Repertorio de Ensayistas y Filósofos

Simón Bolívar

 

"Simón Bolívar:
de la utopía a la decepción"


Juan José Canavessi

 

II.

EL CAMINO HACIA EL HORIZONTE UTÓPICO

En esta sección se hará un recorrido por los principales escritos de Bolívar y sus temas fundamentales, en los cuales se manifiesta su intención de ir realizando progresivamente su proyecto. Esto permitirá reconstruir su percepción del desarrollo del proceso revolucionario, a la vez que hará posible conocer su pensamiento en estrecha relación con su contexto.

1. La primera etapa de la guerra revolucionaria

a. La ocasión, las causas y las circunstancias[1]

¿Qué fue lo que ocurrió para que los americanos se lanzaran a romper las cadenas? En 1813, Bolívar escribe al gobernador de las islas de Curazao:

Un continente, separado de la España por mares inmensos, más poblado y más rico que ella, sometido tres siglos a una dependencia degradante y tiránica, al saber el año de 1810 la disolución de los gobiernos de España por la ocupación de los ejércitos franceses, se pone en movimiento para preservarse de igual suerte y escapar a la anarquía y confusión que lo amenaza. Venezuela, la primera, constituye una junta conservadora de los derechos de Fernando VII, hasta ver el resultado decisivo de la guerra, ofrece a los españoles que pretendían emigrar un asilo fraternal; inviste de la magistratura a muchos de ellos (26).

Bolívar expone el estado de dominación de los americanos respecto de España, resaltando la distancia que los separa y la injusticia de la tiranía. De pronto, la metrópoli queda acéfala y aparece en escena el peligro del imperialismo napoleónico. América debe evitar ser devorada por el caos y el desgobierno; por tanto, se toman medidas transitorias hasta ver cómo evolucionan los hechos en Europa. No se trataría de una revolución, ya que la junta no es “revolucionaria” sino “conservadora” de los derechos reales de Fernando VII. Se trata de medidas para atenuar el impacto de los cambios, según las expone Bolívar. Incluso, la clase gobernante española es invitada a participar en la nueva organización política.

Cuando escribe esta carta, Inglaterra y España son aliadas contra Bonaparte, por lo cual, Bolívar enfatiza que las juntas americanas surgieron en nombre y resguardo de los derechos del monarca, en medio de una situación internacional compleja. Se manifiesta la misma ambigüedad que en el inicio del resto de los procesos revolucionarios de Sudamérica: las juntas se crearon, al igual que las de España, para asegurar la soberanía del rey cautivo, como único medio de salvar la región de la voracidad napoleónica y de la anarquía social, a la espera de la evolución de los hechos[2]: “Venezuela adoptó aquella medida, impelida de la irresistible necesidad” (26).

Menciona como antecedentes otras juntas gubernativas establecidas con anterioridad a la de Caracas, establecidas con la finalidad de evitar el desorden y los tumultos[3]. El motivo fundamental que esgrime es la necesidad de tomar posición frente a los acontecimientos europeos, evitando que la acefalía metropolitana llevase al caos social:

¿Y Venezuela no debería ponerse igualmente a cubierto de tantas calamidades y asegurar su existencia contra las rápidas vicisitudes de la Europa? ¿No hacía un mal a los españoles de la Península, quedando expuesta a los trastornos que debía introducir la falta de gobierno reconocido? (26).

Bolívar critica la actitud de los peninsulares, que lucharon contra el gobierno caraqueño y el resto de juntas americanas constituidas sobre esas bases, que son las mismas que emplearon las provincias españolas en la Península:

Persuadida Venezuela de que la España había sido completamente subyugada, como se creyó en las demás partes de América, dio aquel paso (...) autorizada con el ejemplo de las provincias de España, a quienes estaba declarada igual a derechos y representación política (26-27).

Con esto señala la ilegitimidad de la lucha que la metrópoli emprendió contra los americanos. La Regencia establecida en Cádiz fue aceptada por las juntas españolas y por Perú y Nueva España. El Consejo de Regencia convocó las Cortes, que comenzaron a reunirse en Cádiz en septiembre de 1810, y decretó la guerra contra los pueblos que no lo reconocieron, tratándolos como a insurrectos[4]. Bolívar señala que se trata de una injusticia, ya que las provincias americanas son independientes respecto de las otras integrantes del reino[5]. Las Cortes de Cádiz, de las que formaron parte los delegados de Perú y Nueva España, promulgó la constitución de 1812, texto de enorme importancia, que no tuvo vigencia real en la zona de insurgencia americana, pero sí en las regiones de América que mantuvieron las autoridades regias, aunque de forma muy limitada[6].

El panorama americano que Bolívar pinta alrededor de 1813 en su correspondencia es el de una guerra cruel y ruinosa, llena de discordias, que arruinan un continente pacífico, de población extremadamente paciente y sumisa. Esta destrucción se debe a la ferocidad de los españoles, que actúan en estas circunstancias como acostumbraron a conducirse desde que entraron al Nuevo Mundo: llenando de muerte y desolación una de las porciones más bellas de la naturaleza, haciendo desaparecer de la tierra su casta primitiva, “y cuando su saña rabiosa no halló más seres que destruir, se volvió contra los propios hijos que tenía en el suelo que había usurpado” (27).

Así describe Bolívar, en aquel momento, tanto los móviles iniciales de los acontecimientos de 1810, como su derivación en un proceso revolucionario:

Tres siglos gimió América bajo esta tiranía, la más dura que ha afligido a la especie humana; tres siglos lloró las funestas riquezas que tanto atractivo tenían para sus opresores, y cuando la Providencia justa les presentó la ocasión inopinada de romper las cadenas, lejos de pensar en la venganza de estos ultrajes, convida a sus propios enemigos, ofreciendo partir con ellos sus dones y su asilo (27).

Bolívar presenta aquí las causas, la ocasión y la modalidad del desarrollo del movimiento revolucionario.

Los hechos de 1810 arraigan en un estado de dominación, al que los americanos debían poner fin. Allí hay que buscar las causas del deseo de emancipación. A su vez, el escenario internacional ha brindado la ocasión para que se rompieran las cadenas de la opresión. De esta manera, Bolívar distingue entre las causas de la revolución y la ocasión de la misma. Hay una tercera afirmación, referida a la modalidad del movimiento: la revolución es presentada como un hecho incruento y animado de buen espíritu, y no movido por el odio y la venganza, a pesar de que las autoridades españolas removidas habían mantenido en la esclavitud a los americanos, llevándose sus riquezas e impidiéndoles el progreso de su industria y sus artes. Sin embargo, el grupo revolucionario intentó integrar a sus antiguos opresores al nuevo estado de cosas. Pero la respuesta de los españoles fue tal, que todo derivó en una guerra revolucionaria.

b. Más que guerra revolucionaria, guerra social[7]

El pacifismo que Bolívar atribuye a la revolución debe entenderse a partir de las intenciones que movieron al grupo dirigente criollo. Bolívar pertenecía a los mantuanos, sector aristocrático criollo que pretendió capitalizar en su provecho la coyuntura internacional y hacerse del poder, no para establecer reformas sociales, sino para acceder a los privilegios de los peninsulares y tener mayor participación en el gobierno americano. Los más extremos, quisieron aprovechar la ocasión para establecer una independencia total respecto de España. Sin embargo, tanto moderados como independentistas, temían que la sociedad se descontrolara y Venezuela se convirtiese en un nuevo Haití, planteándose la revolución en términos de reivindicaciones sociales por parte de las castas subyugadas. De ahí que intentasen unir al movimiento a las antiguas autoridades, a fin de no enfrentarse entre elites dirigentes, dejando abierta la puerta al caos[8].

Pero la realidad fue más compleja, y el vacío de poder llevó a un enfrentamiento general, en el que detrás de las fachadas de los ejércitos realistas y republicanos, había distintos intereses que esperaban concretarse a través de la lucha armada. Monteverde extremó la guerra captando las ambiciones de los postergados a favor del partido realista, aprovechando los resentimientos de muchos que tenían motivos suficientes para luchar contra la elite criolla de los mantuanos. Recogiendo distintos apoyos, incluido el eclesiástico, y aprovechando la interpretación popular del terremoto que sacudió Caracas en marzo de 1812, logró retomar el control de la región durante ese año.

Ante el cariz de los acontecimientos, Bolívar retornó a escena y respondió con su manifiesto de guerra a muerte, dictado en Trujillo en 1813. Intentó que la guerra no fuese social, sino una guerra de independencia. Por eso se propuso reordenar los partidos en pugna: la lucha era entre españoles y americanos, y cada uno debía tomar posición en ese marco[9]. No tuvo mayores resultados. Si bien con su “campaña admirable” logró recuperar Caracas y otras ciudades, la guerra social se hacía cada vez más encarnizada. Bolívar, Mariño, Ribas y el resto de los generales revolucionarios luchaban contra el poder realista y, simultáneamente, contra los llaneros y los pardos, acaudillados por Boves. Finalmente, en el “año terrible” de 1814, los republicanos fueron vencidos y Bolívar marchó al exilio, mientras todo el país era escenario de matanzas y destrucción[10].

El exilio le permitió reflexionar sobre la situación y su irresoluble complejidad. En la “carta de Jamaica” Bolívar manifestó lúcidamente una gran verdad, que estará en la base de su posterior frustración:

Mas nosotros (...) que por otra parte no somos indios ni europeos, sino una especie media entre los legítimos propietarios del país y los usurpadores españoles; en suma, siendo nosotros americanos por nacimiento y nuestros derechos los de Europa, tenemos que disputar éstos a los del país y que mantenernos en él contra la invasión de los invasores; así nos hallamos en el caso más extraordinario y complicado (67-68).

Esta posición intermedia de Bolívar y de la mayoría de la dirigencia revolucionaria es la que explica no sólo las dificultades anteriores a 1815 sino las posteriores a 1826, cuando una vez expulsados los españoles, se inicie un período de disgregación y enfrentamientos civiles. Este tipo de posturas es la que manifiesta que en Bolívar y en muchos contemporáneos coexistían rasgos de una mentalidad ilustrada, caracterizada por el afán de progreso y reforma, junto a estructuras mentales coloniales, por las cuales concebían la sociedad de forma piramidal, anudada por una autoridad fuerte, y dependiente de Europa tanto en su identidad como en su futuro. Lo complejo es que, en ese esquema colonial, se situaban en el lugar de los “conquistadores”, cuyo sitio esperaban heredar; mientras tanto, encabezaban una lucha de independencia, que se suponía debía derribar esas mismas estructuras[11].

El estallido de la guerra social, que puso en riesgo la continuidad del proyecto independentista, se debe a esta ambigüedad que Bolívar intentó, infructuosamente, resolver con su declaración de Trujillo. Allí pretendió que las diferencias sociales y políticas fueran eclipsadas por la oposición de identidades: americanos versus españoles.

Esa polarización que Bolívar necesitaba para retomar la lucha se hizo realidad cuando Morillo, al mando de la expedición enviada por Fernando VII para recuperar sus reinos de ultramar, se hizo cargo de la situación en 1815. El rey no quería negociar ni reconocer las libertades proclamadas en la constitución de Cádiz en 1812, y reinstauró el poder absoluto de su corona. Los llaneros, los pardos y los desclasados, que habían peleado bajo el mando de Boves a favor de los realistas, no obtuvieron el reconocimiento que esperaban. Morillo estaba en una situación muy distinta de la que había vivido Monteverde. Comandaba una fuerza fabulosa, un ejército regular –en el cual no había lugar para una oficialidad parda–, y el espíritu igualitario de Cádiz había sido sepultado por la restauración absolutista del monarca.

2. El nuevo escenario internacional

a. La revolución y Gran Bretaña

El “año terrible” de 1814 fue también un año de excepcionales transformaciones en la escena internacional. Fundamentalmente, Inglaterra y España ya no están unidas contra Bonaparte. Bolívar reflexiona a partir de las nuevas condiciones:

La situación de actual de la Europa es la más favorable a nuestros intereses, y la que prontamente va a consolidar nuestra libertad e independencia (42).

En enero de ese mismo año, Bolívar se había dirigido a Wellesley, retomando el plan de Miranda, que los acontecimientos habían postergado[12]: “El gabinete de San Jaime, decidido siempre por la emancipación de América, la escudará con su protección” (33). Bolívar expresa así la convicción que movió al grupo revolucionario independentista al encarar su acción. A raíz de los hechos de abril de 1810, la junta había nombrado a Bolívar como coronel, enviándolo a realizar gestiones en Europa. En junio de ese año, partió rumbo a Londres con Luis López Méndez y Andrés Bello, para negociar con las autoridades británicas. Fue la primera y única vez que Bolívar viajó a Inglaterra; la visita fue muy importante para él, ya que le ayudó a completar su cuadro de la Europa de su tiempo[13]. Allí se unieron a Miranda, quien había estado en contacto con los revolucionarios norteamericanos y había peleado en la revolución francesa[14].

Miranda ya venía realizando gestiones para comprometer a los ingleses con la independencia americana respecto de España[15]. Los intentos de la “Gran Reunión Americana”, logia creada por Miranda en Londres a fin de lograr esos objetivos, seguía pugnando por interesar al gabinete británico.

La pérdida de la marina franco-española en Trafalgar en 1805 había dado impulso a esos planes. España, aliada de Francia y enemiga de Inglaterra, había quedado aislada de América. En 1806 el mismo Miranda encabezó una pequeña expedición de mercenarios con la finalidad de encender la revolución en Caracas, pero fracasó[16]. Lo mismo ocurrió con las incursiones inglesas a Buenos Aires y Montevideo, en 1806 y 1807. Era una circunstancia internacional que se prestaba para una ruptura americana respecto a la metrópoli, pero no estaban dadas otras condiciones, las vinculadas con la mentalidad de los americanos. La reacción generalizada en contra de los invasores hace pensar que todavía no existía una actitud independentista, no sólo en los sectores populares, sino incluso entre los dirigentes. Si bien había un ánimo de protesta contra la administración borbónica, ese descontento no había engendrado todavía un consenso suficiente a favor de una futura emancipación[17].

De pronto, la invasión napoleónica a la península ibérica en 1808 transformó a Inglaterra en aliada de España, y lo que a principios de siglo podía ser viable, ya no lo fue a partir de 1808[18]. El plan de Miranda había quedado superado por los acontecimientos internacionales. Pero la situación volvió a cambiar en 1814 cuando tambaleó el poder napoleónico, y la coyuntura política europea se volvió medianamente propicia. Entonces, Bolívar reflexionó acerca de cómo quedaban situadas, en ese nuevo escenario, las revoluciones americanas:

Si convenimos pues, como es necesario convenir, que aun restablecido este equilibrio en la Europa, los intereses de la Gran Bretaña son enteramente opuestos a los de las potencias continentales, ¿cómo incurrir en la demencia de creer que siendo hoy Inglaterra la única nación marítima del universo, vaya a prestarse a que España vuelva a afianzar aquí su dominación? Aun suponiendo que la España hiciese con la Gran Bretaña los tratados más favorables a su comercio ¿la simple fe de los tratados sería la garantía suficiente de su cumplimiento? (42).

Esa convicción lo llena de esperanza. Desaparecido el peligro bonapartista, Inglaterra dejará su indiferencia y ambigüedad. No se trata de otra cosa que del peso de las conveniencias, las que retrotraen la postura británica a como era antes de Bayona:

Es por esta razón que la emancipación de América ha estado siempre en los cálculos del gabinete inglés. La Gran Bretaña, colocada entre el antiguo y nuevo continente, va por este nuevo equilibrio del universo a llegar al último punto de grandeza y de poder a que ningún pueblo del mundo había osado aspirar. Queda pues ahora la cuestión del imperio de los mares reservado para calculistas más profundos. Nosotros solamente divisamos a lo lejos la Gran Bretaña, confundida y abrumada por el peso enorme de sus riquezas, y a la América formando el imperio más poderoso de la tierra (43).

En toda América sólo subsiste el movimiento revolucionario del Río de la Plata. Napoleón ha caído; Inglaterra y España ya no son aliadas. Es preciso que Inglaterra actúe y se comprometa a favor de la emancipación del continente. Por eso, la presentación que Bolívar realiza para 1815 de los acontecimientos que se fueron sucediendo desde 1810, ya no insiste en la legitimidad de la revolución, ni en su carácter conservador de los derechos reales, sino que apunta directamente a implicar a los británicos desde sus inicios: dadas las circunstancias internacionales, algunos vieron la ocasión para emanciparse de España, contando con la colaboración de Inglaterra. Bolívar escribe al ministro de relaciones exteriores británico, justificando la revolución con la finalidad de seducir a los ingleses, a fin de comprometerlos con los revolucionarios americanos. Describe la revolución misma como un movimiento de América destinado a acercarse a Gran Bretaña. Intenta mostrar que su solicitud no es un manotazo de ahogado debido a la coyuntura, sino del cumplimiento de los objetivos iniciales del proceso emancipador:

Buscando en la presente revolución de la América el objeto de los pueblos en hacerla, han sido dos: sacudir el yugo español, y amistad y comercio con la Gran Bretaña (45).

Alejarse de España y acercarse a Gran Bretaña es un mismo movimiento, común a todos los nuevos gobiernos americanos:

El mismo carácter distingue la misma revolución que se ha prolongado en las demás regiones de América. Todas han hecho ver que reconocen sus verdaderos intereses en esta separación de la España, y en esta amistad con la Inglaterra (45).

Ese mismo año, en la “carta de Jamaica”, Bolívar ubica el proceso iniciado en 1810 en el contexto de los acontecimientos internacionales, mostrando cómo los hechos derivaron hacia una revolución:

Cuando las águilas francesas sólo respetaron los muros de la ciudad de Cádiz, y con su vuelo arrollaron los frágiles gobiernos de la Península, entonces quedamos en la orfandad. Ya antes habíamos sido enfrentados a la merced de un usurpador extranjero; después, lisonjeados con la justicia que se nos debía y con esperanzas halagüeñas siempre burladas; por último, inciertos sobre nuestro destino futuro y amenazados por la anarquía, a causa de la falta de un gobierno legítimo, justo y liberal, nos precipitamos en el caos de la revolución (69).

Así presenta el escenario internacional como marco de la revolución, pero como las circunstancias ya no son las mismas que cuando los hechos ocurrieron, su discurso sufre modificaciones respecto del que expresara durante el período de hegemonía napoleónica en Europa[19]. Durante su exilio de 1815, insiste ante Wellesley:

La filosofía del siglo, la política inglesa, la ambición de la Francia y la estupidez de España, redujeron súbitamente a la América una absoluta orfandad, y la constituyeron indirectamente en un estado de anarquía pasiva. Las luces de algunos aconsejaron la independencia, esperando fundadamente su protección en la nación británica, porque la causa era justa. La masa general de los pueblos fue dócil al principio y siguió la senda del bien. Pero, vueltos los españoles de su primera sorpresa, porque la Inglaterra les volvió la esperanza, dirigió su atención no a recobrar su antiguo dominio ni a conquistar para poseer: con el fuego y la espada en la mano su proyecto es reducir, segunda vez, a soledad esta mitad del mundo que su impotencia no puede conservar (52).

b. Situación hacia 1815

La revolución está prácticamente en agonía. ¿Se debe exclusivamente a las fuerzas de Morillo? Bolívar no olvida que fue vencido por Boves antes que la expedición del rey tocara suelo venezolano. La revolución ha caído por no haber logrado el apoyo de todos los americanos. Las dificultades las achaca a la mentalidad colonial, de la cual los pueblos no pueden desembarazarse en poco tiempo. Así lo dice en carta a Hyslop:

Los pueblos, acostumbrados al antiguo dominio, obedecen sin repugnancia a estos tiranos (...) no debemos alucinarnos; la opinión de la América no está aún bien fijada, y aunque los seres que piensan son todos, todos independientes, la masa general ignora todavía sus derechos y desconoce sus intereses (50).

La situación es delicada, pero no hay que alarmarse. Es propio de los procesos de cambio el enfrentamiento entre quienes luchan por el cambio y quienes pelean por sostener las viejas estructuras. Nada nuevo ocurre, en ese sentido, en América:

Sin embargo, nuestra división no es extraña, porque tal es el distintivo de las guerras civiles formadas generalmente por dos partidos: conservadores y reformadores. Los primeros son, por lo común, más numerosos, porque el imperio de la costumbre produce el efecto de la obediencia a las potestades establecidas; los últimos son siempre menos numerosos aunque más vehementes e ilustrados. De este modo la masa física se equilibra con la fuerza moral (...) Por fortuna, entre nosotros, la masa ha seguido a la inteligencia (75).

En su visión, él se considera de los reformadores, dentro del grupo minoritario, selecto, de los dinamizadores a favor del cambio. Evidentemente, se refiere al plano político, no al social. Pero aún en el espectro de las ideas y la acción política, Bolívar dista mucho de ser un reformista. Es importante observar el desfasaje entre el lugar que ocupó en la escena, y el lugar en que él se veía: un reformador ilustrado, con la misión de iluminar y guiar a las masas ignorantes.

La ayuda de los ingleses es ahora más necesaria que nunca. Los escritos de esos años duros están especialmente dirigidos a contar con Gran Bretaña. En la “carta de Jamaica”, Bolívar expresa cuál ha de ser la máxima prioridad del grupo revolucionario: “Seguramente la unión es lo que nos falta para completar la obra de nuestra regeneración” (75).

Intenta mostrar a su interlocutor británico que la revolución no está perdida; a pesar de la situación desastrosa para los defensores de la causa independiente, hay fundamento para la esperanza:

Yo diré a ud. lo que puede ponernos en actitud de expulsar a los españoles y de fundar un gobierno libre: es la unión, ciertamente; más esta unión no nos vendrá por prodigios divinos sino por efectos sensibles y esfuerzos bien dirigidos (76).

La desunión es un factor determinante del desorden americano. Bolívar atribuye a la falta de apoyo exterior gran parte de responsabilidad en la fragmentación de su país:

La América esta encontrada entre sí, porque se halla abandonada de todas las naciones; aislada en medio del universo, sin relaciones diplomáticas ni auxilios militares (76).

¿Cómo relacionar falta de apoyo internacional y desunión? Probablemente, lo que Bolívar insinúa es que si su grupo hubiese contado con el apoyo inglés, se hubiera podido ejercer un poder centrípeto alrededor del cual edificar la nueva sociedad:

Lo que es, en mi opinión, realmente temible es la indiferencia con que la Europa ha mirado hasta hoy la lucha de la justicia contra la opresión, por temor de aumentar la anarquía; esta es una instigación contra el orden, la prosperidad, y los brillantes destinos que esperan a la América. El abandono en que se nos ha dejado es el motivo que puede, en algún tiempo, desesperar al partido independiente, hasta hacerlo proclamar máximas demagógicas para atraerse la causa popular; esta indiferencia, repito, es una causa inmediata que puede producir la subversión y que sin duda forzará al partido débil en algunas partes de América a adoptar medidas, las más perniciosas, pero las más necesarias para la salvación de los americanos que actualmente se hallan comprometidos en la defensa de su patria (...) La desesperación no escoge los medios que la sacan del peligro (79).

La afirmación está dirigida a comprometer a los ingleses. Les está asegurando que, de obtener su colaboración, él será capaz de unir a su pueblo. De lo contrario, la angustia del momento puede llevar a intentar soluciones insensatas.

c. América y Gran Bretaña: el nuevo equilibrio mundial

No sólo es necesaria la cooperación británica para aglutinar el frente revolucionario. No hay que olvidar que, además, hay un poderoso ejército español que controla militarmente casi todo Sudamérica. Bolívar intentará despertar los intereses seculares de Gran Bretaña, a fin de contar con su apoyo.

En 1810, los independentistas no podían esperar la venia inglesa ni su ayuda. Pero Fernando VII ha regresado a su trono revestido de un absolutismo mayor que el que habían practicado los Borbones previamente, y la Santa Alianza ha establecido un nuevo orden internacional, pretendiendo retrotraer las cosas a como habían sido antes de la revolución francesa. Inglaterra quedaba fuera de esa política. Tenía el poder suficiente para realizar la suya, y Bolívar intentaba seducirlos apelando a la justicia y a la necesidad del equilibrio internacional. América debe unirse a Gran Bretaña; Inglaterra no puede dejar que los restauradores del absolutismo, sus enemigos, recuperen poder en el Nuevo Mundo.

En ese contexto, deben ser leídas sus palabras a Wellesley, desde su exilio jamaiquino:

La suerte de la América reclama imperiosamente el favor de cuantas almas generosas conocen el precio de la libertad y se glorían de defender la justicia (...) Este es el último período de nuestra existencia, si una nación poderosa no nos presta auxilio de todo género; ¡qué dolor!; tenemos una enorme masa de poder que por sí misma debe desplomarse si artífices fuertes y hábiles no construyen el edificio de nuestra libertad (...) me he salido a dar alarma al mundo, a implorar auxilios, a anunciar a la Gran Bretaña y a la humanidad toda, que una gran parte de su especie va a fenecer, y que la más bella mitad de la tierra, será desolada (52-53).

Morillo está firmemente establecido en Venezuela, y su acción y la del virrey de Lima ahogan los focos revolucionarios en toda América, con excepción del Río de la Plata. En su carta a Hyslop reitera su solicitud en nombre de la justicia:

Ya es tiempo, señor, y quizá es el último período en que la Inglaterra puede y debe tomar parte en la suerte de este inmenso hemisferio, que va a sucumbir, o a exterminarse, si una nación poderosa no le presta su apoyo, para sostenerlo en el desprendimiento en que se haya precipitado por su propia masa, por las vicisitudes de Europa y por las leyes eternas de la naturaleza (50-51).

Además: ¿es posible que Inglaterra desprecie incluso su propio interés?:

Pero la pérdida incalculable que va a hacer la Gran Bretaña consiste en todo el continente meridional de la América, que, protegido por sus armas y comercio, extraería de su seno, en el corto espacio de diez años, más metales preciosos que los que circulan por el universo (51).

En la “carta de Jamaica” reitera sus argumentos. En primer lugar, recalca el papel que le cabe al mundo civilizado en esa contienda:

¿Y la Europa civilizada, comerciante y amante de la libertad, permite que una vieja serpiente, por sólo satisfacer su saña envenenada, devore la más bella parte de nuestro globo? ¡Qué! ¿Está Europa sorda al clamor de su propio interés? ¿No tiene ya ojos para ver la justicia? (...) llego a pensar que se aspira a que desaparezca la América, pero es imposible, porque toda la Europa no es España (65).

En segundo lugar, Bolívar se esfuerza en mostrar que la intervención europea, y particularmente la británica, no debe hacerse realidad sólo por motivos filantrópicos, en defensa de la justicia, sino que además se trata de una necesidad para el equilibrio internacional y de una acción conveniente a los intereses económicos de los propios ingleses:

La Europa misma por miras de sana política, debería haber preparado y ejecutado el proyecto de independencia americana; no sólo porque el equilibrio del mundo así lo exige; sino porque es el medio legítimo y seguro de adquirirse establecimientos ultramarinos de comercio (...) En consecuencia, nosotros esperábamos con razón que todas las naciones cultas se apresurarían a auxiliarnos, para que adquiriésemos un bien cuyas ventajas son recíprocas a entrambos hemisferios. Sin embargo, ¡cuán frustradas esperanzas! No sólo los europeos, pero hasta nuestros hermanos del norte se han mantenido inmóviles espectadores de esta contienda (66).

En esos tiempos de agonía de la revolución, Bolívar tienta a los ingleses con grandes ventajas, con el fin de que participen de la lucha. Escribe a Hyslop:

¡Qué inmensas esperanzas presenta esta pequeña parte del Nuevo Mundo a la industria británica! (...) regiones que sólo esperan la libertad para recibir en su seno a los europeos continentales, y formar de la América en pocos años otra Europa con lo que Inglaterra, aumentando su peso en al balanza política, disminuye rápidamente el de sus enemigos, que indirecta e inevitablemente vendrán aquí a hacer refluir sobre la Inglaterra una preponderancia mercantil y un aumento de fuerzas militares capaces de mantener el coloso que abraza todas las partes del mundo. Ventajas tan excesivas pueden ser obtenidas por los más débiles medios: veinte o treinta mil fusiles; un millón de libras esterlinas; quince o veinte buques de guerra; municiones, algunos agentes y los voluntarios militares que quieran seguir las banderas americanas; he aquí cuanto se necesita para dar la libertad a la mitad del mundo y poner al universo en equilibrio (51).

No sólo ofrece ventajas comerciales. Su desesperación lo lleva a ofrecer también posesiones territoriales, en las que destaca, proféticamente, la importancia estratégica de Centroamérica:

Con estos socorros pone al cubierto el resto de la América del sur y al mismo tiempo se puede entregar al gobierno británico las provincias de Panamá y Nicaragua, para que forme de estos países el centro del comercio del universo por medio de la apertura de canales, que, rompiendo los diques de uno y otro mar, acerquen las distancias más remotas y hagan permanente el imperio de Inglaterra sobre el comercio (51).

Sin embargo, no puede dejar de expresar su disgusto por tener que recurrir a esos medios a fin de asegurar la victoria. Escribe a Wellesley:

Si me hubiese quedado un solo rayo de esperanza de que la América pudiese triunfar por sí sola, ninguno habría ambicionado más que yo el honor de servir a mi país, sin degradarlo a la humillación de solicitar una protección extraña (53).

¿Cuál será el lugar que ocupará América en el nuevo equilibrio mundial?

¡El equilibrio del universo y el interés de la Gran Bretaña, se encuentran perfectamente de acuerdo con la salvación de la América! ¡Qué inmensa perspectiva ofrece mi patria a sus defensores y amigos! Ciencias, artes, industria, cultura, todo lo que en el día hace la gloria y excita la admiración de los hombres en el continente europeo, volará a América. La Inglaterra, casi exclusivamente, vera refluir en su país las prosperidades del hemisferio que, casi exclusivamente, debe contarla por su bienhechora (52).

Equilibrio internacional e interés comercial[20]. Tanto desde el punto de vista político como económico la presencia de Inglaterra apoyando la independencia de la América española resulta lógica, está inscrita en el proceso mismo de cambio que vive el mundo. En ese nuevo equilibrio, América tiene un sitio bien determinado, una manera de insertarse en el circuito del capitalismo mundial en avance. Así reflexionaba ya en 1814:

Nosotros por mucho tiempo no podemos ser otra cosa que un pueblo agricultor, y un pueblo agricultor capaz de suministrar las materias más preciosas a los mercados de Europa, es el más calculado para fomentar conexiones amigables con el negociante y el manufacturero. Reconocida nuestra independencia, y abiertos estos países indistintamente a los extranjeros, no podemos imaginar cuánto aumentará la demanda pública todos los años. Los artículos de exportación se multiplicarán hasta lo infinito, y las importaciones irán siempre buscando el equilibrio comercial con nuestras producciones. Cuando consideramos nuestra suerte futura por este aspecto, deducimos sin la menor fuerza que la emancipación de la América va a producir en el lujo, en las riquezas de las naciones, en una palabra, en las costumbres del género humano, una revolución mucho más espantosa que la que trajo su descubrimiento (43).

Todos estos textos de 1814 y 1815 deben ser leídos en el contexto de una época de enorme incertidumbre y amenaza. La desesperación de Bolívar queda de manifiesto en algunas de sus expresiones en la carta a Wellesley:

Este es el último período de nuestra existencia, si una nación poderosa no nos presta auxilio de todo género; ¡qué dolor!; tenemos una enorme masa de poder que por sí misma debe desplomarse si artífices fuertes y hábiles no construyen el edificio de nuestra libertad(...) me he salido a dar la alarma al mundo, a implorar auxilios, a anunciar a la Gran bretaña y a la humanidad toda, que una gran parte de su especie va a fenecer, y que la más bella mitad de la tierra será desolada (52-53) [21].

Sus esfuerzos por comprometer abiertamente a Inglaterra no dieron resultado. Los británicos esperarían la llegada de circunstancias favorables para hacerse presentes más adelante, cuando pudieran obtener ventajas comerciales y estratégicas sin tener que comprometerse en una guerra que podía derivar en un enfrentamiento con el resto de Europa.

3. La verdadera guerra de independencia

a. Un nuevo comienzo

A pesar de su insistencia para obtener el apoyo británico, el retorno de Bolívar al continente en 1816 fue posible gracias a la ayuda que le brindó Pétion, dictador de la república de Haití, a cambio de satisfacer sus demandas respecto de la libertad para los esclavos de Venezuela. Bolívar advirtió que debía ampliar la base de su lucha. Con la promesa de otorgar la libertad a los esclavos que se le unieran comenzó a componer una nueva fuerza. Trabajosamente procuró ponerse de acuerdo con los jefes de grupos revolucionarios que se habían mantenido en la lucha durante su exilio dominando la región oriental. Constató que desde allí sería muy difícil obtener apoyos y vencer. Volvió a Haití y regresó al continente con nuevos planes.

Cuando aún no había obtenido victorias relevantes, y mientras los republicanos no eran una fuerza unificada, Bolívar se lanzó a una creación política que le asegurase el liderazgo de la revolución. Con la toma de la ciudad de Angostura se aseguró el cauce del Orinoco, en julio de 1817. Desde ese punto estratégico quería luchar hacia Venezuela y Nueva Granada y poder tomar contacto con el exterior por vía fluvial. Combatió los personalismos que minaban la unidad de su conducción, que creía indispensable para no repetir los fracasos anteriores.

Así, enfrentó al general Piar, a quien acusó de querer reinstaurar la guerra de colores, y al que mandó fusilar en octubre de ese año. En enero de 1818 se unieron bajo su mando las fuerzas de los llaneros de Páez.

Esta nueva campaña libertadora era muy distinta de las que había protagonizado anteriormente. Ya no era un mantuano que peleaba por apoderarse de la herencia colonial, sino que encabezaba un ejército constituido a partir de promesas que introducirían cambios sociales en el futuro, algo con lo que discreparon otros jefes revolucionarios[22].

Los bandos parecían estar más claramente delimitados. Lo que había intentado, sin éxito, al proclamar la guerra a muerte en 1813, se impuso por la fuerza de los hechos. Los realistas eran una fuerza regular, enviada por el monarca, encargada de restablecer el orden absolutista anterior a Napoleón. Por su parte, Bolívar reunirá progresivamente, y no sin dificultades, el apoyo del conjunto de los americanos y sus aspiraciones.

En agosto 1817 se dirige a los venezolanos a fin de comprometerlos en una lucha que es de todos los americanos, sin distinción de colores. Lo hace cuando acusa a Piar de pretender negarle el apoyo de sus fuerzas, instigando a un enfrentamiento similar al de 1814:

Proclamar los principios odiosos de la guerra de colores para destruir la igualdad que desde el día glorioso de nuestra insurrección hasta este momento ha sido base fundamental; instigar a la guerra civil; convalidar la anarquía, aconsejar el asesinato, el robo y el desorden, es en sustancia lo que ha hecho Piar (85).

Aquí parece referirse al “año terrible”, y en parte es así. Justamente, la experiencia vivida en ese tiempo fue la que engendró la firmeza con la cual Bolívar concentró el apoyo que necesitaba para esta nueva campaña. Estableció como punto de partida de la igualdad la revolución de 1810. Intentó anudar una continuidad que aglutinara todos los sectores. Los enfrentamientos entre americanos que se sucedieron desde entonces se debieron a la anarquía, la debilidad de los republicanos y el desorden. Evitó reconocer que la guerra civil arraigó en los resentimientos hacia los sectores dirigentes de la revolución, y procuró mostrar que los verdaderos enemigos eran los españoles, que supieron aprovechar en su provecho el caos que no volverá a repetirse. La revolución y sus logros son exaltados para una nueva mística revolucionaria que señale claramente quiénes son los enemigos a vencer:

Antes de la revolución los blancos tenían opción a todos los destinos de la monarquía, lograban la eminente dignidad de ministros del rey, y aún de grandes de España. Por el talento, los méritos o la fortuna lo alcanzaban todo. Los pardos degradados hasta la condición más humillante estaban privados de todo. El estado santo del sacerdocio les era prohibido, se podría decir que los españoles les habían cerrado hasta las puertas del cielo. La revolución les ha concedido todos los privilegios, todos los fueros, todas las ventajas (86).

Para ese año, los alcances sociales de la revolución eran mayores que los pretendidos en 1810 por el grupo que lideró el proceso de independencia. A fin de ampliar la base social del movimiento, y para evitar que se repitiesen los enfrentamientos sociales, Bolívar renueva su discurso. Por eso, su mirada al pasado se recorta sobre los beneficios que la revolución ofrece a todos:

Todo lo inicuo, todo lo bárbaro, todo lo odioso se ha abolido y en su lugar tenemos la igualdad absoluta hasta en las costumbres domésticas. La libertad hasta de los esclavos que antes formaban una propiedad de los mismos ciudadanos. La independencia en el más alto sentido de la palabra sustituida a cuantas dependencias antes nos condenaban (86)[23].

Siempre hay distancia entre las declaraciones y la realidad, pero en el caso de la transformación de la estructura estamental de la sociedad colonial, llevó mucho tiempo para que la igualdad proclamada en los textos lograse penetrar la mentalidad de los distintos sectores sociales y castas[24].

Bolívar necesitaba legitimidad política, a fin de unificar el frente revolucionario. Fijó en Angostura la capital provisoria y sede de un congreso que convocó para refundar la república. En febrero de 1819 lo inauguró con un célebre discurso.

b. El discurso de Angostura[25]

Nuevas bases

Bolívar presenta su proyecto constitucional, que cimienta sobre la experiencia histórica. Describe el camino recorrido desde 1810 como un verdadero desastre que ha devastado Venezuela. ¿Cómo explica lo ocurrido?

¿Queréis conocer los autores de los acontecimientos pasados y el orden actual? Consultad los anales de España, de América, de Venezuela; examinad las leyes de Indias, el régimen de los antiguos mandatarios, la influencia de la religión y del dominio extranjero; observad los primeros actos del gobierno republicano, la ferocidad de nuestros enemigos y el carácter nacional (98).

Enalteciendo la obra de los revolucionarios de 1810, y señalando a los españoles como los verdaderos causantes de la destrucción, establece la continuidad republicana y procura una apología de su acción en tan tormentosos años, dejando en libertad al congreso a fin de que nombre a quien consideren más apto para presidir la república.

¿Sobre qué base construir? Como siempre, sobre la realidad y la experiencia histórica: “Echando una ojeada sobre lo pasado, veremos cuál es la base de la república de Venezuela” (99).

Al desprenderse de la monarquía, América se encontró en una situación semejante a la de la caída del imperio romano. Sobrevino la desmembración. Dada la inexperiencia de los americanos en los asuntos gubernativos, no se supo cómo reorganizar la sociedad política:

Nuestra suerte ha sido siempre puramente pasiva, nuestra existencia política ha sido siempre nula y nos hallamos en tanta dificultad para alcanzar la libertad, cuanto que estábamos colocados en un grado inferior al de la servidumbre (...) La América, todo lo recibía de España que realmente la había privado del goce y ejercicio de la tiranía activa, no permitiéndonos sus funciones en nuestros asuntos domésticos y administración interior. Esta abnegación nos había puesto en la imposibilidad de conocer el curso de los negocios públicos; tampoco gozábamos de la consideración de personal que inspira el brillo del poder a los ojos de la multitud (...) estábamos abstraídos, ausentes del universo en cuanto era relativo a la ciencia de gobierno (100).

La ignorancia no es exclusiva de los sectores dirigentes. Los siglos de dominación habían privado a todos del ejercicio de la libertad, que una vez conseguida, se transformó en un boomerang:

Uncido el pueblo americano al triple yugo de la ignorancia, de la tiranía y del vicio, no hemos podido adquirir, ni saber, ni poder, ni virtud. Discípulos de tan perniciosos maestros, las lecciones que hemos recibido y los ejemplos que hemos estudiado, son los más destructores. Por el engaño se nos ha dominado más que por la fuerza, y por el vicio se nos ha degradado más bien que por la superstición. La esclavitud es la hija de las tinieblas; un pueblo ignorante es un instrumento ciego de su propia destrucción, la ambición, la intriga, abusan de la credulidad y de la inexperiencia, de hombres ajenos a todo conocimiento político, económico o civil (...) Un pueblo pervertido si alcanza su libertad, muy pronto vuelve a perderla (...) La libertad, dice Rousseau, es un alimento suculento pero de difícil digestión. Nuestros conciudadanos tendrán que enrobustecer su espíritu mucho antes de que logren digerir el saludable nutritivo de la libertad (100).

Retoma los argumentos de la inexperiencia política y de la persistencia de una mentalidad colonial. Así pretende explicar los fracasos revolucionarios y los enfrentamientos sociales, los que deben ser considerados a la hora de dar firmeza a las instituciones, que deben evitar lo que Bolívar veía como una simple anarquía.

Enseguida amplía la experiencia histórica americana y la enmarca en la universal. La base de su filosofía política radica en afirmar que los gobiernos oprimen a los pueblos, asfixiando la libertad originaria y natural. Los hombres sufren la tiranía, por no luchar por la libertad: el hombre –no sólo el americano–, es indolente respecto de sus derechos más sagrados. Hay en la historia, sin embargo, ejemplos de pueblos que lucharon para sacudir el yugo de la opresión, pero son escasos y raros los pueblos que lograron vivir en libertad por un tiempo. Pronto recayeron en los antiguos vicios políticos

porque son los pueblos más bien que los gobiernos los que arrastran tras sí la tiranía. El hábito de la dominación los hace insensibles a los encantos del honor y de la prosperidad nacional (101).

De acuerdo a esa visión negativa de todo gobierno como límite de la libertad originaria y sagrada, ¿cuál sería el modo de organizar políticamente un pueblo?:

Sólo la democracia, en mi concepto, es susceptible de una absoluta libertad; ¿pero cuál es el gobierno democrático que ha reunido a un tiempo, poder, prosperidad y permanencia? ¿Y no se ha visto por el contrario la aristocracia, la monarquía cimentar grandes y poderosos Imperios por siglos y siglos? (100).

Con varios ejemplos muestra que los gobiernos republicanos no han podido mantener estabilidad y perdurar, mientras que los imperios, monarquías y aristocracias sí lo lograron. Sí, la república democrática parece ser lo más perfecto, pero de hecho la historia enseña que es muy difícil hacerla funcionar y permanecer. Ya se ve hacia dónde va su argumento:

Amando lo más útil, animada de lo más justo, y aspirando a lo más perfecto, al separarse Venezuela de la nación española, ha recobrado su independencia, su igualdad, su soberanía nacional. Constituyéndose en una república democrática, proscribió la monarquía, las distinciones, la nobleza, los fueros, los privilegios: declaró los derechos del hombre, la libertad de obrar, de escribir. Estos actos liberales jamás serán demasiado admirados por la pureza que los ha dictado (101-102).

Loas a la primera república: continuidad revolucionaria, histórica e institucional. Lo más útil, justo, perfecto, lo que en labios de Bolívar no significa un verdadero elogio. En sintonía con lo que sostuvo desde el “manifiesto de Cartagena”, de inmediato agrega:

¡Pero cómo osaré decirlo! ¿Me atreveré yo a profanar con mi censura las tablas sagradas de nuestras leyes? (...) Estoy penetrado de la idea de que el gobierno de Venezuela debe reformarse, y aunque muchos ilustres ciudadanos piensan como yo, no todos tienen el arrojo necesario para profesar públicamente la adopción de nuevos principios (102).

Bolívar ya ha hecho un recorrido histórico. También expresó su convicción acerca de la democracia, que es la misma que la sostenida por la constitución de 1811. Ahora, reitera su crítica a partir de la experiencia vivida por la república, a fin de establecer nuevas bases para su continuidad[26]:

Cuanto más admiro la excelencia de la Constitución federal de Venezuela, tanto más me persuado de la imposibilidad de su aplicación a nuestro Estado (102).

Admite que funciona en los Estados Unidos, pero porque

Aquel pueblo es un modelo singular de virtudes políticas y de ilustración moral (...) este pueblo es único en la historia del género humano, es un prodigio, repito, que un sistema tan débil y complicado como el federal haya podido regirlo en circunstancias tan difíciles y delicadas (...) ni remotamente ha entrado en mi idea asimilar la situación y naturaleza de los Estados tan distintos como el inglés americano y el americano español (102)[27].

Enuncia un principio fundamental de Montesquieu: las leyes deben ser propias para el pueblo para el que se hacen. Las de una nación no necesariamente convienen a otra, ya que hay elementos diferenciadores importantes: clima, territorio, situación, extensión, género de vida de los pueblos, religión, inclinaciones, riquezas, cantidad de habitantes, comercio, costumbres, modales. Esto es lo que se debe contemplar, antes de copiar a los Estados Unidos:

Aquí cedieron nuestros legisladores al empeño inconsiderado de aquellos provinciales seducidos por el deslumbrante brillo de la felicidad del pueblo americano, pensando que, las bendiciones de que goza son debidas exclusivamente a la forma de gobierno y no al carácter y costumbres de los ciudadanos (103).

Por eso, resalta que no se puede copiar o imitar a los Estados Unidos ni a ningún otro pueblo:

A pesar de que aquel pueblo es un modelo singular de virtudes políticas y de ilustración moral, no obstante que la libertad ha sido su cuna, se ha criado en la libertad, y se alimenta de pura libertad (...) Pero sea lo que fuere, de este gobierno con respecto a la nación americana, debo decir que ni remotamente ha entrado en mi idea asimilar la situación y naturaleza de los Estados tan distintos como el inglés americano y el americano español. ¿No sería muy difícil aplicar a España el código de libertad política, civil y religiosa de Inglaterra? Pues, aún es más difícil adaptar en Venezuela las leyes del Norte de América (102).

Lo más útil, justo, perfecto. Eso fue lo que movió a los republicanos de 1810. Pero la experiencia advierte para no repetir errores:

Más por halagüeño que parezca, y sea en efecto este magnífico sistema federativo, no era dado a los venezolanos gozarlo repentinamente al salir de las cadenas. No estábamos preparados para tanto bien; el bien, como el mal, da la muerte cuando es súbito y excesivo. Nuestra constitución moral no tenía todavía la consistencia necesaria para recibir el beneficio de un gobierno completamente representativo, y tan sublime cuanto que podía ser adaptado a una república de santos (103).

Venezuela no tiene la constitución moral necesaria para leyes tan magníficas. ¿Cómo es ese pueblo para el cual el congreso debe legislar? Bolívar ensaya una descripción de la población americana, que se apoya en la diversidad racial, lo que configura una identidad poco definida:

Tengamos presente que nuestro pueblo no es el europeo, ni el americano del norte, que más bien es un compuesto de África y de América, que una emanación de la Europa; pues que hasta la España misma deja de ser Europa por su sangre africana, por sus instituciones y por su carácter. Es imposible asignar con propiedad a qué familia humana pertenecemos. La mayor parte del indígena se ha aniquilado, el europeo se ha mezclado con el americano y con el africano y éste se ha mezclado con el indio y con el europeo. Nacidos todos del seno de una misma madre, nuestros padres diferentes en origen y en sangre son extranjeros, y todos difieren visiblemente en la epidermis (104).

Para distanciar el proyecto político que estaba por enunciar, de las ideas europeas del momento, empieza por distanciar a España de Europa[28]. La propuesta que presentaba al congreso de Angostura sonaría como extraña a los oídos de los ilustrados de la época. Esos eran los principales adversarios de Bolívar en ese momento. Había que derrotar las extravagancias importadas que ya habían hecho fracasar tanto la primera república venezolana como la “patria boba” de Nueva Granada. Para ello, Bolívar establece la necesidad de un punto de partida que contemple la identidad propia. Esa identidad no es la europea, sino una mezcla imposible de clasificar, lo que obliga a soluciones políticas originales. Dada la historia de los americanos, la mentalidad colonial –que todavía permanece viva– no permite regímenes con altas dosis de libertad, ya que está configurada por siglos de sumisión y obediencia[29]:

Las reliquias de la dominación española permanecerán largo tiempo antes que lleguemos a anonadarlas; el contagio del despotismo ha impregnado nuestra atmósfera, y ni el fuego de la guerra ni el específico de nuestras saludables leyes han purificado el aire que respiramos. Nuestras manos ya están libres y todavía nuestros corazones padecen de las dolencias de la servidumbre (104).

El terreno está preparado para proponer un gobierno fuerte.

Un nuevo modelo[30]

Además del análisis de la realidad propia, Bolívar dirige su mirada hacia la experiencia histórica de otros pueblos, con la finalidad de aprovechar sus logros, aunque recalca que eso no significa que se deban imitar sus sistemas:

Fijemos la atención sobre los peligros que debemos evitar. Que la historia nos sirva de guía en esta carrera (...) Que no se pierdan, pues, las lecciones de la experiencia y que las secuelas de Grecia, de Roma, de Francia, de Inglaterra y de América nos instruyan en la difícil ciencia de crear y conservar las naciones con leyes propias, justas, legítimas y sobre todo útiles. No olvidando jamás que la excelencia de un gobierno no consiste en su teoría, en su forma, ni en su mecanismo, sino en ser apropiado a la naturaleza y al carácter de la nación para quien se instituyen (106).

Se sitúa en el horizonte del iluminismo y las nuevas ideas del siglo XVIII. Allí se encuentran las bases de la nueva teoría y práctica política:

La revolución de estos dos grandes pueblos (Inglaterra y Francia) como un radiante meteoro a inundado al mundo con tal profusión de luces políticas, que ya todos los seres que piensan han aprendido cuales son los derechos del hombre y cuales sus deberes; en que consiste la excelencia de los gobiernos y en qué consisten sus vicios (105).

Concretamente:

Así, pues, os recomiendo, representantes, el estudio de la constitución británica que es la que parece destinada a operar el mayor bien posible a los pueblos que la adoptan, pero por perfecta que sea, estoy muy lejos de proponeros su imitación servil. Cuando hablo del gobierno británico sólo me refiero a lo que tiene de republicanismo, y a la verdad ¿puede llamarse pura monarquía un sistema en el cual se reconoce la soberanía popular, la división y equilibrio de los poderes, la libertad civil, de conciencia, de imprenta, y cuanto es sublime en la política? (106).

Bolívar contradice los mecanismos que defendía. La diferencia entre él, que propone el modelo británico, y quienes durante la primera república tomaron como modelo la constitución norteamericana, residía en la interpretación de esa realidad y en la fuerza de los intereses predominantes. No se trata de que los primeros republicanos desconocieran la realidad, sino de que priorizaron las autonomías locales y el poder legislativo, mientras que Bolívar –y Miranda en su momento– creían mejor fortalecer el ejecutivo y centralizar el poder[31]. La tendencia bolivariana hacia el despotismo ilustrado suponía una visión peyorativa de la participación del pueblo y de las distintas regiones en el sistema político, lo que engendraba el peligro de la ingobernabilidad y la anarquía[32]. Por el contrario, los legisladores de 1811, y quienes en 1819 sostenían las mismas ideas, desconfiaban de la concentración de poder, ya que temían la tiranía y la sujeción a Caracas y a sus intereses.

La diferencia está en los diagnósticos y en el poder relativo de los distintos sectores en ambos casos. En 1811 triunfaron los poderes locales. Hacia 1819, Bolívar había acumulado suficiente poder para intentar imponer su proyecto. El mecanismo, en ambas situaciones y grupos, es el mismo: no la creación política original a partir del examen de la realidad y sus necesidades, sino la búsqueda de un modelo foráneo que se pueda aplicar –”mutatis mutandis– a las circunstancias y los intereses más poderosos.

Cuatro poderes

Bolívar presenta su proyecto concreto de organización política constitucional sobre la base del modelo británico. Un ejecutivo poderoso, la integración del pueblo a través de una cámara de representantes, un senado que garantizase la estabilidad y un poder judicial para la aplicación de un sistema legal simplificado. La originalidad que introduce es la de un cuarto poder, el poder moral, encargado de promover la educación, las buenas costumbres y los hábitos republicanos[33].

Así se expresa respecto al poder legislativo:

En nada alteraríamos nuestras leyes fundamentales, si adoptásemos un poder legislativo semejante al Parlamento británico. Hemos dividido como los americanos la representación nacional en dos cámaras: la de representantes y el senado. La primera está compuesta muy sabiamente, goza de todas las atribuciones que le corresponden y no es susceptible de una reforma esencial (...) Si el senado en lugar de ser electivo fuese hereditario sería en mi concepto la base, el lazo, el alma de nuestra república. Este cuerpo en las tempestades políticas pararía los rayos del gobierno y rechazaría las olas populares (106).

El senado hereditario le asegura la estabilidad política y la presencia en el parlamento de un poderoso sector ilustrado. Se confirma su temor a la anarquía que pudiera surgir de la participación política del pueblo, que para Bolívar era extremadamente voluble. Un cuerpo de tipo aristocrático era visto como una garantía de solidez institucional. Pero eso no necesariamente beneficiaría a las oligarquías tradicionales. Los procesos desatados por la revolución engendrarían nuevos sectores aristocráticos[34].

Los senadores en Roma y los lores en Londres han sido las columnas sobre que se ha fundado el edificio de la libertad política y civil. Estos senadores serán elegidos la primera vez por el congreso, los sucesores al senado llaman la primera atención del gobierno, que debería educarlos en un colegio especialmente destinado para instruir aquellos tutores, legisladores futuros de la patria (107).

El senado sería, pues, un cuerpo de elite, preparado para conducir los destinos de la república:

De ningún modo sería una violación de la igualdad política la creación de un senado hereditario; no es una nobleza la que pretende establecer (...) Es un oficio para el cual se deben preparar los candidatos y es un oficio que exige mucho saber (...) Todo no se debe dejar al acaso y a la ventura en las elecciones (107).

Nuevamente su desconfianza hacia una participación democrática amplia. A fin de lograr su aceptación, Bolívar se esfuerza en presentar el senado no como una nueva aristocracia o nobleza, sino como un oficio para el cual se exige una esmerada capacitación.

Así como tuvo que distanciar su senado del de los patricios romanos y del de los lores británicos, hizo algo semejante al delinear el poder ejecutivo. El modelo británico es una monarquía. Bolívar no veía conveniente ese régimen, como ya se ha apuntado. Pero sí pretende que el presidente sea una figura semejante a la de un rey constitucional[35]:

Por más que se examine la naturaleza del poder ejecutivo en Inglaterra, no se puede hallar nada que no incline a juzgar que es el más perfecto modelo (...) Aplíquese a Venezuela este poder ejecutivo en la persona de un presidente, nombrado por el pueblo o por sus representantes (108).

El origen de la autoridad es el elemento distintivo entre el presidente bolivariano y el monarca, pero lo que Bolívar pretende imitar son las funciones. La primera república se caracterizó por un ejecutivo muy débil, frente a un legislativo muy poderoso. Eso no es conveniente para una república joven, acostumbrada al régimen colonial y despótico. Hace falta una cabeza que gobierne. Es muy peligroso depositar funciones ejecutivas en el parlamento:

Por exorbitante que parezca la autoridad del poder ejecutivo de Inglaterra, quizá no es excesiva en la república de Venezuela. Aquí el congreso ha ligado las manos y hasta la cabeza de los magistrados. Este cuerpo deliberante ha asumido una parte de las funciones ejecutivas contra la máxima de Montesquieu que dice que un cuerpo representante no debe tomar ninguna resolución activa: debe hacer leyes, y ver si se ejecutan las que hace. Nada es tan peligroso con respecto al pueblo como la debilidad del ejecutivo (108).

Las ideas políticas modernas se construyeron en Europa para quitarle poder a la corona. De ahí la insistencia en fortalecer el legislativo. Pero para una república no debe aplicarse el mismo principio, ya que no existe un poder preexistente que se deba limitar:

En las repúblicas el ejecutivo debe ser el más fuerte porque todo conspira contra él, en tanto que en las monarquías el más fuerte debe ser el legislativo, porque todo conspira a favor del monarca (...) Si no se ponen al alcance del ejecutivo todos los medios que una justa atribución le señala, cae inevitablemente en la nulidad o en su propio abuso; quiero decir en la muerte del gobierno cuyos herederos son la anarquía, la usurpación y la tiranía (108-109).

Los oídos liberales de muchos en el congreso de Angostura podían pensar que Bolívar tendía hacia el despotismo. Pero él se anticipa al hacer manifestar su temor de que la propia debilidad del ejecutivo derive en la tiranía. El verdadero despotismo es el del parlamentarismo estéril:

Cuando deseo atribuir al ejecutivo una suma de facultades superior a la que antes gozaba, no he deseado autorizar un déspota para que tiranice la república, sino impedir que el despotismo deliberante no sea la causa inmediata de un círculo de vicisitudes despóticas en que alternativamente la anarquía sea reemplazada por la oligarquía y por la monocracia (112).

Dado que la población americana no está preparada para un régimen democrático y liberal, es necesario que el estado constituya un poder cuya misión se dirija a su transformación progresiva. Ese es el “cuarto poder” del proyecto bolivariano:

La educación popular debe ser el cuidado primogénito del amor paternal del congreso. Moral y luces son los polos de una república, moral y luces son nuestras primeras necesidades (...) renovemos en el mundo la idea de un pueblo que no se contenta con ser libre y fuerte, sino que quiere ser virtuoso (...) demos a nuestra república una cuarta potestad cuyo dominio sea la infancia y el corazón de los hombres, el espíritu público, las buenas costumbres y la moral republicana. Constituyamos este areópago para que vele sobre la educación de los niños, sobre la instrucción nacional, para que purifique lo que se haya corrompido en la república; que acuse la ingratitud, el egoísmo, la frialdad del amor a la patria, el ocio, la negligencia de los ciudadanos; que juzgue de los principios de corrupción, de los ejemplos perniciosos, debiendo corregir las costumbres con penas morales, como las leyes castigan los delitos con penas aflictivas y no solamente lo que choca contra ellas sino lo que las burla; no solamente lo que las ataca sino lo que las debilita; no solamente lo que viola la constitución sino lo que viola el respeto público. La jurisdicción de este tribunal verdaderamente santo, deberá ser efectiva con respecto a la educación y a la instrucción, y de opinión solamente en las penas y castigos, pero sus anales o registros donde se consignen sus actas y deliberaciones, los principios morales y las acciones de los ciudadanos, serán los libros de la virtud y del vicio. Libros que consultará el pueblo para sus elecciones, los magistrados para sus resoluciones y los jueces para sus juicios (111).

El poder moral deberá responsabilizarse de que los ciudadanos de la república adquieran una mentalidad nueva:

Meditando sobre el modo efectivo de regenerar el carácter y las costumbres que la tiranía y la guerra nos han dado, me he sentido la audacia de inventar un poder moral, sacado del fondo de la oscura antigüedad y de aquellas olvidadas leyes que mantuvieron, algún tiempo, la virtud entre los griegos y los romanos (112).

Gracias a nuevos hábitos, Venezuela estará preparada para participar del progreso, que se apoya fundamentalmente en dos virtudes en las que los americanos son particularmente deficitarios, debido a la herencia colonial:

He pretendido excitar la prosperidad nacional por las dos más grandes palancas de la industria; el trabajo y el saber. Estimulando estos dos poderosos resortes de la sociedad, se alcanza lo más difícil entre los hombres, hacerlos honrados y felices (112).

El poder judicial debe ser reformado, pero más urgente es rehacer las leyes, que son las verdaderas guardianas de la libertad, y un insoportable lastre que mantiene viva la dependencia colonial:

Al pedir la estabilidad de los jueces, la creación de jurados y un nuevo código, he pedido al congreso la garantía de la libertad civil, la más preciosa, la más justa, la más necesaria; en una palabra, la única libertad, pues que sin ella las demás son nulas (...) Esta enciclopedia judiciaria, monstruo de diez mil cabezas, que hasta ahora ha sido el azote de los pueblos españoles, es el suplicio más refinado que la cólera del cielo ha permitido descargar sobre este desdichado imperio (112).

¿Qué lugar queda para la participación popular? Su mentalidad ilustrada lo lleva a admitirla sólo muy limitadamente. Subyace su consideración peyorativa hacia el pueblo:

Poniendo restricciones justas y prudentes en las asambleas primarias y electorales, ponemos el primer dique a la licencia popular, evitando la concurrencia tumultuaria y ciega que en todos los tiempos han imprimido el desacierto en las elecciones y ha ligado por consiguiente el desacierto a los magistrados y a la marcha del gobierno, pues este acto primordial es el acto generativo de la libertad o de la esclavitud de un pueblo (112).

Para un nuevo país, es indispensable un nuevo espíritu nacional que unifique el pueblo:

Para sacar de este caos nuestra naciente república, todas nuestras facultades morales no serán bastantes, si no fundimos la masa del pueblo en un todo; la legislación en un todo, y el espíritu nacional en un todo. Unidad, unidad, unidad, debe ser nuestra divisa (111).

Ese llamado a la unidad se traduce políticamente en un régimen centralista. Así desaconseja el federalismo, cuya instauración ya ha sido probada con resultados desastrosos:

Horrorizado de la divergencia que ha reinado y debe reinar entre nosotros por el espíritu sutil que caracteriza al gobierno federativo, he sido arrastrado a rogaros para que adoptéis el centralismo y la reunión de todos los estados de Venezuela en una república sola e indivisible (112).

Crítica y formulación de utopías

Bolívar reitera al congreso su prevención hacia el peligro de crear una nueva “república aérea”:

El sistema de gobierno más perfecto, es aquel que produce mayor suma de felicidad posible, mayor suma de seguridad social, y mayor suma de estabilidad política (104).

Nuevamente: lo más perfecto “en sí” enfrentado a la mayor perfección posible. Lo más perfecto es lo más apropiado. Más adelante retomará la misma idea, apoyándose en su descripción de la situación del pueblo americano, que no está preparado para regímenes ambiciosos:

Son laudables ciertamente hombres que anhelan por instituciones legítimas y por una perfección social; pero ¿quién ha dicho a los hombres que ya poseen toda la sabiduría, que ya practican toda la virtud, que exigen imperiosamente la liga del poder con la justicia? ¡Ángeles, no hombres pueden únicamente existir libres, tranquilos y dichosos! (109).

Hay que ser realistas[36]. No se puede confiar en ideas teóricas que no han dado resultado, no sólo en la Venezuela revolucionaria, sino en ningún pueblo. La historia es maestra:

No seamos presuntuosos legisladores; seamos moderados en nuestras pretensiones. No es probable conseguir lo que no ha logrado el género humano; lo que no han alcanzado las más grandes y sabias naciones. La libertad indefinida, la democracia absoluta, son los escollos a donde han ido a estrellarse todas las esperanzas republicanas (109).

Los peligros que se deben evitar señalan el camino. Tales son la anarquía y la tiranía, que son producto de la falta de moderación: la tiranía es la falta de moderación del poder; la anarquía es la falta de moderación de la libertad. La historia señala que la falta de equilibrio lleva a un movimiento pendular entre ambos peligros que hace imposible la estabilidad política:

Todos los pueblos del mundo han pretendido la libertad; los unos por las armas, los otros por las leyes, pasando alternativamente de la anarquía al despotismo o del despotismo a la anarquía, muy pocos son los que se han contentado con pretensiones moderadas, constituyéndose de un modo conforme a sus medios, a su espíritu y a sus circunstancias. No aspiremos a lo imposible, no sea que por elevarnos sobre la región de la libertad, descendamos a la región de la tiranía. De la libertad absoluta, se desciende siempre al poder absoluto, y el medio entre estos dos términos, es la suprema libertad social. Teorías abstractas son las que producen la perniciosa idea de una libertad ilimitada (110).

¿En qué consiste concretamente esa moderación? Centralismo, fortalecimiento del poder ejecutivo, facultades extraordinarias para enfrentar el tiempo de guerra, poder legislativo con menos atribuciones, estabilidad e independencia de los jueces, nuevos códigos civiles y penales. Aquí está resumido el corazón de su propuesta:

Ya disfruta el pueblo de Venezuela de los derechos que legítima y fácilmente puede gozar; moderemos ahora el ímpetu de las pretensiones excesivas que quizás le suscitaría la forma de un gobierno incompetente para él. Abandonemos las formas federales que no nos convienen; abandonemos el triunvirato del poder ejecutivo y concentrándolo en un presidente confiémosle la autoridad suficiente para que logre mantenerse luchando contra los inconvenientes anexos a nuestra reciente situaciones, al estado de guerra que sufrimos, y a la especie de los enemigos externos y domésticos contra quienes tendremos largo tiempo que combatir. Que el poder legislativo se desprenda de las atribuciones que corresponden al ejecutivo y adquiera no obstante nueva consistencia, nueva influencia en el equilibrio de las autoridades. Que los tribunales sean reforzados por la estabilidad y la independencia de los jueces y por el establecimiento de jurados; de códigos civiles y criminales que no sean dictados por la antigüedad ni por reyes conquistados, sino por la voz de la naturaleza, por el grito de la justicia, y por el genio de la sabiduría (110).

¿Se supone que esta propuesta es realista, a diferencia de las inmoderadas utopías de los liberales federalistas[37]? Luego de insistir en que no se debe caer en actitudes utópicas, enuncia su deseo, emparentado con el expresado en la “carta de Jamaica”. Nuevamente hay un doble registro. Bolívar retoma las utopías modernas sobre América, paraíso lleno de riquezas y promesas, y sobre esa base, reformula el destino de grandeza política. Así vuelve a enunciar el horizonte utópico que marca el rumbo de su acción política:

Volando por entre las próximas edades mi imaginación se fija en los siglos futuros, y observando desde allá, con admiración y pasmo, la prosperidad, el esplendor, la vida que ha recibido esta vasta región, me siento arrebatado y me parece que ya la veo en el corazón del universo extendiéndose sobre sus dilatadas costas entre esos océanos que la naturaleza había separado y que nuestra patria reúne con prolongados y anchurosos canales. Ya la veo servir de lazo, de centro, de emporio a la familia humana; ya la veo enviando a todos los recintos de la tierra los tesoros que abrigan sus montañas de plata y de oro; ya la veo distribuyendo por sus divinas plantas la salud y la vida a los hombres dolientes del antiguo universo; ya la veo comunicando sus preciosos secretos a los sabios que ignoran cuan superior es la suma de las luces a la suma de las riquezas que le ha prodigado la naturaleza. Ya la veo sentada sobre el trono de la libertad, empuñando el cetro de la justicia, coronada por la gloria, mostrar al mundo antiguo la majestad del mundo moderno (114-115).

En Angostura se marca una continuidad en el pensamiento de Bolívar. Sigue en la senda del horizonte utópico que señalara en Jamaica, pero avanza al establecer los mecanismos constitucionales con los cuales espera moldear la realidad a fin de llegar al cumplimiento del destino americano de grandeza. Se manifiesta una gran influencia de Miranda, tanto en lo utópico de su proyecto como en la elección del modelo político para su consecución[38].

En los peores momentos de la revolución tuvo una fe inquebrantable en la victoria y un horizonte utópico que le señalaba un destino de grandeza para América; con más razón los reitera en 1819, cuando la situación le otorga bases reales al optimismo y la esperanza: Chile ya es independiente, lo mismo que el Río de la Plata. Ambas naciones se organizan políticamente y hacen peligrar el poder realista del Perú.

Y, sobre todo, su Venezuela retoma la lucha bajo su liderazgo.

c. La conclusión de la lucha

Fortalecido por la legitimación política, Bolívar reemprendió la ofensiva militar. El 7 de agosto de 1819 venció a los realistas en Boyacá. Así liberó Bogotá, integrándola a su proyecto político. Llegó el año de 1820, y la revolución de los liberales españoles introdujo un compás de espera. San Martín estaba en Perú y entraba en diálogo con el virrey Pezuela. Bolívar hizo lo propio con el capitán general Morillo. Se estableció una tregua hasta ver cómo evolucionaban los acontecimientos. Pero Bolívar no olvidaba que el anterior período constitucional y liberal español no había transigido con los republicanos americanos. Morillo retornó a España, y en su lugar quedó Latorre. Cuando Bolívar vio propicia la ocasión, dio por finalizado el armisticio. El 24 de junio de 1821 presentó batalla para recuperar Caracas: con la victoria de Carabobo reconquistó la ciudad.

Ya estaban dadas las condiciones para un nuevo congreso, que revisara lo establecido en Angostura e integrara los diputados de las regiones liberadas de los realistas. El 6 de mayo de ese año empezó a sesionar en Cúcuta. Se proclamó la creación de Colombia, república compuesta por las antiguas jurisdicciones españolas de Bogotá, Caracas y Quito, esta última todavía en poder realista. El congreso comenzó a elaborar una nueva constitución. Si en Angostura el peso de Bolívar fue muy grande –a pesar de lo cual la constitución emanada de ese congreso no respondía plenamente a su proyecto[39]–, en Cúcuta, el 30 de agosto de 1821, se proclamó una constitución aún más liberal, con un poder legislativo más poderoso, un presidente con mandato por 4 años, lo mismo que los miembros de las cámaras de representantes y el senado[40]. El congreso eligió a Bolívar como presidente y a Santander como vicepresidente.

Revestido de una gran autoridad, y en un momento de euforia revolucionaria, Bolívar marchó hacia el sur. Con la victoria de Bolívar en Bombona, el 7 de abril de 1822, sumada a la de Pichincha –obtenida el 24 de mayo por las fuerzas de Sucre y el auxilio de las de San Martín– se reconquistó Quito. Colombia quedaba completa, pero aún faltaba terminar la liberación del Perú, ya que San Martín no tenía control sobre la sierra y el Alto Perú.

Luego del encuentro de ambos líderes en Guayaquil, San Martín se retiró de la escena dejando a Bolívar el campo despejado para la continuación de su proyecto. Desde allí esperó que las disensiones políticas de Lima –que ya habían complicado a San Martín– llegaran a un punto crítico[41].

En 1823, los cien mil hijos de San Luis, enviados por la Santa Alianza en auxilio de Fernando VII, restauraron el absolutismo monárquico en España. El peligro de que la Santa Alianza colaborase con la recuperación de los dominios americanos de España, fue una amenaza que hizo más urgente la necesidad de que la unidad se impusiera sobre las diferencias sectoriales[42]. Así, tras muchas idas y venidas, en mayo de 1823 el congreso de Lima le solicitó que se hiciera cargo de la situación, revistiéndolo –en febrero de 1824– de poderes especiales, asimilables a una dictadura. Bolívar entró triunfalmente en la Lima de los Virreyes.

De esa época es una carta que envía a Santander, en la que describe el clima político de las regiones nacidas a la independencia:

Amigo, la cosa está mala; ya no se puede mandar sino por el amor del prójimo y con una profunda humildad. Los ciudadanos están muy cosquillosos, y no quieren nada de arquitectura gótica, ni razones de estado, ni circunstancias; lo que desean es la arquitectura constitucional, la geometría legal, la simetría más exacta y escrupulosa: nada que hiera la vista ni al oído ni a sentido alguno. Para ponernos a cubierto pídale usted a su santidad el congreso, un boleto para poder pecar contra las fórmulas liberales, con remisión de culpa y pena, porque si no, no habremos conseguido nada después de haber salvado la patria, como hicieron Iturbide, O’Higgins y San Martín, porque los justísimos ciudadanos no quieren asistir a los combates, ni dar con qué pagar a los matadores, por no faltar a las leyes del decálogo, y a las santas de la filantropía, pero luego que se haya ganado el combate vienen a distribuirse los despojos, pero condenando en toda forma a los sacrificadores, porque es muy bueno y muy sano condenar y coger (122).

Esta percepción está señalando el cambio de etapa que ya se está anunciando en los comportamientos sociales. A medida que el peligro español se aleja, se afloja la mística revolucionaria y se manifiestan las diferencias regionales, sectoriales e ideológicas:

No se puede vencer esta moderación, amigo; hace caer las armas de las manos; y no se puede negar que somos los más moderados de todos los hombres. No queremos mandar ni ser mandados. Los unos no quieren la libertad central, porque es una libertad muy fuerte, y la querrían moderada por la federación; y los otros no quieren dar leyes por no sujetarse a tan dura pena y al fausto de una representación augusta (122-123).

Por otro lado, el temor por una ofensiva de la Santa Alianza que prolongase la restauración efectuada en la península, va cediendo a la luz de la política internacional:

Porque yo siempre tengo una idea confortativa de paz y reconocimiento, como usted lo sabe, y aun se ha reído a costa de mi pazomanía (122).

Se está construyendo un nuevo escenario internacional, que será determinante a la hora de concluir la obra de la independencia. Estados Unidos expresa su política frente a la amenaza europea en la denominada “doctrina Monroe” y comienza el reconocimiento de las independencias americanas. Inglaterra se vuelca a lo mismo, pero con mayor cautela. Nada parece indicar que las monarquías absolutistas aliadas en el congreso de Viena intenten recuperar los antiguos reinos americanos de España:

Cada día recibo nuevos refuerzos a mis opiniones políticas; todo confirma de un modo sólido mis conjeturas sobre una próxima paz. La Inglaterra es la primera interesada en una transacción porque ella desea formar una liga con todos los pueblos libres de América y de Europa contra la Santa Alianza, para ponerse a la cabeza de estos pueblos y mandar el mundo. A la Inglaterra no le puede convenir que una nación europea y fuerte por su carácter, relaciones y antiguo dominio, como la España, tenga una posesión como el Perú en América; y preferirá que sea independiente bajo un gobierno frágil; así con cualquiera pretexto apoyará la independencia del Perú (...) de modo que si la Inglaterra desea que el imperio que ahora pretende formar con la liga de los pueblos libres, no tenga turbaciones que pongan en peligro sus partes o el todo de este coloso, debe necesariamente procurar arrancar la semilla de la discordia, que forzosamente nos habría de conservar un dominio europeo en el nuevo continente (124-125).

Ese es el mundo político que Bolívar percibe y bajo el cual actúa. Por eso, se lanza a terminar con los restos realistas en América.

Estando ausente de Lima, un grupo de la guarnición de El Callao se rebela y los realistas recuperan Lima. Pero sería una dominación muy breve. La victoria de Bolívar en Junín –el 6 de agosto de 1824– aseguró la libertad de Perú[43]. En octubre le llegó la decisión del congreso colombiano suspendiendo las facultades que se le habían otorgado para dirigir la guerra fuera de la república. Delegó el mando en Sucre, quien en diciembre venció al virrey La Serna en Ayacucho, poniendo fin a la última resistencia de los realistas en la sierra. Sucre penetró en el Alto Perú sin mayores dificultades para vencer una débil oposición. Así concluyó la lucha revolucionaria y España perdió definitivamente sus dominios sudamericanos.

Durante 1825 Bolívar estuvo preocupado por los efectos de esa victoria en la política internacional. Las cartas que escribe a Sucre y Santander demuestran que sentía gran inquietud por la reacción de la Santa Alianza y la posible unión del Brasil con las monarquías europeas en contra de las repúblicas americanas. Incluso llega a delinearse su participación en la guerra que enfrentó a Brasil con el Río de la Plata por el futuro de la Banda Oriental[44]. Todo esto lo urge a acelerar la realización del congreso que sellara la unidad de las naciones americanas emancipadas de España.

4. La organización de las nuevas naciones[45]

a. La unión continental[46]

Con la victoria sobre los realistas, Bolívar vio que llegaba el final de una etapa –la guerra de independencia–, y se apresuró a tomar la iniciativa para la próxima, que sería la etapa de organización. Dos días antes de Ayacucho, a punto de liquidar lo que restaba de los ejércitos realistas en el Perú, escribe a los gobiernos de Méjico, Colombia, Río de la Plata, Chile y Guatemala:

Es tiempo ya de que los intereses que unen entre sí a las repúblicas americanas, antes colonias españolas, tengan una base fundamental que eternice, si es posible, la duración de estos gobiernos (136).

Bolívar recuerda su invitación de 1822, como presidente de Colombia, a los gobiernos de Perú, Chile, Méjico y Buenos Aires, para formar una confederación con sede en Panamá u otro lugar a convenir. El 6 de julio de 1822 ya se había realizado un primer pacto para formar una confederación entre Perú y Colombia, en el que se proponían integrar al resto de la América antes española. Méjico firmó el 3 de octubre de 1823. Pero hacia diciembre de 1824, todavía no se había reunido la asamblea de los tres firmantes, a la espera de la integración del resto de los gobiernos en la confederación. Bolívar propone que la reunión se efectúe a mediados de 1825 con los que estén dispuestos, para no retrasar más la unión.

Bolívar aspiraba a la unión americana, siguiendo la idea de Miranda[47]. Pero ese proyecto debía avanzar de manera progresiva, ya que los procesos revolucionarios habían originado realidades políticas que no sería fácil confederar. Por eso, inicialmente, el proyecto consistía en crear una asamblea permanente de plenipotenciarios para tratar los grandes conflictos, los peligros comunes, la interpretación de tratados, siendo una instancia de conciliación para resolver las diferencias que pudieren surgir en la región[48]. Así describe Bolívar el proyecto:

Entablar aquel sistema y consolidar el poder de este gran cuerpo político, pertenece al ejercicio de una autoridad sublime que dirija la política de nuestros gobiernos, cuyo influjo mantenga la uniformidad de sus principios, y cuyo nombre sólo calme nuestras tempestades. Tan respetable autoridad no puede existir sino en una asamblea de plenipotenciarios, nombrados por cada una de nuestras repúblicas, y reunidos bajo los auspicios de la victoria obtenida por nuestras armas contra el poder español (136).

El istmo de Panamá es un sitio privilegiado, en el centro del globo, mirando a Asia, Europa y África. Propone que sea el lugar de reunión de la primera asamblea de los confederados.

El día que nuestros plenipotenciarios hagan el canje de sus poderes, se fijará en la historia diplomática de América una época inmortal. Cuando, después de cien siglos, la posteridad busque el origen de nuestro derecho público y recuerde los pactos que consolidaron su destino, registrarán con respeto los protocolos del istmo. En él encontrarán el plan de las primeras alianzas, que trazarán la marcha de nuestras relaciones con el universo (137).

En mayo de 1825, escribe a Santander acerca de la futura confederación:

He visto el proyecto de federación general desde los Estados Unidos hasta Haití. Me ha parecido malo en las partes constituyentes, pero bello en las ideas y en el designio. Haití, Buenos Aires y los Estados Unidos tienen cada uno de ellos sus grandes inconvenientes. Méjico, Guatemala, Colombia, el Perú y el Alto Perú pueden hacer una soberbia federación. Guatemala y Chile y el Alto Perú harán lo que nosotros queramos. El Perú y Colombia tienen una sola mente, y Méjico quedaría aislado en medio de toda esta federación (154).

Bolívar tenía dudas respecto de la participación de algunas naciones. Se precisaba cierta homogeneidad cultural, política y de intereses que hiciera viable la unión. Haití tenía un régimen muy particular que Bolívar no quería contagiar al resto de América. Estados Unidos era demasiado distinto –y poderoso– para integrar en pie de igualdad una confederación como la que Bolívar pretendía:

Los americanos del norte y los de Haití, por sólo ser extranjeros tienen el carácter de heterogéneos para nosotros. Por lo mismo, jamás seré de la opinión de que los convidemos para nuestros arreglos americanos (155).

Lo mismo pensaba del Brasil. Respecto a Buenos Aires, la dificultad residía en que Bolívar nunca tuvo buenas relaciones, ya que se desconfiaba de su liderazgo y se lo veía como una suerte de Napoleón americano. El resto de las naciones tenían una continuidad geográfica, cultural e histórica que podía servir de base al proyecto; y lo más importante: Bolívar pensaba que podía tener un fuerte liderazgo americano, ya que en todas esas naciones tenía un gran poder, o –como el caso de Guatemala y Chile– las consideraba demasiado débiles como para presentar dificultades. Sólo Méjico escapaba a esa constante. Pero Bolívar observa claramente que se verían entre dos enormes cuerpos políticos –los Estados Unidos por el norte, y la nueva confederación por el sur–, con lo cual se encontrarían en la necesidad de avenirse y pactar con las naciones sudamericanas.

Finalmente, entre el 22 de junio y el 15 de julio de 1826, se realizaron las sesiones del congreso en Panamá. Asistieron los delegados de Méjico, la Federación Centroamericana –cuya capital era Guatemala–, Colombia –que por entonces todavía incluía a los actuales Ecuador y Venezuela– y Perú. Gran Bretaña y Holanda asistieron en calidad de observadores, mientras que la delegación de Estados Unido llegó con retraso. Los resultados fueron pobres. Se estableció un acuerdo de alianza perpetua, arbitraje para los conflictos entre los firmantes, autonomía, integridad territorial y soberanía de los países miembros, y de cooperación militar, defensa común y vínculos comerciales. Pero los acuerdos sólo fueron ratificados por el congreso colombiano. Se había propuesto continuar las deliberaciones más adelante en Tacubaya, Méjico, pero la falta de apoyo fue diluyendo la propuesta[49].

¿Cuáles fueron las razones del fracaso[50]?

En primer lugar, uno de los motivos centrales para la confederación era la alianza militar contra posibles ataques de España y la Santa Alianza[51]. Pero ese ya no era un temor fundado. Inglaterra había reconocido la independencia de las nuevas naciones en 1825 y eso daba por tierra con las aspiraciones absolutistas de dar marcha atrás en el reloj de la historia.

Por otro lado, la posibilidad de crear un frente común para negociar en conjunto con los británicos en el campo económico y comercial no pareció una necesidad urgente. Todos se habían volcado hacia Inglaterra, y la potencia prefirió su política de establecer relaciones por separado con cada uno de los estados.

Ya no había un dominio colonial efectivo. Sin enemigos comunes, la alianza se tornaba poco seductora para los nuevos estados, cuyos esfuerzos se concentraron en organizar política y económicamente a sus pueblos, lo cual ya era bastante complicado. La tendencia fue la de reforzar los vínculos internos y construir un poder capaz de gobernar los propios países. Llegaba la hora de los enfrentamientos civiles, las luchas regionales y el imperio de las fuerzas centrífugas, que habían estado entre paréntesis mientras aún había que derrotar a los soldados del rey.

b. Una nueva versión de las ideas constitucionales[52]

Sucre libertó el Alto Perú y se dispuso a su organización. La región había pertenecido por siglos al virreinato de Lima, y desde 1776 al de Buenos Aires. Surgió la cuestión de hacia dónde se volcarían esos pueblos. El gobierno del Río de la Plata dejó en libertad de acción a los asambleístas altoperuanos convocados por Sucre, quienes en agosto de 1825 proclamaron la nueva república, que en honor al libertador, denominaron República Bolívar –pronto se cambió por Bolivia–. La asamblea le solicitó al propio Bolívar que les redactara una constitución, texto que fue enviado desde Lima para el congreso boliviano en mayo de 1826[53]:

¡Legisladores! Vuestro deber os llama a resistir el choque de dos monstruosos enemigos que recíprocamente se combaten, y ambos os atacarán a la vez: la tiranía y la anarquía forman un inmenso océano de opresión, que rodea a una pequeña isla de libertad (165).

Antes que nada, la reiteración de los dos grandes peligros a evitar: la falta de libertad y el abuso de la libertad. El equilibrio entre ésta y la autoridad es muy delicado. La expresión de Bolívar demuestra su visión acerca de la libertad: se trata de una realidad frágil y una tarea ardua. Reitera el esquema de Angostura, pero con modificaciones:

El proyecto de constitución para Bolivia está dividido en cuatro poderes políticos, habiendo añadido uno más, sin complicar por esto la división clásica (165).

En este proyecto, el poder moral se transformará en una tercera cámara legislativa, mientras que el cuarto poder será el electoral, con el cual pretendió satisfacer los anhelos de participación democrática y las posturas federalistas:

El (poder) electoral ha recibido facultades que no le estaban señaladas en otros gobiernos que se estiman entre los más liberales. Estas atribuciones se acercan en gran manera a las del sistema federal. Me ha parecido no sólo conveniente y útil, sino también fácil, conceder a los representantes más inmediatos del pueblo los privilegios que más pueden desear los ciudadanos de cada departamento, provincia o cantón. Ningún objeto es más importante a un ciudadano que la elección de sus legisladores, magistrados, jueces y pastores. Los colegios electorales de cada provincia representan las necesidades y los intereses de ellas y sirven para quejarse de las infracciones a las leyes, y de los abusos de los magistrados. Me animaría a decir con alguna exactitud que esta representación participa de los derechos de que gozan los gobiernos particulares de los Estados federados (165).

Este poder sería una suerte de cuerpo de representantes regionales que garantizarían la contemplación de las necesidades locales ante el gobierno central. El cuerpo electoral nombraba al legislativo y presentaba los candidatos para cubrir los cargos de gobernadores, prefectos, jueces y párrocos. De ese modo, Bolívar esperaba cumplir con las expectativas de los federalistas, a la vez que mantenía la organización centralista del poder político.

¿Cómo se constituye y actúa ese original poder electoral?

Cada diez ciudadanos nombran un elector, y así se encuentra la nación representada por el décimo de sus ciudadanos. No se exigen sino capacidades, ni se necesita de poseer bienes, para representar la augusta función del soberano; mas debe saber escribir sus votaciones, firmar su nombre y leer las leyes. Ha de profesar una ciencia, o un arte que le asegure un alimento honesto. No se le ponen otras exclusiones que las del crimen, de la ociosidad y de la ignorancia absoluta. Saber y honradez, no dinero, es lo que requiere el ejercicio del poder público (166).

Los electores nombran a los miembros del legislativo. Este poder se conforma de tres cámaras de treinta miembros cada una: tribunos, senadores y censores, así se evitarían los conflictos permanentes[54]:

Los congresos modernos, me dirán, se han compuesto de solas dos secciones. Es porque en Inglaterra, que ha servido de modelo, la nobleza y el pueblo debían representarse en dos cámaras, y si en Norte América se hizo lo mismo sin haber nobleza puede suponerse que la costumbre de estar bajo el gobierno inglés, le inspiró esta imitación (166).

El sistema bicameral corría el riesgo de hacer caer la república en la discusión estéril. Es necesario arbitrar los medios para romper con los empates legislativos.

La primera cámara es la de tribunos, y goza de la atribución de iniciar las leyes relativas a hacienda, paz y guerra. Ella tiene la inspección inmediata de los ramos que el ejecutivo administra con menos intervención del legislativo (166).

Se abstiene de reiterar su idea del senado hereditario, que no gozó del favor de los congresistas colombianos:

Los senadores forman los códigos y reglamentos eclesiásticos, y velan por los tribunales y el culto (166).

Entre sus funciones, está la de escoger los funcionarios de la Justicia y los eclesiásticos.

Por último, el poder moral se canaliza a través de una tercera cámara:

Los censores ejercen una potestad política y moral que tiene alguna semejanza con la del areópago de Atenas. Serán ellos los fiscales contra el gobierno para celar si la constitución y los tratados públicos se observan con religión (...) protegen la moral, las ciencias, las artes, la instrucción y la imprenta. La más terrible como la más augusta función pertenece a los censores (166).

El poder ejecutivo que propone es aún más fuerte que el de Angostura. Esto resulta algo sorprendente, porque ya no estaba el enemigo español justificando una gran concentración de poder en el presidente. Esto muestra que, para Bolívar, los tiempos que asomaban en el horizonte iban a ser muy complicados. La obsesión por la estabilidad lo lleva a proponer una suerte de monarca constitucional[55]:

El presidente de la república viene a ser en nuestra constitución, como el sol que, firme en su centro, da vida al universo. Esta suprema autoridad debe ser perpetua, porque en los sistemas sin jerarquías se necesita más que en otros, un punto fijo alrededor del cual giren los magistrados y los ciudadanos, los hombres y las cosas. Dadme un punto fijo, decía un antiguo, y moveré el mundo (167).

Bolívar asegura que se basa en la experiencia de la república de Haití, que luego de probar el imperio, la república y la monarquía, se aferró a Petion para salvarse de la disgregación. Bolívar no sólo propone que el presidente sea vitalicio, sino que además tenga la facultad de designar su sucesor. De esta manera, sostiene, se evitarán las luchas sucesorias que amenazan la estabilidad y se logra una continuidad institucional[56].

Bolívar asegura que en Bolivia será un presidente menos poderoso que el haitiano, ya que está privado de todas las influencias, no nombra los magistrados, los jueces ni las dignidades eclesiásticas. En el medio de la sociedad, no será el mayor poder, ya que el mismo se encuentra repartido en diversas funciones:

 Los sacerdotes mandan en las conciencias, los jueces en la propiedad, el honor y la vida, y los magistrados en todos los actos públicos (167).

Bolívar intenta aventar la crítica hacia el carácter cuasi-monárquico del sistema que propone. Se trata de un gobierno republicano, adaptado a las necesidades americanas, donde –sostiene– no hay bases para la monarquía, ya que partiendo de la geografía, todo convida a la independencia. No hay nobles, la Iglesia aspira a mayor poder del que tiene, ni existen tantas riquezas apetecibles. Todo lo que usualmente sostiene las tiranías y los regímenes monárquicos, está ausente en el Nuevo Mundo. El ejemplo de quienes quisieron levantar imperios –Dessalines, Iturbide y Cristóbal–, muestra que esa vía no tiene futuro[57]. Ni Bonaparte pudo superar los problemas que atraviesa todo príncipe nuevo. En América no hay que temer monarquías[58].

Los límites constitucionales del presidente de Bolivia, son los más estrechos que se conocen: apenas nombrar los empleados de hacienda, paz y guerra; manda el ejército. He aquí sus funciones (168).

En ese esquema enaltece la función del vicepresidente, quien sería el futuro sucesor en el poder ejecutivo, pero que ya ejerce importantes funciones que lo preparan para el manejo de la república cuando le toque presidirla:

En el gobierno de los Estados Unidos se ha observado últimamente la práctica de nombrar al primer ministro para suceder al presidente. Nada es tan conveniente, en una república, como este método; reúne la ventaja de poner a la cabeza de la administración un sujeto experimentado en el manejo del Estado (...) Me he apoderado de esta idea, y la he establecido como ley (...) El presidente de la república nombra al vicepresidente, para que administre el Estado, y le suceda en el mando. Por esta providencia se evitan las elecciones, que producen el grande azote de las repúblicas, la anarquía, que es el lujo de las tiranías, y el peligro más inmediato y más terrible de los gobiernos populares (168).

La desconfianza de Bolívar a las elecciones queda de manifiesto una vez más. El poder del voto popular queda limitado, lo que asegura la permanencia del régimen. De ese modo, se aprovecha lo positivo, a su entender, del sistema monárquico de gobierno:

Siendo la herencia la que perpetúa el régimen monárquico, y lo hace casi general en el mundo, ¿cuánto más útil no es el método que acabo de proponer para la sucesión del vicepresidente? (...) Sí, legisladores, la monarquía que gobierna la tierra, ha obtenido sus títulos de aprobación, de la herencia que le hace estable, y de la unidad que la hace fuerte (...) estas grandes ventajas se reúnen en el presidente vitalicio y vicepresidente hereditario (168-169).

El poder judicial precisa urgentes reformas. Habrá una corte nacional de siete jueces y un fiscal, una corte por distrito, un juez de primera instancia por distrito y un juez de paz para cada pueblo. Serán vitalicios, aunque pueden ser removidos por el legislativo en caso de incumplimiento. Para su composición, Bolívar considera la posibilidad de una instancia de participación popular:

El poder judicial que propongo goza de una independencia absoluta, en ninguna parte tiene tanta. El pueblo presenta los candidatos y el legislativo escoge los individuos que han de componer los tribunales. Si el poder judicial no emana de este origen, es imposible que conserve en toda su pureza la salvaguarda de los derechos individuales (169).

La verdadera libertad republicana es la de las leyes, de ahí que sea central establecer un nuevo poder judicial, el más retrasado en su renovación desde la época de la colonia:

La verdadera constitución liberal está en los códigos civiles y criminales, y la más terrible tiranía la ejercen los tribunales por el tremendo instrumento de las leyes (...) El poder judicial contiene la medida del bien o del mal de los ciudadanos, y si hay libertad, hay justicia en la república, son distribuidas por este poder (169).

Ya concluyó la lucha contra el enemigo español. Comienza una nueva etapa, en la cual la función del ejército debe quedar bien establecida. Los temores de Bolívar hacia la participación de los ejércitos pasen en luchas políticas y civiles, pronto se verán confirmados por la realidad en toda América:

El destino del ejército es guarnecer la frontera ¡Dios nos preserve de que vuelva sus armas contra los ciudadanos! (169).

Su proyecto es fruto de la observación de la realidad. Por eso, a medida que la misma vaya cambiando, la constitución debe ser adaptada al dinamismo de los tiempos:

He pensado que la constitución de Bolivia debiera reformarse por períodos, según lo exige el movimiento del mundo moral (169).

Las garantías fundamentales que Bolívar quiere establecer y resguardar, son la libertad civil, la seguridad personal y la propiedad. Todas emanadas de la ley de leyes, la igualdad, por la cual se termina completamente con la esclavitud, sobre la que reflexiona partiendo de argumentos teológicos.

La relación entre la Iglesia y el estado también es analizada en su proyecto. Había sido un tema ríspido desde 1810. Se lo había venido evitando, para no crear disensiones peligrosas en momentos de lucha por la independencia. Pero la intolerancia religiosa era una de las herencias coloniales que debían reformarse:

En una constitución no debe prescribirse una profesión religiosa, porque según las mejores doctrinas sobre las leyes fundamentales, estas son las garantías de los derechos políticos y civiles, y como la religión no toca a ninguno de estos derechos, ella es de naturaleza indefinible en el orden social, y pertenece a la moral intelectual. La religión gobierna al hombre en la casa, en el gabinete, dentro de sí mismo; sólo ella tiene derecho a examinar su conciencia íntima. Las leyes, por el contrario, miran la superficie de las cosas: no gobiernan sino fuera de la casa del ciudadano (...) Aplicando estas consideraciones ¿podrá un Estado regir la conciencia de los súbditos, velar sobre el cumplimiento de las leyes religiosas y dar el premio o el castigo, cuando los tribunales están en el cielo, y cuando Dios es el juez? (...) ¿Volverá la inquisición con sus teas incendiarias? (170-171).

Había que abrirse al mundo, y la constitución no debía poner límites en las conciencias de los ciudadanos:

La religión es la ley de la conciencia. Toda ley sobre ella la anula porque imponiendo la necesidad al deber, quita el mérito a la fe, que es la base de la religión. Los preceptos y los dogmas sagrados son inútiles, luminosos y de evidencia metafísica; todos debemos profesarlos, mas este deber es moral, no político (...) Siendo todo esto jurisdicción divina, me parece a primera vista sacrílego y profano mezclar nuestras ordenanzas con los mandamientos del Señor (171).

El estado no debe legislar ni manejar los asuntos religiosos:

Dios y sus ministros son las autoridades de la religión que obra por medios y órganos exclusivamente espirituales, pero de ningún modo el cuerpo nacional, que dirige el poder público a objetos puramente temporales (171).

No se tocan las relaciones entre Iglesia y estado. Las afirmaciones de Bolívar se encaminan solamente a establecer la libertad de cultos. En la segunda mitad del siglo, en casi toda la Hispanoamérica, la cuestión de las relaciones entre la Iglesia y el estado sí serán un conflicto de importancia. Tales serán las repercusiones de los debates que sobre el particular se darán en la propia Europa.

Esta constitución fue puesta en vigencia por el congreso boliviano, aunque nunca se cumplió en todos sus términos. Sucre, proclamado primer presidente, asumió el mando aclarando que no lo ejercería en forma vitalicia, y se proclamó al catolicismo como religión del estado.

Bolívar logró que la misma constitución se aplicara en Perú, aunque de manera efímera. También se propuso aplicarla a Colombia, ya que la constitución de 1821 nunca lo había satisfecho. En la cúspide de su poder y gloria intentaría aprovechar su prestigio para lograr que en su tierra también se adoptase su modelo político, obteniendo así la base necesaria para la unidad continental[59].

Iniciaba la última etapa. Su horizonte utópico parecía cercano: había sido bendecido por la victoria, estaba lleno de poder y su prestigio estaba en alza. Todo parecía indicar que su proyecto se encaminaba al éxito. Pero fracasaría[60].

c. La situación a partir de 1826

Si nos basamos en los escritos de Bolívar como una fuente para reconstruir el estado de América y su evolución política, hay que afirmar que a partir de 1826 da comienzo una nueva etapa. A la desilusión que le provocó el magro resultado del congreso de Panamá, se suman los problemas internos de su patria y las regiones liberadas por sus ejércitos. Las principales dificultades que observa en ese tiempo son las disensiones políticas, el caos económico, los particularismos regionales, la imposibilidad de establecer una autoridad política reconocida y respetada por el conjunto de la sociedad y la desazón generalizada[61].

Esto es lo que transmiten los textos de Bolívar. Es imposible hallar en ellos señales del optimismo inquebrantable que lo movió aún en las etapas menos alentadoras del proceso revolucionario. Su horizonte utópico, motor de su esperanza, comenzará a diluirse[62].

¿Qué ha pasado? Simplemente que ha concluido la guerra por la independencia, que aglutinaba al grueso de los americanos en pos de una causa y los unía contra un enemigo identificable. Las diferencias políticas y la diversidad de proyectos y aspiraciones habían sido pospuestas para no resquebrajar el frente revolucionario en medio de una guerra. Ahora llegaba el momento en que emergían esos conflictos, que hacían muy trabajosa la tarea de organizar las nuevas naciones.

Ese estado de cosas ya venía manifestándose anteriormente. Basta recordar la carta de Bolívar a Santander en 1823, en la que expresa su sorpresa y disgusto ante la actitud de los ciudadanos colombianos: “cosquillosos”, remisos a obedecer, encandilados por la libertad e incapaces de hacer sacrificios. Estas actitudes son las que crecen sobre el terreno ganado a los españoles. A medida que avanza la independencia, afloran situaciones que se habían mantenido contenidas bajo el poder colonial, primero, y la guerra de emancipación, después.

La historia americana confirma esta realidad. En el Río de la Plata, que Bolívar siempre había considerado como anárquico, esa situación era posible porque se trataba de una región en la que no se estaba luchando contra los españoles. Cuando surgió la amenaza de una expedición del monarca –la que terminó desembarcando en Venezuela–, se creó un régimen centralista bajo la autoridad de un Director Supremo. Ya disuelto el peligro exterior, en 1820 las autonomías locales derrocaron el poder central, que recién se intentó reinstaurar cuando había que unirse a fin de negociar con los ingleses y cuando surgió la guerra contra el Brasil. Al fin de esa contienda, las autonomías provinciales volvieron a fortalecerse y se desató una guerra entre unitarios y federales, que dio pie para el liderazgo autoritario de Rosas.

En Chile, una vez que se aseguró la independencia y se contribuyó a la derrota realista del Perú, el gobierno de O´Higgins comenzó a sufrir el acoso de los sectores liberales y federalistas, que terminarían por derrocarlo. La situación se volvería incontrolable hasta que Portales comenzó a ejercer un poder dictatorial bajo formas republicanas de tinte conservador.

En Perú, Bolívar prolongó su presencia como dictador hasta lograr reunir el congreso, a pesar de que en Colombia se esperaba su retorno. Todavía faltaba asegurar la libertad peruana, lograr la institucionalización y seguir de cerca los acontecimientos del Alto Perú. A mediados de 1826, se reunieron los colegios electorales en Lima, adoptaron la nueva constitución y proclamaron presidente vitalicio a Bolívar, quien no aceptó y abandonó la ciudad en septiembre para ir a Colombia. En su ausencia, surge un gran movimiento antibolivariano, tanto en Perú como en Bolivia. Comienza con expresiones contrarias a la permanencia de tropas colombianas y se acusa a los ejércitos libertadores de imperialistas. Esto derivará en una guerra entre los ejércitos peruano y colombiano[63]. Detrás de todo, emergía el resentimiento porque Guayaquil había sido anexado a Colombia, algo que en su oportunidad discutieron San Martín y Bolívar, pero en lo que el caraqueño no estuvo dispuesto a ceder. Además, los distintos sectores políticos se disputaban la herencia bolivariana. Sucre debió abandonar la presidencia de Bolivia en 1828 y se puso al frente de las tropas colombianas. La guerra se prolongaría hasta mediados de 1829.

La idea de Bolívar de confederar ambos países y luego extender esa confederación a Colombia no tuvo tiempo de crecer. Fracasado el proyecto de Panamá, Bolívar pensó que, al menos, lograría unir todas las naciones libertadas por él bajo la constitución propuesta para Bolivia. Pero no eran tiempos de unión, sino de dispersión. Vencidos los españoles, los nacionalismos desordenados se exacerbaron. Más adelante, el mariscal Santa Cruz retomaría la idea de una confederación peruano-boliviana, la que tuvo una efímera existencia.

En Colombia, hacia 1826, empiezan a agravarse las diferencias entra Caracas y Bogotá. Páez le escribe solicitando su presencia. Lidera el separatismo venezolano, que parece incontenible. Mientras tanto, en Bogotá, el ambiente político se polariza. Algunos reclaman la presencia fuerte de Bolívar y apoyan su proyecto constitucional ya aceptado en Bolivia y Perú. Otros quieren que se convierta en dictador. Otros pugnan por el inmortal federalismo. Otros, Santander entre ellos, se oponían a la nueva constitución que Bolívar intentaba hacer aprobar para Colombia. A pesar de todo ese disenso, fue reelecto como presidente en junio de 1826. Respecto de la situación colombiana, en octubre de 1826 –mientras marcha de Lima a Bogotá–, escribe a Santander.

La situación es gravísima. En esa carta, Bolívar presenta un diagnóstico desolador. La república está fundida económicamente y disuelta social y políticamente. Allí se estrellan las utopías de Bolívar:

Toda la sangre se ha secado del cuerpo y se ha metido en la cabeza; así la república está exánime y loca juntamente. Mientras tanto los legisladores han sacado sus empleos, y los empréstitos han arruinado el crédito y la nación. En estas circunstancias ¿qué debo yo hacer? ¿Y qué debe hacer Colombia? Yo, por servir a la patria, debiera destruir el magnífico edificio de las leyes y el romance ideal de nuestra utopía (173).

Es el fin de su utopía. Es la primera vez que Bolívar utiliza esa expresión para referirse a su proyecto, que aquí aparece asimilado a los “utópicos” de sus adversarios liberales. Bolívar constata, gracias a la dosis de crudo realismo que le proporciona el fracaso, que su proyecto resultó ser un “romance ideal”. Su sueño se ha derrumbado y Bolívar ya no recuperará la esperanza. Seguirá luchando, pero de aquí hasta su muerte, en 1830, la percepción de Bolívar es cada vez más pesimista. Su horizonte utópico se fue desdibujando hasta convertirse en una ilusoria quimera:

No veo por todas partes sino disgusto y miseria (...) todos se quejan de todo, parece que es un coro de lamentación como pudiera haberlo en el purgatorio (...) Colombia no puede hacer otra cosa, fallida como está, sino disolver la sociedad con que ha engañado al mundo, y darse por insolvente. Sí señor, este es el estado de las cosas, y a mi despecho tengo que conocerlo y decirlo (173).

Se viven abusos y se disparan quejas que son posibles gracias a la libertad conquistada, que no se ejerce responsablemente:

La hermosa libertad de imprenta, con su escándalo, ha roto todos los velos, irritado todas las opiniones. La pardocracia triunfa en medio de este conflicto general. (...) La libertad de imprenta la causa y, por lo mismo, es incurable (...) Esta llaga cubre toda la república (174).

El debate, la diversidad de opiniones y la participación de todos en la cosa pública nunca fueron vistas por Bolívar como hechos positivos, que pueden colaborar en la construcción de un orden político fuerte. Por el contrario, siempre se mantuvo fiel a su tendencia hacia el despotismo ilustrado y a su consideración negativa acerca de la capacidad del pueblo para una vida democrática. Sin embargo no hay otra salida que apelar al pueblo.

¿Quién reformará la república exánime?

En la carta se enuncian las distintas posibilidades. Por un lado, hay sectores que propician una dictadura de Bolívar con la fuerza de su prestigio y el poder del ejército. Bolívar se niega a usar las armas contra las leyes, que son pésimas, pero legítimas. Por otro lado, hay quienes sostienen que debe ser el congreso quien reforme las leyes. Bolívar también lo descarta: ha sido el congreso el que ha sumido la república en el caos. Queda el pueblo, auténtico soberano, quien deberá recrear la república. Es el mejor camino, aunque lo presenta con grandes temores:

Tal es el espíritu de nuestra pobre humanidad, que no crece siendo siempre niña. En una palabra, mi querido general, cada día me confirmo más en que la república está disuelta, y que nosotros debemos volver al pueblo su soberanía primitiva, para que él se reforme como quiera y se dañe a su gusto. El mal será irremediable, pero no será nuestro, será de los principios, será de los legisladores, será de los filósofos, será del pueblo mismo; no será de nuestras espadas (174).

Bolívar hace recaer la responsabilidad del desastre, fundamentalmente, sobre el congreso. Sus relaciones fueron siempre tirantes. Bolívar, por su parte, pugnando por la concentración del poder en oposición a la anarquía; el congreso, luchando por evitar el poder de Bolívar, que era calificado como una forma de tiranía. Algunos sectores clamaban para que Bolívar asumiera una auténtica dictadura a fin de reorganizar la república. Pero Bolívar se opone a ese proyecto:

He combatido por dar libertad a Colombia; la he reunido para que se defendiese con más fuerza; ahora no quiero que me inculpe y me vitupere por las leyes que le han dado contra su voluntad: este será mi código, mi antorcha; así lo he dicho a todo el pueblo del sur, y así lo diré a toda Colombia. He combatido las leyes de España, y no combatiré las leyes tan perniciosas como las otras y más absurdas por ser espontáneas, sin necesidad siquiera de que fueran dañosas como las de una metrópoli. Un congreso de animales habría sido (...) más sabio (174).

A pesar de la dureza de sus juicios y la gravedad de la situación, Bolívar no usará las armas de la libertad para corregir el caos. En realidad no fue necesario, ya que su sola presencia intimidaba a sus adversarios políticos.

Ve que hay un cambio de etapa muy claro. La era del heroísmo ya ha concluido en Ayacucho, y comienza otra en la cual los méritos de quienes lucharon no serán reconocidos. Antes bien, grandes sectores de la sociedad están muy prevenidos contra el ejército, temiendo que utilicen su fuerza para imponer una tiranía. Bolívar siente ese rechazo. Los héroes son temidos por aquellos que ocupan cargos conquistados gracias a la sangre del ejército[64]. ¿Valió la pena?:

Los intrigantes han destruido la patria del heroísmo, y tan sólo nosotros sufriremos, porque hemos estado a la cabeza de estos execrables tontos (174).

Han destruido la república para la cual el ejército sacrificó su vida. Pero la función del ejército, en la nueva etapa, no es la de comprometerse en una lucha civil ni la de imponer su poder. Debe ocupar su lugar, ser defensor ante posibles agresiones extranjeras y no ceder a la tentación de quienes quieren usarlo para la política doméstica.

¿Cómo reconstruir la república? No será, pues, por la fuerza del ejército. Pero tampoco puede hacerlo el congreso, que es el autor del desastre:

No puedo creer que sea útil ni glorioso cumplir las leyes existentes y mucho menos aún dejarme conducir por hombres más ciegos que yo. Esta moderación no entra en mi conciencia. Tengo mil veces más fe en el pueblo que en sus diputados. El instinto es un consejero leal; en tanto que la pedantería es un aire mefítico que ahoga los buenos sentimientos (175).

Hay que cambiar las leyes. A pesar de sus temores y prevenciones de siempre, Bolívar confía más en la sensatez del pueblo que en la del congreso. El pueblo deberá manifestarse y recomenzar. Pero no hay que equivocarse. Los males no son producto de la guerra –argumento esgrimido por el congreso para explicar la situación caótica a que se había llegado–, sino que fueron causados por la mala organización, legislación y administración del estado. Es fundamental que el pueblo comprenda esto, a fin de reformar la república sobre bases firmes:

No sé cómo no se han levantado todos estos pueblos y soldados al considerar que sus males no vienen de la guerra, sino de las leyes absurdas (173).

Bolívar ve la necesidad imperiosa de recrear la república promulgando una nueva constitución[65]. Parece volver a 1812, al manifiesto de Cartagena, en el que explicaba la caída de la primera república por su constitución y leyes inadecuadas. Una vez más, se debe firmar un nuevo pacto social y una nueva ley fundamental. Son momentos terribles, pero hay que admitir que el congreso ha fracasado y es incapaz de revertir la situación:

Estoy tan desesperado, como puede Vd. imaginarlo (...) La extensión de Colombia y la complicación de sus elementos no debía marchar sino por prodigios, y como nunca congreso ha hecho prodigios, el resultado ha sido natural y necesario (...) Nuestro sagrado pacto está cubierto de una pureza intacta; gozaba de una virginidad inmaculada; ahora ha sido violado, manchado, roto, en fin; ya no puede servir de nada; una ley fundamental no debe ser sospechada siquiera (...) la integridad debe ser su primer atributo; sin esto es un espantajo ridículo, o más bien el símbolo del odio (175).

En noviembre de 1826 ya está de regreso en Bogotá, después de cinco años de ausencia. Reasume la presidencia con facultades extraordinarias. Marcha a Caracas para arreglar la situación de Páez –enero de 1827– y envía su renuncia a la presidencia, pero el congreso no acepta. En septiembre de ese año está de regreso en Bogotá. Todos coinciden en que se precisa una nueva constitución. Bolívar lidera su proyecto “boliviano”. Santander ya no es su aliado, ahora preside el sector liberal. Así se inició el camino hacia la convención de Ocaña. En octubre de 1827 hubo elecciones para la conformación de la misma. El resultado fue adverso a Bolívar, a quien muchos llamaban tirano. La convención comenzó a sesionar en marzo de 1828, y el presidente la abrió con un discurso.

d. Una convención fallida que termina en dictadura

En este discurso se vuelven a manifestar los rasgos esenciales del pensamiento político bolivariano que se observan desde el manifiesto de Cartagena[66]. Hay una gran similitud en el diagnóstico que realiza de las causas del fracaso republicano en uno y otro caso. Lo mismo al acercar sus propuestas: ejecutivo fuerte, centralismo, firmeza.

Nuevamente, el punto de partida debe ser la propia experiencia. Bolívar insiste en que hay que basarse en una buena observación de la situación: "Os bastará recorrer nuestra historia para descubrir las causas de nuestra decadencia" (179).

Bolívar constata un cambio de etapa. Ya no existe el espíritu público que animó la independencia y la creación de la república:

Colombia, que supo darse vida, se halla exánime. Identificada antes con la causa pública, no estima ahora su deber como la única regla de salud (...) Colombia, que no pensaba sino en sacrificios dolorosos, en servicios eminentes, se ocupa de sus derechos y no de sus deberes. Habría perecido la nación si un resto de espíritu público no la hubiese impelido a clamar el remedio y detenido al borde del sepulcro. Solamente un peligro horroroso nos haría intentar la alteración de las leyes fundamentales (179).

¿Cuál es la situación de los militares frente a esta realidad que defrauda sus sacrificios? Allí se pone de manifiesto el cambio de etapa. La del honor, la del valor, la épica ha concluido. El lugar relevante que los militares tenían es cosa del pasado. Ahora se los mira con recelo:

Se han promovido peligrosas rivalidades entre civiles y militares con los escritos, y con las discusiones del congreso, no considerándolos ya como libertadores de la patria, sino como los verdugos de la libertad ¿Era ésta la recompensa debida a tan dolorosos y sublimes sacrificios? (183).

La ingratitud social es una manifestación de la falta de valoración por la lucha de independencia y una muestra más de que el sacrificio ya no ocupa un lugar de privilegio en la consideración social:

Partícipe el militar de los sacudimientos que han agitado toda la sociedad, no conserva más que su devoción a la causa que ha salvado, y un respeto saludable a sus propias cicatrices (183).

Nuevamente critica el utopismo que lleva a la desmesura y que fuerza el verdadero orden de las cosas. No se respeta la realidad, se le quiere imponer un esquema que no responde a su naturaleza:

Debo decirlo; nuestro gobierno está esencialmente mal constituido. Sin considerar que acabamos de lanzar la coyunda, nos dejamos deslumbrar por aspiraciones superiores a las que la historia de todas las edades manifiesta incompatibles con la humana naturaleza. Otras veces hemos equivocado los medios y atribuido el mal suceso a no habernos acercado bastante a la engañosa guía que nos extraviaba, desoyendo a los que pretendían seguir el orden de las cosas, y comparar entre sí las diversas partes de nuestra constitución, y toda ella con nuestra educación, costumbres, e inexperiencias (180).

En lo político esto llevó a crear un desequilibrio de poder. Bolívar se mantiene firme en su opción por un poder ejecutivo preeminente:

Nuestros diversos poderes no están distribuidos cual lo quiere la forma social y el bien de los ciudadanos. Hemos hecho del legislativo sólo el cuerpo soberano, en lugar de que no debía ser más que un miembro del soberano: le hemos sometido el ejecutivo (180).

El corpus legal es laberíntico. Aún no se ha encarado una sistematización y simplificación de las leyes. Es una de las deudas mayores de la república. De ese desorden no puede nacer un orden social, sino la confusión:

Obsérvese que nuestro ya tan abultado código en vez de conducir a la felicidad ofrece obstáculos a sus progresos. Parecen nuestras leyes hechas al acaso: carecen de conjunto, de método, de clasificación y de idioma legal. Son opuestas entre sí, confusas, a veces innecesarias, y aun contrarias a sus fines (...) la ley, pues, hecha al intento ha resultado mucho menos adecuada que las antiguas, amparando indirectamente los vicios que se procuraban evitar (180).

En su discurso, Bolívar repasa los poderes: ejecutivo muy débil, legislativo muy poderoso, leyes confusas que no sirven, poder judicial poco preparado e intangible. Los municipios no han cumplido su función, los vecinos no quieren participar de los cargos, hay resistencias a pagar los impuestos. Algunos municipios, incluso, se han proclamado soberanos. El desorden es grande, lo cual necesariamente lleva al caos económico:

Destruida la seguridad y el reposo, únicos anhelos del pueblo, ha sido imposible a la agricultura conservarse (...) Su ruina ha cooperado a la de otras especies de industria (...) todo se ha sumido en la miseria desoladora (182).

No hubo claridad ni firmeza para conducir la economía. La caída del régimen colonial dejó un vacío que las nuevas autoridades no lograron llenar. La economía es un ámbito especialmente sensible a la falta de conducción y autoridad:

Desde ochocientos veintiuno, en que empezamos a reformar nuestro sistema de hacienda, todos han sido ensayos (...) La falta de vigor en la administración, en todos y cada uno de sus ramos, el general conato por eludir el pago de las contribuciones, la notable infidelidad y descuido por parte de los recaudadores, la creación de empleados innecesarios, (...) han conspirado a destruir el erario (183).

El estado quebró y no puede cumplir con los compromisos internacionales. Las deudas contraídas para financiar la guerra no fueron pagadas. Tampoco se podía enfrentar la deuda interna:

El erario de Colombia ha tocado, pues, a la crisis de no poder cubrir nuestro honor nacional, con el extranjero generoso que nos ha prestado sus fondos, confiando en nuestra fidelidad (...) El rubor me detiene, y no me atrevo a deciros que las rentas nacionales han quebrado, y que la república se halla perseguida por un formidable concurso de acreedores (184).

La situación es anárquica, descontrolada. Bolívar reclama un gobierno fuerte y estable que revierta la situación. Es la constante de su pensamiento. La independencia hizo posible la libertad, pero eso no es sinónimo de desorden. No se trata de limitar la libertad conquistada, sino de evitar que se destruya a sí misma:

Un gobierno firme, poderoso y justo es el grito de la patria (...) Dadnos un gobierno en que la ley sea obedecida, el magistrado respetado, y el pueblo libre; un gobierno que impida la transgresión de la voluntad general y los mandamientos del pueblo. Considerad, legisladores, que la energía en la fuerza pública es la salvaguarda de la flaqueza individual, la amenaza que aterra al injusto, y la esperanza de la sociedad. Considerad, que la corrupción de los pueblos nace de la indulgencia de los tribunales y de la impunidad de los delitos. Mirad, que sin fuerza no hay virtud; y sin virtud perece la república. Mirad, en fin, que la anarquía destruye la libertad, y que la unidad conserva el orden (184-185)[67].

Las sesiones duraron algo más de dos meses. En la convención se debatieron dos proyectos constitucionales: el de los liberales y el de Bolívar, quien se retiró a Bucaramanga, donde Perú de Lacroix recogería por escrito sus recuerdos y apreciaciones.

Los grupos se polarizaron en la convención, y todo concluyó sin resoluciones ya que los diputados adictos a Bolívar se retiraron el 10 de junio dejando sin quórum al cuerpo, que tuvo que dejar de sesionar. El caos volvía a amenazar. Bolívar asume poderes dictatoriales en agosto. Arrecian las críticas y el disgusto, en especial de la prensa y los sectores liberales: se lo llama tirano. En septiembre atentan contra su vida, resultando ileso[68]. A fin de mostrar que no quería adueñarse del poder, sino que su dictadura era sólo una transición, en diciembre de 1828 convoca a un nuevo congreso constituyente para que cumpla con lo que no se pudo concretar en Ocaña. Se reuniría recién a principios de 1830.

e. Bolívar toma distancia

Durante 1829, Bolívar se dirige al sur, a fin de terminar con la guerra entre peruanos y colombianos. Le resulta una excusa de lujo para alejarse de la convulsionada Bogotá. Se establece en Quito, y en junio logra un armisticio por el cual Colombia recupera Guayaquil. En septiembre, Colombia y Perú firman la paz.

Desde Guayaquil, en septiembre de 1829, escribe al general O’Leary, presentándole un panorama de la realidad de las regiones que abarca su influencia. Es una etapa de enfrentamientos entre facciones. Se siente desanimado y prepara su retiro de la función pública. Se avecina el cambio de dirigentes, lo cual conlleva peligros para la estabilidad política de Colombia:

Llegada aquella época (en cuatro o seis años más) faltaría yo indefectiblemente, y conmigo todos los que me apoyan. Por consiguiente, faltarían de repente todas las columnas de este edificio y su caída sería mortal para los que estarían debajo. ¿Qué remedio habría que aplicar a tamaño mal? ¿No quedaba la sociedad disuelta y arruinada juntamente? (...) mejor, pues, me parece que preparar con anticipación esta catástrofe, que no se puede evitar (...) La fuerza de los sucesos y de las cosas impele a nuestro país a este sacudimiento, o llámese mudanza política (187).

Bolívar analiza con lucidez el cambio de etapa que se está produciendo. Será un tiempo de profundas, violentas e inevitables transformaciones. Colombia marcha hacia su división. Lo primero será la separación efectiva de Venezuela. El liderazgo de Bolívar –tanto tiempo ausente de su tierra natal– fue superado por el de Páez, y los desencuentros y diferencias con Bogotá son insalvables. En el fondo, admite que esa unión siempre fue ficticia, ya que se estableció alrededor de su persona:

Todos sabemos que la reunión de la Nueva Granada y Venezuela existe ligada únicamente por mi autoridad, la cual debe faltar ahora o luego (187).

Tras años de experiencia y maduración de sus propuestas, formula el dilema que frustra la organización política de los pueblos americanos. Las enormes extensiones requieren o un gobierno monárquico o uno federal:

Nuestra extensión exige una de dos especies de gobierno enteramente opuestas, y ambas a dos extremadamente contrarias al bien del país: la autoridad real, o la liga general son las únicas que nos pueden convenir para regir esta dilatada región (187).

Es una constatación interesante, que introduce una novedad de planteamiento, pero no modifica su postura hacia ambos regímenes. La monarquía es imposible, porque América es fundamentalmente democrática. Esto contradice sus reiteradas afirmaciones acerca de que los pueblos todavía están acostumbrados al despotismo. Además, una monarquía carecería de legitimidad:

Yo no concibo que sea posible siquiera establecer un reino en un país que es constitutivamente democrático (...) Además, ¿quién puede ser el rey de Colombia? (187).

Respecto del federalismo, nuevamente lo excluye por considerar que en la América española favorece la dispersión y anarquía:

Todavía tengo menos inclinación a tratar del gobierno federal; semejante forma social es una anarquía regularizada (...) Yo pienso que mejor sería para la América adoptar el Corán que el gobierno de los Estados Unidos, aunque es el mejor del mundo (188).

Para probar su argumento, toma como ejemplo los primeros años de la república venezolana y la situación de Buenos Aires, Chile, Guatemala y Méjico, que con gobiernos federales, viven en el desorden. Por tanto, la única posibilidad que considera viable es la de organizar pequeñas repúblicas unitarias, en las que el poder central fuerte pueda gobernar una extensión de territorio razonable:

No queda otro partido a Colombia que el de organizar, lo menos mal posible, un sistema central completamente proporcionado a la extensión del territorio y a la especie de sus habitantes. Un estado civilizado a la europea presenta menos resistencia al gobierno de parte del pueblo y de la naturaleza que una pequeña provincia de América, por las dificultades del terreno y la ignorancia del pueblo; por lo mismo nos veremos forzados a dar a nuestras instituciones más solidez y energía que las que en otros países se juzgan necesarias (188).

América inicia una nueva etapa. Sin los riesgos y ocupaciones de la guerra de independencia, las naciones deberán dedicarse a su organización.

Si he de decir mi pensamiento, yo no he visto en Colombia nada que parezca gobierno ni administración ni orden siquiera. Es verdad que empezamos esta nueva carrera y que la guerra y la revolución han fijados toda nuestra atención en los negocios hostiles. Hemos estados como enajenados en la contemplación de nuestros riesgos y con el ansia de evitarlos. No sabíamos lo que era gobierno y no hemos tenido tiempo para aprender mientras nos hemos estado defendiendo. Mas ya es tiempo de pensar sólidamente en reparar tantas pérdidas y asegurar nuestra existencia nacional (188).

Sin embargo, y Bolívar da muestras de tenerlo en cuenta, la realidad demostraba que la guerra contra España había sido una circunstancia aglutinante. Una vez concluida, las naciones se encontraban con el grave problema de organizarse políticamente sin contar con suficientes factores de unidad.

¿Qué es lo que hace tan débil la vida política colombiana?

Por una parte, la geografía. A mayor distancia de la capital, menor fuerza del estado. Cada departamento actúa como si fuese un gobierno diferente del nacional. Y, fundamentalmente, los lazos sociales, que se han debilitado después de conquistada la independencia:

Todo esto depende de que el todo sea compacto. La relajación de nuestro lazo social está muy lejos de uniformar, estrechar, y unir las partes distintas del estado (188).

Ese cambio es determinante. Nuevamente señala el cambio de etapa. La creación de una Colombia integrada por Caracas, Bogotá y Quito ya no se ve como una necesidad, y los particularismos regionales renacen:

Mientras teníamos que continuar la guerra, parecía, y casi se puede decir que fue conveniente la creación de la república de Colombia. Habiéndose sucedido la paz doméstica y con ella nuevas relaciones, nos hemos desengañado de que este laudable proyecto, o más bien este ensayo no promete las esperanzas que nos habíamos figurado (189).

Recalca que la unión se mantuvo ante la necesidad de luchar frente a los enemigos pero ya no es posible mantener esa unidad. La otra señal del fin de la etapa revolucionaria y de lucha por la independencia es el nuevo rol de los militares en las nuevas naciones. Durante la lucha contra los españoles, el mayor poder estaba en los ejércitos, que reunían la sociedad a su alrededor. De la guerra surgían los objetivos, los esfuerzos económicos, las reglas de juego. Ese tiempo ha concluido. Comienzan tiempos nuevos, en los que, al no haber enemigos a los cuales combatir, las espadas deben ser envainadas:

¿Mandarán siempre los militares con su espada? ¿No se quejarán los civiles del despotismo de los soldados? Yo conozco que la actual república no se puede gobernar sin una espada, y, al mismo tiempo, no puedo dejar de convenir que es insoportable el espíritu militar en el mando civil (189).

Nuevamente, el planteo de Bolívar presenta un dilema aparentemente insoluble. Los pueblos necesitan un poder firme que los aglutine y ordene, y el único sector capaz de ejercerlo es el militar. Sin embargo, la guerra terminó. Y los ejércitos no deben hacerse cargo de una función para la que no fueron creados. Se da un vacío de poder, que los civiles no han podido todavía subsanar[69].

Durante la segunda mitad de 1829 se empiezan a manifestar en Bolívar los síntomas de la enfermedad que lo llevará a la muerte. En enero de 1830, ya está de regreso en Bogotá, y se dispone a inaugurar las sesiones del nuevo congreso constituyente. Caracas se niega a enviar delegados, con lo que oficializa su separación de Colombia.

 

Notas

[1] A fin de analizar correctamente las causas de la revolución y los objetivos y circunstancias que la movieron, Guerra previene contra las respuestas automáticas, heredadas de la historiografía del siglo XIX que se propuso legitimar el modelo político liberal y los estados nacionales surgidos de la emancipación. La creación de nuevas naciones fue una consecuencia de la revolución, no su objetivo: “las interpretaciones de los procesos revolucionarios caen fácilmente en explicaciones teleológicas que reconstruyen el pasado en función del punto de llegada” (GUERRA, 14). Por eso seguimos una lectura diacrónica de Bolívar, a fin de ir reconstruyendo los acontecimientos desde su perspectiva.

[2] Guerra subraya lo imprevisto del hecho y la novedad radical de la respuesta dada por los pueblos, tanto en la Península como en América: “Fueran cuales fueren los artilugios jurídicos que los patriotas emplearon para fundar el rechazo a las autoridades constituidas (el rey francés en el trono español y el Consejo de Regencia de Cádiz) las juntas eran poderes de facto sin ningún precedente legal, y –desde ese punto de vista– poderes revolucionarios (...) Por las circunstancias mismas de la crisis y sin que nadie se lo propusiera la soberanía recae repentinamente en la sociedad” (GUERRA, 22-23).

[3] Esas juntas intentadas en 1808 y 1809 (Caracas, Quito, Chuquisaca, La Paz, Montevideo) tuvieron existencia efímera, lo cual es explicado por Guerra: “no había en América ni tropas extranjeras ni levantamiento popular ni guerra próxima. Tampoco había (...) autoridades colaboracionistas como las había en la Península. Por eso era difícil vencer de un solo golpe las resistencias de las autoridades reales (...) los americanos dieron prioridad a la ayuda que podían prestarle (a la metrópoli) para la guerra. Esto explica cómo en América del Sur, a pesar de las dudas, los americanos acabaron reconociendo a la Junta de Sevilla, que fingía ser el gobierno legítimo de toda la Monarquía precisamente para evitar la formación de juntas en América. Este subterfugio dejó una profunda traza de desconfianza con respecto a los peninsulares y propiciará en 1810 la formación de juntas en América” (GUERRA, 25-26). Además, debe tenerse en cuenta que en 1810 la caída de España en las manos de Napoleón era prácticamente total, y no dejaba lugar a demasiadas esperanzas de recuperación, que sí pesaron en 1808.

[4] “El Consejo de Regencia reaccionó violentamente ante las noticias de América, sin intentar lo que tantas veces había hecho antes la Junta Central, o ella misma en la España peninsular: negociar con las juntas provinciales. En julio de 1811 esta vía se cerró definitivamente con el rechazo por las Cortes de la mediación inglesa (...) Si muchas veces se ha puesto de relieve la importancia del no reconocimiento del Consejo de Regencia por las juntas americanas, se hace menos hincapié en el fenómeno inverso: el rechazo por él de la legitimidad de las juntas americanas. Desde el principio la Regencia las consideró como provincias desleales, rebeladas contra su soberano” (GUERRA, 39-40). En Cádiz, los delegados americanos de las regiones que habían aceptado tanto la autoridad del Consejo de Regencia como a las Cortes, propusieron los cambios que estimaban apropiados para evitar la ruptura de América con la metrópoli, pero no fueron escuchados: “En el seno mismo de las Cortes fue presentado en agosto de 1811, por la ‘diputación americana a las Cortes de España’, un notable documento interpretativo de la situación americana después de los primeros episodios revolucionarios. No sin dramatismo, la diputación americana explicaba las causas remotas y cercanas de los pronunciamientos ocurridos en muchas ciudades. El mal gobierno, los abusos, los privilegios, la ineficacia o la indiferencia del régimen colonial para estimular la prosperidad de las colonias, sobre todo, la injusta situación de los criollos, eran males capaces de justificar la rebeldía. Pero la diputación americana todavía tenía esperanzas y confiaba en que España tomara el camino de las reformas para que los españoles de América siguieran unidos a la península. ‘Únicamente esto –terminaba diciendo– extinguirá el deseo de independencia, que es violento en ellos, y lucha en sus pechos con su amor y adhesión a la península’” (ROMERO, 1986:69-70).

[5] Los hechos revolucionarios, si bien se desatan por los acontecimientos repentinos e imprevisibles de 1808, toman el cariz que adquirieron debido a las políticas borbónicas, que el Consejo de Regencia de Cádiz encarnó de manera extrema: “Las Indias habían sido definidas desde la época de la conquista como unos reinos más de la Corona de Castilla (...) Desde mediados del siglo XVIII las elites ilustradas peninsulares tendían a considerar a los reinos de Indias no como reinos y provincias de ultramar, sino como colonias, es decir, como territorios que no existen más que para el beneficio económico de su metrópoli e, implícitamente, carentes de derechos políticos propios” (ROMERO, 1986:24).

[6] La constitución de Cádiz influyó en posteriores constituciones americanas y europeas. En Cádiz confluyeron las ideas políticas de la Europa de ese tiempo: “el modelo constitucional inglés fue defendido por los Diputados realistas, mientras que el francés de 1791 fue reivindicado con éxito por los Diputados liberales de la metrópoli, plasmándose en buena medida en el texto constitucional de 1812” (VARELA SUANZES, 243). Algunos diputados americanos sugirieron adoptar el modelo norteamericano, pero la moción fue rechazada.

[7] Sobre este tema, es muy interesante consultar la original mirada de BOSCH (1966). Para el autor, la independencia obtenida por Bolívar se debe a su intención de evitar la revolución social en su tierra caraqueña. Bolívar era consciente de que la revolución social resultaría incontrolable. Fracasado el intento de desbaratarla con el decreto de 'guerra a muerte' de Trujillo, Bolívar decidirá encolumnar a todos los sectores detrás de una lucha libertadora que los llevaría por toda América. Bolívar marchó a libertar Bogotá, Quito y Perú para alejar de Venezuela a los llaneros, llevándolos a pelear en otros escenarios.

[8] Lynch sostiene que “el modelo de revolución que ofrecía Francia contó con menos adeptos. En 1799 Miranda dijo al respecto: ‘Dos grandes ejemplos tenemos delante de los ojos: la Revolución Americana y la Francesa. Imitemos discretamente la primera; evitemos con sumo cuidado los fatales efectos de la segunda'” (LYNCH, 37). “Los revolucionarios hispanoamericanos querían mantenerse a distancia de la revolución haitiana. Miranda en particular estaba preocupado por el efecto que podría tener sobre su reputación Inglaterra: ‘Le confieso que tanto como deseo la libertad y la independencia del Nuevo Mundo, otro tanto temo la anarquía y el sistema revolucionario. No quiera Dios que estos hermanos países tengan la suerte de Saint Dominique, teatro de sangre y crímenes, so pretexto de establecer la libertad; antes valiera que se quedaran un siglo más abajo la opresión bárbara e imbécil de España’ (...) De hecho, Miranda, como otros criollos, era conservador en cuestiones sociales y no tenía intención de incitar a una guerra racial (...) Los hispanoamericanos pronto tendrían que enfrentarse a la crisis de la metrópoli y a la quiebra del control imperial. Entonces tendrían que llenar el vacío político y agarrarse a la independencia, no para crear otro Haití sino para evitar que sucediera lo que allí sucedió” (LYNCH, 39). Cuando ocurrió lo de 1808 “los criollos tenían que decidir cuál era el mejor medio para preservar su herencia y mantener su control”; (LYNCH, 40). La elite criolla quería, a toda costa, evitar una auténtica revolución; tal la tesis central de IZARD (1979).

[9] Hay muchos escritos, particularmente en ese año y el siguiente, en los que Bolívar trata de justificar ante los extranjeros la guerra a muerte. Los españoles se habían ocupado de mostrar las crueldades del partido revolucionario, ante lo cual, Bolívar explica las razones de su severo proceder. Los cientos de fusilamientos que ordenó en La Guaira creaban dudas en la opinión internacional. Las posiciones se fueron radicalizando, y lo que comenzó como un movimiento llevado por las circunstancias internacionales, se fue transformando en una guerra civil llena de atrocidades.

[10] Arturo Uslar Pietri, en su novela Las lanzas coloradas (1931), pinta un inquietante fresco de este período, el mundo llanero, la confusión imperante y la guerra social.

[11] Halperin Donghi destaca esta situación: a partir de las ideas europeas “Bolívar debe buscar (...) la justificación para una empresa revolucionaria en que una elite heredera de los conquistadores ultramarinos aspira a continuar siéndolo tras de capitanear la lucha de los herederos de los conquistados contra el lazo que los vincula a la metrópoli conquistadora y colonizadora; la legitimidad de una empresa así definida parece tan problemática como la probabilidad de que alcance éxito duradero (...) Esas tensiones han de permanecer irresueltas y en sus momentos de desesperación el Bolívar más tardío desplegará en pleno el pesimismo...” (HALPERIN DONGHI, 1997:6). Bolívar se encuentra en una posición compleja, ya que debe liderar una lucha anticolonial, pero conservando la continuidad de poder y de muchas estructuras. Esta ambigüedad será fundamental en el naufragio de su proyecto.

[12] El destinatario es sir Richard Wellesley, hijo del lord y marqués de Wellesley, y hermano sir Arthur Wellesley, duque de Wellington, quien derrotaría a Napoleón en Waterloo. Durante su permanencia en Londres, durante 1810, Bolívar frecuentó la influyente familia. Escribió varias cartas a sir Richard, en las que informa la marcha de los acontecimientos y solicita gestiones ante el gobierno británico.

[13] “La misión fracasó, pero a Bolívar le fue posible contemplar de cerca el sistema parlamentario y las instituciones británicas, cuyas virtudes no dejará de reconocer luego en muchos de sus escritos” (SORIANO, 21).

[14] Miranda “viajó mucho, sirvió bajo diversas banderas, conoció de cerca de muchos hombres públicos, se mezcló en diversas aventuras políticas y se fu haciendo una clara composición de lugar acerca de las opiniones políticas que ofrecía la crisis suscitada en Europa por la Revolución Francesa de 1789. Buen conocedor de Inglaterra y los Estados Unidos, familiarizado con los problemas españoles (...) completó el cuadro de lo que necesitaba saber para orientarse en el complejo y vertiginoso panorama europeo (...) La idea –casi la hipótesis– de que Hispanoamérica pudiera independizarse de su metrópoli surgió en su espíritu indisolublemente unida a su imagen de la situación general del mundo. Visto desde Europa, el imperio colonial español parecía ya un mundo anacrónico y en su concepción de la independencia estaba implícita la de su renovación para que se modernizara y ocupara un lugar provechoso en el mundo mercantil” (ROMERO, 1986:64).

[15] En 1790, Miranda había elevado a Pitt su propuesta para organizar políticamente a las colonias españolas una vez emancipadas. Inspirado en la antigüedad clásica, propuso un senado vitalicio nombrado por un emperador, que gobernaría todo el antiguo reino español de Indias. A su vez, propuso que hubiese dos censores, elegidos por el pueblo cada cinco años, con la misión de vigilar el senado y educar la juventud en las virtudes cívicas. Los cuestores se harían cargo de la hacienda y los ediles de los caminos y obras públicas. En 1798, probablemente teniendo en cuenta la experiencia y las dificultades de los revolucionarios franceses, reformuló sus ideas y bosquejó un gobierno provisorio y una constitución definitiva. Finalmente, con fecha del 2 de mayo de 1801, elevó su nuevo proyecto a las autoridades británicas. Proponía una dieta imperial para toda América española, que sería el cuerpo legislativo del continente. A su vez, establecía asambleas provinciales y cuerpos municipales, que nombrarían las autoridades regionales a distinto nivel, creando una estructura de tipo federal. El ejecutivo estaría en poder de dos ciudadanos elegidos por la dieta cada cinco años: el título que llevarían sería el de 'incas'. Uno permanecería en la capital, junto a la dieta, administrando los asuntos de gobierno. El otro inca sería una autoridad itinerante: estaría viajando de manera permanente por las provincias. Los incas nombrarían a los funcionarios: cuestores, censores y ediles. El poder judicial se conformaría por comicios en cada provincia. Los jueces serían vitalicios y habría una corte suprema nacional. La religión sería la católica, aunque se establecería la tolerancia religiosa. El clero estaría regulado por concilios provinciales. La capital de la federación estaría en el istmo de Panamá, dada su estratégica ubicación. El nombre de la nación sería 'Colombia', en homenaje al descubridor. El texto del proyecto y su análisis puede consultarse en ROMERO, 1977: 13-23. Los proyectos políticos de Bolívar fueron poderosamente influidos por esta constitución mirandina y no se entienden sin este precedente, que muchos autores omiten o desconocen.

[16] “Venezuela también había padecido su invasión en 1806, pero el invasor no fue una potencia extranjera sino el conspirador venezolano y agitador revolucionario Francisco de Miranda. Esta vez, tanto los mantuanos como la población se unieron en torno de las autoridades españolas contra Miranda, cuyo llamamiento a la independencia parecía demasiado radical. El miedo a la insurrección al estilo haitiano de los esclavos y de los pardos libres, que conjuntamente sumaban más de la mitad de la población de Venezuela, explica la cautela de la clase alta criolla” (BUSHNELL, 78).

[17] “No es fácil establecer cuál era el grado de decisión que poseían los diversos sectores de las colonias hispanoamericanas para adoptar una política independentista. Desde el estallido de la Revolución Francesa aparecieron signos de que se empezó a pensar en ella, y cuando Miranda inició sus arduas gestiones ante el gobierno inglés se aseguraba que vastos grupos criollos estaban dispuestos a la acción. Pero era un sentimiento tenue, que sin duda arraigaba en los grupos criollos de las burguesías urbanas sin que pueda saberse, en cambio, el grado de resonancia que tenía en otros sectores. El sentimiento prohispánico estaba unido al sentimiento católico, y los avances que había logrado la influencia inglesa, promovidos por grupos mercantiles interesados en un franco ingreso en el mercado mundial, estaban contenidos por la oposición de los grupos tradicionalistas que veían en los ingleses no sólo a los enemigos seculares de España sino también a los herejes reformistas” (ROMERO, 1986:56).

[18] “Al principio, aun cuando la invasión francesa de España hubiera constituido una oportunidad para los criollos revolucionarios, la situación internacional no permitía esperar que las potencias extranjeras intervinieran en su ayuda” (BUSHNELL, 85). La política inglesa se movía muy bien en la ambigüedad: “Ante la situación, los ingleses no podían actuar contra su aliada, por ello, la solución perfecta desde el punto de vista británico era la independencia de facto de Hispanoamérica dentro de un marco poco claro de lealtad a la monarquía española” (BUSHNELL, 86).

[19] “Nada quedaba ya de aquella sutil estrategia que aconsejara en un primer momento utilizar ‘la máscara de Fernando VII’. Ahora predominaba el inequívoco designio independentista que debía ser alcanzado a cualquier precio. Si antes el rey cautivo pudo ser el símbolo de la opresión de todo el mundo hispánico por una potencia extranjera, ahora el rey restaurado era el símbolo de amenazadoras represalias, y no sólo por parte de España sino también de toda la Europa autocrática, de la que sólo se mantenía separada Inglaterra, fiel a su tradición liberal. Por eso fue la esperanza para muchos” (ROMERO, 1986:80-81).

[20] El comercio fue un elemento determinante en la intención de los revolucionarios: “el movimiento emancipador tuvo sus principales apoyos, en los primeros momentos, en las burguesías urbanas, y en relación con ellas exhibió también una clara actitud económica. Inequívocamente mercantilistas, inspirado en los principios de la Ilustración española o por las ideas de Adam Smith, proclamó el principio de libertad de comercio” (ROMERO, 1986:72-73).

[21] El pánico y el desconcierto se apoderaron de todos los revolucionarios americanos. En el Río de la Plata, que durante esos tiempos fue el único bastión revolucionario en pie en Sudamérica, la situación promovió los intentos desesperados del Director Supremo Alvear por encontrar apoyo británico, a través del envío de la tan cuestionada misión de Manuel J. García a Río de Janeiro.

[22] Entre 1816 y 1819, “el desarrollo de la liberación de Venezuela cambia de rumbo por tres factores de importancia esencial: en primer término tienen lugar cambios en la constitución del ejército patriota (...) Si Boves y Monteverde habían vencido, era por tener de su lado a los estratos bajos de la población –los grupos de gente de color– que desconfiaban de los patriotas, en su mayoría blancos criollos. De aquí el interés por declarar la liberación de los esclavos y fomentar la adhesión de los pardos (...) Coincidían ahora las crecientes necesidades de gente que exigía la nueva etapa de la guerra con los postulados igualitarios de 1811 (cuya realización inmediata quizás no se deseó entonces). En segundo lugar, la dirección del movimiento se unifica en manos de Bolívar, cuya capacidad y fuerte personalidad allana las intrigas y los celos de los demás jefes patriotas (Mariño, Urdaneta, Páez, Santander) (...) En tercer lugar, cambian los objetivos estratégicos de los partidarios de la independencia. Ya no se trata de poseer Caracas, meta principal de las campañas anteriores a 1817, sino de dominar los Llanos y el Orinoco” (SORIANO, 26).

[23] “El golpe recibido por la esclavitud debe considerarse como la reforma social más importante de los años de la independencia” (BUSHNELL, 123). En otros aspectos, la revolución no alentó mayores transformaciones: “no produjo una redistribución del poder económico, y lo mismo se puede decir de otras innovaciones sociales y económicas (...) En Hispanoamérica, los principales medios de producción continuaron en manos de la clase alta criolla, que como consecuencia de la independencia ahora también detentaba el poder político. Ello significó que a partir de entonces las decisiones políticas se harían según los intereses nacionales y no según los metropolitanos, o mejor dicho, según los intereses nacionales tal como los interpretaba la minoría dominante. Pero esto no evitó la continuación –aunque sí hubo algunos cambios– de la dependencia económica exterior porque los intereses de esta minoría dominante iban frecuentemente ligados a la producción y exportación de productos básicos. Por el contrario, significó la desaparición de las limitaciones legales, inherentes al sistema imperial español, que impedían una incorporación plena en el mercado mundial. Fuera de algunos casos excepcionales, la incorporación de otros grupos sociales en las decisiones nacionales tendría que esperar aún bastante tiempo” (BUSHNELL, 123).

[24] “Quizá en los hechos las nuevas sociedades políticas conservaron sus viejos prejuicios y sin duda la ‘gente decente’ seguía despreciando al indio, al esclavo o, simplemente, al indigente. Pero el espíritu con que se concibieron las nuevas sociedades por parte de los que se sentía responsables de su nuevo ordenamiento jurídico y social fue esencialmente republicano y, explícita o implícitamente, igualitario y democrático. No se puso en práctica, ciertamente, la letra de las declaraciones que así lo establecían. Pero el principio quedó establecido, y debió apoyarse en un consenso creciente...” (ROMERO, 1986:71).

[25] Puede consultarse GARCIA DEFFENDINI (1970).

[26] “Aparece aquí un Bolívar más maduro, consciente de la necesidad de echar las bases de la existencia política del país sobre supuestos diferentes a los de 1811, en el cual es posible encontrar claramente los resultados de su formación clásica y de las lecturas de Montesquieu, Rousseau y Bentham, sin adherirse, sin embargo, ciegamente a las ideas expuestas por estos pensadores” (SORIANO, 27).

[27] “En Angloamérica, el público burgués y protestante, imbuido de la Leyenda Negra, era algo escéptico acerca del desarrollo de la América española, y esperaba bien poca cosa de ella. Así, por ejemplo, John Adams dijo que la idea de que se pudieran establecer gobiernos libres en América del Sur era tan absurda como intentar ‘establecer democracias entre los pájaros, las fieras y los peces’” (BUSHNELL, 85). El tema de la incapacidad de las ex colonias españolas para la democracia liberal es recurrente. No sólo lo planteó Bolívar, sino que subsistió a lo largo de todo el siglo XIX, como puede verse en numerosos autores, y es todavía hoy fuente de debates.

[28] La nueva identidad que se debía forjar para la creación de una América independiente suponía una crítica al legado hispánico: “A partir de esa época, la idea de Europa se diferenció marcadamente, sobre todo, de la idea de España. Para unos y otros, para tradicionalistas y progresistas, España fue la tradición y Europa el cambio (...) La emancipación precipitó las imágenes. España fue el pasado y Europa –que representaba la libertad de conciencia, el pensamiento racional, la ciencia moderna, el desarrollo técnico, la libertad de comercio– fue el presente y el futuro. La imagen de una Europa sin España –esto es, sin el tradicionalismo conservador– arraigó fuertemente en los grupos predominantes. Con ella el juicio sobre lo europeo adquirió un tono generalizadamente positivo, en tanto que el juicio sobre los español adquirió un tono negativo. Bien entendido, Europa era prácticamente Francia e Inglaterra. Las minorías cultas comenzaron a nutrirse en las fuentes de la primera, en tanto que para el desarrollo económico buscaron y aceptaron a la segunda” (ROMERO, 1986:26-27). La revalorización de lo hispánico en América llegaría recién en el siglo XX.

[29] El régimen que propuso en Angostura, “era un sistema profundamente conservador que resumía los rasgos duraderos del pensamiento político de Bolívar” (BUSHNELL, 110). La experiencia de las ‘patrias bobas’ engendró un modelo más pragmático en muchos dirigentes americanos. Romero señala tres textos fundamentales que rinden cuenta de esos cambios: el ‘manifiesto de Cartagena’, la ‘carta de Jamaica’, y el ‘Ensayo’ que escribió Camilo Henríquez, un revolucionario chileno que en 1815 estaba exiliado en Buenos Aires a causa de la recuperación realista de su país. En ese escrito, Henríquez “revisaba sus convicciones radicales y aconsejaba dejar de lado los principios democráticos. ‘Por ahora’, decía, ‘no hagáis más que elegir a un hombre de moralidad y genio revestido con la plenitud del poder’. Agudo observador, también él se deslizaba hacia el realismo político” (ROMERO, 1986:79).

[30] “Para Bolívar y para otros individuos de las mismas inclinaciones, los modelos constitucionales más atrayentes eran la monarquía constitucional británica y las constituciones consulares napoleónicas de 1799 y 1802 (que en parte procedían del modelo inglés). Generalmente, las soluciones constitucionales que sustentaban establecían una permanencia muy larga de los presidentes (...) así como de los diferentes cuerpos legislativos (...) Un ejemplo temprano de un plan constitucional que seguía este modelo fue el propuesto por Bolívar en 1819 en el Congreso de Angostura, que establecía un senado hereditario inspirado en la Cámara de los Lores inglesa y un ejecutivo fuerte” (SAFFORD, 57).

[31] Miranda tuvo una gran preferencia por el modelo inglés y una actitud muy crítica hacia las ideas puestas en práctica por los revolucionarios franceses: “Una cosa quedaba clara a sus ojos: la urgente necesidad de impedir que penetraran en Latinoamérica las ideas francesas, y no sólo las que había puesto en práctica la Convención, sino aún los principio teóricos desenvueltos en las obras fundamentales de los filósofos (...) temía más la anarquía y la confusión que la dependencia misma” (ROMERO, 1986:64-65).

[32] “El libertador encuentra en Voltaire, en Rousseau, en los enciclopedistas todos, argumentos favorables a sus tendencias, porque la literatura política del siglo XVIII conduce al régimen del despotismo esclarecido” (PARRA PEREZ, IX).

[33] Ese cuarto poder, es una “clara manifestación de su preocupación por los defectos del medio (a los que trata de neutralizar a través de la institución de dicho poder), de su formación clásica (se percibe el eco de los éforos y los censores) y de la posible influencia derivada de la exaltación de la 'virtud', característica de los revolucionarios franceses” (SORIANO, 27).

[34] “Se manifestó, ciertamente, un viraje hacia posiciones más conservadoras, como si se hubiera desatado un acentuado temor por las formas tumultuosas que podía tomar el pleno ejercicio de la soberanía popular desprovista de ciertos frenos institucionales. La constitución de una aristocracia republicana pareció alguna vez un requisito necesario para asegurar la estabilidad de los nuevos regímenes, constituida acaso por los antiguos grupos predominantes con inequívoca vocación oligárquica (...) como los mantuanos de Caracas; pero de hecho, esa nueva aristocracia se fue estableciendo poco a poco y espontáneamente como una nueva elite política y militar que las circunstancias iban creando” (ROMERO, 1986:83-84).

[35] Bolívar venía bregando desde el manifiesto de Cartagena de 1812 por un poder centralizado en un ejecutivo fuerte. Pero en 1819, las circunstancias generales parecían ser más afines a sus ideas: “A partir de 1815 hubo una tendencia general a crear gobiernos con ejecutivos fuertes y que ejercían un control centralizado sobre la administración provincial. Este fenómeno estuvo en parte fomentado por la movilización que hubo que hacer para defenderse de las fuerzas realistas españolas en el campo de batalla. Por otro lado, muchos líderes criollos también creyeron que se necesitaba un gobierno más fuerte, más centralizado, para ganarse la confianza de las potencias europeas, para poder obtener préstamos, así como para lograr el reconocimiento diplomático. Además, se pensaba asimismo que, tras haber conseguido la independencia de España, los gobiernos hispanoamericanos debían ser fuertes por si tenían que defenderse de la intervención de otros países” (SAFFORD, 52). Téngase en cuenta que en el Río de la Plata se concentra el poder en un Director Supremo.

[36] Parra Pérez afirma el republicanismo de Bolívar, pero con un fuerte sentido pragmático que lo hacía libre de la tiranía de los principios que esclavizaban las mentes liberales: “El libertador era sinceramente republicano, es decir, abrigaba la convicción, que jamás modificó, de que, en principio, la república es el régimen de gobierno más conforme con la dignidad humana y el fin de la sociedad (...) Pero Bolívar fue, al mismo tiempo, cuerdo y práctico. Jamás se dejó arrebatar en asuntos de política a mundos ilusorios, se guardó de aferrarse a prevenciones y siempre se movió en el campo de un saludable eclecticismo. En verdad, no tenía necesidad de recordar a cada instante los principios elementales de la ciencia constitucional ni la experiencia histórica para demostrar el absurdo de los teorizantes del absoluto en política” (PARRA PEREZ, 29).

[37] “Críticos posteriores, parafraseando a Simón Bolívar en 1819, han subrayado que los presupuestos ilustrados que guiaron a los primeros líderes criollos (el excesivo optimismo que tenían en la naturaleza humana, la excesiva fe en la capacidad de las leyes y las constituciones para moldear el comportamiento de los hombres, y el no tener en cuenta cuánto influyeron la tradición española y la historia colonial española en el comportamiento político) fueron la causa de su fracaso. Los principios liberal-constitucionales (incluyendo sobre todo la separación de poderes y el control parlamentario sobre el ejecutivo) quedaron eclipsados por la tradición política española (en que la autoridad se concentraba en manos de la corona) y la realidad existente entonces en Hispanoamérica. Según esta interpretación, al adoptar instituciones inspiradas en las ideas de la Ilustración y en modelos extranjeros, los líderes criollos cavaron su propio fracaso político. Estas instituciones extrañas inevitablemente condujeron a un rápido colapso” (SAFFORD, 51). El autor matiza esta interpretación: si hubo ejecutivos débiles y controlados por parlamentos no fue sólo el resultado de copiar modelos foráneos, sino que surgieron como reacción contra el autoritarismo colonial; análogamente, el federalismo no fue sólo una tendencia mimética hacia el régimen norteamericano, sino también el resultado de la resistencia localista hacia poderes centralizadores, algo que ya venía manifestándose en la colonia.

[38] Acerca de Miranda, “lo que trasuntaron los documentos más representativos de su pensamiento, esto es, los planes constitucionales, fue la inequívoca opción de Miranda por el modelo político inglés, acaso modificado en un sentido más autoritario. Algo de utópico había en toda su concepción (...) No eran los suyos, en rigor, planos prácticos, nacidos de la convicción o la seguridad de que le sería dado ponerlos en acción, sino más bien bosquejos provisionales que, por cierto, parecían ignorar la realidad latinoamericana (...) La experiencia demostraría su desconocimiento de la verdadera situación social y política de su propia tierra natal” (ROMERO, 64).

[39] El congreso no adhirió ni al senado vitalicio ni al cuarto poder, al que se calificó de ‘inquisitorial’. El régimen elegido fue centralista y el presidente se renovaría cada cuatro años (ver PARRA PEREZ, 65). La influencia de la constitución de Cádiz fue muy fuerte en Cúcuta, como en todas las constituciones hispanoamericanas del período (ver SAFFORD, 56).

[40] “Bolívar obtuvo otra clase de éxito cuando el congreso constituyente de Gran Colombia (reunido en Cúcuta) (...) reafirmó el acta de unión de Angostura –a pesar de la continuada ausencia de representantes ecuatorianos– y adoptó una constitución rigurosamente centralista para la nueva república. Así pues, se rechazaron las demandas federalistas que Bolívar consideraba responsables de la debilidad de los primeros regímenes patriotas. Por lo demás, la constitución contenía unas muestras convencionales de republicanismo liberal, tales como la separación de poderes, las garantías de los derechos individuales y diversas aportaciones de los modelos angloamericano y europeos. A pesar de la otorgación expresa de ‘facultades extraordinarias’ al poder ejecutivo que debían usarse en caso de emergencia –un recurso casi universal en las constituciones hispanoamericanas tanto de los primeros tiempos como de más tarde–, las amplias atribuciones conferidas al legislativo fueron motivo de preocupación para Bolívar, quien por esta y otras razones consideraba que la constitución de Gran Colombia había ido demasiado lejos en su liberalismo. Es más, el congreso de Cúcuta se encargó de emprender otras reformas básicas, que generalmente eran de orientación liberal” (BUSHNELL, 112).

[41] La conferencia de Guayaquil “hasta nuestros días continúa siendo polémica, principalmente entre los historiadores venezolanos y argentinos. El principal punto de controversia se centra sobre la ayuda militar que San Martín pudo haber pedido a Bolívar para completar la liberación de Perú y la respuesta dada por Bolívar. Según la versión más aceptada, San Martín subrayó la necesidad de actuar conjuntamente para desalojar a los realistas de las plazas fuertes que aún les quedaban, e incluso se ofreció para servir bajo el mando de Bolívar; se dice que Bolívar no quiso colaborar por lo que San Martín optó por alejarse del escenario peruano y dejar la gloria a su adversario norteño. Los venezolanos presentan a San Martín como algo indiferente a la presencia de fuerzas realistas en Perú (lo que parece poco probable), mientras correctamente señalan que Bolívar sí envió refuerzos. Queda bien claro que en Perú no había sitio para ambos libertadores. San Martín, que se dio cuenta de que su propia eficacia estaba en decadencia, decidió retirarse, dimitió de todos sus poderes el 20 de septiembre (de 1822) y se dirigió a lo que acabaría siendo su autoimpuesto exilio en Europa” (BUSHNELL, 113-114). Cuando San Martín se retiró del Perú, un aristócrata que siempre sostuvo ideas independentistas, Riva Agüero, se hizo cargo del ejecutivo por medio de un golpe militar. Pero no logró unir fuerzas para terminar con los españoles, que dominaban la sierra. Se enfrentó con el congreso, que lo desconocía, y eso mantenía dividido al partido revolucionario. Finalmente, el congreso invitó a Bolívar a hacerse cargo del poder para eliminar definitivamente a los realistas con el poder de su ejército.

[42] La situación internacional introduce cambios en la política americana. Los aires restauracionistas de Europa se hacen sentir: “El realismo político fue la consecuencia natural de las duras experiencias sufridas por los revolucionarios en América, pero también de la percepción del cambio que se había operado en la situación internacional. La era del entusiasmo democrático parecía haber concluido (...) La Europa de la Santa Alianza era hostil a la América rebelde contra su soberano y era previsible que apoyara un intento formal y vigoroso de España para recuperar sus colonias. La dirección del movimiento emancipador pasó, pues, de los ideólogos a los soldados metódicos y tenaces dispuestos a afrontar los nuevos riesgos hasta sus últimas consecuencias y con los medios más eficaces” (ROMERO, 79-80). Cuando el peligro se aleje se revertirá la tendencia, y los políticos civiles intentarán desembarazarse de los militares y hacerse cargo de la situación.

[43] Por entonces escribe a Simón Rodríguez, que estaba de regreso en América. Es una carta llena de optimismo en la que le atribuye todo el mérito de su obra de independencia a su maestro, de cuyas ideas se reconoce sólo un instrumento. Mitre señala que la influencia de Rodríguez en Bolívar fue tan grande como nefasta. En cambio, una de las máximas autoridades de la historiografía venezolana de mediados de nuestro siglo afirma, en contra de la opinión general: “Nunca atribuimos a los métodos y consejos personales de Simón Rodríguez la influencia que algunos estiman decisiva en la educación del libertador” (PARRA PEREZ, X).

[44] Carlos de Alvear y Díaz Vélez se entrevistaron con Bolívar en Potosí para pedirle que participe de la inminente guerra que se avecinaba. De paso, se le sugería que terminase con el poder de Gaspar Rodríguez de Francia, amo y señor del Paraguay desde los años de la independencia. Bolívar les respondió que debía decidirlo el congreso de Colombia, para lo cual dio instrucciones a Santander. Pero en Colombia ya no querían seguir interviniendo en asuntos de otras regiones. Por eso, en 1826 Bolívar debió regresar a su patria.

[45] Con la independencia comienza una nueva etapa: “El aspecto más importante de la historia política de Hispanoamérica en este período quizá sea lo difícil que fue establecer nuevos estados una vez conseguida su separación de España. Los estados, en la mayoría de los países hispanoamericanos, n pudieron restablecer la autoridad que la corona española mantuvo hasta 1808. Se crearon sistemas constitucionales formales, la mayoría de los cuales fueron constituidos para transferir el poder a través de elecciones y garantizar las libertades individuales. Pero estas disposiciones constitucionales formales frecuentemente se convirtieron en letra muerta” (SAFFORD, 44). Bolívar fue uno de los que más luchó para el mantenimiento del principio de autoridad contra la tan temida anarquía.

[46] Sobre su proyecto, GUTIERREZ, BAQUERO LAZCANO, SEITZ DE GRAZIANO (1989); TOWSEND EZCURRA (1988); CUEVAS CANCINO (1951). Roig analiza la continuidad de Bolívar en Alberdi, quien retoma la idea bolivariana en su tesis para revalidar su título de abogado en Chile: “Sobre la conveniencia y objetos de un congreso general americano” (1844). En ese estudio, Alberdi sostiene que lo fundamental para la unidad americana es la unidad moral, que viene de la homogeneidad en las manifestaciones histórico-culturales: las ideas, las costumbres, la lengua, la religión, las instituciones. Esta unidad moral es superior a la política y es su basamento. Pero para la unidad política se requiere, además, de un acto de voluntad: la decisión (ver ROIG, 1981:56).

[47] La unidad americana pretendida por Bolívar es la culminación del proyecto utópico de Miranda, quien incluso proyectó un nuevo nombre, como ya se ha visto, para rebautizar a la futura América independiente: “Un ejemplo develador del modo como el legado hispánico es resemantizado en el discurso independentista por efecto de la función anticipadora del futuro y de la centralidad de la idea de 'progreso', es la búsqueda mirandina de un nombre para la futura América independiente. 'Colombia', primera formulación de la utopía de la unidad continental, es un símbolo en el que se cristaliza la función utópica del discurso mirandino; en él se expresa el anhelo por delimitar conceptualmente una realidad geográfica, cultural y política propia (...) El 'topos' americano es resignificado así desde una posibilidad proyectada en el porvenir; 'Colombia' es una idea que orienta la acción futura y dirige la crítica del presente: una América nueva, independiente y, al mismo tiempo, integrada, unida, confederada” (FERNANDEZ, 463). En nota, la autora cita a ARDAO (1978), quien señala la importancia de ese nombre, que tuvo enorme gravitación política y doctrinaria para los sucesivos proyectos de unidad continental. También de Ardao, un análisis de las “ciudades utópicas” de Miranda, Bolívar y Sarmiento (1982). Otro autor coincide al señalar que el proyecto político de la unidad 'colombiana' lanzado por Miranda, constituye la génesis de la nacionalidad hispanoamericana (SOLER, 9 y ss).

[48] “Bolívar, aunque conocía bien las dificultades que existían para la consecución de una unión mayor, esperaba ver establecidos entre las unidades territoriales independientes al menos algunos acuerdos permanentes de consulta y cooperación. Esencialmente pensaba en la creación de una liga hispanoamericana, puesto que enfatizaba la importancia de la homogeneidad histórica y cultural” (BUSHNELL, 117).

[49] “Los resultados de Panamá no entusiasmaron a Bolívar quien, desengañado, escribirá a Páez el 4 de agosto: ’El Congreso de Panamá, institución admirable si tuviera más eficacia, no es otra cosa que aquel loco griego que pretendía dirigir desde una roca los buques que navegaban. Su poder será una sombra, y sus decretos, consejos: nada más’” (SORIANO, 37-38).

[50] “Es verdad que hay que considerar el congreso de Panamá como un precedente de la colaboración interamericana que funcionó más tarde, pero por entonces sólo puso de manifiesto la falta de condiciones para que se formara tal colaboración. Las nuevas naciones no sólo estaban atrapadas por problemas domésticos que parecían casi irresolubles, sino que en realidad era muy poco lo que podían hacer conjuntamente y que no pudieran hacer solas con igual grado de eficacia o ineficacia” (BUSHNELL, 118).

[51] En el “Diario de Bucaramanga”, fruto de sus conversaciones con Perú de Lacroix en 1828, Bolívar sostiene que la idea del Congreso de Panamá fue una 'fanfarronada' que lanzó para hacer fuerza diplomática contra las pretensiones de la Santa Alianza, pero que él, íntimamente, sabía que no podía funcionar. La intención fue que se hablase de América en Europa, presentándola como un cuerpo unido. A esos fines colaboró la obra del Abate De Pradt referida al congreso americano que estaba por constituirse en Panamá. La obra apareció en París en 1825, y exaltaba el nuevo mundo, su unidad y su promisoria libertad; sobre esto, ver ORTEGA, 203-231. Sobre el 'Diario', puede consultarse VELASCO QUIROGA (1952).

[52] Sobre el proyecto de constitución para Bolivia, pueden consultarse BUENO (1990) y RAMOS PEREZ (1983). Parra Pérez sostiene que la idea de Bolívar era hacer un proyecto que sirviese para Bolivia, pero que se aplicase a todas las naciones liberadas por él, incluso al conjunto de todas, que formarían una federación mediante un pacto y bajo un mismo presidente, quedando cada nación al mando de un vicepresidente, con su autonomía y sus cámaras legislativas propias. Bolívar tenía en vista el congreso de Panamá, y el proyecto para Bolivia debe ser leído desde esa perspectiva (ver PARRA PEREZ, 101 y ss).

[53] “En este proyecto de constitución –el más acabado de sus escritos políticos–, Bolívar intenta echar las bases de un país nuevo buscando, como en Angostura, instituciones estables y duraderas” (...) “En líneas generales la constitución de Bolivia se encuentra, pues, dentro de la corriente del tiempo en materia constitucional. Parece indudable la influencio formal (...) que tuvieron en su redacción las constituciones francesas de 1791, 1793, 1795 y 1799. Las libertades y garantías que establece se nutren de la 'Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano” y del Bill of Rights norteamericano” (SORIANO, 32y34). Una visión distinta es la Bushnell, para quien “el texto que Bolívar escribió a petición de la asamblea representó otro de sus intentos de combinar la apariencia y algunos de los principios del republicanismo liberal con las salvaguardas contra el desorden en expansión que según él amenazaban los logros de los libertadores hispanoamericanos” (BUSHNELL, 115).

[54] “Mientras que Bolívar en el plan de Angostura seguía el modelo británico, en la constitución boliviana de 1826 estuvo más influenciado por las constituciones napoleónicas” (SAFFORD, 57). El autor denomina a este modelo, encabezado por un presidente que es una suerte de 'cónsul', como modelo 'napoleónico-bolivariano', y es el que ejercen varios generales en algunas de las nuevas naciones surgidas de la independencia.

[55] “Bolívar llegó a la conclusión de que era necesario enderezar la balanza a favor de la estabilidad y la autoridad; y la constitución boliviana fue la solución que dio. La característica más importante de la constitución fue la existencia de un presidente vitalicio que tenía el derecho de nombrar a su sucesor; venía a ser como un monarca constitucional (...) El tono general de la constitución era una mezcla apenas convincente de cesarismo y aristocraticismo. Puede ser que Bolívar tuviera razón al creer que la influencia del constitucionalismo liberal de origen francés o anglosajón hizo que los forjadores de las primeras instituciones de América Latina independiente se equivocaran a menudo, pero él nunca ofreció una alternativa satisfactoria” (BUSHNELL, 116). Safford señala la influencia de las ideas de Benjamin Constant, que circulaban ampliamente después de la revolución liberal de 1820 en España. “De estas teorías, los liberales concedían mayor relieve que Bolívar a las libertades individuales” (juicios por jurado, libertad de prensa, propiedad inviolable, restricciones a los militares) “En cambio, Bolívar concedió mayor peso a los elementos estabilizadores señalados por Constant, sobre todo respecto a la división de poderes. Constant consideraba la monarquía constitucional como el punto de equilibrio que moderaba los conflictos entre los poderes ejecutivo, legislativo y judicial. Bolívar adoptó este principio tanto al dar gran relieve al presidente (monarca constitucional) y a la actuación de los ministros como al poner en manos de los censores el poder moderador” (SAFFORD, 58).

[56] Soriano afirma que algunos interpretaron esto como un recurso por el cual Bolívar quería legitimar su poder; otros, como una expresión de su convicción de que no había otra forma de gobernar estos países, lo que se vería demostrado con los prolongados gobiernos de caudillos posteriores a su muerte; otros, lo atribuyeron a la influencia de la experiencia revolucionaria francesa a través del ejemplo de Haití (ver SORIANO, 33).

[57] “Lo cierto es que, si bien Bolívar pudo haber concebido la creación de una 'monocracia' por su aspiración a la estabilidad y al continuidad (...), no era partidario de una monarquía (..) ni del ejercicio del poder en América por un príncipe de origen europeo. Antes bien, todos sus escritos manifiestan su preferencia por el sistema republicano, aunque sin dejar de reconocer –como hemos visto– las razones que llevaban a la estabilidad y continuidad a los sistemas monárquicos” (SORIANO, 33).

[58] El problema era cuál podía ser la casa reinante, de dónde obtendría su legitimidad. Además, la lucha revolucionaria extremó los argumentos en la lucha contra el despotismo y los principios liberales, de manera que los fundamentos del régimen monárquico quedaron destruidos. El presidente vitalicio y un vice como sucesor era una posibilidad republicana de legitimar una monarquía y gozar de sus beneficios: “muchos de los que sostuvieron las ventajas de la monarquía veían en ella la máxima expresión de lo que verdaderamente deseaban: un poder ejecutivo fuerte defendido por algún tipo de legitimidad que limitara los vaivenes políticos (...) La legitimidad era lo que buscaban Miranda primero, Belgrano y San Martín después, cuando pensaban en un inca para que invistiera la dignidad real, porque ella, y no las atribuciones conferidas por una constitución, era lo que realmente podía contener el delirio político. No pudiendo resolverse el problema de la legitimidad, no quedaba otra opción a quienes querían poner freno al desorden y la anarquía que el segundo recurso. La idea de un presidente vitalicio apareció como otra posibilidad; pero fue pensada sobre todo por aquellos que veían en la fuerza carismática de Bolívar un elemento extrajurídico que podía reforzar a la institución” (ROMERO, 1986:85-86).

[59] Bolívar se dispuso a ejecutar la última parte de su proyecto, que consistía en anudar la unidad continental: “viejo ideal que circulaba como tal desde la época de Miranda. Pero la unificación de tres países en Colombia, la retirada de San Martín después de la entrevista de Guayaquil, la debilidad de los países del área del Plata sumidos en al guerra civil y el éxito de los países bolivarianos en Bolivia y Perú, parecieron asignar posibilidades reales a aquel ideal de la unidad americana. Empero, el sentimiento nacional y los intereses locales se mostraron suficientemente activos” (ROMERO, 1986:86-87). Bolívar se mantuvo fiel a su ideal de unidad americana, “y poco después que terminaran las luchas por la Independencia convocó el Congreso Anfictiónico de Panamá. El tiempo había pasado, y la línea predominante de las nacionalidades condenó al fracaso una aspiración tan sublime como utópica” (ROMERO, 1986:87).

[60] “En Bolivia se aceptó la nueva constitución, pero sin mucho entusiasmo. Sucre responsablemente aceptó ser el primer presidente, aunque puntualizó que no tenías la intención de serlo toda su vida. Antes que terminara el año, la constitución también se adoptó en Perú, aún con menos entusiasmo, y con algunas dudas acerca de la legalidad del procedimiento empleado. Así se daban los primeros pasos hacia el sueño del Libertador de reunir a Bolivia, Perú y Gran Colombia en una Confederación de los Andes, en la que tanto la confederación como cada país adoptarían de alguna manera la panacea constitucional por él elaborada” (BUSHNELL, 116). Para el autor, la oposición a esa constitución se debió a su escaso espíritu liberal, opinión que compartimos, ya que la clase política la criticó duramente por ser una legitimación de la tiranía. En cambio, Soriano sostiene que fracasó por ser muy avanzada para su momento: “En este sentido el destino de sus proyectos fue el común al de muchos de los proyectos de los liberales de su tiempo en Europa y en América, quienes –en su ansia de saltar etapas las etapas históricas en una época en la cual el condicionamiento de la ordenación institucional por el sustrato social apenas se había puesto en claro– no tuvieron en cuenta que  ningún mecanismo constitucional, por excelentes que sean sus formulaciones normativas, puede ser eficaz si no está en coherencia con la realidad socio-cultural a la que se ha de aplicar” (SORIANO, 35). La autora reconoce que Bolívar tenía conciencia de esta dificultad, pero afirma que la falla de Bolívar estuvo en tratar de echar los cimientos y edificar al mismo tiempo.

[61] En Colombia, las principales razones del descontento provenían de quienes se sintieron perjudicados por el congreso y sus leyes liberales: los frailes (por las medidas sobre el número de religiosos que debían tener los conventos para no ser cerrados, y sobre la propiedad de sus tierras), los propietarios de esclavos (aunque no fue abolida totalmente, a la prohibición de la trata, se sumaron la libertad de quienes pelearon en el ejército y la declaración de libertad de vientres) y los manufactureros textiles de la sierra ecuatoriana (que pedían medidas proteccionistas frente al auge del libre comercio). Además, hubo resistencia general al pago de impuestos y resistencia en Caracas y Quito a someterse a Bogotá.

[62] “Los años siguientes son trágicos para Bolívar. Ya en 1827 se manifestaba claramente su decepción: ‘Diráse que yo he libertado al Nuevo Mundo –escribe a Sucre–, pero no se dirá que yo haya perfeccionado la estabilidad y la dicha de ninguna de las naciones que lo componen. Usted, mi querido amigo, es más feliz que yo’” (SORIANO, 38).

[63] “En Perú la influencia militar, proveniente no sólo del norte de Sudamérica sino del Río de la Plata y Chile, generó una mezcla de gratitud y fobia antiextranjera que creó problemas primero a San Martín y después a Bolívar, actitud que más o menos se repitió en todos lados; demasiado a menudo los libertadores de un día pasaban a ser considerados conquistadores al siguiente” (BUSHNELL, 117). Romero señala que San Martín puso especial cuidado para que su acción en Chile y Perú fuera comprendida como un auxilio a pueblos hermanos sometidos por los realistas y no como una aventura conquistadora, que ofendiera los incipientes nacionalismos: “Otra política, en otra situación, puso en práctica Bolívar. La vieja idea de la nación americana lo obsesionaba, y al servicio de ella, con la misma tenacidad y los mismos escrúpulos, desarrollaba su acción militar y política tratando de mantener, a un tiempo mismo, la autonomía de las nacionalidades estrictas y la unidad operativa de todas ellas para consolidar la Independencia” (ROMERO, 1986:82). Pero mantener ambos extremos sin conflicto no podía prosperar largo tiempo. Bolívar moriría acusado de traidor en Venezuela, de venezolano en Bogotá y de colombiano en Perú. La tensión entre nacionalidades y unidad americana se resolvió por las primeras.

[64] Visto desde el otro lado, los militares despertaban recelo, porque el ejército fue el canal más fluido para el ascenso y progreso económico y social de nuevos sectores: “A muchos de los criollos de la clase más baja  y a los mestizos  (incluso a los pardos) les resultó aun más fácil ascender en el rango militar sobre las bases de una demostrada habilidad (BUSHNELL, 122). Hubo “mayor facilidad en el ascenso social de ciertos individuos más que un cambio en la estructura social”. Las tierras, sin embargo, siguieron siendo latifundios, aunque algunas cambiaron de manos: “Como regla general, nuevos latifundistas sustituyeron a los antiguos, y sólo los viejos latifundistas que fueron a la vez buenos patriotas consiguieron aumentar sus propiedades. La concentración de la propiedad (...) no fue modificada de manera significativa” (BUSHNELL, 123).

[65] El modelo constitucional de Cádiz que siguió la constitución de Cúcuta en 1821 no era igualmente aceptado por todos: “algunos individuos importantes de la elite política –sobre todo militares– creían que ese modelo no era lo suficientemente fuerte para asegurar un gobierno estable en Hispanoamérica. Los hombres que pensaban así, entre los cuales Simón Bolívar era el más destacado, compartían muchas de las ideas de los que defendían el modelo gaditano”. Pero discrepaban con los civiles acerca de su implementación en América. Los civiles confiaban que una elite política podía gobernar alternándose ordenadamente en el poder, en cambio “Bolívar y otros jefes militares ni tan sólo confiaban en la elite para mantener la vida política en orden y de modo ilustrado. Por consiguiente, trataban de establecer una república más paternalista, en realidad una monarquía constitucional con apariencia de república” (SAFFORD, 56-57). Gran parte de los enfrentamientos entre civiles y militares o liberales y despóticos, tiene su raíz en estas posturas.

[66] “Bolívar presentó un mensaje ante ella donde planteaba la gravedad de los hechos, y donde a pesar de que conservaba la vigorosa elocuencia de otros tiempos no lograba encubrir la trágica desilusión que lo agobiaba” (SORIANO, 39).

[67] En todas las nuevas naciones, antes o después, se pasó de la etapa revolucionaria a la del ordenamiento político: “Lo que sí quedó claro (...) fue la necesidad perentoria de cerrar el ciclo de los movimientos anárquicos. Lo declaró solemnemente el decreto del 1° de agosto de 1816, dictado por el Congreso de las Provincias Unidas con palabras enfáticas: ‘fin a la revolución, principio al orden’” (ROMERO, 1986:84). Los deseos implícitos en ese decreto son los generadores del período conservador.

[68] “Cuando Bolívar intentó imponer sus ideas en la República de Colombia entre 1826 y 1830, se encontró con tal oposición entre la elite de civiles que pensó en la necesidad de establecer un poder dictatorial; la dictadura dio lugar a que los miembros más jóvenes de la elite civil de Bogotá atentaran contra su vida (...) y Bolívar tuvo que admitir su fracaso (...) El modelo bolivariano fracasó en todos lados en parte porque para muchos componentes de la elite civil se parecía demasiado a la monarquía (SAFFORD, 58).

[69] “Es bien conocido el hecho de que los militares estaban creciendo en número e importancia con relación al clero y a casi todo el mundo. Mientras duró la guerra de independencia las razones de ello son bien evidentes; por otro lado, el hecho de que los militares continuaran jugando un papel muy importante después de la independencia tiene mucho que ver con la debilidad de las instituciones de gobierno civil de las nuevas naciones” (BUSHNELL, 122).

 

© José Luis Gómez-Martínez
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