José Luis Gómez-Martínez

 

El exilio en las ciencias histórico-sociales:
hacia una filosofía de la historia

3.
ORIGINALIDAD Y CREACION:
HACIA ÚNA FILOSOFIA DE LA LIBERACION

El pensamiento español del exilio adquiere una clara dimensión circunstancial cuando se estudia su repercusión en el mundo hispánico. Su influencia es difusa, distante, en el ámbito español, donde en el mejor de los casos se acepta como parte de un pasado que se asume. Se continúa, eso sí, la preocupación de los exiliados por España, pero ahora, superado el nivel polémico que surgía de la necesidad de justificar un pasado o una parte del pasado, se desea recuperar el pensamiento original español dentro del nuevo contexto de sentirse europeo (original en cuanto al origen español, independiente de que implique o no novedad). En Iberoamérica el contexto cultural y social es distinto; los filósofos iberoamericanos más destacados encuentran en la fragmentaria formulación teórica de los pensadores españoles los gérmenes de una filosofía que permite superar la persistente mentalidad colonial y consigue formular un pensamiento original y por lo mismo liberador.

En España, precisamente por causar y originarse al mismo tiempo en un proceso de ruptura, el pensamiento de los exiliados tardó en llegar y cuando comenzó a difundirse, a partir de la década de los años 60, los españoles se interesaron más por la dimensión polémica que por las intuiciones originales que aportaba. La polémica proporcionaba, es verdad, cierto interés a la recuperación, pero al mismo tiempo ocultaba el significado del mismo pensamiento qué se pretendía recuperar. La generación española que emerge en las décadas de los años 70 y 80 miraba con indiferencia a un pasado español que sólo conocía en la esquematización simplista de las fórmulas patrioteras, que había impuesto un sistema educativo cuyo fin no era la formación de la juventud, sino la legitimación de una forma de gobierno. Por eso, ante la imagen de un pasado estático, prefería considerar la dimensión europea de la España que ella representaba. En el pensamiento del exilio veía esta nueva generación una reliquia del pasado, digna de recuperar, pero sin actualidad ni repercusión en el futuro de una España europea. No obstante, la seguridad que aportaba la nueva generación al reconocerse a identificarse en un proyecto de acción definido, permitía también, por primera vez en varios siglos, asumir el propio pasado. Y así surge un pensamiento español que se propone ahora, dentro de la nueva línea circunstancial española y fuertemente influido por el pensamiento del exilio, recuperar España para Europa. El esfuerzo es todavía minoritario, pero los frutos son ya concretos. Surge a finales de la década de los 70 en torno a dos focos bien precisos: uno, de iniciativa individual —jóvenes intelectuales, casi todos ellos asociados con la universidad—, que asume el pasado con un deseo de formular el pensamiento español en el contexto de la nueva conciencia europea y cuya obra más significativa es la exposición teórica y aplicación crítica que lleva a cabo José Luis Abellán. El otro foco, la institucionalización de dicho proceso, tiene lugar en Salamanca: en la Universidad Pontificia, a través de la revista Cuadernos Salmantinos de Filosofía, y en la Universidad de Salamanca, a través del Seminario de Historia de la Filosofía Española, que desde 1978 dirige Antonio Heredia Soriano.[1] El pensamiento del exilio llena, pues, en España, un vacío a incita una actitud, pero no da lugar a una nueva formulación original, sirve, eso sí, para superar la ruptura del 1939 y propiciar la recuperación del pensamiento español dentro de la totalidad europea.

En Iberoamérica, el exilio español no significa, naturalmente, ruptura alguna. Sucede lo contrario que en España, viene a reforzar ideas que ya habían germinado y se encontraban en un proceso de desarrollo original. Los iberoamericanos, sobre todo en el caso de México, habían encontrado en los desarrollos orteguianos aquí estudiados una incipiente respuesta epistemológica a su problemática. Los primeros éxitos conquistados ya en la década de los 20 en las artes plásticas (la escultora Marina Núñez del Prado, y los muralistas, Rivera, Siqueiros y Orozco, entre otros), vigorizaron de tal modo el proceso que para finales de la década de los 30 se destacaban ya dos focos perfectamente definidos en el ámbito iberoamericano: el argentino, encabezado por Francisco Romero, y el mexicano, a dirigido por Samuel Ramos.

El exilio español llega, pues, a un terreno abonado y sirve para fortalecer un proceso y, en cierto modo, legitimar una actitud. Y si bien es cierto que se habla del liderazgo espiritual de Ortega y Gasset (Francisco Romero) y se reconoce en algunos desarrollos orteguianos “la piedra angular” del nuevo pensamiento (Samuel Ramos), no se trataba ahora de la imitación de una filosofía importada. De Ortega se recogió su espíritu de independencia, la necesidad de partir de la propia circunstancia y el imperativo de forjar un pensamiento original, no en cuanto a lo novedoso, sino como respuesta a la propia problemática. El planteamiento filosófico queda ya formulado en 1940 en la obra seminal de Samuel Ramos, Hacia un nuevo humanismo. Programa de una antropología filosófica. En ella deja Ramos establecida la filosofía mexicana, y por extensión la iberoamericana, en su doble vertiente: primero, como programa de autoconocimiento, mediante un estudio sistemático de lo mexicano —iberoamericano— y una recuperación del pasado filosófico, y, segundo, como aportación original a la cultura universal. Las circunstancias internacionales favorecieron y aceleraron el proceso. Las tensiones europeas de finales de la década de los 30 y el estallido de la Segunda Guerra Mundial justificaban la interiorización en la realidad americana. Tal es el proceso que se robustece con la llegada de los exiliados españoles. Su integración en el proyecto iberoamericano fue inmediata: José Gaos, en México; Agustín Millares y Juan David García Bacca, en Venezuela; José María Ots, en Colombia; Luis Récasens Siches, en Guatemala; entre otros muchos, son únicamente una muestra destacada de la aportación española.

José Gaos, en estrecha colaboración con Alfonso Reyes, Samuel Ramos y Francisco Romero, se convierte en la fuerza dinámica que inspira y define la renovación del pensamiento iberoamericano a principios de la década de los 40. Y Leopoldo Zea, discípulo mexicano de Gaos, será el heredero de esta preocupación y quien encabezará la dirección más fecunda del movimiento filosófico iberoamericano de la segunda mitad del siglo XX: el lento proceso hacia la formulación de una filosofía de la liberación.

En cierto modo se puede decir que el camino seguido en ambos extremos del mundo hispánico es en un principio paralelo. Se comienza con un intento de recuperar la totalidad del pasado que ahora se quiere asumir. La diferencia se encuentra en las posiciones radicalmente distintas que ambos tienen en el presente. Los iberoamericanos no han logrado definirse; la recuperación del pasado es todavía fragmentaria y su deseo de asumirlo, un proyecto aún en el futuro. Por eso, como señalamos anteriormente, el pensamiento del exilio únicamente llena en España un vacío y muestra una pauta para la recuperación. Los iberoamericanos, sin embargo, encuentran en nuestros pensadores del exilio algo más, hallan en ellos la intuición de un nuevo pensamiento, que les lleva a formular una filosofía de la liberación. Parten de un método asuntivo que les permite reconocerse en el presente a través de una recuperación original de su pasado. Original no precisamente en el sentido de novedosa, sino en cuanto a que su origen surge de la propia problemática iberoamericana. Se llega así a reconocer la situación —y en cierto modo mentalidad— colonial que domina hoy día en los pueblos iberoamericanos y, por ello mismo, se impone una filosofía de la liberación con repercusiones globales. Su formulación, como dijimos, es original, es decir, procede de la propia problemática, pero surge en diálogo con el pensamiento occidental. Se reconoce que sus valores humanos son también los de los pueblos iberoamericanos y se reclama que a su vez se reconozca la humanidad de todo hombre. En la formulación iberoamericana ningún pueblo, donde quiera que éste se encuentre, será libre mientras queden pueblos que no lo sean.

[1] En el caso de José Luis Abellán me refiero, naturalmente, a los cinco volúmenes de su Historia crítica del pensamiento español (1979-1988), y al estudio teórico que incluye en el primer volumen. Antonio Heredia supo aglutinar en las reuniones bienales de Salamanca esta nueva preocupación (las Actas de estos Seminarios de Historia de la Filosofía Española son representativas del desarrollo de una postura y de los pensadores que en ella participan).

[Publicación original: José Luis Gómez-Martínez. "El exilio en las ciencias histórico-sociales: Hacia una filosofía de la historia". La otra cara del exilio: la diáspora del 39. José Luis Abellán, editor. Madrid: Universidad Complutense de Madrid, 1990. Páginas 21-46.]

 

© José Luis Gómez-Martínez
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