Teoría, Crítica e Historia

José Luis Gómez-Martínez

 

 

"Ramiro de Maeztu y el Concepto de Europa"

La Generación española del 98 destaca en el debate ideológico y literario del primer tercio del siglo XX por considerar a España como problema. Y entre las características que unen a los miembros de esta generación sobresale, por lo mismo, su pregunta por España: invariablemente ven a España desde fuera. El modelo y punto de referencia para sus juicios sobre España y su historia proviene de Europa Central o de África. Ramiro de Maeztu, uno de los miembros claves de la Generación del 98, se distingue precisamente por su participación en este debate y por la fuerte repercusión de sus ideas en el desarrollo ulterior socio-político de España. Maeztu rechazó la posición determinista de Angel Ganivet y debatió extensamente las afirmaciones controvertidas y contradictorias de Miguel de Unamuno. Su propia posición, sin embargo, experimentó una transformación radical, según pasó de una interpretación filosófica del concepto de Europa (Europa como definición), a una posición ideológica, en la década de los treinta, al defender los movimientos tradicionalistas de Europa y la transición política hacia la derecha de los conservadores españoles (una Europa encaminada hacia la visión española del mundo del Siglo de Oro).

Si bien el título de mi estudio corresponde al tema que voy a tratar, quisiera desde el principio señalar que únicamente me propongo reflexionar en torno a dos puntos concretos: A) El primero de ellos apunta a la problematización previa y necesaria del concepto implícito en los términos “Europa” y “europeo”. B) El segundo aspecto es únicamente una aplicación del primer punto al caso concreto de Ramiro de Maeztu.

 

Europa y lo europeo

Antes de proceder al análisis de la visión de Europa de los intelectuales españoles durante la primera mitad del siglo XX, se hace necesario problematizar el sentido mismo de la expresión “Europa y lo europeo en los intelectuales”. De lo escrito por los pensadores españoles y de las interpretaciones que nos ha venido adelantando la crítica, se desprende un primer nivel de problematización: Europa se presenta como lo “otro”. No se habla de “nosotros” los europeos, se habla de España y Europa, de españoles y europeos. Se hace necesario, pues, precisar en que medida estos conceptos, “español” y “europeo” se encuentran formando parte de un discurso jerarquizante, donde lo europeo (lo otro) se confronta como modelo a seguir; y, al mismo tiempo, reconocer que dicha estructura jerarquizante constituye la esencialidad del discurso español de comienzos de siglo.

Permítaseme introducir un nuevo concepto: el de frontera.[1] Y sin necesidad de repetir aquí lo que se ha expresado ya con elocuencia en los estudios críticos sobre la Generación del 98, sí vamos a regresar al debate entre Angel Ganivet y Miguel de Unamuno. Tanto en el “debemos europeizarnos,”[2] de Unamuno, como en el deseo de “mantener ante Europa nuestra personalidad,”[3] de Ganivet, se encuentra implícito un no pertenecer, que en terminología actual correspondería a un ser periferia o con más precisión a un “ser frontera”; es decir, a una pugna entre la aceptación sin reservas de lo europeo o su rechazo también sin reservas. Aunque no es este el lugar para precisar estos conceptos, sí conviene resaltar que lo periférico es aquello que se siente unido --y en cierto modo perteneciente-- a un centro, pero que puede proyectarse independiente del centro: Cataluña y Galicia serían dos ejemplos apropiados en el caso de España. Frontera, por el contrario, es “no ser”, o mejor, “no-ser-todavía”, pugna entre lo uno y lo otro. En la España de Ganivet sería el lugar de encuentro de África y Europa. Y España necesitaba pronunciarse. Para Ganivet las opciones eran obvias: “Someternos en absoluto a las exigencias de la vida europea o retirarnos en absoluto también y trabajar para que se forme en nuestro suelo una concepción original.”[4]

En realidad, los intelectuales del 68 habían ya optado por la incorporación de España a Europa, así también el regeneracionismo de Costa. “Europa es definición,” decía Ortega y Gasset, y Maeztu acepta y amplía este concepto haciéndolo coincidir con el de “centro”: Europa es el centro que marca la pauta. En cualquier caso, aquí me interesa resaltar que no se trata de comparar lo “español” a lo “europeo”, sino de constatar que este concepto de “lo europeo como centro, como lo superior” era precisamente parte del ser español de la primera mitad del siglo XX y que el lenguaje coloquial del pueblo lo supo plasmar, quizás con más precisión que los intelectuales, al juzgar despectivamente como “una españolada” la representación de su propia imagen tanto en las creaciones artísticas como en sus propias costumbres.

 

Maeztu en su contexto

Apliquemos ahora, de un modo esquemático, estos presupuestos a la obra de Maeztu. Y para ello vamos a aceptar primero, para problematizar después, la evolución ideológica de Maeztu, según la expone Gonzalo Sobejano en el capítulo que le dedica en su libro Nietzsche en España. Sobejano reconoce en Maeztu, y en esto están de acuerdo los críticos que han estudiado su obra, tres etapas:
a) En la primera (1894-1904), “Maeztu trabaja como propagandista de la individualidad poderosa que, con su voluntad, puede y debe regenerar a España.”
b) La segunda (1905-1919), “se caracteriza por una fe creciente en la obra colectiva de los pueblos.”
c) En la tercera (1920-1936), “Ramiro de Maeztu, que hasta allí había considerado a Europa como solución del problema de España, desemboca en la convicción de que sólo España ha realizado la compenetración fecunda de los valores mediante un humanismo ecuménico que debe reanudar y llevar a perfección: es ésta su época de ‘conversión’ a la catolicidad y a la hispanidad.”[5]

La clasificación de la obra de Maeztu en tres etapas me parece oportuna, consecuente con su producción escrita y, sobre todo, jalonada por sus tres libros fundamentales: Hacia otra España (1899), La crisis del humanismo (1919), y Defensa de la Hispanidad (1934). El punto que deseo problematizar aquí es simplemente la afirmación de que Maeztu modificó su opinión sobre el sentido de lo europeo en el contexto español. Es decir, lo que cuestiono es que su visión del futuro pasara del referente europeo al español.[6]

Ante las dos posiciones en conflicto (las debatidas por Ganivet y Unamuno) que caracterizan la ubicación cultural fronteriza de España, Maeztu se pronuncia por la cultura europea. Para él, “los árabes fueron unos bárbaros, que nunca tuvieron más civilización que la de los pueblos dominados por ellos.”[7] Pero España, como frontera, era el punto de encuentro de la civilización (Europa) con la barbarie (África). De ahí que la aproximación a Europa, cree Maeztu, debe partir también de un conocimiento de la circunstancia peculiar española: “Estoy persuadido” —nos dice— “de que para corregir nuestros defectos tenemos que conocerlos y adjetivarlos y que el camino para ello consiste en estudiar a los moros.”[8]

Como frontera, pues, y desde su perspectiva “europea”, Maeztu ve a “España despoblada, atrasada e ignorante.”[9] Sin tomar conciencia de lo que implicaba sentirse ser frontera, su planteamiento sí define el problema:

 “Debemos a Costa la conciencia de que hay algo permanente en Europa que no existe o no perdura en nuestra patria española; en otros términos, debemos a Costa la conciencia de que Europa es un problema que todo español culto ha de plantearse para hallar solución al problema de España, ya que sólo es problema España comparada con los países de allende el Pirineo, no si se la compara con los de allende el estrecho.”[10]

La frontera es, en efecto, la línea que separa la civilización de la barbarie y España se encuentra en el lado europeo de la frontera; por ello es superior a la barbarie que va a caracterizar el otro lado de la frontera, “allende el estrecho,” en las palabras de Maeztu. Sólo cuando el ser fronterizo vuelve sus ojos al centro --Europa en este caso-- la superioridad que sentía ante el “bárbaro” se disipa y da lugar a un sentimiento de inferioridad, de no dar la medida. Por ello la importancia que Maeztu ve en el programa de Costa; es decir, en “fomentar en España la escuela y la despensa como procedimiento de europeización.”[11] En efecto, añade más adelante, en su ensayo “La conciencia de Europa,” de 1911, “a Costa debemos que sea Europa un ideal y no meramente una expresión geográfica.”[12] Y concluye, citando de nuevo a Costa, con una afirmación clave para comprender el sentido de la evolución de su pensamiento: “No se equivocaba Costa al proclamar la necesidad de ‘refundir al español en el molde europeo,’ y la de la ‘adaptación del régimen imperante en Europa a las condiciones especiales de nuestro país’.”[13] Estos dos conceptos, “refundirse en lo europeo” y “adaptar”, como veremos luego, son las constantes que contextualizan la evolución del pensamiento de Maeztu.

En realidad, bajo la nueva terminología, Maeztu únicamente replantea el anhelo de incorporar a España a la modernidad europea. Se propone, según sus propias palabras,

“impulsar a nuestra patria hacia la región de las definiciones. Es obvio que no se trata de la Europa geográfica, pues a ella pertenecemos [...] lo que se busca es el carácter esencial de Europa, lo que en la historia la diferencia sustancialmente en las demás partes del mundo, y ello no es otra cosa que la tendencia hacia las definiciones.”[14]

Pero Maeztu va todavía más allá en cuanto a lo que supone Europa en el contexto español. “El camino de la europeización” es para Maeztu ante todo el camino “de la idealización de un pueblo.”[15] Es decir, lo europeo se presenta no sólo como “lo otro”, sino también como parte integrante del ser español en el sentido de lo ideal, o sea, de “no-ser-todavía”.

Antes de continuar, regresemos de nuevo a las tres etapas antes mencionadas en la obra de Maeztu: Se ha reconocido, acertadamente, que en la primera domina el individuo y la voluntad de poder, en la segunda matiza esta posición a través de la idea de función en la acción social, y en la tercera, propongo yo, Maeztu cree encontrar en un gobierno autocrático católico la expresión concreta para llevar a cabo su programa. En las tres etapas sigue Maeztu el proceso europeo. Incluso el aparente repudio de sus primeros escritos de combate europeizante y su interiorización final en una supuesta España del Siglo de Oro, son igualmente expresiones, como vamos a ver, de un acendrado europeísmo.

La fecha pivotal, tanto en el desarrollo europeo como en el de Maeztu, hay que fijarla en los años de la Primera Guerra Mundial. En este sentido la obra de Spengler, La decadencia de occidente, es sintomática. Se cuestionan ahora los valores liberales democráticos y se repudia el modelo socialista del comunismo; Europa, se cree entonces, necesita encontrar nuevas formas socio-políticas. En 1934 Maeztu publica Defensa de la Hispanidad y en ella hace eco de la preocupación europea:

“Por primera vez desde hace dos siglos se encuentran los pueblos hispánicos con que no pueden ya venerar a esos grandes países extranjeros [...], como los reverenciaban cuando pensaban o parecía que pensaban por todas las naciones de la tierra.”[16]

 Fiel a su principio de que para adaptarse a Europa es necesario el “conocimiento de Europa,” Maeztu observa ahora que “los Estados democráticos nacionales son, en todas partes, demasiado costosos, y han de ser sustituidos por nuevas concepciones del Estado.”[17] La década de los veinte ve en Europa el surgir de movimientos fascistas, y en 1934 Maeztu reconoce que “los países principales vuelven la mirada a regímenes de autarquía. [Y] Así se desvanecen todas las críticas que se habían hecho contra el sistema cerrado de la economía española en América.”[18] Maeztu interpreta la nueva posición europea como una ruptura, como el fracaso de la modernidad, pero también, y esto es más importante, su interpretación del nuevo pensamiento europeo coinciden en lo esencial con los presupuestos de poder y función que él había desarrollado ya. Lo característico de las nuevas derechas, nos dice en 1932, “es que surgen no meramente como una añoranza del pasado, sino al través de los movimientos revolucionarios de la modernidad. No son una negación a priori de esa modernidad, sino un desengaño.”[19]

En el escenario europeo hay otro cambio que Maeztu recoge con regocijo: los intelectuales europeos inician la revaloración del Siglo de Oro español: “Ahora vuelven algunos espíritus alertas los ojos hacia la España del siglo XVI,” nos dice, para afirmar más adelante, que en Francia e Inglaterra se reivindican “los principios de la Hispanidad.”[20] Hoy, concluye en un ensayo de 1933,

“el mundo nos da la razón a los españoles. Era preciso limitar al hombre, como nosotros lo intentamos en la Contrarreforma, para que el hombre se sometiera a la justicia. De ahí la serie de magníficos libros extranjeros en que se reconoce la razón de España [...]. Empieza a ver el mundo que de la libertad ilimitada surge la ambición irrefrenada, y de la ambición viene la revolución.”[21]

La dirección en la que se embarca Europa le parece a Maeztu clara. Por una parte, según Maeztu, “los pueblos que fueron hostiles a la tradición de España [Francia e Inglaterra] están pasando por una crisis profunda, de la que no sabemos si podrán salir, como no se guíen por principios de autoridad y universalidad, análogos a los de nuestra tradición.”[22] Por otra parte, los movimientos fascistas no le satisfacen: “En el de Italia no me place, por ejemplo, su exceso de italianismo; en el de Alemania me disgusta su sentido racista, pero en el propósito de sustituir la lucha de clases por una organización autoritaria de justicia social no veo sino racionalidad.”[23]

Interpretado de este modo, el título de su primer libro, Hacia otra España, sigue siendo actual. En 1899, apenas apuntaba hacia Europa como objetivo, en 1934 Europa está en un proceso de transformaciones radicales, y Maeztu cree descubrir el objetivo europeo en una reencarnación del siglo XVI español. El modelo, pues, sigue siendo Europa y el auge del fascismo. Lo único que ha cambiado ahora es la dirección. Según Maeztu, el catolicismo, en el sentido de Defensa de la Hispanidad, armonizó en el siglo XVI los elementos autoritarios e igualitarios.

La posición de Maeztu en Defensa de la Hispanidad, pues, sigue siendo europeísta; y sigue buscando “otra España”, aun cuando ahora, e insisto que todavía a través de la perspectiva europea, adquiera una dimensión mesiánica y se modele de acuerdo a la idealización de un siglo XVI español que nunca existió.

 

Notas


[1] Para un desarrollo más puntual de este concepto véase, José Luis Gómez-Martínez, “Mestizaje y Frontera como categorías culturales iberoamericanas.” Estudios Interdisciplinarios de América Latina y el Caribe 5.1 (1994): 5-19.

[2] Miguel de Unamuno, El porvenir de España y los españoles (Madrid: Espasa-Calpe, 1973), p. 117.

[3] Ibid., p. 35.

[4] Ibid., p. 31.

[5] Gonzalo Sobejano, Nietzsche en España (Madrid: Gredos, 1967), p. 326.

[6] José Luis Abellán da igualmente énfasis a esta idea de cambio: “Maeztu pasa de un deseo de cambio profundo y radical en Hacia otra España a la aspiración de reentroncar con la misión católica e interrumpida de nuestro siglo de Oro,” Historia crítica del pensamiento español, vol. 5, Parte 2 (Madrid: Espasa-Calpe, 1989), p. 177.

[7] Ramiro de Maeztu, El nuevo tradicionalismo y la revolución social (Madrid: Editora Nacional, 1959), p. 43.

[8] Maeztu, España y Europa (Madrid: Espasa-Calpe, 1959), p. 75

[9] Maeztu, Hacia otra España (Madrid: Rialp, 1967), p. 150.

[10] Maeztu, Los intelectuales y un epílogo para estudiantes (Madrid: Rialp, 1966), p.54.

[11] Ibid., p. 48.

[12] Ibid., p. 55.

[13] Ibid., p. 59.

[14] Ibid., p. 188.

[15] Ibid., p. 70.

[16] Maeztu, Defensa de la Hispanidad (Buenos Aires: Editorial Poblet, 1952), p. 183.

[17] Ibid., p. 220.

[18] Ibid., p. 299.

[19] Maeztu, El nuevo tradicionalismo y la revolución social (Madrid: Editora Nacional, 1959), p. 62.

[20] Ibid., p. 43, 47.

[21] Maeztu, Los intelectuales... p. 136.

[22] Maeztu, Defensa de la Hispanidad, p. 220.

[23] Maeztu, El nuevo tradicionalismo, p. 254.

 

 

[Fuente: José Luis Gómez-Martínez. “Ramiro de Maeztu y el concepto de Europa.” De la catedral al rascacielos. Rafael Corbalán Torres, Gerardo Rosales, Nicolás Toscano, editors. New York: ALDEEU, 1998. 333-339.

 

© José Luis Gómez-Martínez
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