José Luis Gómez-Martínez

 

El exilio en las ciencias histórico-sociales:
hacia una filosofía de la historia

1.
UNA FACETA DEL PENSAMIENTO DEL EXILIO:
UNA POSICIÓN ANTE EL PASADO

El español, desde hace ya siglos, desde que por primera vez comenzó a ver a España desde fuera y por ello mismo se creyó inferior, se siente perseguido, y subyugado a la vez, por un constante preguntarse: ¿qué ha aportado España a la cultura universal? Y así como la necesidad de la pregunta surgía de su personalismo rebelde, la respuesta, cualquiera que ésta fuera, significaba también una autojustificación personal. En ningún momento se pensó en analizar en qué consistía la realidad de eso que se llamaba España, ni en determinar qué se entendía por “universal”. En verdad, lo universal se identificó con algo extraño, con el modo de ser, pensar y actuar de los alemanes, franceses o ingleses. De ahí el continuo intento de evaluar lo español con la vara de lo centroeuropeo, de proponer una y otra vez la europeización o no europeización de España.

La misma España que revela la llamada Generación del 98, es una España vista desde afuera con los mismos ojos de sorpresa y entusiasmo con que el turista descubre, apenas escarba la corteza de lo castizo, lo superficial, lo “intrahistórico”, lo folclórico de una España que se considera eterna. Pero este vigoroso resurgir intelectual que supone la Generación del 98, dará base a incitará a un Ortega y Gasset a iniciar un proceso más sistemático y a comenzar preguntándose qué es “lo universal” . Y así llega a intuir que toda idea, por trivial que sea, lleva en potencia su universalización, lo cual no depende ni de su “valor” intrínseco ni del prestigio de su autor, sino más bien del vigor vital del pueblo que la acepta como parte del fondo de sus creencias. La Generación del 98, y en especial la obra de Ortega y Gasset, motivará también a un Américo Castro, a un Sánchez Albornoz a indagar sobre la realidad histórica de España, partiendo, ahora sí, desde su propio fondo, desde la circunstancia española.

A) Los presupuestos teóricos de Américo Castro

Américo Castro reaccionó contra la historiografía tradicional, contra el deseo desmesurado de objetividad que las hacía meras narraciones de sucesos, más o menos importantes, dispuestos en cierto orden cronológico, ya que para él, “la ingenua urgencia de narrar o averiguar sin más, lo que pasó, hace olvidar a veces la auténtica realidad de los hechos y de las obras de la historia humana, una realidad sólo historiable cuando es puesta en correlación con la estructura humana en que existe, y con los valores en los cuales se hace significante” (1954, 21). Los grandes sucesos en sí no son lo más importante, sino su interrelación, su conexión con el “taller de vida” donde fueron forjados: “Los hechos humanos —nos dice Castro— necesitan ser referidos a la vida donde acontecen y existen” (1954, 21). Siguiendo esta línea de pensamiento concluye que “la historiografía no puede cobijarse bajo una ciencia que le sirva de cúpula, rica de conceptos fijos y unívocos, al menos cuando se aspira a hacer ver el pasado como una estructura y en una perspectiva de valor” (1957, 3). Pues, para Castro, “la pretensión de fundar la historia en determinaciones exactas del pasado, y nada más, es ingenua y carece de sentido” (1958, 6). Al pasado debemos acercarnos, según Américo Castro, a través de nuestra experiencia vital: “Historiar requiere entrar en la conciencia del vivir de otros a través de la conciencia del historiador, es decir, sirviéndose de su vivencia del vivir de otros” (1956, 34).

El peligro de este método es que la interpretación así conseguida sea excesivamente personal. Y ello fue la causa de las polémicas que surgieron en torno a la obra de Américo Castro. Sin embargo, en su concepción historiográfica las alas de la intuición se neutralizan al encontrarse ésta encerrada en la jaula de la “morada vital” que la condiciona, y en cierto modo la determina: “Todo ser humano —nos dice Castro— se nos aparece viviendo, en cuanto hombre, en y desde una vividura. Esta se hace presente en un modo y en un curso de vida, condicionados por ciertas tendencias posibilitantes y por ciertas tendencias excluyentes, es decir, por un cierto modo de hacer y de no hacer, por acciones y por omisiones (1950, 10). Por ello, Castro mismo nos previene de que “no cabe hablar plenamente de historia cuando falta la referencia a una "morada" interior (vital) en donde situar los fragmentos inconexos de la realidad humana” (1954, 21-22). Con lo que se deduce que la realidad de “lo histórico” está precisamente en la conexión que existe entre los hechos y las vivencias humanas que los motivan, sólo relacionables a través de una “morada vital”, que para Castro es “el hecho de vivir ante un cierto horizonte de posibilidades y de obstáculos (íntimos y exteriores)” (1971, 109-110).

B) Aplicación a la historia de España

Los mismos supuestos teóricos de Américo Castro nos indican que su historia no va a ser un estudio sistemático del pasado español. Tampoco le interesa cubrir todo lo sucedido en la Península Ibérica desde las primeras civilizaciones que la habitaron. Por otra parte individualiza, hasta el extremo, la peculiaridad española, aislándola del resto del mundo occidental: “El curso de la vida española ha sido muy diferente de la del resto de los pueblos europeos” (1956, 48-49). Para Castro esta diferencia radica, primariamente, en la convivencia de cristianos, moros y judíos: “Los cristianos del norte no pudieron forjarse una cultura a tono con la cristiandad europea... precisamente a causa del sistema de las tres castas, cuyo análisis y valoración es el tema de esta obra mía” (1971, 196). Si como queda indicado, el punto de partida para todo conocimiento histórico es la “morada vital”, la búsqueda de ese comienzo del saberse existir español ha de ser el principio forzoso. Por ello, al hablar de los godos, niega a los habitantes de la España de aquella época su calidad de españoles, ya que vivían “sin acabar por reconocerse, ellos mismos, como plenamente existentes y dignos de historia” (1971, 156). De ahí que pueda asegurar categóricamente que “los castellanos y aragoneses no eran ni visigodos ni romanos ni celtíberos, porque la dimensión colectiva de un grupo humano depende de una forma social y no de una sustancia biológico-psíquica, latente y perdurable” (1971, 145). Es decir, hubo una morada vital hispano-goda (para Castro los godos se sentían ser godos viviendo en tierras de España), lo mismo que anteriormente había existido otra hispano-romana. En resumen, su historia “se funda en el supuesto de que la conciencia de ser español y de estar obrando como tal comienza a hacerse sentir entre los siglos X y XI, porque ser español y ser habitante de la Península Ibérica son —para Castro— cosas distintas” (1971, 139).

Lo que Castro nos proponía era algo nuevo y digno de ser meditado. Según él, ni Viriato, ni Séneca, ni San Isidoro de Sevilla podían ser considerados como españoles, si este término había de servir para algo más que para designar a los habitantes de España. No fueron españoles, porque su morada vital no era la misma de aquellos que luego comenzaron a llamarse y sentirse españoles. “La morada vital de los futuros españoles —nos dice Castro hubo de alzarse, desde el siglo VIII, sobre ruinas a incoherencias humanas de espesor excepcional” (1956, 32). La venida de los árabes a España supuso algo más que la conquista, más o menos prolongada, de casi la totalidad de la Península Ibérica: “El islam —señala Castro— obligó a contemplar y a usar en una nueva perspectiva el tradicional modo de existir y el quehacer social de los habitantes del norte” (1971, 176). Si la morada vital de los españoles comenzó a formarse en el siglo VIII, todo lo anterior, según Castro, cae fuera de los límites de la verdadera historia de los españoles, la cual, por otra parte, ha de basarse en la determinación de cuándo y cómo surgió dicha morada vital. Una vez fijada ésta, el modo vivencial de los españoles, o sea, “el aspecto consciente del funcionar subconsciente de la morada vital” estará motivado y en cierto modo condicionado por ella misma.

C) Los presupuestos teóricos de Sánchez Albornoz

En aparente oposición a las teoría de Américo Castro se halla la concepción historiográfica de Claudio Sánchez Albornoz, sin duda la figura más notable y mundialmente reconocida de la historiografía española de la posguerra.[1] Su preocupación por el “ser de España” tiene una manifestación primeriza en su réplica a España invertebrada, de Ortega, “España y Francia en la Edad Media, causas de su diferenciación política,” de 1923. Pero fue en 1929 cuando en un sugestivo ensayo, “España y el Islam” , mostró decididamente su posición ante la función de la Edad Media en la forja del español. Sánchez Albornoz, como años más tarde lo haría Américo Castro, reaccionó contra el tan repetido postulado de Ortega y Gasset: “Es oportuno advertir que ni los árabes constituyeron un ingrediente esencial en la génesis de nuestra nacionalidad, ni su dominación explica la debilidad del feudalismo peninsular”. El pensamiento de Sánchez Albornoz no podía ser más opuesto, pues para él, “éste fue el minuto decisivo de la vida de España” (1943, 14). La publicación en 1948 de la primera edición de La realidad histórica de España, de Castro, motivó la publicación en 1956 de España, un enigma histórico, de Sánchez Albornoz. Se trata de una extensa obra, dos apretados volúmenes, donde expone su concepción de la historia española. Surge como una obra en polémica con la de Castro: “Confío en que Castro —nos dice Sánchez Albornoz— comprenderá la magnitud del homenaje que rindo a su obra. Ninguno mayor puede ofrendarse a un libro que la redacción de otro para contradecirle” (1953, 130). Pero su obra es mucho más que una obra polémica, es una sistemática interpretación de la historia española.

La posición de Sánchez Albornoz tiene una evolución paralela al desarrollo de la historiografía española y se halla enraizada en la concepción historiográfica de Menéndez Pidal. En efecto, sospechoso de las teorías innovadoras, nos previene ya desde un principio: “No he de apartarme del camino real, aunque haya sido recorrido con frecuencia, pues no desdeño la verdad porque sea vieja conocida de muchos, ni me seducen las novedades engañosas, cualquiera que sea el atractivo de su frescura juvenil” (1956, I: 19). Su interpretación, paradójicamente, resulta en cierto modo nueva. El “ser español” que nos presenta es algo comprensivo y más de acuerdo con la complejidad de lo español que la raíz senequista de Ganivet, el cristianismo de Maeztu y García Morente, el elemento godo de Ortega y Gasset, o la convivencia de las tras castas de Américo Castro. Sánchez Albornoz consideró todos estos aspectos, pero nunca pretendió elevarlos a un plano dominante con exclusión de los demás. Esta es la verdadera constante en los postulados teóricos que el autor reúne en el capítulo primero de su libro: “Se ha negado que la geografía rija el curso de la vida histórica. Suscribo esa negación, pero no me permito prescindir de la influencia ejercida por el medio geográfico en el acuñarse de la personalidad de cada pueblo” (I: 13). “No cabe ver en el curso del pasado la pura acción de necesidades y de apetencias materiales; pero el modus operandi de cualquier comunidad humana no ha podido madurar en un puro mundo de ideas, desprendido de todo contacto con la tiranía eterna del vivir” (I: 13). “No menosprecio lo lingüístico ni lo literario como motor y expresión de lo histórico, pero no puedo prescindir de los marcos institucionales —sociales y políticos— dentro de los cuales ha madurado la vida de los pueblos” (I: 13-14). Su amplia visión abarcadora del complejo histórico, resulta ecléctica incluso cuando se opone a superadas teorías hasta ayer vigentes: “Aunque no soy positivista miro a lo biológico como factor activo en las creaciones humanas y de la vida histórica” (I: 13).

En resumen, para Sánchez Albornoz la historia no debe “limitarse a estudiar estos o aquellos hechos; tiene que enfrentarse con cuantos integran el complejo tejido de la vida y de la cultura de ayer” (1956, I: 39.) El historiador, por otra parte, no presencia los hechos que va a historiar, por lo cual ha de ser consciente de que ha de añadir “al subjetivismo de su visión el subjetivismo de los hombres cuyos testimonios aprovecha” (I: 24). Una vez establecidos estos postulados preliminares, pasa a considerar la historia como el resultado de tres fuerzas: a) “la contextura vital de la nación abocetada ya en la prehistoria, pero siempre dinámica y en perpetua mudanza”. b) “Los conductores del pueblo, de talla diferente, pero siempre moviéndose entre las tensiones encontradas de la herencia temperamental del grupo humano en que han nacido”. c) “El azar —los antiguos hubieran dicho Fortuna—, fuerza ciega, difícil de concebir y de explicar por quienes no creen en la acción creadora y rectora de la vida por una potencia divinal” (I: 61).

De este modo, por caminos diferentes, ambos, Américo Castro y Sánchez Albornoz llegan a una concepción semejante, que aquél llamó “morada vital” y éste denomina “contextura vital”. La “contextura vital” sería estudiada por la “historia horizontal”, mientras que su evolución y proyección en el tiempo sería objeto de la “historia vertical”, la cual, según Sánchez Albornoz, “sólo es concebible en permanente conexión con la historia horizontal de las comunidades culturales y vitales de que ha ido formando parte activa al correr de los tiempos” (I: 35).

D) Aplicación a la historia de España

Sánchez Albornoz compara la historia con un río: “¡El río de la historia! Ningún símil es perfecto, pero éste no es demasiado aventurado” (1956, I: 64). Nada más acertado para poder explicar con brevedad el sentido de su oposición a Castro. Por ello, dirá con desenfado: “Me he alzado contra la absurda y torpe teoría de que lo español es posterior al 711. Es difícil evitar una sonrisa ante la afirmación —de un tan exquisito ensayista como peregrino historiador— de que todo lo ocurrido en la Península antes de la invasión islámica cae fuera de la historia de España” (I: 5). En efecto, Sánchez Albornoz, al igual que en el río, ve los principios de nuestra historia en los primitivos habitantes de España. Esta postura ha motivado que lo hayan acusado de presentar un “ser español” invariable desde Viriato al siglo XX, pero ante lo cual ya nos dice Sánchez Albornoz que “sólo con perversa intención confusionista puede presentárseme sosteniendo la perpetuación a través de milenios de una y la misma españolía” (I: 5). Es muy comprensible su enojo, más después de haber repetido infinidad de veces a lo largo de sus obras que “lo español ha ido madurando muy despacio y que sus raíces más profundas toman sus jugos en los más viejos tiempos del pasado peninsular” (I: 6). Por otra parte, su diferencia más notable con Castro estriba, precisamente, en ello: mientras éste afirma que la morada vital de los españoles se formó, en su perfección, durante los siglos medievales y que permanece apenas sin variación hasta la actualidad, a Sánchez Albornoz no le “parece lícito prescindir de las huellas de lo premuslim en la España musulmana” (I: 13). Y si bien considera “a la Reconquista clave de la historia de España” (II: 9), cuya “empresa multisecular constituye un caso único en la historia de los pueblos europeos” (II: 11), afirma también: “No tengo por conclusa la fragua de la contextura temperamental de ninguna nación en ningún momento de su historia” (I: 14).

E) Causas de la polémica y marginación actual

Estos postulados teóricos, aislados del contexto necesario de una filosofía de la historia quedaron expuestos a interpretaciones dispares que alimentaron en su tiempo una vigorosa y prolongada polémica, que si bien ayudó a Américo Castro a exponer con más precisión algunas de sus bases teóricas, en definitiva, sólo sirvió para ocultar lo revolucionario de la concepción historiográfica que en estas obras se planteaba. Buen ejemplo de los árboles ocultando el bosque. Parte de la culpa, naturalmente, recae en nuestros pensadores, en su individualismo que los llevaba a un querer partir de cero y para ello a no considerar lo ya desarrollado por quienes les precedieron a incluso a ignorar sistemáticamente lo expuesto por sus contemporáneos. Américo Castro construye una incipiente filosofía de la historia como previa guía en sus investigaciones, pero ante los primeros descubrimientos formula intuitivamente una interpretación de lo español, para después, contra sus propios supuestos teóricos, considerar historiable sólo aquello que encajaba dentro de la estructura por él concebida. Sánchez Albornoz por su parte, pretendiendo una objetividad imposible e inapropiada, pretende que “el estudioso tiene que ir a la historia con el alma limpia de prejuicios filosóficos” (1956, I: 31).

Es por ello que las contradicciones implícitas en ambos historiadores, que señaló en su tiempo la crítica y que formaron el núcleo de la polémica de antaño y de la incomprensión de estudios recientes, sean, como veremos luego, más aparentes que reales.[2] Quiero decir, que son contradicciones cuando se consideran como aspectos aislados, pero que desaparecen como tales cuando las referimos a una previa construcción teórica de una filosofía de la historia. Sólo así se podrá evaluar el lugar que ocupan las aparentemente encontradas posiciones de un Sánchez Albornoz cuando nos habla de una “esencialidad” que permanece en el cambio; o del carácter dinámico de una “morada vital” originaria, pero que según Américo Castro permanece luego esencialmente inalterable; o del extremo a que nos conduce José Gaos cuando afirma que “los sujetos somos irreductiblemente distintos. En la medida en que lo somos, el pensamiento personal es incomunicable” (41); o la concepción de la historia desde la sociología de Francisco Ayala, para quien “la Historia es un conocer en función del presente, un saber para la práctica” (1962a, 38), por lo que “la Historia se configura —según él— desde el presente con vista al futuro” (38); es decir, “la Historia se constituye en función de la vida actual, y sólo en conexión con ella tiene sentido” (40). Todas estas posiciones, para destacar sólo las de cuatro eminentes exiliados en torno a la historia son únicamente facetas de un mismo pensamiento cuya base inicial se halla en una filosofía de la historia. Y esto es lo que vamos a exponer, según el esquema que nos hemos propuesto, en la segunda parte de este trabajo.

[1] En 1970 recibio el Premio Internacional Antonio Feltrinelli. Se le presenta como: “Storico fra i maggiori della Spagna... a maestro riconosciuto di quanti in Spagna, in Europa a nell'America Latina si interessano alla storia spagnola nelle sue relazioni con la storia medievale a moderna dell'Occidente”. Para la relación Castro-Sánchez Albornoz véase mi libro Américo Castro y el origen de los españoles.

[2] Me refiero aquí, entre otros, al trabajo de Julián Clemente Ramos, “Entre el determinismo y la libertad. Teoría histórica y contradicciones internas en el sistema albornociano”, de 1986, y a los estudios de Edmund L. King, Francisco Márquez Villanueva y John Beverley, que se incluyen en la sección “Américo Castro and Historiography” del libro Américo Castro: The Impact of His Thought, de 1988.

[Publicación original: José Luis Gómez-Martínez. "El exilio en las ciencias histórico-sociales: Hacia una filosofía de la historia". La otra cara del exilio: la diáspora del 39. José Luis Abellán, editor. Madrid: Universidad Complutense de Madrid, 1990. Páginas 21-46.]

 

© José Luis Gómez-Martínez
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