Repertorio de Ensayistas y Filósofos

Simón Bolívar

 

"Simón Bolívar:
de la utopía a la decepción"


Juan José Canavessi

 

III.

DE LA UTOPÍA A LA DESILUSIÓN

a. Mensaje al congreso constituyente y renuncia indeclinable

La constatación de Bolívar después de veinte años es que la tarea de constituir políticamente el pueblo, en medio de las circunstancias que atravesaba, era una tarea muy difícil:

Ardua y grande es la obra de constituir un pueblo que sale de la opresión por medio de la anarquía y la guerra civil, sin estar preparado previamente para recibir la saludable reforma que aspiraba (197).

Tal vez no sea demasiado autocrítico y falte una revisión de sus ideas. Se mantiene firme en su pensamiento, y la dura experiencia no lo lleva a cuestionar su gestión o la forma de organización que pensó más apta. Su desconfianza permanente en la opinión popular no le impide mantenerse en la postura de intérprete de los auténticos anhelos del pueblo. La reforma a la cual que el pueblo aspiraba: ¿era la que intentó él? La respuesta a este interrogante no se apoya en la crítica sobre la eficacia de las propias ideas. Retoma el argumento de siempre. El pueblo no estaba preparado para lo que deseaba. Allí radicó la contradicción y el fracaso.

Hay que volver a la experiencia vivida y enriquecerla con la que la historia ha acumulado para obtener luz, la cual viene de la razón y la ilustración de unos pocos, aunque esta vez habrá un mecanismo que limite la libertad del congreso y evite leyes inservibles:

Pero las lecciones de la historia, los ejemplos del viejo y nuevo mundo, la experiencia de veinte años de revolución, han de serviros como otros tantos fanales colocados en medio de las tinieblas de lo futuro, y yo me lisonjeo de que vuestra sabiduría se elevará hasta el punto de poder dominar con fortaleza las pasiones de algunos y la ignorancia de la multitud consultando, cuanto es debido, a la razón ilustrada de los hombres sensatos, cuyos votos respetables son precioso auxilio para resolver las cuestiones de alta política (197).

La reforma, fallida en Ocaña, se ha hecho más urgente aún:

Las leyes, que habían sido violadas con el estrépito de las armas y con las disensiones de los pueblos, carecían de fuerza. Ya el cuerpo legislativo había decretado, conociendo la necesidad, que se reuniese la asamblea, que podía reformar la constitución, y ya, en fin, la convención había declarado unánimemente que la reforma era urgentísima (198).

Hay que constituir la nación, ya que las bases de 1821 en Cúcuta no han sido útiles. Bolívar utiliza un lenguaje muy duro para describir la situación, y sólo alienta la esperanza de que lo sucedido sea una experiencia aleccionadora:

En la opinión, y de hecho, la constitución del año 11° (1821) dejó de existir. Horrible es la situación de la patria, y más horrible la mía (...)  Sírvanos de ejemplo este cuadro de horror que por desgracia mía he debido mostraros; sírvanos para el porvenir como aquellos formidables golpes que la providencia suele darnos en el curso de la vida para nuestra corrección. Corresponde al congreso coger dulces frutos de este árbol de amargura (198-199).

Ya había manifestado anteriormente que había que volver al pueblo, para que se salve el país. Prefería la ingenua voluntad popular antes que la aérea especulación de algunos:

Todos pueden, y están obligados, a someter sus opiniones, sus temores y deseos a los que hemos constituido para curar la sociedad enferma de turbación y flaqueza (199).

Como punto de partida, se incorpora una original consulta –tal vez extraída de la experiencia revolucionaria francesa y ya experimentada cuando los delegados americanos marcharon hacia Sevilla en 1809 y posteriormente a Cádiz–, en la cual los pueblos manifiestan sus necesidades y anhelos, los que deben ser tenidos en cuenta por los congresistas a la hora de legislar. Con este mecanismo Bolívar espera interesar al grueso de la población en la cosa pública, pero disciplinando institucionalmente el camino de sus reclamos: deben manifestarse por sus representantes. Su afán de orden queda de manifiesto. Los deseos de los pueblos son como una materia más o menos informe que las luces de la razón deberán iluminar. Así, por otro lado, intenta dar un cauce más concreto y pragmático a las sesiones de la constituyente. La luz debe orientarse a una realidad, la que se expresa en los petitorios:

Con este objeto dispuse lo conveniente para que pudiesen todos los pueblos manifestar sus opiniones con plena libertad y seguridad, sin otros límites que los que debían prescribir el orden y la moderación. Así se ha verificado, y vosotros encontraréis en las peticiones que se someterán a vuestra consideración la expresión ingenua de los deseos populares. Todas las provincias aguardan vuestras resoluciones (199-200).

En el discurso, Bolívar expresa su indeclinable renuncia a la presidencia. Ya lo había hecho en varias ocasiones, y nunca se la habían aceptado. Para muchos miembros del congreso, se trataba de una postura retórica a fin de evitar la acusación de tiranía. Esta vez tampoco le fue aceptada, pero Bolívar se retiró efectivamente y no volvió a ejercer su mando:

La república será feliz, si al admitir mi renuncia nombráis de presidente a un ciudadano querido de la nación; ella sucumbiría si os obstinaseis en que yo la mandara (...) Disponed de la presidencia que respetuosamente abdico en vuestras manos (200).

Bolívar nombró como sustituto a Caicedo, hasta que el congreso decidiese a quién investir con la presidencia. Estas idas y venidas son otra señal del cambio de etapa. Ya se ha analizado que Bolívar venía digiriendo los nuevos signos de los tiempos. Pero debe tenerse en cuenta que las mismas ambigüedades y dudas atravesaban a los congresistas y a los sectores liberales e ilustrados. Se debatían entre la lucha contra la hegemonía bolivariana y la gratitud hacia él; entre el temor al descontrol de la nación sin su figura preeminente y el temor a la dictadura del libertador.

Su discurso, breve, termina con la solicitud hacia algunos cuidados que él ve como fundamentales a la hora de elaborar una nueva constitución. Recalca particularmente la importancia del elemento religioso en la sociedad. A diferencia del iluminismo francés, la ilustración española era muy conservadora respecto del reformismo en materia religiosa:

Permitiréis que mi último acto sea recomendaros que protejáis la religión santa que profesamos, fuente profusa de las bendiciones del cielo (201).

Luego de tantos enfrentamientos y sucesos disgregadores, Bolívar intuye que la fe católica puede ser un elemento fundamental de unidad y cohesión, especialmente en los tiempos que se avecinan. El sabía que los grupos más reformistas querían meter mano en esa materia, que será especialmente álgida en al segunda mitad del siglo.

Bolívar también puntualiza otras realidades que el congreso tiene que tratar con particular cuidado:

La hacienda nacional llama vuestra atención, especialmente en el sistema de percepción. La deuda pública, que es el cangro de Colombia, reclama de vosotros sus más sagrados derechos. El ejército, que infinitos títulos tiene a la gratitud nacional, ha menester una organización radical. La justicia pide códigos capaces de defender los derechos y la inocencia de hombres libres. Todo es necesario crearlo, y vosotros debéis poner el fundamento de prosperidad al establecer las bases generales de nuestra organización política (201).

El 29 de abril hay una nueva constitución en Colombia. Bolívar reitera al congreso su renuncia indeclinable a la presidencia. Está enfermo y desilusionado, y se ausenta de Bogotá. El 4 de junio Sucre fue asesinado cuando iba camino a Quito, luego de haber participado en el congreso. Bolívar recibirá un golpe muy duro al conocer la noticia. Mientras tanto, la crisis política colombiana no se soluciona, y muchos le insisten que regrese. Se suceden en la presidencia Mosquera y Urdaneta, y todo hace presagiar una guerra civil. En Caracas se convoca para un congreso venezolano, que sancionará la independencia respecto de Colombia. Bolívar marcha hacia Cartagena, negándose a reasumir la presidencia, con la intención de exilarse en Europa.

b. Una mirada hacia los últimos veinte años

Con ocasión del congreso, Bolívar elaboró un texto que recorre la historia americana desde 1810. Empieza refiriendo la caótica experiencia del Río de la Plata, aclarando que, en términos generales, los procesos de las diversas regiones son análogos:

Seamos justos, sin embargo, con respecto al Río de la Plata. Lo que acabamos de referir no es peculiar de este país: su historia es la de la América española. Ya veremos los mismos principios, los mismos medios, las mismas consecuencias en todas las repúblicas, no difiriendo un país de otro, sino en accidentes modificados por las circunstancias, las cosas y los lugares. Observaremos en toda la generalidad de la América un solo giro en los negocios públicos; épocas iguales según los tiempos y las circunstancias, correspondientes a otras épocas y circunstancias de los nuevos Estados (192).

Este es un importante criterio hermenéutico para establecer la percepción que Bolívar tuvo del proceso revolucionario americano. Reconoce así una identidad histórica americana. Pasa a aplicar al resto de América lo que detalló en su análisis del camino rioplatense:

En ninguna parte las elecciones son legales; en ninguna se sucede el mando por los electos según la ley (192).

Y continúa con los asesinatos políticos, el robo del tesoro público, la opresión del pueblo por parte de hipócritas sanguinarios, los movimientos anárquicos que conspiran contra todos los gobiernos, la destitución de autoridades legítimas, el asalto del poder por parte de distintos sectores, y una atomización que generaliza la contienda civil y la anarquía:

Las aldeas se baten contra las aldeas, las ciudades contra las ciudades, reconociendo cada una su gobierno, y cada calle su nación (193).

La subdivisión del territorio argentino, parece un retorno al régimen feudal de barones. Bolívar se había referido en otras oportunidades al estado de América luego de la revolución asemejando su estado al de la caída del imperio romano. Ahora avanza con la analogía señalando que el continente está en una suerte de edad media. Es interesante esta observación, porque es un elemento más que marca su dependencia del modelo europeo como marco interpretativo de la realidad. La misma situación señala para Chile, Centroamérica y Méjico. El caos es total en toda América. Repasa los procesos de Méjico y de Perú, y clama:

¡Qué hombres o qué demonios son estos! De un cabo a otro, el Nuevo Mundo parece un abismo de abominación (194).

Los lazos están rotos no sólo al interior de los países sino en las relaciones entre las naciones nacidas de la independencia. Constata la distancia que hay entre los proyectos y la realidad:

No hay buena fe en América, ni entre las naciones. Los tratados son papeles; las constituciones libros; las elecciones combates; la libertad anarquía; y la vida un tormento (194).

Esto cuestiona también su ideario constitucional, que naufragó de la misma manera que lo hiciera el de la primera república. La realidad muestra a un Bolívar totalmente desilusionado y desesperanzado:

Este es, americanos, nuestra deplorable situación. Si no la variamos, mejor es la muerte; todo es mejor que una relucha indefinible, cuya indignidad parece acrecer por la violencia del movimiento y la prolongación del tiempo. No lo dudemos: el mal se multiplica por momentos, amenazándonos con una completa destrucción (195).

La amenaza es gravísima. Los peligros atentan contra los mismos cimientos sociales:

Los tumultos populares, los alzamientos de la fuerza armada, nos obligarán al fin a detestar los mismos principios constitutivos de la vida política (195).

Su decepción ha ido en progresivo aumento a partir de 1826. En 1830, se ve agudizada hasta llegar al punto de cuestionar lo incuestionable para él: el hecho mismo de la revolución. Compara la realidad de su tiempo con la previa a 1810, llegando a amargas conclusiones:

Hemos perdido las garantías individuales, cuando por obtenerlas perfectas habíamos sacrificado nuestra sangre, y lo más precioso de lo que poseíamos antes de la guerra, y si volvemos la vista a aquel tiempo ¿quién negará que eran más respetados nuestros derechos? Nunca tan desgraciados como lo somos al presente. Gozábamos entonces de bienes positivos, de bienes sensibles, entre tanto que en el día la ilusión se alimenta de quimeras; la esperanza de lo futuro; atormentándose siempre el desengaño con realidades acerbas (195).

Es la elaboración de una utopía regresiva, una alusión nostálgica a una edad dorada comparada con un presente caótico que no tiene semillas de esperanza. Su horizonte utópico, su ilusión, pasó a ser una quimera:

El retrato de esta quimera es el de la revolución que hemos pasado ya, aunque nos aguarda todavía, si todos no alentamos con vigor enérgico el cuerpo social que está para abismarse (195).

Su evaluación del período 1810-1830 es fundamentalmente negativo. No menciona la lucha por la independencia ni los beneficios de la libertad, que no han podido ser disfrutados. Su gran temor, el imperio de la anarquía, ha triunfado. Alcanza a elevar su propuesta, una vez más, de establecer un gobierno fuerte capaz de encauzar la realidad americana. Se mantiene fiel a sus ideas, que atravesaron casi sin mutaciones un período de tremenda intensidad:

Bástenos, pues, veinte años hostiles, dolorosos, mortales. Ansiamos por un gobierno estable, consecuente con nuestra situación actual, análogo a la índole del pueblo y sobre todo que nos aleje de esta feroz hidra de la discordante anarquía, monstruo sanguinario que se nutre de la sustancia más exquisita de la república, y cuya inconcebible condición reduce a los hombres a tal estado de frenesí, que a todos inspira amor desenfrenado del mando absoluto, y al mismo tiempo odio implacable a la obediencia legal (195).

El mantenimiento férreo de su idea política, ¿se debe a un encierro en modelos prefijados? ¿Hay una incurable ausencia de realismo, que es lo mismo de lo que acusaba a los utópicos fabricantes de repúblicas aéreas[1]? Bolívar, lejos de cambiar, insiste porque está convencido de la validez de su diagnóstico del hombre y la sociedad de América. Su insistencia arraiga en una experiencia: en el hecho de que nunca se aplicaron verdaderamente sus ideas constitucionales y en que los pocos oasis de orden se lograron a través del ejercicio de la dictadura o las facultades extraordinarias. El congreso ofrece una tibia esperanza:

La patria nos espera el día del congreso, para imponernos el deber de salvarla y dirá: "¡Colombianos! Mucho habéis sufrido, y mucho sacrificado sin provecho, por no haber acertado en el camino de la salud. Os enamorasteis de la libertad, deslumbrados por sus poderosos atractivos; pero como la libertad es tan peligrosa como la hermosura en las mujeres, (...) no la habéis conservado inocente y pura como ella descendió del cielo" (195).

Para evitar más males, lo mejor es constituir legalmente y de manera estable un poder que salve la república. Un poder que no amenace la libertad, sino que la proteja de la anarquía, que es su deformación y ruina:

Todo ha sido en este período malhadado, sangre, confusión y ruina, sin que os quede otro recurso que reunir todas vuestras fuerzas morales para constituir un gobierno que sea bastante fuerte para oprimir la ambición y proteger la libertad. De otro modo seréis la burla del mundo y vuestra propia víctima (196).

c. Sus últimas cartas

En septiembre estallan pronunciamientos que piden el retorno de Bolívar. El sigue su camino hacia el norte, un camino de alejamiento que por momentos resulta ambiguo. Pero se ve demorado por las noticias, las embajadas políticas que le insisten que regrese y el rigor del clima y la enfermedad[2].

Escribe a Estanislao Vergara, el 25 de septiembre: “Si las cosas continúan como aquí se dice, me parece que yo, lejos de servir, me voy del país” (210).

Quienes asumieron el poder en septiembre son hombres cercanos a él. Se impusieron con la finalidad de lograr su retorno, o al menos, una presencia que los legitimara en medio del desorden. Bolívar permanece firme en su retiro. Se sabía enfermo. Además, se daba cuenta de que había transcurrido poco tiempo para que un hipotético retorno suyo fuese efectivo. Exige que no cuenten con él:

Yo compadezco al general Urdaneta, a Ud. y a todos mis amigos que se han comprometido sin esperanzas de salir bien, pues nunca debieron Uds. contar conmigo para nada, después que había salido del mando y que he visto tantos desengaños (...) un desengaño vale más que mil ilusiones (210-211).

Su rechazo está en la pérdida de la esperanza. Su horizonte utópico ya dejó paso a la más profunda decepción. En Jamaica y Angostura había formulado un proyecto lleno de rasgos utópicos, cuando la revolución estaba en sus peores momentos. Ahora, el desengaño le impide hacer otra cosa que profetizar desastres:

Todas mis razones se fundan en una: no espero salud para la patria. Este sentimiento, o más bien, esta convicción íntima, ahoga mis deseos y me arrastra a la más cruel desesperación. Yo creo todo perdido para siempre, y la patria y mis amigos sumergidos en un piélago de calamidades (210).

El 16 de octubre escribe al jefe de estado, un antiguo compañero de armas, el general Urdaneta. Se estaban empezando a cumplir sus pronósticos. Los luchadores de la independencia, los miembros del ejército, se estaban haciendo cargo de la situación. El panorama futuro para ese medioevo americano, que avizoraba con tristeza, recién se iniciaba. Bolívar anuncia que se dará una lucha civil, en la que se repetirán los azotes de la guerra de la independencia, pero invirtiendo los términos:

Mi dictamen es que los demagogos se van a esparcir por todas partes para asestar cuantos tiros puedan contra los venezolanos (...) y después dominarán el resto del país aniquilando nuestros amigos; el pueblo, aunque forzado, seguirá el impulso, y muy luego este mismo pueblo se comprometerá tanto, que se hará culpable a su pesar (...) Los jóvenes demagogos van a imitar la conducta sanguinaria de los godos o de los jacobinos para hacerse temer y seguir por toda la canalla. Ellos han visto por sus propios ojos y a su costa que la conducta débil y algo moderada de sus magistrados queridos les ha producido su ruina. Ahora será lo contrario; guerra a muerte será su grito, y, como nosotros hicimos con los españoles, nos exterminarán. El actual gobierno, en lugar de comprometer los pueblos y los hombres de importancia, está paralizando la acción espontánea del pueblos y de los hombres de bien que sienten todo el peligro que corren, y se dejará conducir como un estúpido cordero a la matanza; volverá a caer, y no se levantará la tercera vez, porque los miembros que lo componen y las masas que lo sostienen serán exterminados o proscriptos, y sus restos irán a comprometerse con ellos para salvar sus vidas (213).

Volverán los tiempos de Boves. La precaria unidad conseguida con la finalidad de expulsar a los españoles está rota, y resurgirán los demonios de la guerra social. Los héroes de la independencia ya han cumplido su misión y no podrán gobernar. Pasarán a ser los nuevos enemigos. Ni aún en caso de vencer se podrá obtener algo que valga la pena:

Estoy persuadido que nuestra autoridad y nuestras vidas no se pueden conservar sino a costa de la sangre de nuestros contrarios, sin que por este sacrificio se logre la paz ni la felicidad, mucho menos el honor (213).

Su desazón llega a la más absoluta desesperanza. Si alguna vez confió en que con el auxilio europeo podía construir su proyecto, ahora no ve futuro posible. Siempre pensó que gran parte de los conflictos se debían a la incapacidad e inexperiencia de los americanos para gobernarse, en gran parte producto de la herencia colonial. Ahora ve que la obra de la civilización, la europea, sólo puede triunfar sobre el dominio absoluto, sobre una conquista tan poderosa como la colonial de otrora:

La situación de la América es tan singular y tan horrible, que no es posible que ningún hombre se lisonjee conservar el orden largo tiempo ni en siquiera una ciudad. Creo más, que la Europa entera no podría hacer este milagro sino después de haber extinguido la raza de los americanos, o por lo menos la parte agente del pueblo, sin quedarse más que con los seres pasivos. (213).

El horizonte bolivariano de 1830 es tremendamente contrastante con el que sostuvo su lucha. El futuro de grandeza se frustra de tal modo que América será única en el mundo, pero por su fuerza autodestructiva:

Nunca he considerado un peligro tan universal como el que ahora amenaza a los americanos; he dicho mal, la posteridad no vio jamás un cuadro tan espantoso como el que ofrece América, más para lo futuro que para lo presente, porque ¿dónde se ha imaginado nadie que un mundo entero cayera en frenesí y devorase su propia raza como antropófagos? Esto es único en los anales de los crímenes y, lo que es peor, irremediable (214).

Su discurso utópico, otrora pleno de idealismo y energía, ha sufrido una gran transformación. La instancia crítica está exacerbada, y se dirige hacia los resultados de la propia revolución. Sus palabras sobre la sociedad de su tiempo son aún más duramente cuestionadoras que las que derramara sobre la dominación colonial española en su momento.

¿Y la dimensión proyectiva? El cuadro espantoso que ofrece América será peor en el futuro de lo que es en el presente. Hay una dinámica contraria a la de la utopía: América avanza hacia su destrucción.

El 9 de noviembre escribe al Gral. Flores, quien encabezaría en Quito la secesión respecto de Colombia, dando origen a la república del Ecuador. A un mes de su muerte, es escueto y ordenado en sus conclusiones. Si en las cartas anteriores se excedía en calificativos, en ésta parece elaborar más un frío y sistemático informe[3].

Para Bolívar, la dirigencia revolucionaria no ha podido imponer un gobierno, y el destino que espera a los países americanos es la revolución social, el retorno de la guerra de colores. Aquí se lo descubre a Bolívar como realmente se sintió en su final: un europeo en América, un miembro del sector al que, en definitiva, el mundo colonial beneficiaba. Parece suspirar por una nueva conquista, que sabe que no llegará; una dominación europea que sería una suerte de salvación.

El temor que siempre tuvieron los sectores criollos encumbrados, el de que un levantamiento contra España produjese en Venezuela y Nueva Granada horrores semejantes a los ocurridos a los blancos en Haití, está pronto a cumplirse. Es hora de emigrar:

Ud. sabe que yo he mandado veinte años, y de ellos no he sacado más que unos pocos resultados ciertos: 1°, la América es ingobernable para nosotros; 2°, el que sirve una revolución ara en el mar; 3°, la única cosa que se puede hacer en América es emigrar; 4°, este país caerá infaliblemente en manos de la multitud desenfrenada para después pasar a tiranuelos casi imperceptibles de todos colores y razas; 5°, devorados por todos los crímenes y extinguidos por la ferocidad, los europeos no se dignarán conquistarnos; 6°, si fuera posible que una parte del mundo volviera al caos primitivo, éste sería el último período de la América.

Para Bolívar, América contradice el esquema evolutivo de la historia, ya que camina hacia el estado primitivo. Las luces y la civilización son finalmente derrotadas. Luego de siglos, Europa se retira de América, llevándose sus utopías. Las utopías europeas inspiradas en el Nuevo Mundo, murieron a causa de la aplicación en América de las utopías revolucionarias nacidas en Europa para reformar el Viejo Mundo. La permanente e inevitable repercusión en América de ideas y acontecimientos originados en una realidad tan diversa, no hicieron otra cosa que descuartizar la sociedad americana. La "primera" revolución francesa asestó su mayor golpe en Haití, y la "segunda", la de julio de 1830 que movilizaba tantas expectativas en los liberales americanos, completará la destrucción a manos de las ideologías:

La primera revolución francesa hizo degollar las Antillas, y la segunda causará el mismo efecto en este vasto continente. La súbita reacción de la ideología exagerada va a llenarnos de cuantos males nos faltaban, o más bien los va a completar. Ud. verá que todo el mundo va a entregarse al torrente de la demagogia, y ¡desgraciados de los pueblos! y ¡desgraciados de los gobiernos!

Bolívar se resistió a asumir una dictadura, aunque profetizó que iban a germinar en el caos. Sólo aceptó presidir un régimen dictatorial por poco más de un año y con la finalidad de regularizar la situación entre la frustrada convención de Ocaña y el congreso que se apuró a convocar.

Pero la década del ’30 asistirá a la implantación de gobiernos fuertes en América. Lo que Bolívar exigía como remedio constitucional se impuso por la necesidad y la fuerza[4]. El desorden político generará como respuesta la concentración del poder en regímenes autoritarios y personalistas, enmarcados por normas jurídicas especiales o apoyados sobre facultades extraordinarias, algunos de ellos presididos por antiguos miembros de los ejércitos de la independencia[5]. Esos gobiernos, nacidos del caos y levantando la bandera del orden, se mantendrán por muchos años en el poder, sometiendo a sus adversarios y aplicando la intolerancia hacia el disenso. Recién al acercarse la década del ’50 se asistirá a un proceso de organización política constitucionalmente más prolijo para los cánones liberales[6].

En diciembre Bolívar llegó a Santa Marta y se instaló en la quinta de San Pedro Alejandrino, fatigado de tanto "arar en el mar" y gravemente enfermo.

Murió de tuberculosis el 17 de diciembre de 1830.

 

Notas

[1] Bolívar comparte con sus adversarios la convicción de que las leyes tienen poder sobre la sociedad, una gran fuerza de conducción y transformación, que no se vería confirmada por los hechos: “El constitucionalismo fue casi una obsesión desde el primer momento. Sin que se pudieran establecer principios válidos de representatividad, se convocaron por todas partes congresos que debían asumir la soberanía de la nueva nación y sancionar la carta constitucional que, de arriba hacia abajo, moldearía la nueva sociedad. Los principios parecían sólidos, indiscutibles, universales. Pocas opiniones, –ninguna– los objetaban. Sólo los contradecía la realidad social y económica, que desbordaba los marcos doctrinarios con sus exigencias concretas, originales y conflictivas (...) Todos parecieron creer que una sabia constitución era el recurso supremo para encauzar la nueva vida de las sociedades, (...) Quizá Nariño fue el más escéptico acerca de la representatividad de los cuerpos colegiados que las aprobaban y acaso también de la verdadera eficacia que podía tener un conjunto de enunciaciones principistas frente a una realidad caótica que, más que desbordar los principios, parecía manifestarse a través de problemas cotidianos y contingentes que no se encuadraban en ellos” (ROMERO, 1986:74-75).

[2] Este viaje de Bolívar por el río Magdalena hacia su autoexilio es el escenario que eligió García Márquez para El general en su laberinto (1989). En la novela, Bolívar, desilusionado y enfermo, repasa su vida, su obra y su época, mientras demora su partida definitiva a Europa. Finalmente, muere atormentado en medio de una dramática y prolongada lucha interior entre abandonar su tierra y permanecer en ella.

[3] Esta carta no se encuentra en la antología editada por Porrúa. Fue tomada de BOLÍVAR, S.: Escritos políticos, selección e introducción de Graciela Soriano, Madrid, Alianza, 1971. Las próximas dos citas textuales corresponden a la página 169 de esa edición.

[4] "Así, el último Bolívar se orienta ya hacia lo que será el terreno común de la ideología y la política hispanoamericana en la posguerra de Independencia. Suele distinguirse en las décadas que siguen al fin de la guerra un primer tramo dominado por esfuerzos de innovación y reforma, que dejan paso a uno de reacción conservadora que les reprocha haber venido a imponer nuevas e insoportables tensiones a un subcontinente exhausto por la larga lucha dejada atrás" (HALPERIN DONGHI, 1997:7)

[5] Se trata de una generalización que no pretende establecer una total homogeneidad en los procesos de todas las naciones americanas: Flores en Ecuador, Santa Cruz en Bolivia, Santander y Mosquera en Colombia, Páez y Monagas en Venezuela, Santa Ana en Méjico, Rosas en el Río de la Plata, Gamarra y Castilla en Perú. Además, hay casos muy particulares: Chile, que estableció un régimen conservador estable a partir de la dictadura de Portales; Paraguay, que pasó casi todo el siglo XIX gobernado por regímenes cuasi dictatoriales; Uruguay, que estuvo atado al proceso rioplatense hasta 1852. Romero señala el viraje hacia el conservadurismo a partir de la tensión entre necesidad política y el resguardo de la legalidad constitucional: “Los grandes principios inspiraron grandes constituciones; pero aunque éstas se inspiraban en aquellos, asomaba en sus textos la preocupación por reducir los riesgos de una excesiva democracia. Sin embargo, no había manera de contener con prescripciones constitucionales o legales la irrupción social que venía de muy hondo, y fueron más bien los gobiernos fuertes los que sustituyeron a las constituciones, a las que usaron como pudieron” (ROMERO, 1986:84).

[6] Safford mira el proceso en la larga duración, y señala una continuidad entre el proceso de liberalización política y económica llevado a cabo por los revolucionarios y las medidas borbónicas de finales del siglo XVIII, aunque los republicanos imprimieron gran fuerza y determinación en algunos cambios. Para el período posterior a Bayona, señala tres fases o momentos (desde ya, las fechas son solamente indicativas): entre 1810 y 1830, se da un período optimista y reformista. Entre 1830 y 1845, se vive una etapa de gran pesimismo que llevó al conservadurismo. Finalmente, entre 1845 y 1860, una nueva generación dirigente reemprendió el proceso de liberalización y reforma con vigor y optimismo (ver SAFFORD, 47). "Al iniciarse la independencia había una atmósfera política optimista que estimuló las formulaciones constitucionales utópicas de 1811-1812. Sin embargo, después de 1825, los continuos desórdenes políticos y el comienzo de la crisis económica crearon una atmósfera muy pesimista sobre el orden social y las perspectivas económicas y políticas de Hispanoamérica. Durante el período 1820-1845 los líderes políticos frecuentemente expresaron su temor por la inminencia (o existencia) de la anarquía" (SAFFORD, 52).

 

© José Luis Gómez-Martínez
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