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Francisco Giner de los Ríos

Julián Sanz del Río
(Por un discípulo
)[1]

El 10 de marzo de 1814, nació en Torrearévalo (Soria), don Julián Sanz del Río, de unos labradores pobres, don Vicente y doña Gregoria. Un hermano de su madre, don Fermín, lo crió y le dio carrera, llevándolo del pueblo a los diez años, en que quedó huérfano de padre. Después de estudiar Latín y Humanidades en Córdoba, donde su tío era prebendado, siguió tres cursos (1827-30) de Filosofía, equivalentes entonces a nuestra segunda enseñanza, en el Seminario Conciliar de San Pelagio, en la misma ciudad.

He aquí ahora su curriculum vitae:

1830-33: Tres cursos de Instituciones Civiles, en el Colegio del Sacromonte, de Granada, y grado de Bachiller en aquella Universidad.

1834: 4º año de dichas Instituciones, 1º de Canónicas y grado de Bachiller en Cánones, en la Universidad de Toledo.

1835-36: Regreso a Granada, 6º y 7º años de Cánones en el Sacromonte, grados de Licenciado y Doctor en aquella Universidad. Catedrático de Derecho Romano y Presidente de Leyes en el referido Colegio.

1836-38: 6º y 7º años de Jurisprudencia Civil en Madrid, adonde se había trasladado la Universidad de Alcalá desde 1836.

1840: Licenciado por oposición (“gratis, por pobre y sobresaliente”, dice la certificación) y Doctor en dicha Facultad.

1840-43: Sustituto pro Universitate del 6º año de Leyes, ejerciendo a la vez la abogacía, a que ya no volvió desde esa fecha.

En 1841, uno de sus amigos y condiscípulos, don Ruperto Navarro Zamorano (yerno del famoso orador progresista don Joaquín María López) tradujo y publicó en español la primera edición del Curso de Derecho Natural, de Ahrens, que éste había dado a luz en francés en 1837, como resumen de las lecciones que venía explicando en la Universidad de Bruselas desde 1834.

Esta traducción, ¿sería acaso fruto de la iniciativa de Sanz del Río? Muchas circunstancias revelan, por lo menos, que éste y sus amigos forman un grupo interesado en los problemas morales y políticos; a ese grupo pertenece, entre otros, don José Álvaro de Zafra, Diputado a Cortes, como Navarro Zamorano, del partido progresista, muerto joven también, y desastrosamente, y colaborador asimismo en la Enciclopedia jurídica del renombrado jurisconsulto y ministro del partido moderado don Lorenzo Arrazola. Ambos traducían al español entonces la Enciclopedia jurídica de Falck, que publicaron en 1845. Ya en 1840, Sanz del Río pide —sin éxito— se le encargase interinamente la cátedra de Filosofía moral, que acababa de vacar en la Universidad de Madrid, por pase de su titular a Magistrado; y, en 1841, presenta un proyecto al Ministro de la Gobernación (de quien entonces dependía la Instrucción Pública) para que se crease una cátedra de Filosofía del Derecho en que se refundiesen el Derecho Natural, los Principios de Legislación Universal y los de Derecho Público General, mostrando bien su dominio, no ya de la lengua, sino de la literatura filosófica de Alemania en este orden de estudios, y su inclinación a la doctrina de Krause, que, a su entender, completa la de Kant[2]. Con este motivo, discute las tres direcciones que a la sazón distingue en la Filosofía del Derecho: teológica, histórica e individualista del siglo XVIII, y, dentro de ellas, las teorías de Hugo, Fries, Stahl, Hegel y otros. A la vez, cita las dos traducciones de Falck y de Ahrens, ésta todavía en curso de publicación. Para la nueva cátedra, cree que se debería atender a la formación de un personal adecuado.

El Claustro universitario, por su parte, y el Rector (don J. Gómez de la Cortina —el Marqués de Morante), por la suya, aplauden en sus informes el proyecto (1842) y muestran grande aprecio del autor, al cual, no obstante su juventud, recomiendan para la interinidad de la nueva enseñanza; y don Manuel José Quintana, a la sazón Presidente de la Dirección general de Estudios, en un dictamen, que parece de su letra, aprueba el proyecto y que la nueva cátedra forme parte de los estudios del doctorado en Derecho, estudios que todavía no existían, aunque sí el grado. La vertiginosa e inflamada política de aquellos años dejó, sin embargo, el proyecto en tal estado.

Por este tiempo, Sanz del Río, a la vez que escribía sus artículos, dirigía la educación de dos jóvenes, don Frutos y don Ramón Álvaro Ruiz, a quienes más tarde dedicó su traducción del Weber.

Pero, en 1843, don Pedro Gómez de la Serna, Ministro a la sazón en el Gabinete de Gómez Becerra, al reorganizar la Facultad de Filosofía, nombró a Sanz del Río, Catedrático interino de Historia de esta ciencia, con la obligación de estudiar su estado en las Universidades extranjeras durante los dos años que, según el nuevo plan, tardaría en poder abrirse la matricula para dicha enseñanza. Por consejo de Ahrens, según se lee en sus Cartas a don José de la Revilla, jefe de la sección del Ministerio (publicadas sin fecha —del 75 al 80?— por su hijo, el malogrado don Manuel), eligió, ante todo, la Universidad de Heidelberg, donde enseñaban algunos importantes discípulos de Krause: Leonhardi, naturalista y metafísico, Röder, jurista, Schliephake y otros, intimando en su enseñanza y amistad, como con los grandes historiadores Gervinus, Weber (en cuya casa vivía) y el católico Schlosser.

Al año y medio, la muerte de su tío, canónigo a la sazón de Toledo (donde dejó fama por su ilustración), le hizo volver a España; y obligándole las consecuencias de este suceso a prolongar algún tiempo más su estancia aquí, renunció a terminar su comisión[3]. Nombrado poco después (1845) en propiedad para la cátedra de Ampliación de Filosofía, recién creada en una nueva reforma de la Facultad, rehusó encargarse de ella, alegando que no se tenia por suficientemente preparado aún. Accedió a su ruego el Ministro (Pidal), pero entendiéndolo como renuncia pura y simple; y se retiró a Illescas, con sus dos hermanas, a continuar sus estudios, compartiendo allí su vida retirada y austera entre el trabajo y los paseos por el campo, a que siempre fue muy aficionado. Todavía, en los últimos años de su vida, los daba, con alguno de sus discípulos, de 10 a 12 kilómetros, al menos. Y cuando veraneaba en alguna comarca rural, v. gr., en Villimer (León), en casa de don Patricio de Azcárate, con quien le ligaba la común vocación por la filosofía, impresionaba a todos su profundo amor a la Naturaleza, como les cautivaba su carácter jovial y sociable, en medio del rigor intelectual y moral de su espíritu: contraste que lo asemejaba por este lado a Kant.

De Illescas solía venir a Madrid una vez al mes, (permaneciendo en ocasiones varios días), a dirigir una conversación sobre filosofía con un corto número de amigos, reunidos en la casa de don Simón Santos Lerín, después famoso abogado (calle de la Luna, esquina a la de Panaderos). Entre ellos, a más de los ya citados Álvaro de Zafra y Navarro Zamorano, se contaban don Manuel Ruiz de Quevedo, don Dionisio Gómez, don Luis Entrambasaguas, don Eduardo Chao, don Manuel Ascensión Berzosa, don Francisco Cayoso y Larrúa y otros de significación no menos varia. Este parece haber sido el primer germen de lo que, andando el tiempo, vino a ser el Círculo Filosófico y Literario.

Fruto de aquellos años de retiro fue, ante todo, el primer bosquejo de su Metafísica analítica, “libremente formado” sobre la primera parte del Sistema de la filosofía, de Krause, y que, comenzado a imprimir en 1849, presentó entonces al Gobierno, pidiendo su auxilio (que no obtuvo) para publicarlo. Después, en 1853, cuando, creyéndose ya más capaz para el desempeño de su cátedra, solicitó se le encargase de ella, añadió a aquél estos otros trabajos: la traducción, ya citada, de la Historia universal, de Weber (de que llevaba impresos, por suscripción particular, desde 1851, todo el tomo I y parte del II, ampliados considerablemente con introducciones, notas críticas, suplementos especiales sobre España, etcétera, lo cual aumentaba, v. gr., al tomo II diecisiete pliegos); como igualmente los manuscritos de una Teoría de las sensaciones; de otra traducción de la Psicología, de Ahrens; de la refundición del Ideal de la Humanidad, de Krause, como aplicación práctica de la doctrina de este filósofo a la vida; de una Historia de la literatura alemana sobre la clásica de Gervinus y el Compendio de Weber, con notas comparativas acerca de la nuestra; de un estudio sobre el concepto, división y relaciones de las Ciencias de la Naturaleza; las Actas de sus lecciones y sesiones filosóficas en la especie de Academia ya citada; algunos artículos publicados en el Semanario Pintoresco Español, y otros opúsculos sueltos. Los sucesos de 1854 interrumpieron, además, la impresión del libro de Minutoli España. y sus adelantos hasta 1852, cuya traducción se le había confiado y tenía ya concluida, y aun comenzada a imprimir.

Todas estas obras pidió fuesen examinadas por personas de competencia, por si podían ser tenidas en cuenta para reponerlo en el Profesorado. Así lo declaró el Consejo de Instrucción, y en 1854 volvió a su cátedra (ahora denominada de Ampliación de Filosofía y su Historia, y correspondiente al curso preparatorio para el Doctorado), encargándole a la vez de la Historia Crítica y Filosófica de España, cuyo titular, don Eugenio Moreno López (al cual sucedió Castelar más tarde), desempeñaba a la sazón la Dirección general de Instrucción pública.

De 1854 a 60 (en esta época recibe —por fórmula— los grados de Licenciado y Doctor en su Facultad) publica en varias revistas artículos sobre Kant y Krause, la Literatura alemana, el Renacimiento del XV y el XVI; una Antología moral, Tesis de Filosofía, etc., etc., trabajos que continúa dando a luz con regularidad.

En la apertura del curso de 1857-58 (en el que desempeñó, además de su clase, la de Literaturas teutónicas), leyó el discurso inaugural de costumbre, tomando por asunto la obra moral y científica de la Universidad. Contra este discurso (reimpreso a la muerte del autor, en 1860, e incluido después en la segunda edición del Ideal, en 1870) se acentuó con violencia la hostilidad, rota ya años atrás en el diario carlista La Esperanza, por su director don Pedro de la Hoz, contra la Historia de Weber y especialmente contra las introducciones, suplementos y notas del traductor, y que ahora arreció contra el Discurso y, en general, contra la enseñanza de su autor, por obra de Ortí y Lara, Torre Vélez y otros del grupo político-religioso, que entonces era comúnmente llamado “neo-católico”, derivado de Donoso Cortés, sobre todo, análogo al que hoy se suele apellidar ultramontano, y que principalmente representaban El Pensamiento Español, La Regeneración y otros diarios.

Es de advertir que a la clase de Sanz del Río, de donde estuvieron siempre severamente eliminados los problemas políticos y religiosos, asistían desde un principio, mezclados con sus estudiantes propiamente dichos, hombres formados, profesores, escritores, académicos, políticos, etc. Por ejemplo (uno o dos de estos nombres no son enteramente seguros): en los primeros tiempos, el economista don Luis María Pastor, ex ministro del partido moderado; don Agustín Pascual, inspector de ingenieros de montes; don Fernando de Castro, ya profesor en la Universidad, con otros de los antiguos compañeros ya citados (Quevedo, Gómez, etc.); después, Castelar, Canalejas (don F.), Fernández Ferraz, Morayta, don Francisco Fernández y González; más tarde, del 60 al 70, don Federico de Castro, Salmerón, Uña, Ríos Portilla, Romero Girón, Muro, González Garbín, Sainz de Rueda, Matilla, Moreno Espinosa, Hermida, Moret, Villó, Maranges, G. de Azcárate, A. G. de Linares, F. Giner, Vidart, Hostos, Jiménez Vargas (el actual marqués de la Merced), Tapia, Sales y Ferré, Carmona, Manuel María del Valle, Chamorro... los más de los cuales, o no habían sido nunca oficialmente alumnos suyos, o habían dejado ya de serlo[4].

En 1860, había publicado Sanz del Río dos libros de importancia: la ya citada refundición del Ideal de la Humanidad para la vida, de Krause, adaptado de un modo enteramente personal a las condiciones de nuestro pueblo, y la Metafísica (primera parte: Análisis), al frente de la cual conserva también el nombre de Krause, no obstante el carácter independiente de su interpretación. La filosofía de Krause y la del propio Sanz del Río eran discutidas entonces, tranquilamente, en el Círculo Filosófico y en el Ateneo, por Moreno Nieto y otros; pero en 1865 el Ideal había sido incluido en el Índice romano; y la campaña, ahora, vino a degenerar, de intelectual, en político-religiosa, acabando por tomar carácter puramente pasional en los artículos sobre Los Textos vivos, conque algunos periódicos, en particular El Pensamiento Español, ya antes mencionado, pedían fuesen expulsados de la enseñanza ciertos profesores tachados de heterodoxia y especialmente Sanz del Río. La persecución adquirió “estado parlamentario” con una interpelación de don A. M. de Luarca, en el Congreso. Cedió el Gobierno al fin a estos apremios, después de haber expulsado ya de la Universidad a Castelar, en medio de la protesta de muchos profesores, y de haber arrastrado a una gran masa de ellos --no todos, por fortuna-- a firmar exposiciones de adhesión a la Reina, objeto de ciertos ataques en la prensa extranjera. Ciñéndonos a Sanz del Río, en 1867, el ministro Orovio (que por rara suerte había de unir su nombre ocho años más tarde a aventuras análogas), mandó formarle expediente y exigirle, como poco después a don Fernando de Castro, don Nicolás Salmerón y algún otro catedrático, una profesión de fe religiosa, política y aun dinástica. Por negarse a estas declaraciones, amparándose de las leyes, fue separado Sanz del Río de su cátedra en el mismo año, como otros, según queda dicho, lo habían sido antes o con él; y con este motivo la Universidad de Heidelberg envió a aquél un mensaje de simpatía, suscrito por 65 profesores y doctores, entre ellos algunos de nombre mundial, como Zeller, Gervinus, Helmholtz, Bluntschli, Vundt, Oncken, Schosser, Bunsen, Kirchhoff... sería no acabar. Católicos, protestantes y librepensadores aparecen unidos en la dura protesta. Otro mensaje análogo le dirigió el Congreso de Filósofos reunido por entonces en Praga[5].

A poco, el Gobierno nacido de la Revolución de 1868, los reponía a todos en sus cátedras, y confería a Sanz del Río el Rectorado de la Universidad, que no aceptó; y al cabo de un año, el 12 de octubre de 1869, a los 55 años de edad, moría en Madrid, extenuado, más que por su intenso trabajo de siempre, por la barbarie del medio y las persecuciones: en aquellos momentos, en que el Rectorado de don Fernando de Castro, el apostólico fundador de la Asociación para la Enseñanza de la Mujer, representaba un comienzo de viva germinación moderna en la Universidad, rápidamente extinguido. Por acuerdo del Consejo de ésta, fue depositado el cadáver en el paraninfo antiguo; y al día siguiente, un numeroso cortejo, presidido por el Rector y el Ministro (don José Echegaray), lo acompañaba al lugar desolado que entonces hacía veces de Cementerio civil. Pero “toda la tierra es bendita”, dijo Ruiz de Quevedo al arrojar la primera paletada en la fosa.

Por su testamento, dejaba Sanz del Río a la Universidad su biblioteca (ya en 1865 le había dado otros libros) y con sus economías, obtenidas en aquella vida tan simple, varonil y austera, fundaba en su Facultad una cátedra libre para la enseñanza de la Filosofía (cuya primitiva renta mínima de 3.000 pesetas ha descendido todavía, por conversiones e impuestos a 2.000). Primer titular de esta clase fue don Tomás Tapia, uno de sus más íntimos discípulos; por su muerte, desde 1884 está encargado de ella don José de Caso, a quien se debe -aparte de sus libros y de su profunda labor insuperable como maestro- la publicación (en 1877) de uno de los más admirables cursos de Sanz del Río (el del 62 al 63), intitulado Análisis del pensamiento racional; libro tomado de las notas redactadas para sus alumnos, parte de las cuales había revisado ya el autor. Un fragmento de este libro, con el titulo de El Idealismo absoluto, forma el volumen noveno de la Biblioteca Filosófica, de Zozaya, en la cual, con los números 70 y 71, se ha publicado igualmente la tercera edición del Ideal (1904).

Estos libros, la Analítica, y las Lecciones sobre el sistema de la filosofía (1868-69), que dejó interrumpidas su muerte y cuya depuración y rigor quizá no han sido nunca superadas, representan lo que podría llamarse la parte central de la obra de Sanz del Río. De algunas de las Lecciones había dado un avance en 1868, la revista La Enseñanza que dirigía uno de sus allegados más cordiales, don Juan Uña. Después de su muerte, otro de ellos, don M. Sales y Ferré, coordinó unas notas de su maestro, bajo el titulo de Filosofía de la muerte (1877); y este mismo Boletín ha insertado algunos fragmentos de su considerable labor inédita. Ya antes, en 1863, el autor había comenzado a imprimir un Doctrinal de Psicología, Lógica y Etica (principiando por la segunda de estas ciencias); pero, aunque existen redactadas las tres partes, la impresión quedó sin concluir. Este Doctrinal y los Programas correspondientes, publicados con su introducción pedagógica, ofrecen el cuadro de lo que podría haber sido esta rama de nuestra segunda enseñanza en otras condiciones de las que la rodeaban entonces -y ahora quizá todavía.

De otros opúsculos, como la breve tesis para su doctorado en Filosofía (La cuestión de la Filosofía novísima, 1860) y varios ensayos publicados en La Razón, la Gaceta de Madrid, la Revista de Instrucción Pública, la Española de Ambos Mundos y otras, se ha hecho en parte ya mención, así como de las Cartas a don José de la Revilla y a don F. de P. Canalejas.

Merece cita aparte un pequeño grupo de documentos que, en defensa de su enseñanza y su derecho, autografió, o imprimió a veces, aunque con carácter privado: señaladamente, su Carta y cuenta de conducta, dirigida al profesor de Filosofía don Tomás Romero de Castilla (1865) y reiterada en 1867 con motivo del expediente de su separación. Esto es lo que puede verse impreso de Sanz del Río.

En 1874, algunos discípulos hicieron autografiar varias copias (para uso puramente privado) de una traducción manuscrita de la segunda parte (Sintética) del Sistema de la filosofía, de Krause, hecha por Sanz del Río, a menudo modificada, y considerablemente ampliada con desarrollos, a veces de gran interés. De otros trabajos inéditos (sea redactados, sea en notas), resúmenes de cursos, investigaciones sobre problemas dados, diarios de estudios y de vida, etc., etc., ya se ha dicho que es mucho lo que nos queda.

Don Julián Sanz del Río descansa —aunque en el sacrílego trasiego de nuestros mal llamados “camposantos”, no sé si será por mucho tiempo— al lado de su cordial amigo don Fernando de Castro, cerca de su glorioso discípulo Salmerón, del venerable Ruiz de Quevedo, de Sales, de Calderón, de González Serrano, Sama, Sardá, Quiroga y otros que los rodean, en el agrio erial del Cementerio civil del Este, menguado asilo de una parte de la más alta espiritualidad contemporánea española; adonde fueron Castro y él calladamente trasladados el 18 de junio de 1905, por siete u ocho devotos, algunos de ellos discípulos directos de ambos todavía.

A poco de su muerte, Grajera hizo su busto, y Miguel Pineda la litografía que puede verse en la edición hecha el 69 del Discurso del 57. Dos ejemplares se vaciaron del busto: el uno va a ser utilizado para poderlo conservar de un modo más permanente; el otro, donado por la testamentaria a la Facultad de Filosofía y Letras, desapareció de la Universidad en los primeros años de la Restauración.

El día 28 de octubre de 1906, el Ayuntamiento de Torrearévalo ha puesto en la fachada de sus Casas Consistoriales una tabla de mármol, que dice:

“En memoria de don Julián Sanz del Río, filósofo y maestro en la Universidad de Madrid. Nació en Torrearévalo el 13 de marzo de 1814. Murió en Madrid el 12 de octubre de 1869”.

Todo esto nos queda de él. Pero la verdadera señal y testimonio de su paso por el mundo del espíritu nacional, está en la diferencia --tan pequeña o tan grande, como se la quiera suponer-- entre la España intelectual de 1860 acá y la de antes: diferencia cuya raíz fundamental le es principalmente debida. Los 10 años del 60 al 70 —si cabe fijar límites tan arbitrarios— son un despertar de la vieja modorra al murmullo del moderno pensamiento europeo y a los problemas y nuevos postulados de su filosofía: todo ello —es cierto— velado en una dolorosa ignorancia y cortedad de alcances. Desde entonces, y a pesar de tantos esfuerzos en contrario, más o menos ininteligentes, pero enérgicos, y aun a veces sinceros, no ha sido ya posible contener las aguas de este pobre río, pobre y todo como es, de la atropellada cultura española.


Notas

[1] Con motivo del centenario del nacimiento de don Julián Sanz del Río, se ha querido recopilar aquí algunos datos acerca de su vida (al menos en su aspecto más exterior), por ser insuficientes, y a veces inexactos, los que se pueden consultar con mayor facilidad, como son los Diccionarios y Enciclopedias de Montaner y Simón, Zerolo, Pal-Las, Brockhause, la Grande Encyclopédie, etc. El autor de estas notas tiene que agradecer mucho al concurso benévolo de bastantes personas interesadas en la obra y que a veces han prestado un trabajo intenso. Pero no siendo fácil ya recoger testimonios personales directos, la mejor voluntad y más concienzuda exigencia no bastan para evitar errores, que todos tenemos interés en corregir. Por esto la redacción del Boletín agradecerá vivamente toda rectificación o adición con que se la favorezca a este propósito.

[2] Acaso, al deseo de este grupo de amigos, se debería que el libro de Ahrens fuese conocido por Sanz del Río entre los años 1837 a 40; su lectura despertó en él esa inclinación y el afán por entender el alemán, que tal vez aprendió entonces.

[3] No hay todavía datos de que regresase a Alemania hasta 1863 y 1866, en que probablemente estuvo también en Praga, donde era entonces profesor su antiguo maestro de Heidelberg, Leonhardi.

[4] Algunos años antes —en 1856— había Sanz del Río contraído matrimonio en Illescas con doña Manuela Jiménez, quedando viudo en 1859.
Allí había heredado (en 1844) algunos bienes de su tío don Fermín, dividiendo la casa edificada por éste entre sus hermanas doña Concepción, casada ya con don José María Regulez, de Illescas, cuyos dos hijos, profesor uno, el otro médico, y bien conocidos ambos, han muerto jóvenes, y doña Anastasia, que hacia 1847 casó con don Gregorio Ramírez de Losada, de Casarrubios (hermano del popular escritor de costumbres que firmaba el “Barón de Illescas” y que tradujo Lo verdadero, lo bello y lo bueno, de Cousin, Madrid, 1847); y de cuyas dos hijas, doña Victoria vive aún soltera, y doña Aurora dejó años ha viudo al magistrado don Tomás Mínguez.

[5] Ambos documentos, como la contestación de Sanz del Río, han sido publicados en el Boletín-Revista de la Universidad de Madrid, t. I, núms. 5 y 6 (Marzo de 1869).

Francisco Giner de los Ríos
Actualizado: Febrero de 2005

 

[Fuente: Francisco Giner de los Ríos. “En el centenario de Sanz del Río.” Boletín de la Institución Libre de Enseñanza, Madrid, 31 de agosto de 1914, año 38, núm. 653, (1914): 225-231. Reproducido en Pablo de Azcárate. Sanz del Río. Madrid: Editorial Tecnos, 1969, págs. 25-36.]

 

© José Luis Gómez-Martínez
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