Repertorio de Ensayistas y Filósofos

Finitud y transfinitud humanas:
una aproximación ético-antropológica al pensamiento de J.D. García Baccca

Castor Bartolomé

Toda antropología se reduce a esa afirmación:
El hombre es un ser, el único ser,
que es para sí mismo y en sí mismo problema,
que sabe trocar esencia en problema, existir en aventura
J. D. García Bacca[1]

Nos habla un sabio: Un Ben Sira de la ciencia/técnica

Cualquier estudio sobre la obra de Juan David García Bacca constituirá siempre una visión limitada, dada la amplitud de su obra y la densidad de su contenido. En este trabajo decidimos tomar su obra: Sobre virtudes y vicios, como mirador principal o punto de referencia a través del cual otear algunos ejes claves de su concepción ético-antropológica del ser humano.

La obra mencionada se estructura a partir de tres ensayos. Ella tiene la peculiaridad de ser un fruto maduro, casi la síntesis/inicial de una vida/trabajo. Desde el cenit de su existencia, un García Bacca maduro escudriña la vida y la ciencia con la sabiduría de sus noventa años. Él se auto-presenta como un nuevo Ben Sira y se siente: “en el derecho, casi con obligación, de dar al Lector unos consejos para leerla”[2]

Como Ben Sira se debate y embate, a vueltas y revueltas, con/contra la tradición judaico-cristiana. Tradición de la que forma parte, que le con/formó de modo vital pero con/contra la cual reacciona como transfinitador que tiende a superar los refrenadores humano-divinos que, a su vez, impiden al hombre el acceso al infinito de Dios, y a la divinidad su inserción en la finitud del hombre. En esta acción-reacción con/contra la tradición cristiana, en la descontrucción filosófico-tecnológica que de ella realiza, reencuentra el genuino sapere de aquel que fue un trasfinitador existencial e histórico, Jesús de Nazaret.

La prolija obra de García Bacca tiene algunos ejes articuladores de coherencia (preocupación) teórica. Uno de ellos es el tema de la ciencia y el panegírico filosófico-humanístico que él realiza de la técnica. Como nuevo humanista erasmiano pretende reivindicar un Elogio de la Técnica a fin de superar los refrenadores (des)humanizadores de tantos esencialismos estériles, de todas las ontologías deterministas o de los tradicionalismos paralizantes:

“El fin del autor se reconcentra en que esta obra sea, en uno, invitación y provocación; invitación, para los amigos de pensar, provocación, para la cuerda de dogmatiqueros, transidos del miedo a pensar ellos y del pánico de dejar que otros piensen”[3]

Ese eu logos, esa bondad casi natural del logos-techne, será su gran contribución filosófica y, a su vez, constituye su sombra, la contradicción que cuestiona su optimismo técnico. Pero si concedemos que un pensador no tiene (ni debe) pensar sobre todo ni en todas las posibilidades, tal vez sea ésta una tarea que debe ser continuada por otros, seguidores o detractores, en la búsqueda de una inserción simbo-lógica de la bondad real-relacional-relativa de la técnina en el mundo humano-natural, mito-lógico, del anthropos.

Viejas preguntas para nuevas respuestas

De las muchas cuestiones que direccionaron la investigación de García Bacca, nos interesa destacar, en este momento, aquella que se refiere a la relación entre la ciencia, la ética y la antropología. El modo tradicional de abordar esta relación consiste en costurar estos saberes dispares por sus respectivas periferias. La ética y antropología pretenden ejercer su imperio en el momento pragmático de la ciencia, pero, normalmente, no se sienten cuestionadas en su ser por el saber científico-tecnológico. Los saberes humanísticos en general y la ética y la antropología de modo especial, se muestran ajenas a la ciencia en su desarrollo y en su método filosófico de especular. Se parte del presupuesto de que la ética y la antropología son saberes humanísticos que deben crear categorías y metodologías específicas, diferentes de aquellas propuestas por la ciencia y la técnica, que son consideras como saberes naturales (duros) que “lidian” con conceptos y metodos estrictametne empíricos.

Una de las grandes originalidades de García Bacca consistió en atreverse a desafiar esta ley, casi natural, y (se) puso la cuestión de comprender si los avances científicos-tecnológicos: “¿servirán para transformar, a la altura de ciencia y técnica actuales, los clásicos conceptos y normas de la moral?”[4] Esta cuestión le hizo avanzar por tierras anteriormente inexploradas y todavía muy poco comprendidas. Para tal fin ya no sirven muchas de las categorías antropológicas y éticas tradicionales y por ello debe incorporar nuevos conceptos y presupuestos oriundos de la ciencia.

A vueltas con la tradición: ¿pecado o inocencia original?

Antes de sumergirse de pleno en los nuevos horizontes de la ciencia, García Bacca se siente impulsado a re/volverse con/contra la tradición cristiana tan epidérmicamente vivenciada.

De forma machaconamente insistente, latente y explícita, en toda su obra, García Bacca afirma la autonomía del ser humano. En un escalón todavía superior, reclama su ineludible potencial creador. Mirando al horizonte, clama a los cuatro vientos que es posible robar el fuego supuestamente reservado a los dioses. Los límites de lo humano son inconmensubles, tal vez no infinitos, pero sí trans/finitos.

Convicto y militante de esta antropología, desconstruye la noción de pecado original, que resulta insuntentable desde las múltiples prespectivas de la ciencia. No tenemos pecado original porque no nacemos de un tronco común; la humanidad entera no es hija de Jafet. Por detrás de la clásica defensa de un pecado común a todo el género humano, subsiste el interés en mostrar su incapacidad para la autosuperación. Es el viejo dilema que pretende rebajar lo humano para poder ensalzar lo divino. El vicio corrompe la acción humana y consecuentemente ella no tiene credibilidad por sí misma. En tal caso sólo la heteronomía de una Gracia superior puede compensar tamaño desequilibrio.

Tal vez porque sintió en su piel y en la del conjunto de la sociedad española las desastrosas consecuencias de esta antropología de la negación humana, García Bacca se re-vuelte con ciencia y conciencia, con sátira y filosofía a fin de pulverizar cualquier resquicio de esta des-humanización pecaminosamente esparcida durante dos mil años. En el otro fiel de la balanza afirma la inocencia original de todo ser humano. No está en cuestión una mera disputa teológica, sino que está en jaque una visión de la persona humana y con ella el destino posible o imposible de muchas vidas y proyectos sociales.

La afirmación de la inocencia original supone reconocer, también, la existencia problemática del mal en el mundo:

“Podemos ser, y efectivamente lo somos o podemos ser, malos, hasta malavados; pero no maliciosos. Aficionados al mal a ratos, o en actos sueltos, hasta en hábitos; pero no por condenación filogenética proveniente de Noé-Jafet, Noé-Cam, Noé-Sem”[5]

Ante todo es urgente reclamar el ámbito de la libertad. Libertad no en el sentido liberal-burgués, sino en su acepción antropológica de poder crear, superarse:

“Libertad es poder creador – de novedades, inventos, maravillas. Condición previa, necesaria, mas no suficiente, es libertarse de las simples, inmediatas, naturales e irreprimibles ganas de hacer uno su real y divina gana”[6]

¡Hé aquí, resucitada, la virtu o arete de los clásicos! Volviendo a la tradición cristiana, Bacca (se) identifica con la lucha que Jacob mantuvo durante toda una noche con Él (Dios) (Gen 32,24-31). La lucha obstinada contra Él substituye la resignación alienante de los humanos. Él bendice a Jacob porque luchó y venció, porque desafió a Él. Él le revela su nombre (la esencia de su ser), El-hoim, y, a su vez, cambia el nombre de Jacob por Israel, que significa: El fuerte como Elohím. Este es el modelo de la tradición judeo-cristiana que se contrapone al Dios que prohíbe comer del árbol de la ciencia del bien y del mal y que termina expulsando a los humanos de su paraíso porque se atrevieron a transgredir el límite entre lo divino y lo humano.

El eco de los estoicos

La heteronomía tan recalcitrante que se respira en gran parte de los pasajes bíblicos del A. T., llevan a una callejuela sin salida. Según ella, la virtud hay que practicarla porque Dios lo manda, y el vicio hay que evitarlo por los terribles castigos que conlleva. No queda nada para el ámbito de la decisión personal, todo está preesteblecido. Sólo resta obedecer.

En contraposición a tamaña asfixia de la creación/libertad humana, Bacca vuelve el foco de su pensamiento para los estoicos. En ellos re-encuentra un viento fresco de auto-creación o de re-velación de lo naturalmente oculto:

“¿Qué más quieres por haber hecho algo bueno a un hombre? ¿No te basta el que lo hayas hecho según tu naturaleza? ¿Buscarás además que te lo paguen? ¿Los ojos exigirán, además de ver, que se les recompense por ver? ¿Y los pies, porque marchen, exigirán premio? ¿Lo exigirán las flores, los frutos por ser tales?”[7]

Embebido en estos principios estoicos, Bacca, contra la moral heterónoma del Antiguo Testamento y, según interpretaciones, en parte del Nuevo, considera digna de desprecio cualquier virtud que exige premio para ser tal o para poder practicarse. De igual modo, un vicio que no con-lleve su castigo, también resulta desdeñable como vicio, pues sólo es vicio de forma superficial.[8]

Bacca hace una distinción importante entre Moral de Mandamientos y Consejos. En la moral de mandamientos prevalece la heteronomía sobre la libertad, la obediencia sobre la creación. El bien y el mal están predeterminados de modo prescriptivo y sólo cabe cumplir cabalmente los mandatos codificados. Los consejos, por el contrario, dejan abierto el campo para la decisión personal y la opción existencial. El consejo no impone, sino que orienta. Hay un espacio real para seguirlo o para innovar otra forma de actuar. En el consejo lo intrínseco prevalece. Lo bueno resplandece por su propia bondad y no porque sea mandado, y lo malo se constata por sí mismo y no por determinación externa.

Esa diferenciación aparece cristalinamente entre el modo de imponerse, propio del A.T., y la forma de ofrecerse, original del N.T. No obstante, es cierto, que el modo aconsejable del N.T. ha sido tergiversado, a lo largo de la historia de la Iglesia, en una codificación interminable de dogmas, credos, morales y mandamientos que empañaron cualquier brillo creador y sofocaron el aspecto inédito de libre/autonomía de aquella que fue/es buena noticia.

La perversión ético-antropológica de una moral heterónoma adquiere rasgos dramáticos, cuando no trágicos, en su apología del sufrimiento humano. El trueque de Dios por Baal legitimó el ofrecimiento del sacrificio humano, de su sudor, sus lágrimas y su sangre para alegrar y sustentar la existencia del Dios/Baal, al mismo tiempo que servían para redimir al fiel/subdito de sus culpas y le otorgaban los beneficios divinos. El sufrimiento humano se transmutó en la genuina fuente de salvación, y pasó ser exigido como tributo necesario por Baal.

En esta breve intromisión de García Bacca en la teoría sacrificial y sus consecuencias, quedan indicados desafíos importantísimos que deben ser más desarrollados y que apuntan para la comprensión victimaria de muchos modelos institucionales actuales e incluso de nuestro sistema social hegemónico.

Un sistema, institución u organización que legitima la necesidad de víctimas para que el engranaje de su lógica exista, no es nada más, ni nada menos, que la transmutación (transustanciación, dirá García Bacca[9]) de la sustancia del ídolo sediento de sangre humana en un modelo racionalizado, científico-técnico (¡hé aquí uno de los muchos desafíos puestos a García Bacca!). Modelo que puede ser el de un sistema económico (ultra-liberalismo), que justifica como necesarios a la lógica/racional/científico/técnica del sistema la existencia de masas ingentes de excluidos sociales y de muertes por inanición, emigración o de estúpida obesidad. Pero también puede ser la lógica sacrificial de una institución/organización que necesita hacer, generar víctimas para que sus objetivos sigan en pie. ¡Que terrible laicización del milenario acto del sacrificio humano para los nuevos ídolos!

García Bacca constata y predica una neo-paganización. Nos paganizamos al humanizarnos, al tomar conciencia de nuestra autonomía, de las potencialidades creadoras puestas o robadas por nuestras manos. Parece una venganza de los hombres contra el Dios que los expulsó de su paraíso por haber comido de su árbol del conocimiento, o contra los dioses del Olimpo que atormentaron cruelmente a Prometeo por atreverse a robarles su tecnología más preciosa, el fuego. Paganización no significa, sólo, descreencia, sino afirmación ilimitada de las posibilidades creadoras del ser humano. En la práctica todos somos paganos, incluso los propios monasterios que se transformaron en turisterios, nada escapa a la nueva y avasalladora onda de paganización.

Las premoniciones de Weber sobre el desencantamiento del mundo son constatadas por García Bacca y ampliadas, si cabe, no sólo desde el conocimiento sino desde la perspectiva de una acción creadora que es impulsada por vectores transfinitadores.

La Vida: los vivenciales

Siguiendo las huellas de Bergson, García Bacca define la vida diciendo que, “La Vida, el Vivir, es surtidor: provee de agua, la lanza hacia arriba, en chorro. La Vida es algo así cual surtidor de novedades: provee al hombre de novedades, y a la vez las lanza hacia a arriba, hacia lo transcendente” [10]

El texto anterior es suficientemente elocuente sobre el entusiasmo e importancia con que García Bacca aborda el tema de la Vida. Tema humanístico por excelencia, desafía la posibilidad de introducir categorías técnicas o científicas para comprender, siempre parcialmente, los procesos vitales. Ahí reside una de las grandes originalidades de la obra de García Bacca.

La Vida, el Vivir, es, esencialmente, un acorde vital. Un acorde en el sentido musical del término. Nuestro vivir es una sinfonía musical nunca pre-escrita, pues su nota fundamental es la creación. El acorde vital se nutre de cuatro surtidores principales: surtidor de novedades, surtidor de espontaneidades, surtidor de originalidades, surtidor de transcendentalidades[11].

Todos los surtidores de la vida tienen en común la creación, la novedad vital que genera lo sorprendente. Los surtidores desdeñan una apertura ilimitada da la Vida y la acción humana. Ilimitada significa que la Vida no está definida por ningún pre, ella es siempre indefinida, porque es el surtidor de novedades. Ella improvisa de forma casual, por ocurrencias o sopetones, sospechas o sustos, es el surtidor de las espontaneidades. La Vida es ingeniosa, genial, descubre, inventa, todo mana del surtidor de las originalidades. Y por último, la Vida indica un hacia ->..., impulsa para el más allá, promueve el éxtasis, cría los anhelos, siempre se direcciona para un extra, ella está impulsada por ascensores o vectores que son sus surtidores transcendentales.

Existe una diferencia fundamental entre los vivenciales y la ciencia. Los vivenciales son creación inédita, ellos son imaginación, en el decir de García Bacca, inventiva. Carecen de un pre. No existe una novedad prefabricada, ni una creación prehecha, ni un sentimiento preprogramado. La Vida, los auténticos vivenciales, carecen de pre, de previos, de premisas, de prejuicios, de presunciones. Su origen remite al misterio de la creación humana, al castizo porque sí, o, en cuanto creación ontológica, surgen de la nada.

Pero el mundo de la ciencia no resiste la novedad total. Todo tiene un pre y un porqué. Un teorema tiene por pre los axiomas y por porqué sus consecuencias, es decir, otros teoremas.

Esta distinción nos remite a una comprensión original de la praxis humana. La racionalidad no puede explicar el porqué de la acción humana, porque ella no controla las premisas previsibles que permitan predeterminar el porqué de esa acción. Estamos en la frontera de la racionalidad. Ella comprobó que tiene límites muy definidos, los cuales, a su vez, son superados de otro modo por los vivenciales humanos. Éstos se constituyen en paradigmas que transcienden y empequeñecen el propio concepto de racionalidad.

La praxis humana no tiene una razón suficiente que la explique. Ella remite al misterum de lo humano que no puede ser racionalizado. No es lo racional que explica lo humano, sino que lo humano desracionaliza lo racional y lo incrusta en el sin fundo indeterminable de un más acá, a la vez que lo remite para un horizonte no prognosticable de un más allá.

Lo humano no se explica ni explicita totalmente en lo racional, lo cual no significa que no sea razonable, en parte, o que lo racional no sea una exigencia que deba ser inquirida de cualquier acción o reflexión humana. Eso sin pretensión de agotar explicativamente lo humano en lo racional, ni exhaurir predetermidamente el modo de ser de las personas o de las sociedades.

En ese juego tensional de indeterminación e irracionalidad, García Bacca subraya la pertinencia de la teoría de probabilidades que nos permite comprender la difícil interacción existente entre necesidad y libertad. En la vida siempre existe un elemento de necesidad inherente a las circunstancias, al aquí y ahora, a los condicionantes ya dados, a la realidad natural, a la construcción socio-histórica en la que se desarrolla. Nadie puede negar lo que ya es, eso es una necesidad de la cual tiene que partir para cualquier pretensión de acción.

Como en un juego de dados que necesariamente debe caer una de las caras para poder jugar, la acción humana debe partir de los condicionantes, necesarios que la conforman. Pero así como no existe nunca determinación que pueda decir de antemano qué número va caer en el dado, no existe teoría probabilística que defina qué acción debe ser ejecutada, qué idea debe ser creada, etc. El deber ser deja espacio para el azar, y este es identificado, en la persona, con el misterio de la creación/libre.

García Bacca usa la categoría coimplicación para explicar la integración de los cuatro vivenciales[12]. Ellos interactúan coimplicando necesidad-y-azar. Originalidad, espontaneidad, novedad y trancendentalidad se imbrican interactuando en el proceso creador de la acción humana.

La amenaza entrópica de la Vida

La entropía rige como ley inexorable en todo el universo. Ella cuestiona nuestra concepción del orden y de la armonía. Ella es, desde diversas perspectivas, la gran amenaza de la Vida. La entropía desecha como inservibles todas las opciones o posibilidades que no fueron realizadas en los diversos órdenes físicos, naturales, biológicos, vitales y hasta espirituales.

Lo que denominamos orden no es nada más que una posibilidad entre las trillones o indefinidas posibilidades de ser. Por el cálculo probabilístico el orden que organizamos para un conjunto de doce objetos es uno entre 500.000.000. Ahora imaginemos el universo, los multillones de elementos y objetos y, según la teoría de probabilidades, aquello que denominamos orden del universo es una posibilidad entresacada de un número indefinido de posibilidades de ser (que casi podemos denominar de infinito, si no fuese abusar demasiado del término), y cada una de esas multillones de posibilidades serían nuevas formas de orden y armonía universal tan válidas como la que actualmente existe.

Podemos caracterizar, pues, el orden como un estado excepcional, único, en cuanto el desorden es universal, innumerable e invade todos los ámbitos del universo. La entropía va borrando como inservibles la diversidad no concretizada. De este modo ella va apagando la pluralidad del universo estableciendo una dinámica de uniformización de las diferencias y equilibración de las diversidades.

La entropía es una ley universal que afecta a todos los ámbitos desde el dominio molecular al espiritual. Ella tiende a establecer una especie de fría monotonía universal y la Vida no escapa a esta dinámica. Aparentemente ella impone un determinismo que afecta invariablemente a los propios vivenciales. Si así fuese, la Vida tiene frente a sí un potencial superior a ella misma, es decir, la entropía. Ésta niega o apaga la dinámica de la creación e impulsa la uniformización fría de una única orden donde todo se congelaría en un hipotético punto de colapso final.

¿Puede la Vida vencer la dinámica de la entropía? ¿Cómo se realiza esa confrontación? ¿Dónde podemos otear ese punto de Esperanza Vital? García Bacca apunta una original aportación a este grave dilema. El hombre tiene un potencial radioantropológico que impulsa una creación indefinida y neutraliza la acción de la entropía.

Antropología de la creatividad: la radio-antropología

La radiactividad, lejos de ser una propiedad exclusiva de algunos cuerpos, se manifiesta como una dimensión de toda la materia:

“Todos y cada uno de los entes, a medida de su ser, - cual condición necesaria -, son radiactivos, es decir: espontáneos, causa sui; de cada uno arranca de por sí una cadena causal más o menos larga y complicada”[13]

No existe una armonía natural preestablecida que determina un orden fijo e inmutable de los elementos. Lo natural es el caos, es decir, la creación incondicionada en todas las direcciones posibles y por todos los elementos del universo. En el interior de la aparente estabilidad de un átomo se desarrolla una enhebriante actividad creadora, un incontrolable campo de fuerzas interactúa continuamente para establecer la cohesión y provocar los incesantes cambios moleculares. Esa frenética e incontrolada interacción no está totalmente programada, pero tampoco actúa de modo absolutamente incontrolado, ella se irradia como fuerza siguiendo la ley probabilística que correlaciona necesidad y azar.

En esta instigante concepción de la creación radioactiva de todos los cuerpos, aflora la más genuina tradición filosófica de Plotino. El Absoluto, “energía concentrada en sí misma”, es securalizado, paganizado, por García Bacca, realizando, de modo coherente, la transición de una radioteología para lo que él denominará una radioantropología.

La propiedad radiactiva de todos los elementos del universo se redimensiona en el ser humano y adquiere virtualidades de creación pura. La persona irradia novedad histórica. El hombre deconstruyó su complejo de inferioridad de mera criatura dócil y recuperó (o robó) el don divino de ser causa sui. Con ello rescató la genuina tradición cristiana de que el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios, no por el simple hecho de poseer un conocimiento pasivo, racional, sino por tener el don de la creación activa. De este modo el hombre integra y desarrolla el gran atributo divino de la creación:

“Dios creó el universo; el hombre lo recrea en mundo. Sustituye un decreto divino por un proyecto humano; y a sí mismo reformase de creatura de Dios en creatura de sí, en causa de sí; es decir, en creador, ganándose el título paso a paso, invento a invento; y no, siéndolo por aristocrática manera de herencia de ser – o de esencia y naturaleza”[14].

La entropía inexorable de universo se neutraliza delante de la dimensión radioantropológica del ser humano. La creación humana no se rige por la conjugación de elementos definidos, sino por le emergencia de novedad inédita. La entropía funciona cuando existe un número de elementos ya dados, limitados, aunque sea en gran número. Pero ella no puede uniformizar el proceso creativo del ser humano, ya que éste no se restringe a una formación aleatoria de elementos definidos, sino que, a través de su acción creadora, introduce algo nuevo que antes no existía.

García Bacca desarrolla ampliamente la metáfora del uranio radioactivo y su relación con la creación humana. El uranio se desintegra a partir de una masa inicial y otra residual, de igual modo coexisten en el ser humano una base natural que establece el fondo de la necesidad y una naturaleza creadora que realiza el espacio de la libertad. Éste es el fundamento de la radioantropología.

Recursos radioantropológicos del ser humano

La creación radioantropológica no es infinita, pero tampoco se limita a las posibilidades combinatorias de elementos dados. La creación humana está impregnada por la tensión coimplicante de la necesidad-y- el azar. A su vez los resultados de esa acción se diversifican según la teoría probabilística.

Cualquier procedimiento probabilístico es comprobable cuando el número de elementos es suficientemente grande, y para ello es necesario que las posibilidades sean del orden del número de Avogadro: cien mil trillones. La humanidad adquirió un crecimiento numérico tal que, por primera vez en su historia filogenética, su proceso histórico está regido por la teoría probabilística.

La teoría probabilística organiza el conjunto entorno al esquema de una mayoría y dos minorías, siendo que una minoría es supra y otra infra. Explicamos. Cualquier combinación de elementos suficientemente numerosa por su cantidad y calidad da como resultado una mayoría de elementos que tienen características semejantes y dos minorías, una que tiene características superiores, son los supra, otra inferiores, los infra.

El modo probabilístico contrasta frontalmente con las teorías necesitarias o de imposibilidad. Lo necesario obedece a la disyunción de existir o no existir, y no permite la existencia de un conjunto medio ni la posibilidad de cambios imprevistos. Mientras que lo probable se rige por alternativas posibles, todas ellas probables y posibles al mismo tiempo. Aunque algunas se verifiquen con más frecuencia, no se pueden excluir otras ni negar su posibilidad de ser. Al mismo tiempo los elementos que hacen parte de las minorías pueden saltar para el conjunto de las mayorías y viceversa. No existe un orden rígido o de jerarquía inamovible entre el conjunto de la mayoría y las dos minorías supra e infra. A veces ocurre que un elemento forma parte de la mayoría o de una minoría en uno u otro momento, según circunstancias. Nada está definido, todo es posible, aunque las posibilidades están sujetas al juego de probabilidades. La mayoría rige con más intensidad el comportamiento del conjunto, pero no lo determina ya que siempre existe la posibilidad de que elementos supra o infra interfieran en el conjunto modificando el resultado final. Incluso, en el desarrollo de los acontecimientos, el nivel o concepto de la propia mayoría puede ser modificado a través de la acción de los elementos supra o infra elevando o rebajando la media de la mayoría.

Es importante resaltar el término actual para entender la repercusión del método probabilístico en la acción humana. Sólo en la actualidad se ha conseguido el número suficiente en cantidad, calidad y diversidad de recintos de la humanidad para que el método probabilístico actúe de modo permanente e inexorable sobre la acción humana. En el momento que la tierra alcance el número de 5.000.000.000 de habitantes, la ley probabilística de una mayoría y dos minorías se irá imponiendo paulatinamente. A medida que aumenta el número de habitantes, la ley probabilística de una mayoría y dos minorías irá rigiendo de modo cada vez más inexorable los procesos históricos y las realizaciones humanas. Del mismo modo que tales leyes se imponen cuando el número de moléculas de aire encerradas en un centímetro cúbico asciende un trillón a un cuatrillón...octillón, así las sociedades actuales y futuras se redimensionarán en todos los ámbitos entorno a una mayoría -que define la media de la sociedad -, y dos minorías, una infra –que no alcanza a media de la mayoría– y otra supra –que supera la media.

García Bacca asume la convicción de que la realidad está impregnada de una base lógica, más especificante, matemática. En este sentido: “El material básico del universo está, pues, calado, empapado, impregnado de espiritualismo”[15].

El proceso de racionalización ha permitido al ser humano apropiarse del universo, lo ha hecho de él. Él se ha universalizado y el mundo se ha humanizado. La correlación es de pertenencia mutua. Ambos se corresponden, razón de la materia, hombre del mundo, o material razonable y mundo humano. El universo se ha humanizado y el hombre se ha universalizado.

Finito, Infinito, Transfinito: Transfinitadores y refrenadores humanos

El uranio puede emitir radioactividad de forma explosiva, destructiva. Es el poder infinito de la radiación que se expande de forma descontrolada. También, en sentido inverso, puede desaprovechar su radiactividad desintegrándose imperceptiblemente sin ningún resultado concreto aparente. Pero la radioactividad del uranio puede ser encauzada de modo creativo (técnico) para una productividad benéfica, puede generar energía, curar enfermedades, etc. Del mismo modo, el complejo de finitud humana puede anular la acción creadora de la persona. O puede encauzar el potencial radioactivo de forma productiva, generando energía u otras formas de realización constructiva. Está última alternativa de la radioactividad sitúa al ser humano en el horizonte de lo transfinito. Entre una acción creadora pura, infinita, que es ilimitada, irrestricta, inalcanzable y una finitud avasalladora, emerge la figura de la transfinitud. El ser humano es transfinito porque tiene la potencialidad de transcender todas (o casi todas) las finitudes que lo envuelven.

“El hombre ha inventado, está inventando, las maneras y procedimientos de hacerse finito por el único medio determinado y eficaz que es trans-finitarse: superar por leyes y pasos graduales y graduados (función) su natural finitud y definición”[16]

El infinito es una esencia heredada, en cuanto que el transfinito es una conquista realizada de modo gradual y programático. Los números transfinitos propuestos por Cantor son redimensionados por García Bacca en una dimensión antropológica que resquebraja la finitud cuantitativa y cualitativa y permite evadirse para una infinitud finitada cuantitativamente y bien definida cualitativamente. El infinito proyecta una suprema (infinita) vaguedad, en la cual se empacota a Dios como siendo su atributo exclusivo. El transfinito concreta las indefinidas posibilidades humanas, él es un atributo real y verdadero que proclama la gran alabanza del hombre.

De forma gradual García Bacca va trenzando el imaginario de la paganización. Lo pagano no se restringe a ignorar o negar a Dios, sino a creer en el hombre como el gran heredero de la divinidad. En los bastidores, y también en el palco, resuena el eco acusador de Zaratrusta: ¡Nosotros hemos matado a Dios!, ya no hay lugar para lo divino, nosotros ocupamos ese lugar.

La finitud no es la gran realidad humana, sino su espejismo. El ser humano no es finito por naturaleza, ésta le conclama para lo transfinito. Lo finito es el mundo de la necesidad, de donde él parte, pero su meta consiste en transcenderlo para un horizonte ilimitado de posibilidades.

Lo transfinito correlaciona tensionalmente las dos dimensiones contradictorias, finitud e infinitud. Envuelto por esa tensión, el ser humano crea transfinitadores que le posibilitan transgredir la finitud presente y le permiten transcenderse para una indefinida infinitud. Pero también experimenta refrenadores que le anclan en su finitud y pretenden frenar sus posibilidades de ser.

García Bacca menciona como ejemplos de refrenadores la gran mayoría de dogmas e instituciones religiosas o sistemas sociales autoritarios que pretenden frenar la creación humana, sintiéndose amenazados por la novedad, paganizante, de la innovación social. Dentro de ese antros de autoritarismo también florecen transfinitadores que posibilitan deconstruir su cerca sofocante, es el caso del Cantar de los Cantares en el A.T. o los Hermanos Karamazov, El Doctor Zivago, en la Rusia zarista, etc., transfinitadores que estimularon la deconstrucción de un sistema férreo de refrenadores ideológicos, políticos e institucionales.

No obstante, transfinitadores y refrenadores están inexorablemente correlacionados y ambos realizan funciones esenciales para la creación humana. Si sólo existiesen transfinitadores, las creaciones humanas explotarían como pirotecnia brillante de una noche efímera. Los refrenadores ejercen, también, la función de valorar y consolidar elementos específicos de una acción creativa. Por medio de los refrenadores se consigue dar una mayor durabilidad histórica y aceptación social a las creaciones transfinitadoras. Si la Oratio de hominis dignitate, de G. Picco de la Mirandola fue un gran transfinitador en su época, hoy puede ser releída como un refrenador que está incorporado, en gran medida, en el pensamiento oficial de las actuales sociedades liberales.

Prometeo o Jesucristo son transfinitadores que también fueron y son usados como refrenadores. Prometeo fue y es puesto como un ejemplo de lo que ocurre a aquellos que se atreven a desafiar a los dioses, concluyendo que el lugar de los humanos es la finitud obediente. Jesucristo fue y es usado como símbolo legitimador de poderes, dogmas, censuras y exclusiones que desdicen lo dicho y lo hecho por el nazareno.

Concluimos esta breve exposición situándonos en nuestro punto de partida. Las palabras de un sabio no son recetas para su mundo ni para mundos venideros, sino iluminaciones para que cada uno pueda asumir su real condición de creador transfinito. No existe una verdad definida que nos permita catalogar los refrenadores como malos y los transfinitadores como buenos, ni lo contrario tampoco. No podemos saber de forma prededeterminada o fija cuándo los refrenadores o transfinitadores son buenos o malos. Hé aquí el gran desafío de la creación/libertad humanas; el bien y el mal en las manos del humus-divinizado, listo para construir la transfinitud de un paraíso posible o la tragedia de un infierno hipotético (posible). Como conclusión queremos proponer a modo de mediación/meditación estas palabras de nuestro autor sobre nosotros mismos:

“El hombre es ‘invento’, tal sería la única definición buena de hombre, pues es definición desdefiniente, dialéctica. Y que el hombre sea inventor – en todos los órdenes: de técnico, por político... a religioso y científico... – es el dato básico y típico de la antropología actual”[17]

 

Notas

[1] GARCÍA BACCA, Juan David. Antropología filosófica contemporánea. Barcelona: Anthropos, 1982, p. 188.

[2] GARCÍA BACCA, Juan David. Sobre virtudes y vicios. Barcelona: Anthropos, 1993, p.7.

[3] GARCÍA BACCA, Juan David. Elogio de la Técnica. Caracas: Monte Ávila, 1968, p. 10.

[4] GARCÍA BACCA, Juan David. Sobre virtudes y vicios. Barcelona: Anthropos, 1993, p.47.

[5] GARCÍA BACCA, Juan David. Sobre virtudes y vicios. Barcelona: Antropos, 1993, p.15.

[6] GARCÍA BACCA, Juan David.  Ensayos. Barcelona: Península, 1970, p. 47.

[7] MARCO AURELIO. Pensamientos. Libro IX. 5. Apud. GARCÍA BACCA, Juan David.  Sobre virtudes y vicios. Barcelona: Anthropos, 1993, p. 23.

[8] GARCÍA BACCA, Juan David.  Sobre virtudes y vicios. Barcelona: Antropos, 1993, p.25.

[9] GARCÍA BACCA, Juan David. Humanismo teórico, práctico y positivo según Marx. México: F.C.E, 1974, pp. 14-16.

[10] GARCÍA BACCA, Juan David. Sobre virtudes y vicios. Barcelona: Anthropos, 1993, p.31.

[11] GARCÍA BACCA, Juan David. Sobre virtudes y vicios. Barcelona: Anthropos, 1993, p.33.

[12] GARCÍA BACCA, Juan David. Sobre virtudes y vicios. Barcelona: Anthropos, 1993, p.36.

[13] GARCÍA BACCA, Juan David. Teoría y Metateoría de la ciencia. Vol. I. Caracas: Universidad Central, 1977,  p. 49.

[14] GARCÍA BACCA, Juan David. Cosas y personas. Caracas: F.C.E, 1977,p. 81.

[15] GARCÍA BACCA, Juan David. Sobre virtudes y vicios. Barcelona: Antropos, 1993, p.42.

[16] GARCÍA BACCA, Juan David. Infinito, transfinito, finito.  Barcelona: Anthropos, p. 106.

[17] GARCÍA BACCA, Juan David. Ensayos. Barcelona: Península, 1970, p. 234.

Castor Bartolomé
Universidad de UNISINOS (Brasil)

 

[Fuente: Carlos Beorlegui, Cristina de la Cruz y Roberto Aretxaga, Editores. El pensamiento de Juan David García Bacca, una filosofía para nuestro tiempo (Actas del Congreso Internacional de Filosofía: Centenario del nacimiento de Juan David García Bacca). Bilbao: Universidad de Deusto, 2002.]

 

© José Luis Gómez-Martínez
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