno peculiar, que ha llamado la atención de algunos y ha hecho discutir a no pocos: varios, bastantes de los llamados precursores de la independencia parecen recurrir indistintamente a una y otra tradición: a la escolástica y a la del liberalismo francés y anglosajón” (GALLEGO, 127). Lo distintivo fue la pluralidad de doctrinas de distinto origen, múltiples influencias y no poca confusión de conceptos. 

[7] Las citas de Bolívar son transcriptas de BOLÍVAR, S.: Pensamiento político, México, Porrúa, 1986. Se ha elegido esta edición por ser una selección muy representativa y una edición fácil de encontrar, a pesar de que su introducción no aporta demasiado. Los números entre paréntesis que acompañarán cada cita textual señalan el número de página. Durante la primera mitad del siglo XX, Vicente Lecuna realizó una ingente tarea de recopilación y edición de las obras, cartas y archivo de Bolívar, completando el trabajo que se había iniciado en el siglo anterior. Gracias a ese esfuerzo y al de quienes lo continuaron, hay numerosas ediciones de los escritos completos de Bolívar.

[8] "La rápida evolución del movimiento revolucionario en Venezuela –el primer país de Hispanoamérica que declaró la independencia– fue un factor, entre otros, que dio lugar al estallido de un gran conflicto (...) Antes de que se reuniera el congreso (marzo de 1811), la revolución creó otro cuerpo deliberante: la Sociedad Patriótica de Caracas, donde estaba el ala más activa de la burguesía comercial y agraria, así como los representantes de otros grupos sociales, incluidos los pardos. Pronto se convirtió en un foro para algunos, como el joven Simón Bolívar –uno de los más ricos plantadores de cacao–, que no confiaban en que España introdujera cambios en el sistema colonial, incluso en el hipotético caso de que Napoleón fuese vencido. Cuando el conspirador Miranda regresó de Inglaterra en diciembre de 1810, este tipo de consideraciones (y la sociedad Patriótica) ganaron un nuevo portavoz" (BUSHNELL, 86).

[9] La carta constitucional estaba "inspirada capitalmente en la constitución norteamericana y en la Declaración francesa de los Derechos del hombre y el ciudadano de 1789, la cual fue dada a conocer y puesta en vigencia ese mismo año. Preconizaba el sistema federal y contemplaba el ejercicio rotativo del poder por los miembros de un triunvirato (...) Miranda –y en esto le secundaba Bolívar– desaprobó el proyecto y posteriormente los hechos le dieron la razón" (SORIANO, 21). "Pero la primera aplicación práctica del modelo político norteamericano fue la constitución venezolana de 1811 (...) La fuente de la que surgió su imitación fue la obra que en 1811 publicó el venezolano Manuel García de Sena, que contenía las traducciones de varios fragmentos de Thomas Paine y de un conjunto de documentos norteamericanos: la Declaración de Independencia, los Artículos de la Confederación y Perpetua Unión, la Constitución de los Estados Unidos y las Constituciones de Massachusetts, Connecticut, New Jersey, Pennsylvania y Virginia. La obra fue titulada 'La independencia de la Costa Firme justificada por Thomas Paine treinta años ha', y ejerció notable influencia, no sólo en Venezuela sino también en otras regiones" (ROMERO, 1986:110). La obra influyó poderosamente en el Río de la Plata: consta que Artigas no se separaba de la obra de García de Sena. Por su parte, Lynch afirma que "los trabajos de Tom Paine, los discursos de John Adams, Jefferson y Washington circulaban por el continente suramericano. Varios de los precursores y dirigentes de la independencia visitaron los Estados Unidos y vieron en directo el funcionamiento de las instituciones libres. Fue en Nueva York (...) donde Francisco de Miranda concibió la idea de la ‘libertad y la independencia de todo el continente hispanoamericano’. Bolívar tuvo un respeto permanente por Washington y admiraba, aunque no de modo acrítico, el progreso de los Estados Unidos (...) El comercio estadounidense con la América española fue una vía no sólo de colocar productos y servicios, sino también para introducir libros e ideas (...)  las constituciones de Venezuela, México y de otros países se moldearían según la de los Estados Unidos y muchos de los nuevos líderes –aunque no Bolívar– estarían profundamente influidos por el federalismo norteamericano” (LYNCH, 37).

[10] Miranda participó del congreso redactor de la constitución de 1811, y "asistió con desagrado a la adopción de un conjunto de principios e instituciones que, en su opinión, comprometían el futuro del país" (ROMERO, 1986:65). Cuando firmó el texto constitucional expresó las reservas que tenía hacia la ley fundamental: "Considerando que en la presente Constitución los poderes no se hallan en un justo equilibrio, ni la estructura u organización general suficientemente sencilla y clara para que pueda ser permanente; que por otra parte no está ajustada con la población, usos y costumbres de estos países, que puede resultar que en lugar de reuniones en una masa general, o cuerpo social, nos divida y separe en perjuicio de la seguridad común y de nuestra Independencia, pongo estos reparos en cumplimiento de mi deber" citado por Romero en la p. 65.

[11] En desacuerdo por la rendición, y sospechando que Miranda había sido sobornado, Bolívar y otros jefes revolucionarios lo entregaron a Monteverde. Miranda fue enviado prisionero a Cádiz y murió en la cárcel en 1816.

[12] “Las rivalidades políticas y de otro tipo entre las provincias fueron tales que hasta noviembre de 1811 no se pudieron crear las Provincias Unidas de Nueva Granada. Esta federación fue más débil que la de Venezuela, es más, no todas las provincias se unieron a ella. La ausencia más importante fue la de la misma Bogotá que ahora era el centro del estado de Cundinamarca. A su cabeza, con poderes dictatoriales, se encontraba el ‘precursor’ Antonio Nariño" (BUSHNELL, 89). Sin embargo, "aunque Nueva Granada no logró alcanzar la unidad, sus provincias acabaron por proclamar abiertamente su independencia, si bien lo hicieron por regiones”; (BUSHNELL, 90).

[13] A lo ya dicho sobre la influencia del modelo norteamericano en la primera república venezolana, debe agregarse que para Bushnell, si bien la constitución norteamericana influyó poderosamente en la venezolana, no fue ése el principal motivo por el cual los diputados eligieron el sistema federal. La capitanía existía recién desde 1777, y “Caracas aún no había tenido tiempo para vencer las fuertes tendencias particularistas de las otras provincias. Además las diferencias regionales que realmente existían en la estructura social y económica y en la composición étnica (...) de alguna manera hacían que el federalismo no fuera intrínsecamente más artificial que la estructura unitaria” (BUSHNELL, 87).

[14] ”Fueron, sobre todo, los grandes responsables de la conducción militar los que sobresalieron en la condenación del sistema federal, preocupados obsesivamente por la concentración de los esfuerzos para la guerra, por la fortaleza del poder político que debía respaldar sus campañas, por el prestigio internacional de las nuevas naciones. Federalismo fue para ellos palabra maldita, sinónimo de anarquía y desorden (...) Pero el federalismo parecía tener una fuerza sorda en las diversas regiones de cada país; y no porque se ignorara la debilidad que comportaba para la acción eficaz, sino porque temían que el centralismo reconstituyera y consolidara la vieja estructura económica y política de la colonia, en perjuicio de esas sociedades interiores que habían avanzado hacia el poder después de la revolución y que no querían volver a una situación de dependencia” (ROMERO, 1986:86).

[15] En 1825 Bolívar afirmaba haber leído a los clásicos de la antigüedad y a Locke, Condillac, Buffon, D’Alembert, Montesquieu, Filangieri, Rousseau, Voltaire, Bentham, Constant; (ver SORIANO, 19). La autora señala que puede haber alguna exageración. En todo caso, esas lecturas las ha realizado a lo largo de los años y no sólo en su período formativo.

[16] "En Jamaica, Bolívar publicó numerosos escritos con el fin de atraer la atención mundial –especialmente la de Inglaterra– hacia Hispanoamérica, de desvirtuar la propaganda contraria a la revolución y de dar a conocer al mundo los puntos de vista de los países hispanoamericanos" (SORIANO, 24).

[17] “Bolívar declaró su ‘guerra a muerte’ contra todos los peninsulares que no se adhirieran a la revolución (...) Con ello, Bolívar quería polarizar la situación entre españoles y americanos (...) No está nada claro hasta qué punto se cumplieron estos propósitos, aparte de incitar a ambos bandos a las mayores atrocidades, pero expresaban fielmente el pensamiento de Bolívar sobre el modo de abordar la guerra en esta nueva fase. Bolívar, cabeza de facto de la revolución, gracias al brillante éxito de su Campaña Admirable, se abstuvo de reinstaurar la constitución de 1811. La segunda República fue una dictadura militar en todos los sentidos” (BUSHNELL, 91).

[18] Bushnell asevera que “la clase alta criolla, que gracias a la revolución había adquirido virtualmente el monopolio del poder político, lo usaba para defender sus intereses” (BUSHNELL, 88); sin embargo, el mismo autor aclara que eso no debe engañar sobre las motivaciones de la oposición de los llaneros y los pardos: ”considerar a Boves como el realizador de una sistemática política de igualdad social e incluso como un reformador agrario parece más que discutible”; (BUSHNELL, 91).

[19] Ese debió ser el destino de la expedición restauradora. Para evitar el ataque, Buenos Aires tomó definitivamente Montevideo, a la que tuvo sitiada por años. Los realistas, sin base para operar en el Plata, fueron enviados a Caracas.

[20] "Densas y elaboradas, las doctrinas que inspiraban todos estos modelos eran, al mismo tiempo, fruto de la reflexión de pensadores individuales –más originales unos que otros– y de la experiencia histórica acumulada, fuera sobre largos procesos ya sobrepasados, fuera la candente actualidad. Llegaron a Latinoamérica no sólo constituidas como un cuerpo teórico sino como un conjunto de verdades comprendidas y casi de prescripciones prácticas. Pero todas esas doctrinas se habían constituido sobre situaciones ajenas al mundo hispanolusitano y más ajenas aún al mundo colonial que dependía de las dos naciones ibéricas. Fue una verdadera recepción de experiencia ajena y el contraste se advirtió pronto, no sólo entre las doctrinas recibidas y la realidad sino también entre aquéllas y las doctrinas que circulaban corrientemente en el mundo colonial, casi cercado e impenetrable" (ROMERO, 1986:59).

[21] Sobre la mentalidad utópica en la construcción de la imagen de América en el siglo XVI, ver GUIANCE (1997). El autor concluye: "por un lado, vemos que, en algunos de los primeros tratadistas que analizaron el Nuevo Mundo (se refiere a Tomás López Medel y a Juan de Cárdenas, ambos del último tercio del siglo XVI), la mentalidad utópica –heredada, en su mayor parte, de la tradición medieval– aparece perfectamente articulada con el pensamiento racional y la realidad local (...) En segundo término, y esto me parece aún más significativo, debemos subrayar el papel que dicha mentalidad utópica –y las utopías, en su sentido más general– cumplieron en la colonización de América. Ellas ayudaron a crear una imagen 'mítica' del continente, en el que se encarnaba la 'visión de lo justo' –como diría Buber–, proyectándolo hacia un futuro al que consideraban promisorio. Esa imagen sirvió, a su vez, como elemento de propaganda y paradigma de perfección. Así, tales construcciones ideales supieron articular los anhelos y esperanzas del hombre moderno ... " (GUIANCE, 177). También puede consultarse ORTEGA (1973). El autor señala que el pensamiento americanista que se desarrolla a partir de finales del siglo XVIII se nutre de las miradas europeas hacia el Nuevo Mundo. Romero coincide, pero señala que lo que está en la base es la mirada que los americanos tenían de Europa: “Muchas veces se han recogido testimonios de las imágenes sucesivas que los europeos se hicieron de Latinoamérica. Nos han importado la de Oviedo, la de Acosta, la de Azara, la de d’Orbign para no citar a otros innumerables viajeros europeos cuyos relatos nos seducen porque nos descubrimos a través de su renovado descubrimiento. Pero para comprender las formas de comportamiento latinoamericano, las formas que alcanzó el lento y trabajoso proceso de conquista de la propia individualidad en cada área latinoamericana, es igualmente importante, o aún más, precisar las imágenes sucesivas que Latinoamérica se hizo de Europa” (ROMERO 1986:22). Este enfoque es de particular importancia ya que la identidad propia siempre se construye en referencia a “otro”.

[22] En esa carta, Bolívar "trata de convencer al mundo de que la causa de los americanos es una sola –la independencia de España– sin distingos de colores ni razas" (SORIANO, 25).

[23] "El escrito tiene particular importancia porque muestra la conciencia que tenía Bolívar del problema que para el éxito de la guerra constituía la actitud adversa de los grupos de color hacia la causa patriota. Su interés por crear una conciencia americana frente a España y por hacer creer que no existían razones sociales en la acción de las huestes de Boves (...) no carecía de sentido, puesto que en Venezuela la guerra se decide por la independencia cuando la mayoría de la población, en su generalidad parda, abandona la causa del Rey para seguir a los caudillos patriotas como José Antonio Páez" (SORIANO, 25).

[24] En la carta, "está patente la intención de orientar el interés mundial hacia la causa de la libertad de América, siguiendo las líneas de la 'leyenda negra' para pintar a la época española con los colores más opacos" (SORIANO, 25).

[25] Sin embargo, a pedido de su interlocutor epistolar, realiza un pronóstico "de la suerte futura de estos países, con acierto tal que la carta en cuestión ha sido bautizada con el nombre de 'carta profética'" (SORIANO, 25).

[26] A pesar de que Bolívar insiste en no importar modelos, cae en lo mismo que el resto de la dirigencia y la intelectualidad revolucionaria, ya que intentó aplicar modelos foráneos, en todo caso, procurando mejores o peores adaptaciones de acuerdo a la evolución de los hechos: “La historia del pensamiento político hispanoamericano adquiere desde entonces un ritmo de avance contrapuntístico, dinamizado por una parte por una sucesión de influjos ideológicos buscados en ultramar, y por otra, por las transformaciones sufridas por Hispanoamérica misma, que obligan a reformular los problemas a los que se busca respuesta en ese cambiante horizonte ideológico” (HALPERIN DONGHI, 1997:6).

[27] Recordamos que "a propósito de lo que mencionamos como horizonte de cambio, debemos decir que por tal entendemos el efecto discursivo que se inscribe en lo que Arturo Andrés Roig, en sucesivos estudios, ha planteado como una de las funciones del lenguaje a la que llama 'función utópica'. Esta función es el dispositivo por el  cual un emisor ordena sus palabras estableciendo una suerte de tensión entre una situación dada –aparente o real– que es vista desde una perspectiva crítica y que le sirve de apoyo para la construcción de algo aún no dado pero posible. Un juego dialéctico donde una instancia sirve de apoyo a la otra, produciendo un efecto liberador" (JALIF DE BERTRANOU, 421).

[28] De Pradt era el arzobispo de Malinas (actual Bélgica), y fue un eficaz propagandista de la emancipación americana en Europa.

[29] “Bolívar descartó claramente la posibilidad de establecer un solo gran estado-nación, ya que como él mismo vio, sería muy difícil de manejarlo por razones geográficas y a causa además de los conflictivos intereses o sentimientos regionales de identidad diferenciada que existían” (BUSHNELL, 116).

[30] Del mismo modo, los federalistas combatían a los centralistas. Veían en el sistema unitario la prolongación de la dominación colonial, un cambio de patrón; por eso lucharon por lograr el mayor grado posible de autonomía: “ningún principio solemnemente establecido y filosóficamente fundado podía justificar que los privilegiados de ayer siguieran siendo los privilegiados de hoy. Esta convicción elemental fue la que suscitó el más grave problema postrevolucionario: el enfrentamiento entre las viejas capitales coloniales y las regiones interiores (...) El dilema fue elegir entre un gobierno centralizado, con lo que se consolidaba la situación anterior, y un régimen federal que diera paso a las regiones interiores, antes sometidas administrativa y políticamente, relegadas como áreas económicas, pero que ahora veían la ocasión de desplegar sus posibilidades (...) En muchas mentes lúcidas comenzó a flotar muy pronto, poco después de alcanzar el poder revolucionario, el fantasma de la guerra civil ” (ROMERO, 1986:76-77).

[31] Respecto del federalismo, su oposición no tendrá variantes. En cambio, ya veremos cómo el modelo inglés llegará a ser su predilecto, aunque adaptado a la realidad americana.

[32] La utopía de Bolívar se sostiene por un 'topos' del cual se parte. Tal es la común identidad americana, el legado cultural que hace posible la proyección de un futuro común: "Las tan conocidas palabras de Bolívar en las que nos hablaba de la 'idea grandiosa' de una América unida, revelan hasta qué punto tenía presente la existencia de un herencia, como también hasta qué grado sabía que ella depende de un sujeto histórico" (ROIG, 1981:56).

[33] Roig recalca la conciencia de Bolívar acerca de la capacidad de los americanos de 'hacer historia', y por tanto, de plantearse un futuro entendido como destino posible y realizable: "Bolívar tenía clara conciencia del margen de utopía que encerraba su proyecto, pero en el sentido de un 'no-lugar' que podía tener 'lugar', como él expresa, 'en alguna época dichosa' (ROIG, 1981:134).

 

© José Luis Gómez-Martínez
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